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¿Por qué mataron en Siberia al cazador de desertores?

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mataron en Siberia al cazador de desertores

Un cazador de desertores cae a tiros en Borzya: nombres, fechas y testimonios de redadas, torturas y sobornos que exponen la maquinaria rusa.

Un militar ruso fue abatido a tiros en Borzya, en la región de Zabaikalia, tras convertirse en uno de los rostros más temidos de la “caza” de soldados que abandonaban sus unidades. Se llamaba Konstantín Ektov, tenía 34 años y había pasado por el frente en Ucrania antes de integrarse en un grupo operativo dedicado a localizar a militares ausentes y devolverlos a la línea de combate. Tres días después del crimen, la policía detuvo al presunto autor, Vladímir Popov, 31 años, también militar y con antecedentes penales. En varios vídeos, Popov se atribuyó el asesinato y alegó que Ektov le extorsionaba y había acosado a su familia durante redadas de captura de desertores.

Los hechos clave encajan con rapidez. El 11 de noviembre, a plena luz del día, Ektov salió de su casa y recibió varios disparos de un arma recortada. El atacante huyó en el Toyota del propio Ektov; el 14 de noviembre fue arrestado. La versión que circula en la zona sitúa el móvil en una red de sobornos ligada a las unidades de rastreo que operan en Zabaikalia. Popov sostiene que pagó 950.000 rublos para evitar un retorno forzoso al frente y que, pese a todo, el grupo encabezado por Ektov irrumpió en su vivienda y lesionó a una anciana de su familia. El caso no es un episodio menor: proyecta luz sobre un engranaje que mezcla coerción, impunidad y cansancio de guerra en la retaguardia rusa.

El caso, con nombres y fechas

Borzya no es un escenario de combate, pero funciona como un nudo logístico militar de primer orden, apoyado en su estación ferroviaria y en la red de carreteras que conecta con Mongolia y China. Allí vivía Konstantín Ektov, nacido en Magadán y con antecedentes por robo y fraude antes de alistarse como contratista. Tras un periodo como ametrallador en una compañía de asalto en Ucrania, fue retirado por problemas de salud y regresó a Zabaikalia. Quedó adscrito a una unidad local —en su entorno se menciona la 06705— y, a partir de ese momento, se incorporó a una brigada de búsqueda de “samovolka” (ausencias no autorizadas). Esa labor, opaca por definición, le devolvió notoriedad: en chats de barrio lo señalaban como parte de un grupo que llegaba a los pueblos con pasamontañas, sin identificarse, y se llevaba a hombres jóvenes con o sin papeles.

El 11 de noviembre, la violencia cambió de acera. Una cámara doméstica captó la salida de Ektov de su edificio y el acercamiento de un hombre que le disparó a corta distancia. Los testigos recuerdan la huida del atacante con sangre fría: se subió al Toyota Esquire de la víctima y desapareció a toda velocidad por una avenida que bordea la vía. Las autoridades difundieron la foto del vehículo a los pocos minutos en canales locales. Tres días más tarde, Vladímir Popov apareció en vídeos enviados a un medio regional. Se identificó, dijo que lo hizo “sin arrepentimiento” y relató, con aparente calma, que había pagado casi un millón de rublos para librarse de la vuelta al frente y de nuevas irrupciones en su casa. La policía lo detuvo ese mismo día.

El relato de Popov encaja con las redadas practicadas en semanas previas por ese equipo de rastreo por aldeas de Zabaikalia. La cronología importa: a principios de noviembre, la brigada había multiplicado los operativos. En Trubachovo, por ejemplo, buscaban a Piótr Murátov, un contratista de 24 años que había sido prisionero en Ucrania y que, tras un intercambio, se había replegado a su pueblo. Según su entorno, los encapuchados entraron en varias casas, esposaron a un primo, lo metieron en un coche y le aplicaron descargas eléctricas para forzarle a revelar el paradero. Cuando dieron con Murátov, lo golpearon y se lo llevaron. Días después, una foto suya reapareció desde el frente.

En otra localidad, el objetivo era Alexéi Oshchépkov, con una lesión grave en la cabeza que, sobre el papel, requería comisión médica antes de cualquier desplazamiento. Para localizarlo, dos familiares acabaron detenidos de forma irregular y denunciaron haber recibido taserazos y golpes. Fueron liberados horas después con marcas visibles. Este patrón —irrupciones sin orden a la vista, presión a parientes, traslados acelerados— es el contexto inmediato del asesinato de Ektov. Borzya, por tanto, no solo es la ciudad de un crimen; es la escena donde convergen el desgaste de la guerra, el mercado de favores y la brutalidad de una maquinaria que exige hombres a toda costa.

La mecánica de la “caza” en Zabaikalia

La “caza” de desertores no es una figura codificada en reglamentos públicos, pero su operativa se parece una y otra vez: equipos mixtos —policía militar, personal de unidades territoriales, voluntarios con credenciales, a veces veteranos— reciben listados de soldados ausentes o que no se presentaron tras un permiso. Identifican domicilios, vigilan rutinas, interceptan vehículos en carreteras comarcales y actúan sin margen de negociación. La ausencia no autorizada (samovolka) es tratada como si fuera un delito flagrante, aunque la frontera entre disciplina y abuso se vuelve difusa cuando los métodos incluyen descargas eléctricas, golpes o amenazas a familiares.

