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¿Por qué los therians inquietan a veterinarios y PACMA?

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los therians inquietan a veterinarios

Therians con máscaras y colas llegan a parques y alertan a PACMA y veterinarios: perros desconcertados, riesgo de mordidas y confusión total.

En España empieza a colarse en parques y paseos una escena que desconcierta a más de uno: jóvenes con máscaras, colas postizas y guantes que simulan garras se mueven y se relacionan como si fueran un animal. Se definen como ‘therians’, una comunidad de personas que, siendo plenamente conscientes de que son humanas, afirman identificarse internamente con una especie y la imitan “hasta donde pueden”, a veces con accesorios y a veces con gestos muy marcados, casi teatrales. Psicólogos consultados en los últimos días han pedido prudencia con las etiquetas clínicas y lo han enmarcado, en muchos casos, en un juego de búsqueda de identidad típico de la adolescencia, pero el debate se ha desplazado rápido hacia otro terreno: el de los animales reales que se cruzan con esa conducta sin entender nada de nada.

Animalistas y veterinarios consultados por EFE expresan una preocupación muy concreta y bastante terrenal: qué pasa cuando alguien disfrazado se aproxima a un perro o intenta interactuar con él, qué reacciones se disparan, y cómo un episodio de mordida o susto puede acabar perjudicando a quienes menos culpa tienen, el animal y su familia. A eso se suma otra inquietud: que se mezcle en el imaginario colectivo el activismo por el bienestar animal con una tendencia que no tiene por qué compartir objetivos, ética ni organización, y que esa confusión termine por ridiculizar o desdibujar reivindicaciones políticas y sociales que llevan años peleándose con seriedad.

De los foros de los noventa al escaparate viral

El término “therian” es una abreviatura que se asocia a “therianthrope”, de raíz griega, que puede traducirse sin adornos como “bestia humana”. La etiqueta nació en foros de internet durante el decenio de los años 90, cuando la red era más bien una plaza con rincones, comunidades pequeñas, conversaciones largas. Lo nuevo no es tanto la existencia de este movimiento como su exposición: en los últimos días ha saltado a un primer plano mediático gracias a las redes sociales, que han viralizado vídeos y fotografías de actividades en espacios públicos, saltos, carreras a cuatro patas, poses, máscaras, colas y un repertorio gestual que mezcla juego, estética y performance.

En esa viralidad hay un detalle que importa porque cambia el clima: el formato. Un vídeo corto no explica matices; enseña un impacto. Un plano con una figura enmascarada y un perro al fondo se interpreta en un segundo, sin contexto, y el cerebro decide por atajos: risa, rechazo, alarma, burla. Ese mecanismo, tan propio de internet, ha empujado el fenómeno “therian” a un terreno incómodo donde se mezclan identidad, espectáculo y convivencia. Y cuando la convivencia incluye animales, la cosa deja de ser abstracta: hay piel, hay tensión, hay reacciones imprevisibles.

Varios psicólogos han señalado que no conviene confundir el fenómeno con un trastorno de forma automática. En muchas trayectorias adolescentes, probar identidades, estilos, símbolos, pertenencias… es casi un ritual, una manera de ensayar quién se es sin que aún esté todo cerrado. La diferencia aquí es el símbolo: no es un peinado o una camiseta, es una imitación animal que, en la calle, puede chocar con la percepción social y, sobre todo, con la lectura que hacen los animales reales. Un ser humano puede entender que una máscara es una máscara; un perro, no necesariamente. Y ahí aparece el núcleo del debate.

El parque como punto de fricción

La portavoz del partido animalista PACMA, Yolanda Morales, ha alertado de escenas vistas en parques: chicos disfrazados que quieren interactuar con animales reales y animales que “no tienen por qué reaccionar bien”. Su preocupación no se queda en lo anecdótico. Hay perros que, ante movimientos inesperados, pueden excitarse, sentirse invadidos o amenazados, y reaccionar con una mezcla peligrosa de estrés y defensa. Morales lo describe con una imagen sencilla: animales que pueden recibir esos comportamientos “muy mal”. No es una frase grandilocuente; es casi clínica. Un “muy mal” en un perro puede ser un ladrido nervioso, un salto, un amago… o una mordida.

