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Cómo la inseguridad económica alimenta el populismo europeo
Salarios débiles, empleos exigentes y vivienda inaccesible ayudan a explicar un malestar que la política convierte en voto.

La inseguridad económica ayuda a explicar por qué ganan terreno los discursos populistas en Europa. Un estudio dirigido por la socióloga Lorenza Antonucci, de la Universidad de Cambridge, vincula la preocupación por el dinero y las malas condiciones laborales con una visión política más crítica de las élites y con una mayor disposición a votar a partidos populistas. El hallazgo desplaza el foco de una explicación habitual: el malestar no nace solo de la inmigración ni se limita a quienes están en paro o viven en la pobreza extrema. También puede crecer entre personas con empleo que sienten que su sueldo, su vivienda y su futuro son cada vez menos seguros.
La investigación analizó a más de 75.000 personas de 10 países europeos entre 2015 y 2018, un periodo marcado por el Brexit y el avance de fuerzas populistas de distintas tendencias. Sus resultados apuntan a una asociación, no a una causa automática: la fragilidad material puede hacer más receptivos a los votantes a mensajes que enfrentan al pueblo con las élites, pero no determina por sí sola qué partido elegirán. Para entender esa conexión también importa qué seguridad falta, quién ofrece recuperarla y qué significa populismo en cada contexto.
El malestar económico que llega a las urnas
En los datos estudiados, la preocupación por las finanzas personales fue uno de los indicadores más estrechamente relacionados con una mirada antiélite y con el apoyo a opciones populistas. No se trata únicamente de carecer de ingresos suficientes para cubrir las necesidades básicas. También cuenta vivir pendiente de un gasto imprevisto, temer que el salario no alcance o no poder hacer planes porque cualquier cambio puede desordenar el presupuesto. Esa inseguridad cotidiana, incluso sin pobreza extrema, puede convertir la política en un lugar donde expresar frustración y buscar protección.
El efecto estimado varió entre países. En Alemania, Francia y Suecia, quienes registraban una preocupación financiera superior a la media presentaban entre 17 y 20 puntos porcentuales más de probabilidad de votar a partidos populistas en 2018. En Italia, España y Países Bajos, la diferencia se situaba entre 4 y 10 puntos. Son asociaciones relevantes, aunque no permiten afirmar que la inquietud económica explique por sí sola cada voto ni que todas las personas preocupadas por su situación elijan esas formaciones. La magnitud cambia según el país y convive con otros factores políticos y sociales.
La cifra tampoco debe confundirse con el porcentaje total de votantes populistas. Describe una diferencia estimada entre grupos con distintos niveles de preocupación económica, no una predicción individual. El dato sirve para apreciar que el malestar material puede tener peso electoral, sobre todo en escenarios políticos fragmentados, pero no convierte una experiencia económica en una etiqueta ideológica. La misma sensación de pérdida de control puede alimentar respuestas distintas, desde propuestas redistributivas hasta mensajes nacionalistas o de mano dura.
Precariedad no significa solo tener un contrato temporal
El estudio amplía una idea que a menudo se reduce a la temporalidad o al desempleo. Una persona puede conservar un puesto y, aun así, sentir que su trabajo no ofrece protección: porque exige ritmos intensos, no reconoce su esfuerzo, paga poco o deja escasas posibilidades de progresar. La inseguridad laboral no siempre adopta la forma visible de un despido inminente. También se manifiesta como desgaste, falta de control y ausencia de expectativas, mientras la nómina sigue llegando.
Esta distinción ayuda a comprender una aparente contradicción europea: puede aumentar el empleo y persistir, al mismo tiempo, una extendida sensación de fragilidad. En 2025, la tasa de empleo de la Unión Europea entre las personas de 20 a 64 años alcanzó el 76,1%, con cerca de 198 millones de ocupados, según los datos recogidos en la información de referencia. Ese máximo de la serie no describe por sí solo la calidad de los puestos ni el coste de vivir. Más personas trabajando no equivale necesariamente a más seguridad si los ingresos, la vivienda o las condiciones laborales no permiten construir estabilidad.
La diferencia generacional también forma parte del paisaje. En 2024, el empleo temporal afectaba al 11% de los trabajadores de la UE en conjunto, pero al 31,1% de los ocupados de entre 15 y 29 años. El dato no resume todas las dificultades juveniles, aunque sí muestra que el acceso al empleo puede ser muy distinto según la edad. Para quienes empiezan su vida laboral, la inestabilidad puede coincidir con alquileres elevados, emancipación tardía y poca capacidad de ahorro. La incertidumbre se acumula: cada obstáculo por separado parece manejable, pero juntos reducen el margen para proyectar una vida adulta independiente.
La experiencia no se limita a los jóvenes ni a quienes tienen contratos inestables. También alcanza a trabajadores con puestos formalmente seguros que sienten que el coste de la vivienda y de la vida cotidiana se come cualquier mejora salarial. En España, el mercado laboral cerró 2025 con cerca de 22 millones de afiliados a la Seguridad Social, según la información de referencia. Ese volumen refleja la expansión del empleo, pero no permite concluir que todas esas personas tengan ingresos suficientes o una trayectoria estable. Las cifras agregadas y la experiencia doméstica no siempre cuentan la misma historia.
