Naturaleza
¿Por qué los mosquitos nos pican más? Cae la biodiversidad
La idea suena casi a chiste malo hasta que la pones sobre una mesa de laboratorio: en los restos de la Mata Atlántica de Río de Janeiro, varios mosquitos parecen estar cambiando de menú y el plato principal, cada vez más, somos nosotros.

La pérdida de biodiversidad cambia el comportamiento de los mosquitos y aumenta su contacto con humanos, elevando el riesgo de transmisión de virus.
La idea suena casi a chiste malo hasta que la pones sobre una mesa de laboratorio: en los restos de la Mata Atlántica de Río de Janeiro, varios mosquitos parecen estar cambiando de menú y el plato principal, cada vez más, somos nosotros. Eso es lo que describe un estudio publicado el 15 de enero de 2026 en Frontiers in Ecology and Evolution, un informe breve firmado por un equipo brasileño con nombres y apellidos: Dálete Cássia Vieira Alves, Júlia dos Santos Silva, Nathália Menezes de Almeida, Rayane Dias, Shayenne Olsson Freitas Silva, y como autores sénior y de referencia, Sérgio Lisboa Machado (Universidad Federal de Río de Janeiro) y Jeronimo Alencar (Instituto Oswaldo Cruz, Fiocruz, en Río). El trabajo, con DOI 10.3389/fevo.2025.1721533, no habla de “sensaciones” ni de “parece que ahora hay más mosquitos”: pone cifras, especies y sangre identificada con ADN.
El resultado más llamativo está en una combinación muy concreta de números. Capturaron 1.714 mosquitos pertenecientes a 52 especies en dos reservas naturales del estado de Río de Janeiro y, dentro de ese total, localizaron 145 hembras “cargadas” de sangre, recién alimentadas. Al analizar en laboratorio la sangre de esas hembras mediante secuenciación, lograron identificar con precisión el origen de 24 comidas de sangre: 18 procedían de humanos, y el resto se repartía entre un anfibio, seis aves, un cánido y un ratón, con algún caso de mezcla. Dicho sin dramatismo: cuando en un bosque debería haber una carta larguísima de posibles huéspedes, aparecen muchas “cuentas” que terminan en humanos. Y eso, en epidemiología, se apunta con rotulador grueso.
Una selva recortada a tijeretazos y un mosquito que se adapta
La Mata Atlántica es uno de los grandes tesoros biológicos de Brasil: una franja de bosques y selvas que acompaña buena parte de la costa y que alberga una diversidad enorme de vertebrados. El problema es el de siempre, solo que aquí tiene un efecto colateral incómodo: la expansión humana, la urbanización, la agricultura y la fragmentación han dejado la selva en parches, como una manta vieja remendada. En la comunicación asociada al estudio se habla de que solo alrededor de un tercio de su extensión original permanece intacta, una imagen suficiente para entender el paisaje: reservas rodeadas por carreteras, zonas residenciales, explotaciones, bordes donde el bosque se abre, entra más luz, cambia el viento, cambian los charcos, cambian las rutas de los animales.
En ese escenario, el mosquito no hace filosofía. Hace biología práctica. Si los animales se reducen, se desplazan o pasan menos cerca, el vector se mueve y ajusta su patrón de alimentación. Lo resume Jeronimo Alencar con una frase que no necesita adornos: las especies capturadas en esos restos de selva muestran una clara preferencia por alimentarse de humanos. Y Sérgio Machado aterriza la consecuencia: en un entorno con gran diversidad potencial de huéspedes, que esa preferencia se incline hacia nosotros aumenta el riesgo de transmisión de patógenos.
Dos reservas, dos puntos en el mapa: Sítio Recanto Preservar y REGUA
El muestreo se hizo en dos reservas naturales del estado de Río de Janeiro: Sítio Recanto Preservar y la Guapiacu River Ecological Reserve, más conocida por sus siglas, REGUA. REGUA está en la zona de Cachoeiras de Macacu y se inserta en un mosaico de áreas protegidas que conectan con espacios mayores, como el Parque Estatal dos Três Picos y la región de Serra dos Órgãos, uno de los enclaves con mayor biodiversidad en el estado. Es un detalle importante porque evita la caricatura de “un bosque cualquiera”: estamos hablando de un territorio donde, en teoría, deberían seguir existiendo muchos huéspedes vertebrados disponibles.
Aun así, el estudio se centra en restos del bosque, no en una alfombra continua. Y en los restos, los bordes mandan. En un borde, el humano no es una visita ocasional: es vecino, es tránsito, es luz por la noche, es actividad diaria. La proximidad pesa más de lo que solemos aceptar cuando pensamos en “naturaleza”.
