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¿Por qué los mormones no toman café y qué sí pueden beber?

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El rechazo mormón al café no nace de una moda ni de la cafeína y ayuda a entender una de las reglas más conocidas de su fe y su vida diaria.

Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, conocidos popularmente como mormones, no dejan el café por una moda detox, por miedo supersticioso a la cafetera ni por una tabla nutricional pegada en la nevera. Lo evitan porque su fe lo incluye dentro de una norma religiosa concreta, la Palabra de Sabiduría, un código de conducta revelado a Joseph Smith en 1833 que, con el paso del tiempo, terminó convirtiéndose en un mandamiento práctico para la vida diaria. En la interpretación oficial de la Iglesia, esa norma prohíbe el café y el té. No habla de baristas, habla de obediencia.

Ese es el punto que casi siempre se deforma cuando el asunto salta a conversaciones de oficina, redes sociales o sobremesas con olor a espresso. Mucha gente cree que los mormones no toman café por la cafeína. No es exacto. La propia Iglesia ha explicado que la cafeína no aparece como motivo doctrinal en la norma y que la interpretación oficial de “bebidas calientes” no se refiere a cualquier bebida caliente, sino específicamente a té y café. Por eso el debate real no gira alrededor del nivel de miligramos, sino alrededor de una regla religiosa concreta que los fieles asumen como parte de su compromiso espiritual.

No es una guerra contra la cafeína, sino una regla religiosa

A ojos de quien lo mira desde fuera, la escena puede resultar extraña. Un refresco con cafeína puede pasar, mientras una taza de café descafeinado queda fuera. Parece una contradicción, pero dentro de la lógica mormona no lo es. La prohibición no descansa en una lectura química de la etiqueta, sino en la obediencia a una enseñanza revelada y después aclarada por sus dirigentes. Dicho en castellano llano: no se apartan del café porque sea un excitante, sino porque su Iglesia les dice que el café no entra en la norma.

Ahí está el matiz que más búsquedas genera y más malentendidos produce. Durante años se popularizó la idea de que cualquier sustancia con cafeína estaba mal vista entre los mormones. La realidad oficial es más estrecha y, a la vez, más literal. La Iglesia ha indicado expresamente que la cafeína, por sí sola, no es la razón doctrinal de la prohibición. Eso explica por qué un fiel puede rechazar un cappuccino y, al mismo tiempo, no estar incumpliendo ninguna norma eclesial por beber un refresco con cafeína. A quien lo vea desde fuera le parecerá una geometría caprichosa; para el creyente, en cambio, la coherencia no está en la biología, sino en la fidelidad a una revelación aceptada como mandato de Dios.

Ese tipo de lógica religiosa no es exclusivo del mormonismo. Todas las confesiones tienen prácticas que, vistas desde el escaparate secular, parecen pequeñas rarezas de frontera: qué se come, qué se bebe, qué se guarda, qué se evita. En el caso de los Santos de los Últimos Días, el café ha acabado funcionando también como una marca visible, casi instantánea, una señal cotidiana de pertenencia. No hace falta llevar un cartel. Basta con pedir otra cosa.

La Palabra de Sabiduría: el origen de todo

La raíz está en una revelación recibida por Joseph Smith el 27 de febrero de 1833, hoy recogida en la sección 89 de Doctrina y Convenios, uno de los textos canónicos de la Iglesia. Ese documento ofrecía instrucciones sobre salud física y espiritual: aconsejaba determinados alimentos, desaconsejaba otros y advertía contra sustancias consideradas dañinas. Con el tiempo, la enseñanza quedó resumida en una fórmula muy reconocible para cualquiera que haya rozado el universo mormón: nada de alcohol, tabaco, café ni té.

Lo interesante es que la frase bíblica o revelada que suele estar en el centro del debate habla de “bebidas calientes”. Y ahí empieza el equívoco moderno. Porque uno podría leer eso y pensar en chocolate, caldo o una infusión cualquiera, como quien sobrevive al invierno agarrado a una taza humeante. Pero los líderes de la Iglesia interpretaron desde muy pronto que esa expresión significaba té y café, y esa lectura es la que ha permanecido como oficial. No importa tanto la temperatura como el producto en sí. Café frío, café con hielo, café rebajado, café disfrazado de postre líquido: sigue siendo café.

