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Milei publicó 16.800 insultos en X desde que es presidente
Un informe del Foro de Periodismo Argentino (Fopea) ha puesto cifras, fechas y método a una idea que ya flotaba en el aire político de Argentina: desde que Javier Milei asumió la Presidencia el 10 de diciembre de 2023, su actividad en X ha incorporado insultos de forma repetida y sistemática.

Un informe de Fopea revela cómo Javier Milei convirtió el insulto en eje de su estrategia en X, con datos, patrones y efectos sobre prensa!!
Un informe del Foro de Periodismo Argentino (Fopea) ha puesto cifras, fechas y método a una idea que ya flotaba en el aire político de Argentina: desde que Javier Milei asumió la Presidencia el 10 de diciembre de 2023, su actividad en X ha incorporado insultos de forma repetida y sistemática. El trabajo, titulado El insulto como estrategia, analiza 113.649 publicaciones (entre mensajes propios y reposteos) hasta el 15 de septiembre de 2025 y concluye que 16.806 de esos posteos incluyen expresiones insultantes, despectivas o estigmatizantes dirigidas a personas, empresas, entidades, periodistas y medios.
El informe no se limita a una colección de frases desagradables. Describe un patrón: uno de cada siete posteos contiene ese tipo de lenguaje y el recurso aparece, además, en momentos concretos del calendario político, con picos que coinciden con anuncios económicos relevantes. La conclusión de Fopea es nítida: el insulto funciona como pieza central de una estrategia de comunicación en redes, no como un accidente.
Un estudio que va más allá del tuit llamativo
El corazón del trabajo está en la ambición de medir lo que suele discutirse con intuiciones. En redes todo es rápido, parcial, emocional; el informe intenta frenar ese ritmo y observar el conjunto, como quien mira una ciudad desde un edificio alto. No importa tanto la frase viral de un día, sino la frecuencia, el contexto, la repetición.
Fopea sitúa el estilo de Milei dentro de una trayectoria pública: primero panelista televisivo y polemista, luego diputado nacional y finalmente presidente. El informe sostiene que esa forma de comunicar —con ofensas hacia quien piensa diferente— no desaparece con el cambio de rol institucional; se adapta, se intensifica o se ordena en función de objetivos políticos y de dinámica de plataforma.
Hay, además, un elemento de transparencia que el informe subraya: el proyecto ofrece un buscador de insultos y la posibilidad de consultar las bases de datos empleadas. Eso cambia el terreno de juego. Ya no es “me parece que insulta mucho”, sino “aquí está el registro y así se ha clasificado”.
Fechas y volumen: una hiperactividad que importa
El periodo analizado va desde la asunción en diciembre de 2023 hasta mediados de septiembre de 2025. En ese tiempo, el volumen de publicaciones atribuidas a Milei es enorme: el informe lo cuantifica en 113.649 posteos, y dentro de ese total sitúa las 16.806 entradas con insultos.
Esa densidad no es un dato de color. En redes, publicar mucho significa marcar agenda, ocupar huecos, forzar respuestas, mantener un pulso constante. Cuando quien hace eso es un presidente, cada mensaje tiene un peso específico distinto: no es un usuario más con una opinión fuerte, es el jefe del Estado hablando —aunque sea con el tono de un tertuliano en prime time.
La radiografía del insulto: qué se repite y cómo se clasifica
El informe identifica cinco grandes categorías de insultos: despectivos, estigmatizantes, de animalización, repulsivos y sexualizados. La clasificación puede sonar académica, pero en realidad señala algo muy concreto: no se trata solo de descalificar ideas; con frecuencia se desacredita a personas o grupos mediante etiquetas que los degradan, los ridiculizan o los convierten en “otra cosa”.
Aquí el lenguaje no funciona como un adorno; funciona como un martillo. Un insulto repetido, sobre todo si es corto y reconocible, condensa una visión del mundo y la dispara sin necesidad de argumentar. Se escribe, se entiende, se comparte. Y ya está.
“Kuka”, la palabra que más aparece
El término más utilizado, según el informe, es “kuka”, con 2.286 menciones. Se presenta como una forma despectiva de referirse a sectores kirchneristas, comparándolos con cucarachas. Es una palabra pequeña, casi de chiste interno, pero con una carga simbólica muy grande: reduce al adversario a una etiqueta y lo coloca fuera del marco de la discusión razonable.
Esa clase de apodos tiene una eficacia inmediata en redes: son fáciles de replicar, sirven para agrupar enemigos en un solo saco y permiten disparar ataques sin entrar en matices. El debate queda sustituido por un gesto: nombrar al otro de una manera que lo deshumaniza o lo desprecia.