En ese punto el debate se vuelve de una crudeza burocrática: si un perro muerde a un “therian”, la consecuencia puede ser un proceso de denuncia contra los dueños del animal, cuando ni la mascota ni su familia tenían el menor interés en cruzarse con alguien disfrazado, ni en entrar en un conflicto que, de pronto, se judicializa o se vuelve administrativo. La escena inicial —alguien imitando a un animal— se convierte, en un abrir y cerrar de ojos, en una cadena de hechos con parte veterinario, tensión vecinal, miedo, reputación dañada y un animal que carga con la etiqueta de “problemático”.

Hay un aspecto que suele pasarse por alto porque no se ve en los vídeos: los espacios públicos están llenos de animales que ya van gestionando su mundo a duras penas. Un perro urbano vive rodeado de estímulos: patinetes, motos, niños corriendo, bolsas que vuelan, petardos. Si a ese cóctel se le suma una figura enmascarada que se mueve de forma errática, se agacha de golpe, invade la distancia, emite sonidos raros o se aproxima con intención de contacto, el animal puede interpretar la escena como una amenaza o como un juego demasiado intenso. Y en ambos casos la respuesta puede ser mala. No es moral, es conducta.

Lo que un perro “lee” cuando ve a un ‘therian’

Un perro no mira como miramos los humanos. En su cabeza no hay subtítulos. Hay señales: postura, velocidad, distancia, dirección de la mirada, tensión muscular. Si un humano se desplaza a cuatro patas, baja su altura, acelera y se aproxima directo, el perro puede leerlo como un desafío o como una excitación que lo desborda. Si además hay máscara, se borra parte de la comunicación facial que, aunque no sea la principal vía del perro, también cuenta. Y si hay accesorios que “aumentan” la figura —cola, garras—, la silueta cambia y puede resultar inquietante.

En un parque, un encuentro así suele tener un segundo actor que lo complica todo: la correa. Un perro atado tiene menos margen para alejarse; si se asusta y no puede tomar distancia, la tensión sube. Y cuando sube, aparecen respuestas de defensa. A veces se ve en señales pequeñas, casi microscópicas: rigidez, cola en alto o pegada, orejas hacia atrás, jadeo que no cuadra con el esfuerzo, mirada fija. Si en ese momento alguien insiste en el contacto, el animal puede pasar de “incómodo” a “me defiendo”. Y entonces la noticia ya no trata de estética ni de identidad: trata de seguridad y de bienestar animal.

Morales también pone el foco en el impacto emocional del animal, que no siempre deja marcas visibles. Un perro puede no morder y, aun así, quedarse alterado, evitar ciertas zonas, mostrar miedo ante figuras parecidas. La experiencia se graba. Los animales aprenden por asociación: un susto fuerte puede convertir un estímulo neutro en algo que dispara alarma. Y eso, en el día a día, es un deterioro real de su bienestar, silencioso, acumulativo.

PACMA y el temor a la confusión pública

Más allá del riesgo inmediato de incidentes, a PACMA le inquieta otro efecto que tiene menos sangre y más política: que la sociedad confunda el activismo por la protección y el bienestar animal con la tendencia “therian”. Yolanda Morales insiste en que quienes pertenecen a esa comunidad, en general, “no tienen nada que ver con los animalistas” y no tienen por qué serlo. La frase, dicho así, busca cortar un cable antes de que prenda la chispa: una cosa es defender derechos y condiciones dignas para los animales desde organizaciones y propuestas públicas; otra, identificarse con un animal y representarlo.

Morales subraya que su posición es ética y política contra la crueldad animal, y que su trabajo se articula en organizaciones y en partido. El miedo, explica, es que se malinterprete su actividad y la gente crea que los animalistas “aspiran a convertirse en animales” o comparten esa estética. Ese malentendido, si se instala, funciona como un ácido lento: desautoriza, convierte en broma una agenda seria, y abre la puerta a que se banalice cualquier debate sobre maltrato, abandono, explotación o convivencia.

Hay un matiz que Morales lanza y que pesa: la tendencia “therian” puede acabar siendo una forma de ridiculización de lo que el animalismo busca de verdad, “una vida más digna para los animales que conviven con nosotros en todos los ámbitos”. Lo ridículo, en política, es un arma. Nadie necesita rebatirte si logra que te vean como un chiste. Y si el tema animal ya vive en España con un ruido enorme —entre sensibilidades, tradiciones, leyes, intereses económicos y debates culturales—, cualquier caricatura nueva se pega como una etiqueta difícil de despegar.