El trabajo también puede erosionar el estatus
Un segundo análisis incluido en el trabajo de Antonucci observó a casi 21.000 pares de trabajadores de 23 países europeos entre 2015 y 2018. En lugar de fijarse solo en quién tenía empleo, examinó cómo distintas condiciones laborales se relacionaban con las intenciones de voto. Entre los hombres, la presión y la insatisfacción en el puesto aparecían asociadas a un mayor apoyo a la derecha radical: la probabilidad estimada pasaba del 14% al 18% en empleos de alta exigencia, con ritmos acelerados y plazos ajustados.
La diferencia era mayor cuando se acumulaban varios motivos de descontento: sentirse mal pagado, no ver opciones de ascenso y no recibir reconocimiento. En ese grupo, la probabilidad estimada de votar a la derecha radical pasaba del 12% a casi el 20%. El resultado no demuestra que el estrés laboral lleve necesariamente a ese voto, ni que todos los trabajadores reaccionen igual. Sí apunta a que la pérdida de reconocimiento y de horizonte profesional puede tener relevancia política, además del riesgo directo de perder el empleo.
Entre las mujeres, el análisis encontró una relación más marcada con la presión económica del hogar. Cuando declaraban dificultades para vivir con sus ingresos, la probabilidad estimada de votar a partidos populistas, de izquierda o de derecha, subía del 18% al 25%. Estas diferencias no deben transformarse en estereotipos sobre cómo vota cada sexo. La posición laboral, las responsabilidades de cuidados y la organización familiar pueden influir en cómo se vive la inseguridad. Lo que subrayan los datos es que la tensión económica puede expresarse de distintas maneras, aunque desemboque en una demanda parecida de protección y respuesta política.
La inmigración puede ser el relato, no el origen
Situar la precariedad en el centro no significa negar que la inmigración influya en el debate electoral. La cuestión es distinguir entre una causa material del malestar y el relato político que lo organiza. Cuando una persona percibe que pierde poder adquisitivo, control sobre su trabajo o capacidad para planificar, puede resultar más convincente un mensaje que identifique responsables y prometa recuperar seguridad. Algunos partidos de derecha radical traducen esa ansiedad en competencia por recursos, pertenencia nacional y control de fronteras; otras fuerzas populistas señalan a las élites económicas o políticas.
El relato puede tener fuerza aunque no describa con precisión el origen de cada problema. La vivienda cara, los salarios débiles o la falta de estabilidad laboral no se explican de forma automática por la presencia de inmigrantes. Sin embargo, un discurso que vincula esos problemas con un grupo visible puede ofrecer una respuesta simple a una experiencia confusa y acumulativa. La vulnerabilidad previa facilita que una explicación política encuentre eco, pero eso no convierte en cierta la explicación ni hace inevitable que el votante la acepte.
En su libro Insecurity Politics, Antonucci plantea que los populismos ocuparon parte del espacio dejado por los partidos tradicionales en torno a la seguridad. Mientras las fuerzas convencionales defendían con frecuencia la flexibilidad laboral, la competitividad y una protección social más focalizada, los movimientos populistas presentaban promesas más directas de amparo. En la izquierda, esa protección puede formularse como redistribución y defensa de los servicios públicos; en la derecha, como control de fronteras, cohesión nacional o prioridad para quienes se consideran parte de la comunidad. La oferta cambia, pero la demanda de seguridad puede ser compartida.
Un concepto amplio para movimientos distintos
La palabra populismo no designa una doctrina económica o política única. Una definición extendida en la ciencia política lo entiende como una forma de presentar la sociedad dividida entre un pueblo considerado virtuoso y unas élites descritas como corruptas, con la pretensión de que la política exprese la voluntad popular. Se suele hablar de una ideología delgada porque ese núcleo puede combinarse con corrientes más amplias, como el socialismo, el nacionalismo o el liberalismo. Por eso pueden recibir esa etiqueta fuerzas muy diferentes entre sí.
El término también se usa de manera imprecisa y, a menudo, como descalificación. No todo mensaje dirigido a las clases populares es populista, del mismo modo que una crítica a las élites no basta por sí sola para clasificar a un partido. La forma de construir al pueblo, señalar a sus adversarios y tratar los límites institucionales importa. La etiqueta agrupa fenómenos diversos, así que el análisis de Cambridge no sostiene que la precariedad produzca un mismo movimiento en cada país, sino que puede crear un terreno favorable para discursos que prometen representar a quienes se sienten ignorados.
Esa amplitud explica también por qué el malestar económico puede alimentar opciones de izquierda y de derecha. La inseguridad no contiene una ideología predeterminada: puede interpretarse como consecuencia de la desigualdad y del poder empresarial, o como resultado de la pérdida de control nacional y de la competencia por recursos. La política convierte una sensación común en diagnósticos distintos. La precariedad abre una disputa por el significado del malestar, no un camino electoral único.
