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¿Qué vivió Loquillo en la mili? Heroína, arrestos y dos años perdidos

Loquillo recuerda su servicio militar en la Marina, marcado por arrestos, drogas y una etapa que considera dos años perdidos de su juventud.

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Loquillo live cantando

Imagen: Carlos Delgado / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0

Resumen

  • Loquillo asegura que la mili le robó dos años en plena juventud
  • Recuerda arrestos, drogas y haber inyectado heroína a un marinero
  • La Marina frenó su música y terminó apartándolo del baloncesto

Loquillo ha vuelto a poner palabras, nada amables, a uno de los periodos más ásperos de su juventud: el servicio militar obligatorio en la Marina. José María Sanz sostiene que aquella etapa le “robó dos años” de su vida y recuerda un ambiente en el que convivían disciplina castrense, arrestos, drogas y jóvenes enviados lejos de casa justo cuando empezaban a decidir qué hacer con su futuro.

Entre los episodios más crudos figura uno que el cantante ya había relatado anteriormente: durante su paso por la Armada inyectó heroína a un marinero que sufría síndrome de abstinencia porque este no conseguía encontrarse la vena. La anécdota ha vuelto a circular estos días, pero no es una revelación completamente nueva: Loquillo había hablado públicamente de aquel episodio al recordar su experiencia militar.

La mili que interrumpió la carrera de Loquillo

El momento difícilmente podía ser peor para un músico que comenzaba a despegar. En 1981, Loquillo había publicado su primer trabajo y empezaba a hacerse un sitio en aquella escena que estaba transformando el rock español cuando fue llamado a filas. Su destino fue la Marina, con etapas vinculadas a Cartagena, Cádiz y Ferrol, mientras su carrera musical seguía avanzando sin él.

No era todavía la estrella de grandes escenarios que llegaría después. Era un joven alto, deslenguado, obsesionado con el rock and roll y con otra posibilidad profesional bastante seria sobre la mesa: el baloncesto. El servicio militar cortó ambas trayectorias de golpe. Durante aquel periodo solo podía reunirse con Los Intocables aprovechando algunos permisos.

Loquillo lleva años utilizando una expresión contundente para definir aquello: le robaron una parte de su juventud. En otras ocasiones ya había cuestionado públicamente para qué había servido apartarlo de su familia y ponerle un fusil en las manos. Algunos recuerdos hablan de 18 meses de servicio; otros resumen aquel periodo como dos años. La diferencia cronológica no cambia demasiado el fondo de su relato: para él fue tiempo impuesto, no elegido.

Heroína, abstinencia y una Armada muy distinta

La frase sobre el marinero enganchado a la heroína impresiona porque retrata algo más grande que una anécdota de cuartel. España atravesaba entonces los primeros años de una epidemia de heroína que durante la década de los ochenta dejaría una huella brutal en barrios obreros, ambientes musicales y toda una generación.

Loquillo ha contado que vio de cerca aquella realidad durante su mili. Según su propio relato, un marinero embarcó con síndrome de abstinencia y necesitaba una dosis. Él terminó administrándosela porque el hombre no lograba localizarse una vena. No lo presenta como una hazaña ni como una escena pintoresca para adornar memorias de rockero. Es, más bien, una fotografía bastante sórdida de la época: jóvenes, drogas duras y una institución militar que no siempre tenía herramientas para manejar situaciones que hoy se abordarían de otra manera.

También ha admitido que consiguió drogas blandas para superiores y miembros de la marinería. En sus recuerdos aparece una vida castrense donde las reglas oficiales convivían con un ecosistema paralelo bastante menos reglamentario. El uniforme, en definitiva, no convertía los barcos en compartimentos estancos respecto a lo que ocurría en las calles españolas.

Arrestos, permisos y conciertos

Loquillo tampoco fue precisamente un recluta modélico. Aprovechaba permisos para regresar a los escenarios, llegó a falsificar documentación relacionada con ellos y sufrió varios arrestos. Una de las historias más repetidas de aquella época cuenta que recibió 23 días de arresto después de relacionarse en Palma de Mallorca con una mujer que resultó ser pareja de un comandante.

La música funcionaba mientras tanto como una cuerda tendida hacia su vida anterior. Cuando podía salir, tocaba. Incluso en pleno servicio militar, Los Intocables continuaron ofreciendo algunos conciertos y grabaron material. Pero mantener una banda cuyo cantante desaparecía durante largos periodos era una empresa bastante marciana.