El contexto histórico también importa. La revelación nació en un momento en que en Estados Unidos bullían movimientos de reforma moral, sanitaria y dietética. Había campañas contra el alcohol, recelos hacia el tabaco y teorías sobre los estimulantes que hoy suenan decimonónicas, a ratos severas, a ratos casi domésticas. La Palabra de Sabiduría emergió en ese clima, aunque la Iglesia la presenta como una revelación divina y no como una simple moda higienista del siglo XIX. Dos capas, por tanto: el ambiente de época y la interpretación religiosa propia.

De consejo a mandamiento social y espiritual

Otro error frecuente consiste en imaginar que los primeros mormones aplicaron esta norma desde el minuto uno con la rigidez actual. No fue así. La aceptación fue gradual. Durante años hubo cumplimiento desigual, con prácticas y tolerancias que hoy sorprenderían a cualquier miembro practicante. La disciplina se fue consolidando poco a poco hasta que, ya en el siglo XX, quedó asociada de forma clara a la plena participación religiosa. En 1921, bajo el liderazgo de Heber J. Grant, la abstinencia de alcohol, tabaco, café y té pasó a exigirse para obtener la recomendación del templo, una pieza central en la vida religiosa de los fieles observantes.

Esa evolución lo cambia todo. Porque desde entonces el rechazo al café dejó de ser solo una orientación saludable o una señal de disciplina personal y se convirtió en una práctica vinculada al grado de compromiso con la Iglesia. En términos sencillos: no es un detalle folclórico, es una prueba cotidiana de obediencia. Una pequeña renuncia doméstica con consecuencias comunitarias, identitarias y espirituales.

Qué pueden beber y dónde empiezan las zonas grises

La pregunta siguiente suele ser inevitable: vale, café no; entonces, ¿qué sí? Aquí conviene respirar hondo, porque en este terreno abundan más mitos que granos en un saco colombiano. La línea oficial de la Iglesia es clara en lo esencial: están prohibidos el café, el té, el alcohol y el tabaco, y en años recientes también se ha reiterado la prohibición de productos como el té verde, los productos a base de café y el vapeo. Fuera de ese núcleo, entran cuestiones de criterio, cultura interna y decisiones personales.

Eso significa que agua, leche, zumos, refrescos, batidos, cacao, muchas infusiones herbales y otras bebidas comunes pueden formar parte de la vida diaria de un mormón sin chocar con la norma. Algunas páginas oficiales de la Iglesia han precisado incluso que cuando se habla de té se está pensando en el té como tal, no en cualquier infusión de hierbas. De ahí que una manzanilla o una menta poleo no jueguen, en principio, en la misma liga que el té negro o el verde.

Donde la conversación se vuelve resbaladiza es en los bordes comerciales del siglo XXI, que son un festival de nombres diseñados para confundir a cualquiera: bebidas de café que parecen postre, tés embotellados que se venden como refresco, mezclas energéticas con marketing de gimnasio y botellas con etiquetas que prometen bienestar, calma, detox y otras palabras que suelen significar poco. La Iglesia intentó responder a parte de ese laberinto en 2019, cuando aclaró que están prohibidos el green tea, los productos con base de café y el vapeo. Era, en el fondo, una actualización de lenguaje para un mercado que ya no vende solo café: vende experiencia, espuma, color beige y un vaso con nombre italiano.

El café descafeinado no resuelve el asunto

Este es, probablemente, el detalle que más sorprende a quien se acerca al tema desde una lógica nutricional. Si el problema no es exactamente la cafeína, podría pensarse que el descafeinado abre una rendija. Pero no. Dentro de la interpretación oficial, el descafeinado sigue siendo café, así que no cambia la regla. La razón vuelve a ser la misma: la prohibición recae sobre la bebida identificada como café, no sobre un porcentaje concreto de estimulación química. En otras palabras, cambiarle el motor no convierte al coche en bicicleta.

Algo parecido ocurre con el café frío. El nombre histórico de “bebidas calientes” engaña bastante a ojos contemporáneos, pero la doctrina oficial no se ha quedado atrapada en la temperatura del líquido. El café helado, el frappé o cualquier versión fría no se convierten en aceptables por venir con hielo, nata o pajita biodegradable. La sustancia sigue siendo la misma, y la norma también.