En el terreno, el mando suele justificar la dureza por “disciplina en tiempos de guerra”. El reverso son pueblos en los que muchas familias han vivido una o varias visitas de estos equipos. En Zabaikalia, región extensa y con baja densidad de población, esa presencia adquiere proporciones desmesuradas: aldeas con veinte casas, un bar, una escuela casi vacía y una comisaría que abre a ratos. En ese paisaje, la llegada de dos furgones y cuatro hombres con pasamontañas diseña la ley del más fuerte. La idea que queda flotando —y que explica la presión social acumulada— es que cualquiera puede ser “devuelto” al frente, incluso con heridas o secuelas sin evaluar, y que la familia es el primer tornillo que aprietan.

Hay más capas. La “caza” abre un campo fértil para la corrupción: pagos por avisar de redadas, por “no ver” a un evadido durante unos días, por “gestionar” retrasos en un traslado o por accesorio de lujo, directamente por evitar el retorno. En la versión de Popov —que deberá examinar la justicia—, ese dinero acabó en manos de Konstantín Ektov y no sirvió para frenar nuevas entradas en su casa. Lo grave no es solo el soborno en sí, sino la expectativa de que funcione. Que exista ese mercado informal dice mucho del cansancio colectivo y de la percepción de impunidad de quien opera en nombre del Estado lejos de Moscú.

El perfil de Ektov y su trayectoria

Quien intenta entender la figura de Ektov se encuentra un itinerario zigzagueante. Nacido en Magadán, con antecedentes por delitos patrimoniales, se reenganchó al Ejército como muchos otros exreclusos o excondenados desde 2022. En Ucrania sirvió como ametrallador en una unidad de asalto hasta que los problemas en las piernas le apartaron del frente. A la vuelta, en Borzya, cambió el casco por el pasamontañas y el fusil por la cazadora de rastreo. Entre vecinos se ganó apodos amargos —“rata de retaguardia”, “cazador”— que hablan del clima local más que de su hoja de servicios. En canales de la zona, su muerte fue presentada como la de un militar “caído en la operación especial”, obviando que murió en su ciudad y que el procedimiento aún se investiga.

Fuentes de la región lo sitúan integrando una “brigada de búsqueda” que se movía por el distrito de Gazímuro-Zavodskói, a cientos de kilómetros del frente real. No es un matiz menor: la distancia con el combate físico desdramatiza el uso del taser o de las palizas en redadas de madrugada, porque quienes las ejecutan rara vez esperan un intercambio de fuego. La violencia aparece como instrumento de gestión antes que como defensa. En ese marco, Ektov no disimulaba la mano dura; la contaba con cierta jactancia, según vecinos. Se le veía cómodo en ese papel, como si lo considerase una prolongación de la lucha que no pudo mantener en el frente por motivos médicos.

Su entierro, el 2 de diciembre, en Magadán, cerró el círculo en lo simbólico. Los obituarios lo describieron como soldado y como compañero, sin mención a los testimonios de tortura en redadas ni a la extorsión que le atribuye el presunto homicida. Para una parte de su entorno, Ektov encarna el orden en tiempos convulsos. Para otra, resume lo peor de una guerra que ha traspasado el frente y ha entrado en las cocinas heladas de Siberia.

La versión de Popov y las líneas de investigación

Vladímir Popov no solo se señaló a sí mismo como autor; explicó un móvil con detalles que lo hacen verosímil: 950.000 rublos, pagados a Ektov para no volver al frente y para “dejar en paz” a los suyos. Aun así, la brigada habría entrado en su casa y lesionado a una anciana —la identidad exacta oscila en los relatos, madre o abuela— en una redada que dejó la vivienda patas arriba. Popov, también con pasado penal (robo, secuestro, extorsión), había pasado por prisión y por el frente como parte de esa cantera de combatientes reclutada en cárceles y juzgados. En sus grabaciones, asegura que “salvó vidas y familias” acabando con Ektov. La causa abierta por homicidio deberá cribar hechos probados, exageraciones y lagunas.

El sumario apunta a varias preguntas concretas. ¿Existió ese pago y puede vincularse con otros sobornos similares? ¿Era Ektov la punta visible de una pequeña red que convertía la angustia de los evadidos en ingresos regulares? ¿Quién autorizó redadas con descargas eléctricas a familiares y sin órdenes mostradas a los presentes? ¿Qué oficial firmaba los traslados exprés al frente de hombres como Piótr Murátov o intentó sacar de la cama a Alexéi Oshchépkov pese a sus lesiones? Las respuestas dibujan responsabilidades que no se agotan en Popov ni en Ektov. En un sistema con fiscalía militar y cadena de mando, alguien sabía, alguien ordenó y alguien miró hacia otro lado.