Más empleo no basta para reparar la confianza
Las estadísticas laborales son necesarias para conocer la evolución del mercado, pero no agotan la experiencia del trabajo. Una tasa de empleo elevada puede coexistir con salarios que apenas permiten cubrir gastos, empleos exigentes y dificultades para acceder a una vivienda. En España, la información de referencia sitúa en 15.575 euros anuales el salario más frecuente. Esa cifra aporta una referencia sobre la distribución salarial, pero no describe todos los ingresos ni las diferencias entre sectores, jornadas y hogares. La media de ocupación no resuelve la pregunta sobre cuánto rinde un sueldo.
También influyen la estabilidad de los ingresos y la posibilidad de afrontar cambios. Una familia puede no estar en riesgo inmediato de pobreza y, aun así, vivir sin colchón económico: cualquier reparación, subida del alquiler o interrupción del trabajo obliga a aplazar otros gastos. Esa fragilidad suele ser menos visible que el desempleo, pero puede cambiar la forma de evaluar a las instituciones. Cuando la política promete crecimiento y los hogares no perciben una mejora en su capacidad para vivir, se abre una brecha entre el dato macroeconómico y la confianza cotidiana.
El mecanismo no exige que la economía se hunda por completo. Basta con que se debilite la expectativa de que el esfuerzo conduce a una vida más estable. Esa percepción puede afectar a trabajadores jóvenes, a familias de ingresos medios y a personas que temen perder una posición que hasta hace poco consideraban segura. El temor a descender socialmente también tiene consecuencias políticas: quien siente que puede caer quizá no se identifique con los más pobres, pero tampoco confíe ya en que las reglas actuales vayan a protegerle.
La respuesta populista y sus límites democráticos
Los mensajes populistas suelen ser eficaces cuando convierten un conjunto de problemas difíciles en un conflicto reconocible entre quienes sufren y quienes, supuestamente, se benefician del sistema. Esa simplificación puede dar voz a grupos que no se sienten representados y obligar a los partidos tradicionales a atender cuestiones que habían relegado. También puede movilizar a personas alejadas de la participación política. El malestar puede hacer visibles demandas desatendidas, y ese efecto no es necesariamente contrario a la democracia.
El riesgo aparece cuando la idea de una voluntad popular única se utiliza para desacreditar a quienes discrepan o para debilitar instituciones que protegen derechos y limitan el poder. Si un líder afirma que solo él representa al pueblo, las minorías, los tribunales, la prensa o los parlamentos pueden presentarse como obstáculos ilegítimos. La promesa de eficacia y reparación puede entonces chocar con el pluralismo democrático, que parte de que en una sociedad conviven intereses y voces diferentes. Dar respuesta a la mayoría no elimina la necesidad de proteger a quienes no la integran.
Por eso el vínculo entre precariedad y populismo no se entiende bien como una simple relación entre pobreza y voto. Importan las instituciones, la confianza en los partidos, la capacidad de los gobiernos para ofrecer respuestas y los marcos culturales con los que cada sociedad interpreta la inseguridad. Los datos de Cambridge describen tendencias colectivas, no explican por completo las decisiones individuales. Una misma dificultad económica puede desembocar en abstención, protesta, voto tradicional o apoyo a una fuerza nueva. La precariedad condiciona el terreno, pero no dicta el resultado.
La seguridad material también sostiene la democracia
La investigación devuelve al debate una cuestión que a veces queda escondida tras la discusión cultural: cuánto puede resistir la confianza democrática si el trabajo deja de ofrecer estabilidad y el esfuerzo cotidiano ya no parece abrir oportunidades. No basta con observar cuántas personas tienen empleo; también importa si pueden sostenerse con sus ingresos, organizar su vida y confiar en que una mala racha no las empujará fuera de la sociedad. La seguridad económica es parte de la experiencia democrática, porque influye en la percepción de que las instituciones responden a problemas reales.
La precariedad no vuelve a todo el mundo populista, ni cada propuesta populista nace de una causa económica. Pero la inseguridad persistente ofrece un material político poderoso: frustración, desconfianza y deseo de recuperar control. Si los partidos tradicionales solo contestan con indicadores generales mientras buena parte de la población siente que vive sobre un suelo inestable, otros actores pueden ocupar ese espacio con explicaciones más tajantes, aunque sus soluciones sean incompletas o ilusorias. El reto no es desacreditar el enfado, sino entender qué experiencia lo alimenta.
En Europa, donde las cifras agregadas de empleo pueden convivir con salarios ajustados, vivienda difícil y trabajos que desgastan, esa diferencia entre progreso estadístico y seguridad vivida resulta decisiva. El voto de protesta no es siempre un rechazo abstracto a la democracia: puede ser también una señal de que sus beneficios se perciben como desiguales o inciertos. Comprender esa tensión permite leer el auge populista sin reducirlo a una sola explicación y sin confundir a quienes expresan malestar con quienes lo convierten en una política de exclusión. La confianza se reconstruye cuando la estabilidad deja de ser una promesa lejana y vuelve a formar parte de la vida cotidiana.

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