Más que salud: identidad, disciplina y una forma de estar en el mundo

Reducir todo esto a una costumbre alimentaria sería quedarse en la corteza. Para muchos fieles, no beber café es una forma de entrenar la voluntad, mostrar obediencia y recordar que el cuerpo tiene una dimensión espiritual. La Iglesia presenta la Palabra de Sabiduría como una ley dada para el beneficio físico y espiritual de los hijos de Dios. En el discurso interno no se trata solo de vivir más, ni de vivir mejor en un sentido médico, sino de vivir conforme a un pacto religioso.

Por eso la explicación estrictamente sanitaria se queda corta. Sí, dentro y fuera del mormonismo ha habido intentos de justificar la norma con argumentos de salud. Y sí, parte del lenguaje eclesial habla de prácticas sanas. Pero cuando se pregunta a materiales oficiales por el motivo último, la respuesta vuelve una y otra vez al mismo sitio: obedecer a Dios, guardar los mandamientos, respetar una revelación aceptada como guía. No hace falta que el café sea presentado como veneno para que un creyente decida apartarlo de su mesa. Basta con que su religión le diga que ese gesto importa.

En la práctica, además, esa costumbre moldea escenas muy terrenales. Reuniones de trabajo, desayunos de hotel, primeras citas, guardias nocturnas, viajes largos, congresos donde medio planeta sobrevive a base de café recalentado. Ahí el mormón practicante suele improvisar otro camino: agua, refresco, chocolate, infusión herbal o, simplemente, nada. Y ese pequeño desvío diario acaba construyendo comunidad. Las religiones, a menudo, se sostienen en gestos minúsculos repetidos miles de veces.

La palabra “mormón” y el nombre que prefiere la Iglesia

Aquí conviene añadir un matiz periodístico que no es menor. Aunque “mormón” sigue siendo el término más buscado y reconocido por el gran público, la propia Iglesia ha pedido en sus guías de estilo que, al menos en la primera referencia, se use su nombre completo: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. No es una manía de despacho. Tiene que ver con su insistencia en poner el foco en Jesucristo y en evitar que el apodo sustituya por completo al nombre oficial. Aun así, en el uso común, el término “mormón” sigue funcionando como atajo cultural y lingüístico.

Ese detalle importa también porque explica parte de la incomodidad que rodea a ciertos tópicos. Cuando la conversación pública se queda en “los mormones no toman café”, la religión aparece como una rareza simpática, una excentricidad de cafetería. Cuando se restituye el nombre completo y el contexto doctrinal, la cosa cambia: ya no parece una manía pintoresca, sino una práctica coherente dentro de una arquitectura de fe mucho más amplia.

Lo que el café revela desde fuera

Desde la mirada sociológica, estas normas funcionan también como marcadores de identidad. No son el corazón completo de la religión, pero sí un borde visible. Evitar café y té forma parte de las prácticas más reconocibles del grupo, aunque muchos fieles consideren más esenciales otras creencias y obligaciones, como la ayuda a los necesitados o las doctrinas centrales de la fe. Es decir: el café no define por sí solo el mormonismo, pero sí ayuda a hacerlo reconocible a simple vista.

Eso explica por qué la pregunta sigue disparándose en Google. No es solo curiosidad sobre una bebida. Es curiosidad sobre cómo funciona una religión moderna en mitad de una cultura global hiperconsumista, donde todo invita a probar, mezclar, flexibilizar, reinterpretar. Los mormones, en este punto, hacen justo lo contrario: trazan una línea visible y la mantienen. A veces con convicción íntima, a veces con naturalidad heredada, a veces con esfuerzo. Como ocurre en cualquier tradición viva.

Lo que hay detrás de una taza que nunca llega

Al final, la respuesta es menos extravagante de lo que parece. Los mormones no toman café porque su Iglesia enseña, desde una revelación de 1833 y una interpretación consolidada durante casi dos siglos, que el café y el té quedan fuera de la Palabra de Sabiduría. No es, en sentido estricto, una cruzada contra la cafeína. Es una práctica religiosa vinculada a la obediencia, la disciplina personal y la pertenencia comunitaria. Por eso tampoco se arregla con pedirlo descafeinado, frío o escondido bajo una montaña de sirope.

Y quizá ahí esté lo más revelador de todo. En una época que convierte cualquier preferencia en algo negociable, la negativa al café funciona para muchos Santos de los Últimos Días como una forma de recordar quiénes son, a qué se deben y hasta dónde están dispuestos a llevar una convicción. Una taza menos en la mesa, sí. Pero también un pequeño rito de identidad, repetido cada mañana, cuando el mundo entero parece oler a café recién hecho.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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