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Naturaleza

El mar verde provocado por el fitoplancton: el motivo y sus efectos

La clorofila, los nutrientes y la luz explican por qué algunas aguas cambian del azul a tonos verdes.

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Mar verde por fitoplancton visto desde el aire, con una floración que forma remolinos sobre el océano

Una franja verde que se extiende sobre el océano puede parecer una alteración repentina, pero casi siempre responde a una combinación precisa de luz, nutrientes y organismos microscópicos. El fitoplancton, formado por algas microscópicas y otros seres capaces de hacer fotosíntesis, modifica la manera en que el agua absorbe y dispersa la radiación solar. Por eso una superficie que desde la orilla parecía azul puede adquirir tonos esmeralda, oliva o turquesa en cuestión de horas o días.

El cambio de color no permite diagnosticar por sí solo si el ecosistema está sano o en riesgo. Una floración puede sostener una gran red alimentaria, pero también puede estar asociada con especies tóxicas, falta de oxígeno o alteraciones provocadas por el exceso de nutrientes. El verde es una señal óptica, no un certificado de buena salud ambiental; su interpretación exige observar la temperatura, la transparencia, la composición del plancton y la evolución de la masa de agua.

Cómo distinguir una floración de fitoplancton a simple vista

El agua pura tiene un tono azul muy tenue que se vuelve evidente cuando la luz atraviesa una columna suficientemente profunda. Las moléculas de agua absorben con mayor eficacia las longitudes de onda largas, sobre todo las asociadas con rojos y naranjas, mientras que parte de la luz azul vuelve hacia la superficie tras dispersarse. En el mar real, ese fondo óptico se mezcla con todo lo que flota en la columna de agua.

El fitoplancton introduce un pigmento decisivo: la clorofila. Este compuesto capta principalmente luz azul y roja para alimentar la fotosíntesis y deja una proporción mayor de luz verde disponible para regresar hacia nuestros ojos o hacia los sensores de un satélite. Cuanto mayor es la concentración de células en la capa iluminada, más marcado puede ser el tono verdoso, aunque el resultado también depende de la especie, la profundidad y la presencia de partículas minerales.

Una floración suele presentar bordes irregulares, remolinos y bandas que siguen las corrientes, como si alguien hubiera extendido pintura con un pincel enorme sobre el agua. Esa apariencia no significa que exista una capa sólida en la superficie. Las células están suspendidas, mezcladas por el viento y concentradas de forma desigual. En ocasiones, el color cambia en pocos metros porque una corriente separa aguas con distinta temperatura, salinidad o disponibilidad de nutrientes.

La clorofila cambia la luz, pero no actúa sola

La clorofila-a es el pigmento más utilizado para estimar la biomasa del fitoplancton, aunque no es el único responsable de los colores marinos. Las diatomeas pueden producir verdes parduzcos; algunos dinoflagelados generan tonos dorados, rojizos o marrones; y los cocolitóforos, cubiertos por diminutas placas de carbonato de calcio, pueden aclarar el agua hasta darle una apariencia azul turquesa o lechosa. La comunidad microscópica importa tanto como la cantidad total de células.

Los carotenoides absorben parte de la luz azul y pueden reforzar tonos amarillos, naranjas o pardos. Las ficobilinas, presentes en ciertos grupos de cianobacterias y algas, amplían la variedad cromática. En aguas costeras, la mezcla de pigmentos puede ocultar el verde clásico de la clorofila. Por esa razón, dos floraciones con una concentración parecida de organismos no necesariamente se ven iguales desde un muelle o desde una imagen espacial.

También intervienen los restos orgánicos, las burbujas, la espuma natural y el material que se desprende del fondo. La arena clara puede crear un turquesa luminoso en aguas poco profundas, mientras que el limo y la arcilla suelen producir colores ocres o marrones. El aspecto visible del océano es el resultado de absorción, dispersión y reflectancia, no de un único pigmento aislado.

El papel de los nutrientes y las corrientes marinas

El fitoplancton necesita luz, dióxido de carbono y nutrientes como nitrógeno, fósforo, silicio y, en determinadas regiones, hierro. Las aguas profundas suelen contener una reserva importante de estos elementos porque la materia orgánica que se hunde se descompone y libera nutrientes. Cuando el viento, la topografía submarina o una corriente ascendente llevan esa agua hacia la superficie, comienza una etapa de crecimiento acelerado.

Ese proceso se conoce como afloramiento. Es frecuente frente a costas donde los vientos empujan el agua superficial mar adentro y permiten el ascenso de capas más frías. En el Pacífico oriental, la dinámica asociada con la corriente de Humboldt favorece una elevada productividad en distintas zonas costeras y alrededor de las islas Galápagos. El enfriamiento superficial y el aumento de nutrientes pueden convertir aguas azules en aguas verdes productivas.