Cómo se sabe a quién ha picado un mosquito: el truco está en el ADN
Aquí está la parte menos vistosa y más decisiva: el método. Los investigadores colocaron trampas luminosas para capturar mosquitos y, ya en el laboratorio, separaron las hembras engordadas, las que habían tomado sangre recientemente. Después extrajeron ADN de esa sangre y utilizaron secuenciación Sanger sobre un marcador genético que funciona como huella de identidad del huésped, el gen cytochrome b (Cytb). Ese gen se compara con bases de datos para identificar de qué vertebrado procede la sangre.
No es un detalle técnico para especialistas y ya. Es la diferencia entre “creemos que pican más a humanos porque hay gente cerca” y “tenemos el rastro molecular de esa comida”. El estudio, además, se realizó en el periodo crepuscular, el tramo de luz indecisa del atardecer y primeras horas de la noche, cuando muchas especies de mosquitos están especialmente activas. Eso encaja con la experiencia cotidiana en regiones con densidad de mosquitos: el zumbido se vuelve más insistente justo cuando baja el sol y el aire parece quedarse más quieto.
Hay un matiz que el propio trabajo subraya y que conviene mantener en primer plano: de las 145 hembras engordadas, solo se identificaron con éxito 24 comidas. La tasa de identificación, por tanto, es limitada. No es una “grieta” para desacreditar el hallazgo; es una señal de que el campo es difícil, de que la sangre se degrada, de que hay comidas mezcladas y de que hacen falta métodos cada vez más finos para resolver todas las fuentes en una misma muestra. Pero incluso con esa limitación, el patrón que emerge es llamativo: predominio humano en lo identificado.
Los mosquitos que mezclaron sangre: cuando el puente se vuelve literal
Entre los ejemplos concretos del estudio hay escenas pequeñas que dicen mucho. Una comida de sangre de un mosquito identificado como Cq. venezuelensis (abreviatura habitual en entomología para el género Coquillettidia) apareció compuesta por sangre de anfibio y humana. Y en Cq. fasciolata se observaron comidas combinadas, incluyendo mezclas con roedor y ave, y también combinaciones con ave y humano. Ese detalle, aparentemente anecdótico, importa porque muestra un mecanismo real de “conexión”: si un mismo mosquito está saltando entre huéspedes, la posibilidad de actuar como puente biológico aumenta.
Además, el artículo menciona el comportamiento generalista de algunas especies como Aedes scapularis, que en distintos estudios ha mostrado capacidad de alimentarse de aves y mamíferos, incluidos humanos. Cuando una especie es generalista, no necesita “evolucionar” para cambiar de huésped: ya trae esa flexibilidad de serie. Y en un ecosistema alterado, la flexibilidad es una ventaja.
El punto de fondo, dicho sin tremendismos, es que el mosquito no tiene que convertirse en nada nuevo para que cambie el riesgo. Basta con que cambie su rutina de alimentación hacia el huésped más disponible. Y en zonas donde la fauna se reduce y la presencia humana crece, el huésped más disponible suele ser el mismo cada tarde: personas, perros, ganado cercano, vida doméstica.
De la picadura al virus: por qué este cambio preocupa a salud pública
La picadura molesta, sí. Pero el problema de verdad es el que viaja dentro. En las regiones estudiadas, y en Brasil en general, hay circulación conocida de virus transmitidos por mosquitos que pueden causar enfermedades relevantes: dengue, zika, chikunguña, fiebre amarilla, y también virus menos populares fuera de América pero presentes en el radar científico regional, como Mayaro o Sabiá, mencionados en la comunicación asociada al estudio. Cuando un mosquito con capacidad vectorial incrementa su contacto con humanos, la aritmética epidemiológica se vuelve menos amable: aumenta la probabilidad de que un patógeno que circula en fauna silvestre encuentre puerta de entrada, o de que un patógeno urbano mantenga transmisión en zonas de borde.
Aquí conviene poner orden, porque es fácil mezclar cosas. El estudio no afirma que haya un brote nuevo ni que esos mosquitos estuvieran infectados en ese momento con un virus concreto. Lo que afirma es que, en esos fragmentos del bosque atlántico, las hembras analizadas mostraron una tendencia clara a alimentarse de humanos, y eso eleva el potencial de transmisión en la medida en que haya patógenos circulando. Es un hallazgo ecológico con implicación sanitaria, no un parte de emergencia.