De la descalificación a la estigmatización
El informe insiste en distinguir insultos “despectivos” de “estigmatizantes”. La diferencia no es solo semántica. Despectivo puede ser llamar inútil o ignorante. Estigmatizante es empujar al otro a una categoría social o moral que lo marca como intrínsecamente despreciable, peligroso o indigno.
En política, eso tiene consecuencias muy concretas. Si el adversario es “equivocado”, se le discute. Si el adversario es “basura” o “plaga”, se le expulsa del mapa moral. El salto es enorme. Y en un entorno de redes, donde la recompensa es la interacción rápida, ese salto se vuelve tentador.
El campo de batalla con nombre y apellidos: periodistas y medios señalados
Uno de los tramos más sensibles del informe es el que describe cómo esa agresividad se proyecta sobre el periodismo. El estudio contabiliza insultos dirigidos a actores del campo mediático y menciona que al menos 62 periodistas y 14 medios aparecen como destinatarios en ese universo de publicaciones ofensivas.
No es un matiz menor. En un sistema democrático, la relación entre poder político y prensa siempre tiene tensión, pero no siempre toma la forma de señalamiento público constante. Y cuando se combina el señalamiento con la dinámica de redes, el impacto puede multiplicarse.
El 70% de los tuits contra actores mediáticos, con términos despectivos o estigmatizantes
El informe añade un dato que retrata el tono: el 70% de los tuits dirigidos a actores del campo mediático contenía términos despectivos o estigmatizantes. La cifra no describe un par de encontronazos, sino un estilo repetido de confrontación con un sector concreto.
En la práctica, esto significa que la crítica al periodismo no se formula principalmente como discusión sobre cobertura, errores, enfoques o prioridades, sino como una disputa en la que el insulto sirve de moneda. En la plaza pública digital, el insulto es rápido y efectivo; desmontar un argumento exige más tiempo y más cuidado.
El “enjambre” y la escalada de difusión
El informe utiliza una imagen potente: cada mensaje del presidente activa un enjambre de cuentas que repiten, insultan y logran una escalada de difusión. No hace falta imaginar conspiraciones sofisticadas para entenderlo. En redes, cuando una figura con millones de seguidores señala a alguien, ese alguien queda expuesto a una marea de respuestas, citas, memes, ataques y burlas.
El punto central es el efecto de amplificación. La figura presidencial, por su peso institucional, no solo expresa una opinión; marca objetivos. Y en un ecosistema donde el castigo social puede ser masivo, el señalamiento tiene consecuencias que van desde el hostigamiento online hasta el desgaste profesional.
Autocensura como mecanismo de defensa
Fopea advierte que, como consecuencia, la autocensura ganó terreno en algunos casos como mecanismo de defensa. La palabra autocensura suele provocar debates intensos, pero aquí se enuncia de forma muy concreta: ante la posibilidad de ser blanco de ataques repetidos, algunos profesionales tienden a evitar determinados temas, bajar el perfil, matizar en exceso o directamente callarse.
El efecto es silencioso, por eso cuesta medirlo. La noticia que no se persigue, la llamada que no se hace, la investigación que se pospone, la frase que se corta antes de publicarse… todo eso no deja una huella visible como la deja un tuit. Pero existe, y cuando se acumula modifica el paisaje informativo.
El insulto como palanca de viralidad: picos y momentos clave
El informe no se queda en el recuento total. Busca patrones temporales y sugiere una relación entre el uso del insulto y ciertos momentos políticos. La idea es incómoda porque apunta a una lógica instrumental: cuando la discusión de fondo se complica, el conflicto emocional se dispara.
Anuncios económicos y subida del tono
Según el análisis, los picos de insultos coinciden con anuncios económicos clave. No significa que cada anuncio vaya acompañado de un insulto automático, ni que el insulto “tape” la economía como una cortina mágica. Significa algo más plausible y más cotidiano: en redes, el conflicto empuja la conversación hacia un terreno más polarizado, donde se habla menos de cifras y más de bandos.
En política argentina, donde la economía atraviesa el debate cotidiano de forma permanente, esta dinámica tiene especial importancia. Un anuncio fiscal, una medida de ajuste, una decisión sobre subsidios o regulaciones… todo puede generar discusión técnica y social. En paralelo, el insulto funciona como chispa que enciende una conversación más simple, más visceral, más compartible.
La recompensa del algoritmo: interacción rápida, emoción alta
El informe sugiere una lógica de premio: cuando el insulto se vuelve estrategia y el algoritmo lo recompensa con difusión, el incentivo para repetirlo crece. En X, la visibilidad se alimenta de respuestas, citas, discusiones, bandos que chocan. El insulto, por su naturaleza, tiende a producir eso.