El fenómeno no siempre crea una mancha compacta. A veces origina una red de filamentos que se estira por decenas de kilómetros, con zonas más intensas en los frentes donde se encuentran masas de agua distintas. La temperatura superficial, la salinidad y la velocidad del viento ayudan a explicar su forma. Una imagen tomada desde el espacio muestra el patrón, pero no basta para identificar con seguridad las especies que lo producen.

Qué ocurre en estuarios y costas con sedimentos

En un estuario, el color verde puede quedar cubierto por la carga de sedimentos que llega desde los ríos. Durante episodios de lluvia, las corrientes arrastran arcilla, limo y materia orgánica desde la cuenca hacia el mar. Esas partículas dispersan la luz en muchas direcciones y reducen la transparencia, de modo que el agua puede verse marrón amarillenta aunque también contenga una cantidad considerable de fitoplancton.

La turbidez tiene consecuencias ecológicas que van más allá de la apariencia. Si las partículas bloquean la luz, la zona eufótica, es decir, la capa donde existe iluminación suficiente para la fotosíntesis, se vuelve más estrecha. En un estuario muy cargado, esa capa puede reducirse a pocos metros. Menos luz disponible limita la producción de algas microscópicas y altera la distribución de organismos que dependen de ellas.

La relación también funciona en sentido contrario. Una descarga excesiva de nitratos y fosfatos procedentes de aguas residuales, fertilizantes o actividad ganadera puede alimentar floraciones intensas. Cuando una gran cantidad de biomasa muere, las bacterias que la descomponen consumen oxígeno. El resultado puede ser una zona hipóxica, con concentraciones demasiado bajas para peces, crustáceos y otros animales. El tono verde, por tanto, debe interpretarse junto con mediciones de oxígeno y nutrientes.

Galápagos y el contraste entre azul profundo y verde costero

Las aguas de Galápagos ofrecen un ejemplo especialmente claro de cómo la geografía cambia el color del mar. En áreas abiertas y alejadas de fuentes continentales de sedimentos, la baja cantidad de partículas favorece tonos azules intensos y una visibilidad que puede alcanzar aproximadamente 20 a 30 metros en condiciones favorables. La profundidad y el fondo oscuro refuerzan esa impresión, sobre todo cuando el sol está alto.

En las cercanías de las islas occidentales, la circulación marina puede llevar agua fría y rica en nutrientes hacia la superficie. El aumento de nitratos y otros compuestos favorece la producción de diatomeas y otros organismos microscópicos. La superficie puede adquirir entonces tonos verdes, especialmente en áreas protegidas del viento o junto a frentes oceanográficos. La misma región puede mostrar azul transparente en aguas abiertas y verde intenso cerca de una zona de afloramiento.

El contraste tiene una dimensión biológica. Una mayor concentración de fitoplancton alimenta a pequeños crustáceos y otros componentes del zooplancton, que a su vez sostienen peces, aves y mamíferos marinos. Sin embargo, la productividad no se distribuye de manera uniforme. En la estación fría, la mezcla y el ascenso de nutrientes pueden intensificarse; durante periodos cálidos y estables, algunas aguas abiertas tienden a presentar menor biomasa superficial y mayor transparencia.

La profundidad determina qué colores sobreviven

La luz no penetra en el océano con la misma intensidad ni con el mismo color. Las longitudes de onda rojas desaparecen relativamente pronto porque el agua las absorbe con rapidez, mientras que la luz azul puede avanzar más. En aguas claras, la zona con luz suficiente para la fotosíntesis suele llegar a decenas de metros y, en casos excepcionales, bastante más. La cifra cambia de forma notable cuando aumentan el plancton o los sedimentos.

La atenuación puede aproximarse mediante la ley de Beer-Lambert, expresada como I = I0 e−kz. En esta relación, I es la intensidad a una profundidad determinada, I0 la intensidad inicial, k el coeficiente de atenuación y z la profundidad. Si se usa un valor ilustrativo de 0,04 m−1 para la luz roja y se busca el punto donde queda el 1% de la intensidad inicial, el cálculo es z = −ln(0,01) / 0,04, que produce aproximadamente 115 metros en un modelo de agua pura.

Ese número no debe presentarse como una frontera universal. El agua marina contiene sales, partículas, materia orgánica y organismos que modifican el coeficiente óptico. Con un valor de 0,02 m−1 para la luz azul, el mismo umbral del 1% se alcanzaría cerca de 230 metros en el modelo simplificado. En una costa turbia, la pérdida puede ser mucho más rápida. La profundidad real de la zona iluminada se mide con instrumentos, no solo con una fórmula.

¿Un mar más verde significa más vida?

En muchos casos, el verde refleja una mayor presencia de productores primarios y puede indicar que existe alimento disponible en la base de la red trófica. El fitoplancton convierte energía solar en materia orgánica y participa en el ciclo del carbono. Una floración moderada y temporal puede ser parte normal de la dinámica estacional de una plataforma continental o de una zona de afloramiento.