Machado lo explica con una imagen sencilla: con menos opciones naturales disponibles, los mosquitos se ven “forzados” a buscar fuentes alternativas de sangre, y terminan alimentándose de humanos por conveniencia, porque somos el huésped más frecuente en esas áreas. Es un recordatorio incómodo de algo básico: muchas amenazas sanitarias no aparecen por sorpresa; aparecen porque el paisaje cambia y los contactos se reordenan.
Lo que dice el bosque sobre nosotros: disponibilidad, proximidad y señales humanas
¿Por qué la sangre humana resulta tan “atractiva”? En realidad, el estudio plantea que la preferencia puede responder a múltiples factores, y destaca dos que suenan casi demasiado obvios, pero son determinantes: disponibilidad y proximidad. Un mosquito puede tener preferencias innatas, sí, pero si el huésped preferido se vuelve raro o está lejos, la conducta cambia. No hay misterio.
A eso se suman señales humanas que funcionan como una baliza: dióxido de carbono al respirar, calor corporal, olores de piel, sudor, perfumes, detergentes. Incluso la iluminación nocturna en zonas de borde puede alterar comportamientos de insectos. En un bosque continuo, esas señales se “diluyen” en la complejidad del sistema. En un fragmento rodeado de actividad humana, las señales se vuelven constantes, predecibles, repetidas cada día. El mosquito aprende el patrón, o más bien, lo explota.
Hay algo casi visual en imaginarlo: un atardecer en la Mata Atlántica, aire pesado, humedad, insectos activándose, y a pocos cientos de metros una zona habitada. Para un mosquito, esa frontera no es una línea en un mapa. Es un gradiente de olor, calor y movimiento.
Las cifras del estudio, con lupa: qué pesa y qué queda pendiente
Las cifras principales ya están encima de la mesa, pero merecen una lectura con calma. De 1.714 mosquitos capturados, solo 145 hembras estaban engordadas, lo que equivale aproximadamente a un 6,98%. No es extraño: no todas las hembras capturadas han comido recientemente; algunas buscan huésped, otras descansan, otras están en fases diferentes. Ese porcentaje, de hecho, refuerza la idea de que el muestreo captura un momento concreto del comportamiento, no una foto total del ciclo vital.
Luego está la identificación de comidas: 24 sobre 145. En torno a un tercio largo, una proporción que en la propia comunicación se menciona como indicio de que hacen falta estudios más ricos en datos y métodos más adecuados para identificar comidas mixtas. La mezcla de sangre complica el análisis: si un mosquito se alimenta de más de un huésped, el marcador genético puede dar señales superpuestas. En ese terreno, los investigadores no se ponen medallas: piden más herramientas y más trabajo.
Y, aun así, el patrón. Dieciocho comidas humanas sobre 24 identificadas no es una rareza estadística que puedas despachar con una frase. En un entorno de alta diversidad de vertebrados, ese sesgo hacia humanos es lo que enciende el debate: si esta tendencia se repite en más muestreos, más temporadas y más fragmentos, estaríamos ante una señal robusta de cambio ecológico con consecuencias sanitarias.
Un debate que también toca Europa: cuando “tropical” deja de ser una palabra cómoda
Aunque el estudio es brasileño, el tema no vive aislado en la selva. Europa lleva años viendo cómo los mosquitos vectores expanden su territorio. El caso más conocido en el sur de Europa es Aedes albopictus, el mosquito tigre, que se ha extendido por la costa mediterránea y otras zonas, y se ha asociado a riesgos de transmisión local de virus como dengue o chikunguña en condiciones adecuadas. En 2025, el Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades (ECDC) alertó de récords de brotes de chikunguña en el continente y del avance territorial del mosquito tigre en regiones europeas, un contexto donde la movilidad internacional y los veranos más largos juegan su papel.
España, además, convive con el fenómeno vectorial de forma cada vez menos abstracta. Aedes albopictus se detectó por primera vez en Cataluña en 2004 y se ha expandido por el arco mediterráneo y otras áreas; y el país conoce bien, por otro lado, el impacto del virus del Nilo Occidental en el sur, que se transmite por otros mosquitos (principalmente del género Culex). Son piezas distintas del mismo puzle: cambios ambientales, expansión de vectores, vigilancia sanitaria que tiene que correr detrás.
Este artículo brasileño aporta una capa diferente a ese debate: no habla solo de “mosquitos urbanos” adaptados a nuestras ciudades, sino de mosquitos en ecosistemas naturales fragmentados que, por la pérdida de fauna y la presencia humana creciente, terminan picando más a humanos. Es otro camino hacia el mismo problema: más contacto vector-humano, más posibilidad de transmisión si el patógeno circula.