Esa preocupación también es, en el fondo, una defensa de los propios animales: si el debate se llena de confusión, se pierde el foco sobre lo esencial, que es su bienestar y su protección. Las redes sociales, con su lógica de clip y burla rápida, hacen el resto. En dos días, una tendencia se convierte en meme. En dos semanas, el meme se convierte en prejuicio.

Veterinarios: humanos y animales no son intercambiables

Desde el ámbito clínico, el veterinario Manuel Lázaro, del Colegio de Veterinarios de Madrid, pone una frase sobre la mesa que suena simple y por eso mismo es potente: un animal tiene necesidades distintas a un ser humano; ni mejores ni peores, distintas, porque son especies distintas. Esa distinción, dice, es fundamental. Y enlaza el fenómeno “therian” con otro problema más extendido: los intentos por humanizar a los animales, tratándolos como si fueran niños pequeños “por su bienestar”.

Lázaro menciona ejemplos que se ven cada vez más: perros disfrazados, paseados en cochecito, sentados a la mesa con cubierto y mantel. El gesto puede nacer del cariño, sí, pero el cariño no convierte automáticamente una conducta en buena. Cuando tratamos a un animal como si fuera humano, sostiene, no le permitimos expresar su conducta natural. Y eso puede tener efectos a largo plazo en su comportamiento; incluso puede rozar un “cierto maltrato” si se convierte en una imposición constante de rutinas que chocan con su manera de estar en el mundo.

El punto delicado aquí es que el fenómeno “therian” abre una puerta nueva: no solo se humaniza al animal, también se animaliza la conducta humana delante de animales reales. Ese cruce puede generar situaciones extrañas, y no siempre inocuas. Un perro puede interpretar un comportamiento a cuatro patas como un estímulo de juego excesivo, o como una provocación. Un animal asustadizo puede dispararse. Un animal reactivo puede sentirse acorralado. Y entonces el problema no es lo que la persona pretende expresar, sino el resultado sobre un ser vivo que no participa en el código.

Lázaro también recalca algo que suele olvidarse: cuidar y acoger animales de compañía, como perros y gatos, es positivo en sí mismo, pero exige limitaciones para que no pierdan su identidad. A veces hacemos cosas que, bajo nuestro criterio humano, pensamos que al animal le pueden gustar, cuando en realidad pueden ir en contra de su conducta. Esa frase es casi un retrato de la convivencia moderna: buena intención, lectura equivocada, consecuencias inesperadas.

La trampa de “humanizar” por cariño

La humanización tiene un mecanismo seductor: convierte al animal en un espejo emocional y en un personaje. Pero un perro no es un niño con pelo, ni un gato un muñeco sofisticado. Un animal puede tolerar ciertas cosas —un abrigo en invierno, un accesorio breve— y aun así estar acumulando estrés si su día se llena de manipulaciones, fotos, ruidos y contacto no deseado. La tolerancia no es bienestar. Es, a veces, resignación.

Cuando Lázaro habla de “cierto maltrato” no está diciendo que cualquiera que le ponga una prenda a su perro sea cruel. Está marcando una línea: el bienestar animal no es decorar al animal, sino respetar su conducta natural, su necesidad de explorar, olfatear, descansar, jugar a su manera, mantener distancias cuando lo necesita. En esa lógica, la conducta “therian” puede convertirse en un estímulo intrusivo si se usa para buscar interacción con animales reales como parte del juego o del contenido en redes.

Hay además un elemento cultural que contamina todo: los animales que piensan y hablan como humanos existen en los dibujos animados, en las películas, en la ficción. En la vida real, no. Mezclar identidades humana y animal, insiste el veterinario, puede abrir la puerta a conductas de maltrato si no se hace un buen trabajo de concienciación, porque los animales solo piensan, hablan y se comportan como humanos en la animación. En el parque, en cambio, hablan con postura, tensión, distancia y una lengua sin palabras. Y si no se entiende esa lengua, se cometen errores.

