Tecnología
¿Por qué Mitsubishi llevará robots humanoides con IA a sus fábricas?
Mitsubishi prepara robots humanoides con IA para sus fábricas desde 2027, una apuesta para aliviar la escasez de trabajadores que vive Japón.

Mitsubishi Motors quiere llevar los robots humanoides desde las demostraciones de laboratorio hasta uno de los lugares donde realmente se comprueba si una tecnología sirve para algo: la cadena de montaje. El fabricante japonés ha acordado con Highlanders, una startup surgida de la Universidad de Tokio, desarrollar máquinas con forma humana capaces de trabajar en sus fábricas y estudiar su fabricación en serie en la planta de Kioto desde 2027.
El proyecto nace de una necesidad bastante menos futurista que los vídeos de robots caminando entre focos: Japón tiene cada vez menos trabajadores y buena parte de la industria teme perder, junto con ellos, décadas de conocimiento práctico. La idea de Mitsubishi y Highlanders es que estos humanoides aprendan tareas realizadas por operarios experimentados, acumulen datos sobre el trabajo real y puedan ejecutar después una parte de esas operaciones. El objetivo anunciado no consiste simplemente en cambiar una persona por una máquina, sino en conservar habilidades que hasta ahora viajaban, literalmente, en las manos de quien llevaba treinta años en la fábrica.
Hay otro dato que coloca el acuerdo en una escala bastante distinta de la habitual. Mitsubishi estudia comenzar la producción utilizando edificios actualmente infrautilizados de su fábrica de Kioto y alcanzar durante la segunda mitad de 2027 una capacidad de hasta 1.000 humanoides al mes. Conviene poner la cifra donde corresponde: el inicio de la producción sigue planteado como una posibilidad cuya viabilidad se está evaluando, no como una cadena industrial ya contratada y funcionando. El calendario contempla estudiar el arranque a comienzos de 2027 y elevar después progresivamente la capacidad.
Mitsubishi quiere probar los robots primero en su propia casa
El planteamiento tiene bastante lógica industrial. Antes de vender miles de humanoides, Mitsubishi pretende utilizarlos en sus propias instalaciones, recoger datos y descubrir qué hacen bien y qué hacen mal, además de cuánto cuestan realmente cuando desaparece la moqueta de una feria tecnológica y aparece el ruido, el aceite, los cables y el turno de ocho horas.
Entre las primeras ubicaciones estudiadas figura la línea de ensamblaje de motores de Kioto, donde todavía existen operaciones manuales realizadas en espacios reducidos. Son precisamente las tareas que peor encajan con los grandes robots industriales tradicionales: máquinas extraordinarias para repetir un movimiento perfectamente definido, pero mucho menos cómodas cuando el trabajo exige adaptarse a una instalación diseñada originalmente para personas.
Mitsubishi aporta algo que una startup de apenas tres años difícilmente puede improvisar: experiencia en producción masiva, controles de calidad, seguridad y durabilidad, además del funcionamiento cotidiano de grandes plantas. Highlanders pone la robótica y la inteligencia artificial. La relación tampoco empieza de cero desde el punto de vista financiero, porque Mitsubishi ya ha invertido en la compañía y pretende profundizar esa colaboración.
El robot N está pensado para un mundo construido para personas
Highlanders trabaja con su humanoide N, diseñado con dimensiones próximas a las humanas. Puede desplazarse sobre dos piernas, manipular objetos e interactuar verbalmente, mientras la compañía pretende que sus máquinas sean suficientemente versátiles para integrarse en automoción, logística y manufactura sin reconstruir cada fábrica alrededor del robot.
Aquí aparece una de las razones por las que la industria se ha enamorado repentinamente del cuerpo humanoide. Las fábricas están llenas de escaleras, botones, herramientas, mesas, pasillos, estanterías y piezas concebidas para brazos, manos y piernas humanas. Construir un robot con proporciones parecidas permite, al menos sobre el papel, introducir automatización sin levantar otra fábrica alrededor de ella.
No hace falta imaginar a un androide pasando la tarjeta a las seis de la mañana. Al principio, lo razonable son operaciones repetitivas, físicamente incómodas o muy concretas. El salto verdadero llegará si una misma máquina consigue aprender diferentes tareas sin necesitar una programación casi artesanal para cada una.
Kioto puede pasar de fabricar motores a fabricar humanoides
La elección de Kioto contiene cierta ironía industrial. Mitsubishi estudia utilizar edificios sin uso de su planta automovilística para producir allí los robots que posteriormente podrían trabajar en fábricas de automóviles. Una parte de la infraestructura creada durante la era del motor se convertiría así en infraestructura de la robótica.
La compañía quiere aprovechar conocimientos desarrollados durante décadas haciendo coches: diseñar para fabricar miles de unidades iguales, detectar fallos, controlar tolerancias, gestionar proveedores y conseguir que una máquina continúe funcionando después de miles de horas de servicio. Hacer caminar a un humanoide en un escenario es una cosa; fabricar mil cada mes con una calidad homogénea es otra bastante menos cinematográfica y probablemente mucho más importante.
Por eso el proyecto merece atención aunque las fechas puedan moverse. El cuello de botella de los humanoides ya no está únicamente en conseguir que caminen o agarren una caja. Está en demostrar que pueden producirse a escala, mantenerse, repararse y resultar rentables. Ahí un fabricante de automóviles tiene bastante que decir.