El grupo terminó deshaciéndose poco a poco. Cuando Loquillo regresó definitivamente a la vida civil, Sabino Méndez fue prácticamente quien permaneció esperándolo. De esa reconstrucción nacería después Loquillo y los Trogloditas, una de las formaciones esenciales del rock español de los años ochenta. La mili no acabó con su carrera, aunque estuvo cerca de descarrilar el proyecto que tenía entre manos.

También pudo costarle una carrera en el baloncesto

Hay otra pérdida menos conocida. Antes de que el tupé se convirtiera en uniforme, Loquillo tenía posibilidades reales como jugador de baloncesto. Había pasado por el Cotonificio de Badalona y él mismo ha asegurado que podía haber llegado a competir en equipos de la zona media o media-alta de la máxima categoría española.

El problema era elemental: dos años lejos de las pistas, en una edad decisiva para cualquier deportista, equivalían prácticamente a borrar la progresión. Ningún club tenía demasiado interés en apostar por un jugador cuya disponibilidad dependía del servicio militar. Loquillo sostiene que aquello truncó su trayectoria deportiva y la de otros jóvenes con talento.

La paradoja tiene bastante sabor a biografía de rock: una obligación que pudo quitarle una carrera terminó empujándolo, indirectamente, hacia otra. Cuando volvió, el baloncesto quedaba atrás. El escenario, no.

El servicio militar obligatorio visto desde otra generación

Las declaraciones de Loquillo llaman también la atención porque pertenecen a una España difícil de imaginar para quienes nacieron después. Durante décadas, cientos de miles de jóvenes fueron llamados cada año al servicio militar. No se trataba de una elección profesional: la mili era obligatoria, salvo exenciones, prórrogas u otras circunstancias previstas por la legislación de cada momento.

Eso convertía el destino militar en una especie de lotería biográfica. A algunos les tocaba cerca de casa y podían mantener parcialmente estudios, trabajos o actividades deportivas. Otros eran enviados a cientos de kilómetros. Para un músico que acababa de grabar un disco o para un deportista de veinte años en plena progresión, año y medio o dos años podían pesar como una losa.

Loquillo nunca ha comprado el relato nostálgico de que la mili servía necesariamente para “hacer hombres”. Su interpretación es justamente la contraria. Ha dicho que no aprendió nada esencial allí, salvo reafirmarse en su defensa del individuo frente al colectivo y comprobar hasta dónde podía llegar una institución cuando disponía prácticamente de todo el tiempo de un joven.

Del recluta de Marina al personaje llamado Loquillo

Hay algo especialmente revelador en que este recuerdo siga apareciendo más de cuatro décadas después. Loquillo construyó buena parte de su personaje público alrededor de la independencia, la estética rebelde y una desconfianza casi física hacia aquello que pretendía domesticarlo. La Marina representaba exactamente lo contrario: jerarquía, uniforme, disciplina y obediencia.

Y, sin embargo, tampoco consiguió cambiarlo demasiado. Él mismo ha explicado que aquella experiencia terminó reafirmándolo. Durante la mili seguía pendiente de su música; mientras estaba destinado, Radio 3 difundía Esto no es Hawaii y su nombre comenzaba a circular en una escena que estaba a punto de explotar. Incluso supo que una de sus canciones sonaba en la radio mientras realizaba prácticas militares.

Después llegarían Trogloditas, Cadillac solitario, salas repletas, discos, polémicas y una de las carreras más largas del rock español. La imagen tiene algo de ironía perfecta: mientras el Estado intentaba convertir a José María Sanz en marinero, fuera de los cuarteles empezaba a nacer Loquillo.

Dos años que siguen pesando cuatro décadas después

El episodio de la heroína es el detalle que atrapa la mirada, inevitablemente. Pero reducir aquella etapa a una historia extrema sería quedarse con el fogonazo y perder la fotografía. Lo que Loquillo lleva décadas describiendo es la brusca interrupción de la vida de un veinteañero al que coincidieron, prácticamente a la vez, un primer disco, una posible carrera deportiva y la llamada a filas.

La mili pasó. Su carrera, contra pronóstico, sobrevivió. Quizá por eso aquel periodo sigue apareciendo en sus entrevistas con una mezcla de enfado y memoria de superviviente. No habla como quien recuerda unas vacaciones incómodas ni como quien desempolva una batallita amable. Lo hace como alguien convencido de que hubo un tiempo en que otros decidieron por él qué debía hacer con dos años decisivos de su vida. Y Loquillo, para estas cosas, nunca ha sido precisamente de olvidar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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