La detención rápida de Popov no trajo transparencia. En los días siguientes, el apagón informativo fue perceptible. En Magadán, los recordatorios de Ektov omitieron el contexto del asesinato. En Zabaikalia, varias publicaciones locales retiraron o suavizaron entradas sobre torturas “a petición de las fuerzas de seguridad”, según mensajes que circularon en canales regionales. Mientras tanto, nuevos testimonios de familiares de evadidos sumaron piezas al puzle: detenciones nocturnas, golpes en manos y costillas, amenazas a madres y esposas, promesas de “vernos pronto” que eran el preludio de un billete de vuelta al Donbás.

Desertores, coerción y desgaste: lo que se sabe

El marco general ayuda a comprender por qué un suceso en una ciudad pequeña prende con tanta fuerza. Desde 2022, la deserción —en sus múltiples formas: fuga, incomparecencia, permisos extendidos que nunca terminan— ha crecido como un síntoma de desgaste. Hay estimaciones que hablan de decenas de miles de soldados que han abandonado sus unidades, con varios miles procesados por delitos vinculados a la deserción. La cifra exacta es objeto de disputa, porque Moscú no ofrece balances desagregados, pero todo lo que sabemos sobre movilizaciones, relevos a la fuerza y campañas de reclutamiento en cárceles coincide en una idea: falta personal y el reclutamiento forzado no resuelve la moral.

En ese ecosistema, la “caza” de desertores cumple un doble propósito: recuperar hombres y disciplinar al resto. Los equipos de rastreo actúan como muestra ejemplar: si te vas, te encontrarán; si te escondes en casa de tus padres, harán daño a quien amas; si te niegas, volverás al frente en peores condiciones. El resultado es perverso: el soldado que regresa lo hace enoja­do, humillado, a veces lesionado. Y el que todavía lo duda escucha historias de electricidad en un coche sin matrícula, de hombres esposados que aparecen al día siguiente en un tren militar, de oficiales que firman papeles sin evaluación médica. La moral se resiente y la corrupción crece.

Este clima explica la simbolicidad del asesinato de Ektov. La muerte del “cazador” no es solo un ajuste de cuentas, sino el estallido de una tensión latente: la de quienes no quieren volver a una guerra que sienten eterna y la de quienes han hecho de traerlos de vuelta un oficio con licencia para excederse. También proyecta el tipo de violencia doméstica que la guerra deposita en regiones periféricas: no llega en forma de bombardeos, sino como una puerta que se abre de golpe, una anciana que cae al suelo y un muchacho que no vuelve a dormir.

Las implicaciones son políticas y militares. Si el temor a ser cazado aumenta las fugas de quienes todavía no han desertado, el problema se agrava para el Kremlin; si las extorsiones se convierten en rumor persistente —paga y no te “ven”—, la disciplina interna se erosiona; si las lesiones y heridas no frenan retornos, el rendimiento de las unidades cae a la larga. A la inversa, si el sistema responde con más recursos a las brigadas y menos controles, el mensaje que se manda a regiones como Zabaikalia es claro: el fin justifica los medios. Por ahora, la opacidad es la nota dominante.

Lo que deja Borzya tras un disparo en la nieve

El expediente de Borzya deja preguntas abiertas y varias certezas. La primera, que existía —y probablemente existe— una brigada dedicada a buscar y retener a evadidos con métodos coercitivos. La segunda, que ese trabajo crea rentas en la sombra: hay quien puede pagar 950.000 rublos y espera un resultado; hay quien cobra y, según afirma Popov, no cumple. La tercera, más incómoda, que la guerra ha desbordado su perímetro y ha colonizado rutinas de barrios enteros, donde un timbrazo de madrugada puede significar palizas, taser y un tren de vuelta al frente.

El caso Ektov-Popov precipita algo más que un juicio por homicidio. Obliga a mirar el funcionamiento de esas unidades, su cadena de mando y la responsabilidad consciente o negligente de quienes las dirigen. A falta de pronunciamientos oficiales que aclaren doctrina y límites, el mosaico de testimonios, vídeos y cronologías coincide en un guion reconocible: operativos en serie, familiares presionados, traslados inmediatos. En el centro, un nombre —Konstantín Ektov— que ha pasado, en semanas, de ser el hombre que llama a la puerta al hombre que yace en la acera; y otro —Vladímir Popov— que dice haber apretado el gatillo para salvar a los suyos y ahora espera juicio.

La fotografía final es nítida aunque el sumario siga recabando pruebas. Zabaikalia aparece como una retaguardia dura, donde el Estado llega antes con uniformes que con servicios, y donde la disciplina militar se impone con técnicas que en cualquier manual rozan —o cruzan— el abuso. Borzya queda unida para siempre a una escena breve: un hombre sale de casa, otro se le acerca, varios disparos, el coche que arranca y se pierde en la avenida blanca. Después, los vídeos, la confesión, la detención. Lo importante ahora es lo que no se ve en esa secuencia: quién ordenó, quién cobró, quién sabía. Y si la muerte del “cazador” servirá para poner límites a la caza o para afilarla aún más.


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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y contrastadas. Fuentes consultadas: Agencia EFE, swissinfo, Chita.ru, Novaya Gazeta Europe.

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