No es una reflexión filosófica sobre “las redes” en abstracto. Es una explicación práctica: el insulto genera reacción, la reacción genera alcance, el alcance refuerza el comportamiento. Es una rueda que gira sola una vez que coge velocidad.
De prometer bajar el tono a cumplir “a medias”
El informe añade un episodio que ilumina la tesis de estrategia. En agosto de 2025, Milei aseguró que dejaría de insultar para discutir ideas. El trabajo sostiene que esa promesa se cumplió de forma parcial.
Este punto importa porque introduce una medida de control: si hubo una promesa explícita, hubo también una intención de modular el tono, al menos en el plano público. Que el cumplimiento sea parcial sugiere dos lecturas compatibles. Una: el cambio era difícil de sostener por hábito, por entorno o por dinámica política. Otra: el insulto seguía siendo útil como herramienta de comunicación y movilización, así que se redujo en parte, pero no se abandonó.
El estilo Milei: continuidad entre la televisión y la Casa Rosada
Fopea enmarca el fenómeno dentro de una continuidad. Milei no empezó a insultar como presidente; llegó a la política con un registro confrontativo y lo convirtió en marca. La diferencia es el tamaño del altavoz. Cuando quien insultaba era un comentarista mediático, el efecto era polémica. Cuando quien insulta es el presidente, el efecto se vuelve institucional, aunque la plataforma sea la misma.
En Argentina, esa frontera entre lo político y lo mediático lleva años difuminándose. Milei es, en parte, un producto de esa mezcla: un dirigente que ha entendido el ecosistema de atención, que lo maneja con soltura y que lo alimenta con una intensidad que pocos líderes sostienen durante tanto tiempo.
El insulto como identidad política
Otra pieza que aparece detrás de los números es la dimensión identitaria. Para una parte de su base, el estilo combativo no es un defecto, es una prueba de autenticidad. “Dice lo que piensa”, “no se calla”, “va contra el sistema”. En redes, ese lenguaje funciona como contraseña. La palabra ofensiva no solo agrede; también cohesiona.
El problema es el coste. Cuando el insulto se convierte en idioma habitual, el espacio para el desacuerdo razonable se estrecha. Y si el desacuerdo razonable se estrecha, la política termina pareciéndose a una pelea interminable en la que el ganador no es quien convence, sino quien grita más y consigue más eco.
Qué deja este informe sobre la mesa
El informe de Fopea no pretende ser un veredicto judicial ni un parte moral. Es un retrato cuantificado de un fenómeno comunicativo. Pero su publicación en enero de 2026 tiene un efecto inevitable: vuelve a poner el foco en cómo se ejerce el poder en plataformas digitales y en qué significa que un presidente adopte un registro de confrontación permanente.
También deja preguntas muy concretas para el debate público, sin necesidad de convertirlas en sermón. Si el insulto se ha integrado como herramienta central de comunicación, ¿qué espacio queda para la discusión de políticas públicas? Si el señalamiento hacia periodistas y medios es recurrente, ¿cómo se protege la crítica sin que derive en hostigamiento? Si la viralidad premia la agresividad, ¿qué incentivos reales existen para moderar el tono?
El valor del informe está, sobre todo, en que convierte el ruido en datos. En política, el ruido suele ganar porque es difícil de atrapar. Aquí se ha intentado capturarlo, ordenarlo y enseñarlo. Y cuando el ruido se vuelve medible, cambia la conversación: ya no se discute solo si hay insultos, sino cuánto, cómo, cuándo y hacia quién.
Una plaza pública más áspera
La foto final que deja El insulto como estrategia es la de una conversación pública endurecida por diseño y por hábito. Un presidente hiperactivo en X, un repertorio amplio de descalificaciones clasificadas en familias, un término —“kuka”— que destaca por repetición y carga simbólica, y un tramo especialmente delicado: el del periodismo como blanco frecuente, con nombres y medios señalados y un clima que, según Fopea, empuja a la autocensura en algunos casos.
Los datos no explican por sí solos toda la política argentina, ni la complejidad del momento económico y social. Pero sí señalan algo preciso: en este periodo, el insulto no aparece como un tropiezo ocasional, sino como un recurso constante que se activa, se repite y se amplifica. Y cuando ese recurso lo maneja el poder con la soltura de quien conoce el terreno, la plaza pública cambia de textura: menos discusión, más choque; menos matiz, más etiqueta; menos argumento, más señalamiento. En redes, eso se comparte con facilidad. Fuera de ellas, se paga con desgaste.

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