Pero cantidad no equivale automáticamente a diversidad. Algunas especies forman floraciones nocivas capaces de producir toxinas que afectan a peces, aves, mamíferos marinos y seres humanos mediante el consumo de mariscos contaminados. Otras no producen toxinas, pero al morir pueden provocar una caída intensa del oxígeno disuelto. El riesgo depende de la composición de la floración, su duración y las condiciones químicas del agua, no de la intensidad visual del color.

La coloración observada desde un satélite tampoco equivale directamente a una medición de salud ambiental. Los sensores registran la forma en que la superficie devuelve distintas longitudes de onda y permiten calcular indicadores como la clorofila-a, pero necesitan calibración con muestras tomadas en el mar. Una tonalidad parecida puede deberse a organismos distintos, sedimentos o materia orgánica disuelta. La teledetección es una herramienta de vigilancia, no un diagnóstico completo.

El cambio climático modifica el escenario

El calentamiento del océano puede alterar la estratificación, las corrientes y el transporte de nutrientes. Cuando una capa superficial cálida se vuelve más estable, se mezcla menos con aguas profundas y puede recibir menos nitrógeno y fósforo. En algunas regiones eso reduce la productividad; en otras, los cambios de circulación y temperatura favorecen comunidades diferentes. El efecto no es igual en todos los mares ni en todas las estaciones.

Un análisis basado en observaciones satelitales de dos décadas, entre 2002 y 2020, detectó tendencias de color en cerca del 56% de la superficie oceánica estudiada. El hallazgo no significa que más de la mitad del mar se haya transformado de azul a verde de forma visible desde la costa. Indica cambios estadísticamente significativos en la reflectancia, muchos de ellos sutiles y vinculados con modificaciones en las comunidades planctónicas. El color funciona como una huella ambiental difícil de interpretar sin series largas de datos.

La acidificación añade otra presión. Al absorber dióxido de carbono, el océano cambia el equilibrio químico del sistema carbonato y reduce la disponibilidad relativa de iones carbonato, necesarios para que corales, moluscos y algunos organismos planctónicos formen estructuras de carbonato de calcio. Un pH de 7,8 frente a un valor oceánico cercano a 8,1 implica una concentración de iones hidrógeno aproximadamente el doble, aunque la respuesta del carbonato depende de toda la química marina. La alteración puede cambiar qué organismos prosperan y, con ello, modificar también el color del agua.

Qué información ofrece realmente una mancha verde

Una observación aislada permite afirmar que la luz está interactuando con una concentración elevada de pigmentos, partículas o materia orgánica, pero no identifica por sí sola la causa exacta. La interpretación mejora al comparar imágenes de varios días y cruzarlas con datos de viento, temperatura superficial, salinidad, oleaje y corrientes. El patrón puede desplazarse, desaparecer tras una tormenta o intensificarse cuando la columna de agua permanece estable.

Las mediciones directas completan la escena. Una muestra de agua permite analizar clorofila-a, nutrientes, especies dominantes, toxinas, oxígeno disuelto y pH. La transparencia puede estimarse con un disco de Secchi o con sensores ópticos, mientras que los laboratorios especializados utilizan microscopía, análisis genético y cromatografía para distinguir comunidades con pigmentos parecidos. La combinación de observación visual, satélites y muestreo es la forma más fiable de entender el fenómeno.

También importa el contexto local. Una bahía cerrada, un estuario, una zona de acuicultura y una plataforma oceánica responden de manera distinta a las lluvias, las mareas y los aportes terrestres. El mismo tono verde puede ser una floración estacional inofensiva en una región y una señal de eutrofización en otra. Leer el color del mar exige mirar más allá de la superficie: allí comienza la historia, pero no termina.

El color del océano como señal de un ecosistema cambiante

El verde marino no es una rareza ni una prueba automática de contaminación. Es la manifestación visible de procesos que conectan la radiación solar con la química del agua y la vida microscópica. Cada floración cuenta una historia sobre nutrientes, circulación y disponibilidad de luz, pero esa historia necesita datos para ser leída con precisión.

La importancia del fenómeno está en sus consecuencias ecológicas. Cambiar la comunidad de fitoplancton puede modificar el alimento disponible para el zooplancton, alterar las rutas de carbono y afectar a peces y aves marinas. Al mismo tiempo, una mayor biomasa puede consumir oxígeno al descomponerse o producir sustancias nocivas. El color, aparentemente superficial, puede revelar transformaciones que alcanzan toda la red alimentaria.

Observar el mar verde con rigor significa abandonar dos simplificaciones: ni todo cambio es una catástrofe ni toda floración representa abundancia saludable. El océano está hecho de matices, corrientes y equilibrios frágiles. Allí donde el agua cambia de azul a verde, la ciencia encuentra una ventana para seguir la evolución de un ecosistema que se transforma antes de que muchos de sus efectos sean visibles en la costa.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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