Lo que puede cambiar en control y vigilancia cuando el mosquito cambia de huésped
La conclusión práctica que se desprende del estudio, sin convertir esto en manual, es que el control de mosquitos no puede mirar solo a la especie y al insecticida, o solo al charco y al larvicida. Hay una variable más: la red de alimentación. Saber de quién se alimentan los mosquitos en un área concreta funciona como una alerta temprana: si el mosquito está “humanizándose” en su dieta, la vigilancia de patógenos y la prevención deben afinar el foco.
Alencar y Machado apuntan precisamente a eso: conocer la preferencia por humanos puede ayudar a diseñar políticas y estrategias de control más ajustadas, y a predecir mejor el riesgo de brotes. Si una reserva o un fragmento de bosque tiene mosquitos que pican mayoritariamente a humanos, la frontera entre lo silvestre y lo doméstico se vuelve una zona sensible. Y en salud pública, las zonas sensibles no se dibujan con rotulador; se gestionan con datos.
También hay un mensaje implícito, muy brasileño y a la vez universal: el equilibrio del ecosistema no es un lujo estético. Si se rompe, los vectores se reubican. La biodiversidad no es solo una lista de especies bonitas; es una estructura que distribuye interacciones. Cuando esa estructura se simplifica, algunas interacciones se intensifican. Y entre las que se intensifican, una de las más molestas y potencialmente peligrosas es la picadura.
La sangre como termómetro del ecosistema
El estudio tiene un detalle casi literario: la sangre del mosquito como registro de lo que queda vivo alrededor. Cuando el equipo analiza esas comidas de sangre, no solo está investigando a un insecto; está leyendo, de forma indirecta, el estado del ecosistema. Si aparecen menos vertebrados silvestres en el “historial” del mosquito y más humanos, la conclusión no habla solo del mosquito. Habla del bosque y de lo que el bosque ha perdido.
En REGUA y Sítio Recanto Preservar, ese termómetro marca algo claro: la presencia humana se está colando en la dieta de varias especies de mosquitos. Puede ser por conveniencia, por proximidad, por esa mezcla de luces, caminos y bordes que convierte la frontera del bosque en una zona de tránsito. Puede ser también porque algunas especies generalistas se benefician de la fragmentación y ganan peso relativo frente a otras más dependientes de un bosque continuo. En cualquier caso, el resultado es el mismo: más mordidas en dirección humana.
El paso siguiente, el que define si esto es una señal local o un patrón general, dependerá de más muestreos, más áreas, más estaciones, más identificación de comidas mixtas. Pero el aviso ya está sobre la mesa con nombres propios, lugares concretos, metodología trazable y cifras que no se pueden ignorar sin hacer trampas.
Cuando el atardecer se convierte en un dato
El estudio se realizó en el periodo crepuscular, ese momento en el que el cielo se apaga a medias y los insectos parecen despertarse de golpe. No es un detalle decorativo. Es cuando muchas especies de mosquitos maximizan actividad y búsqueda de huésped. Si en ese tramo horario, en fragmentos de bosque atlántico, los mosquitos están encontrando humanos con facilidad y lo reflejan en su dieta, la lectura es doble: hay más contacto y ese contacto coincide con una ventana de máxima probabilidad de picadura.
En un ecosistema continuo, ese atardecer reparte sus picaduras entre múltiples especies y múltiples huéspedes. En un ecosistema fragmentado con menos fauna disponible, el reparto cambia. Y a veces, la diferencia entre un reparto y una concentración es la diferencia entre un riesgo disperso y un riesgo que se te planta en la puerta.
Un final con la misma crudeza del dato
En los restos de la Mata Atlántica, en dos reservas de Río de Janeiro, un equipo brasileño ha puesto a los mosquitos bajo una lupa molecular y ha encontrado una señal incómoda: cuando la biodiversidad se empobrece y la presencia humana avanza, la sangre humana aparece más a menudo en el interior del mosquito. No es poesía, es secuenciación. No es un susto de verano, es un patrón observado con método. Y aunque el estudio se declare inicial y pida más datos —con razón—, lo que ya enseña es suficiente para entender el giro: el mosquito no se va cuando recortas el bosque; a veces se queda… y se acerca.
La noticia no termina en una roncha. Termina en una pregunta silenciosa, sin signos de interrogación: qué ocurre cuando convertimos un ecosistema diverso en un escenario simplificado, con menos animales y más humanos. En esa simplificación, el mosquito ha encontrado un huésped frecuente, cercano y constante. Demasiado constante.

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