Japón no se queda sin empleo: se queda sin trabajadores
El telón de fondo explica la prisa. La población japonesa continúa reduciéndose y envejeciendo. En 2026 Japón ronda los 123 millones de habitantes y la población en edad de trabajar mantiene una tendencia descendente que lleva años alterando el mercado laboral del país.
La industria lo nota directamente. El número de personas empleadas en el sector manufacturero ha descendido durante los últimos años mientras numerosas pequeñas y medianas empresas declaran tener dificultades para cubrir puestos. La escasez de mano de obra ha dejado de ser una previsión demográfica para convertirse en un problema cotidiano de producción.
El mercado laboral tampoco ofrece demasiado colchón. Japón mantiene una elevada relación entre ofertas de empleo y demandantes, y la manufactura figura entre las actividades donde encontrar personal resulta especialmente complicado. Es una fotografía peculiar para los estándares europeos: no sobra gente buscando fábrica; faltan manos para determinados puestos.
De ahí que Mitsubishi insista tanto en conservar el conocimiento de los veteranos. Hay movimientos que un operario ejecuta casi sin pensarlo —la presión justa, el orden correcto, la manera de detectar que una pieza no termina de encajar— y que no aparecen completos en ningún manual. Cuando esa persona se jubila, la empresa puede perder una pequeña biblioteca de experiencia industrial que llevaba décadas caminando por el taller.
La IA física quiere aprender también con manos y cámaras
Detrás del proyecto aparece un término que empieza a repetirse en la industria tecnológica: physical AI, o inteligencia artificial física. La diferencia frente a un chatbot resulta sencilla. Un modelo lingüístico trabaja principalmente con información digital; un sistema de IA física tiene que percibir el mundo mediante cámaras, sensores y otros dispositivos, decidir qué hacer y después mover un cuerpo real sin romper la pieza, atropellar al compañero o terminar abrazado a una estantería.
De aprender datos a aprender movimientos
Highlanders está desarrollando su modelo de inteligencia física alrededor de una idea de aprendizaje continuo: cada robot desplegado recoge información de sus operaciones y esa experiencia alimenta el sistema para mejorar posteriormente el comportamiento de otras unidades. Cada hora en una fábrica deja de ser solo producción y se convierte también en datos de entrenamiento.
Ese mecanismo puede resultar especialmente útil en la transferencia de conocimiento industrial. En lugar de describir únicamente una tarea mediante instrucciones, el sistema puede aprender observando ejecuciones reales, interacciones de operadores y situaciones que cambian ligeramente. El desafío, por supuesto, es enorme: una fábrica no admite la alegre creatividad que toleramos a veces en la inteligencia artificial generativa. Una llave de 12 sigue siendo una llave de 12 aunque el algoritmo tenga un lunes inspirado.
Honda y Toyota también empujan la robótica japonesa
Mitsubishi no trabaja en un vacío. Honda, que empezó a investigar humanoides en 1986 y convirtió a ASIMO en una pequeña celebridad tecnológica, sigue desarrollando robótica orientada a reproducir capacidades humanas de precisión. Entre sus proyectos figura una mano robótica de múltiples dedos concebida para realizar movimientos delicados y manejar diferentes herramientas.
Toyota está siguiendo otro camino, aunque emparentado. Woven City, su ciudad experimental junto al monte Fuji, funciona como laboratorio real para inteligencia artificial, movilidad autónoma y robótica. Allí prueba tecnologías que después pueden terminar incorporándose a fábricas, vehículos y servicios cotidianos.
La automoción parece especialmente bien colocada para esta carrera. Los fabricantes llevan medio siglo automatizando fábricas, dominan motores eléctricos, baterías, sensores, control mecánico, producción masiva y cadenas de suministro. El robot humanoide, visto desde esa perspectiva, empieza a parecerse menos a un primo lejano de la ciencia ficción y más a otro vehículo, solo que conduce su propio cuerpo.
La fábrica que intenta conservar su memoria
El experimento de Mitsubishi plantea una cuestión más interesante que la habitual discusión sobre robots que “quitan empleos”. Japón se enfrenta a un problema algo distinto: tiene tareas que seguir haciendo y cada vez menos personas disponibles para hacerlas. En ese escenario, automatizar no responde únicamente a reducir costes. Puede convertirse en una forma de mantener abierta una línea de producción.
Eso no significa que la transición vaya a ser indolora ni automática. Un humanoide industrial tendrá que demostrar seguridad, fiabilidad, coste razonable y productividad frente a alternativas mucho menos vistosas. A veces un brazo robotizado de toda la vida será mejor. O una herramienta específica. Incluso —qué atrevimiento— una persona.
Pero Mitsubishi está poniendo sobre la mesa algo que cambia la escala de la conversación: una fábrica, una fecha y una capacidad de producción concreta. Si el plan de Kioto avanza y consigue acercarse a las 1.000 unidades mensuales en 2027, los humanoides dejarán de ser únicamente prototipos que impresionan durante treinta segundos en internet. Empezarán a convertirse en trabajadores mecánicos fabricados en serie.
Y quizá esa sea la escena más reveladora. Un operario veterano enseñando a una máquina una tarea aprendida durante décadas; la máquina repitiéndola, registrándola, refinándola. No es exactamente la fábrica sin humanos que tantas veces prometió —o amenazó— el futurismo. Es algo más extraño y más japonés: una fábrica que intenta no olvidar lo que saben sus trabajadores cuando ellos ya no estén allí.

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