Identidad, adolescencia y el choque con la vida real

Que psicólogos vean en el fenómeno un juego de identidad no lo vuelve trivial; lo vuelve reconocible. La adolescencia es una fase de ensayo, de pertenencia, de rituales. Hay quien prueba estilos de vestir, tribus urbanas, roles, nombres, estéticas. Aquí se añade la idea de una identificación interna con un animal, que puede vivirse como metáfora, como símbolo, como sensación de afinidad, o como una forma de narrarse a uno mismo. El problema llega cuando esa narración se traslada sin filtro a un espacio donde hay terceros —personas y animales— que no participan.

Las redes sociales han acelerado ese choque. Un vídeo con una máscara y una cola no solo muestra una identidad; muestra una escena pública. Y lo público, por definición, es fricción. Aparecen miradas, bromas, grabaciones ajenas, comentarios crueles. Ese entorno no siempre ayuda a nadie. Y, de rebote, aparecen también reacciones defensivas: cuanto más se ridiculiza una identidad, más se refuerza el cierre del grupo y más se busca validación dentro de la comunidad. Es una dinámica conocida en internet. La cuestión aquí es que, en medio, quedan animales reales expuestos a episodios que no entienden.

Por eso la preocupación que trasladan animalistas y veterinarios no va tanto de juzgar lo que alguien siente, sino de describir lo que puede ocurrir cuando ese sentir se materializa en conductas que implican a otros seres vivos. Morales habla de animales desconcertados; Lázaro de necesidades distintas y de límites para no romper la identidad del animal. En ambos casos, lo que se pide, aunque se diga con palabras diferentes, es que el animal no sea utilizado como parte del escenario.

En el terreno más práctico, el riesgo de incidentes no depende solo de la conducta “therian”. Depende del tipo de animal, de su historia, de si es joven o mayor, de si está socializado o es miedoso, de si va suelto o atado, de si el dueño está alerta o distraído. Un encuentro raro puede acabar en nada, o puede convertirse en un susto serio. Y cuando se hace viral, el contexto se pierde, pero el daño queda. Un perro con mala fama, una familia señalada, una comunidad animalista caricaturizada, una persona herida. Es un dominó.

También hay un efecto menos comentado: la tensión que recae sobre los propios animales en un ambiente de grabación constante. Si se intenta “interacción” para un vídeo, el animal se convierte en un objeto de contenido. Eso, desde la óptica del bienestar, es un salto peligroso. En el mejor de los casos, es invasivo. En el peor, es un detonante.

La frontera entre juego y bienestar animal

En el centro de esta noticia hay un punto que no admite demasiada niebla: los animales reales no están para sostener la escena identitaria de nadie, ni para ser un accesorio, ni para “ver qué pasa”. El fenómeno “therian”, tal y como se describe, puede convivir con la sociedad sin mayor conflicto cuando se queda en el terreno de la estética, el juego y los espacios adecuados; la alarma llega cuando esa conducta busca, deliberadamente o por impulso, el contacto con animales que no participan del código y que pueden reaccionar de forma imprevisible.

La advertencia de Yolanda Morales pone el foco en el riesgo inmediato y en el daño colateral: un perro excitado o desconcertado puede morder, y esa mordida puede desembocar en una denuncia contra los dueños, con un animal arrastrado al centro del conflicto. Su preocupación, además, va más lejos: que se confunda el animalismo con esta tendencia y se ridiculice una lucha por el bienestar animal que se articula en organizaciones y en política. El recordatorio de Manuel Lázaro, desde el Colegio de Veterinarios de Madrid, empuja en la misma dirección con otro lenguaje: humanos y animales son especies distintas, con necesidades distintas, y cuando se borra esa frontera —humanizando al animal o mezclando identidades de forma literal— se puede terminar dañando justo aquello que se dice querer cuidar, el comportamiento natural y el bienestar del animal.

La conversación seguirá porque la viralidad no se apaga de un día para otro, y porque la adolescencia siempre buscará símbolos nuevos para explicarse. Pero la vida diaria, la de correa, parque y paseo, tiene sus reglas invisibles: el animal no entiende la máscara, solo entiende la intención que le llega en forma de distancia, tensión y movimientos. Y si lo que le llega es intrusión o amenaza, responderá como responde un animal, no como un personaje de ficción. Esa diferencia, tan simple y tan olvidada, es la que ha encendido la preocupación.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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