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Economía

¿Por qué Japón bate récord de exportaciones y crece un 23,2% en julio?

Japón bate récord exportador con un alza del 23,2%, impulsado por chips y tecnología, mientras la energía cara mantiene el déficit comercial.

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Japón ha firmado en julio un mes extraordinario para su comercio exterior. El valor de sus exportaciones aumentó un 23,2% interanual, hasta alcanzar unos 11,51 billones de yenes, un máximo histórico, impulsado por la demanda de tecnología vinculada a los semiconductores, las inversiones mundiales en inteligencia artificial y unas ventas al exterior que siguen encontrando combustible en la debilidad del yen.

Pero hay una segunda mitad de la fotografía, bastante menos cómoda. Japón también pagó una factura récord por lo que compra fuera: las importaciones crecieron un 27,8%, hasta unos 12,15 billones de yenes. Así que el país exporta como nunca y, aun así, mantiene un déficit comercial de 634.500 millones de yenes. Una de esas paradojas económicas que se entienden mejor mirando un petrolero que una hoja de Excel.

Las exportaciones de Japón crecen un 23,2% y baten récord

El avance de julio superó con claridad las previsiones del mercado, que esperaban un incremento cercano al 20%. También aceleró respecto al 19,3% registrado en junio y prolongó una racha de once meses consecutivos de crecimiento interanual de las exportaciones.

Es, además, la quinta aceleración mensual seguida y el ritmo de aumento más fuerte desde octubre de 2022. No estamos ante una pequeña mejora estadística producida por redondeos: Japón está vendiendo al extranjero considerablemente más, y buena parte de ese empuje procede de los sectores tecnológicos e industriales que ocupan el centro de la nueva carrera económica mundial.

Las exportaciones totales alcanzaron aproximadamente 11,5 billones de yenes, una cifra sin precedentes en las series comparables. El comercio exterior vuelve así a ejercer de motor para una economía que dentro de casa avanza con bastante menos alegría.

Los semiconductores y la inteligencia artificial tiran del carro

El dato que explica buena parte del salto está en las máquinas y equipos para fabricar semiconductores. Su valor exportado aumentó un 49,1% respecto a julio del año anterior.

No son precisamente cacharros secundarios. Son equipos utilizados para fabricar los chips que terminan dentro de servidores, centros de datos, automóviles, sistemas industriales y una cantidad creciente de dispositivos vinculados a la inteligencia artificial. La fiebre inversora en infraestructura para IA necesita procesadores; fabricar esos procesadores exige fábricas cada vez más sofisticadas, y Japón conserva una posición particularmente fuerte en numerosos eslabones de esa cadena.

Ahí está una parte del secreto. Mientras buena parte de la conversación pública sobre inteligencia artificial gira alrededor de programas, asistentes y modelos generativos, existe otra economía mucho más física: salas blancas, obleas de silicio, maquinaria de precisión, óptica, productos químicos y equipos que cuestan auténticas fortunas. Japón vende las palas de esta nueva fiebre del oro digital.

China y Estados Unidos compran más productos japoneses

La expansión tampoco depende de un único mercado. Las exportaciones japonesas hacia China crecieron un 25,8% interanual en julio, mientras las destinadas a Estados Unidos aumentaron un 22%.

Es un detalle importante en un momento de fuertes tensiones comerciales y tecnológicas entre Washington y Pekín. Japón es aliado estratégico de Estados Unidos y participa en las restricciones occidentales sobre determinadas tecnologías avanzadas, pero China continúa siendo uno de sus grandes socios comerciales. La economía, como suele ocurrir, tiene la mala costumbre de dibujar mapas bastante más enrevesados que los discursos políticos.

También siguen pesando las exportaciones de automóviles, maquinaria y componentes industriales. La industria japonesa quizá ya no proyecta aquella sensación casi invencible de los años ochenta, cuando Toyota, Sony o Panasonic parecían avanzar sobre medio planeta, pero continúa siendo formidable en sectores tecnológicos donde la precisión, la fiabilidad y el conocimiento acumulado cuentan mucho.

El yen débil ayuda a las empresas que venden fuera

A ese impulso tecnológico se suma otro factor menos sofisticado: un yen muy depreciado. La moneda japonesa se ha movido alrededor de los 158 yenes por dólar, después de haber superado los 160 durante julio.

Una divisa débil favorece a muchas compañías exportadoras porque sus productos resultan relativamente más competitivos fuera de Japón y porque los ingresos obtenidos en dólares, euros u otras monedas valen más cuando se convierten a yenes. Grandes fabricantes japoneses llevan años beneficiándose de ese efecto en sus balances.

Pero lo que entra por una puerta sale por otra. El mismo yen barato que hace sonreír a un exportador encarece el petróleo, el gas, los alimentos y las materias primas compradas en el extranjero. Japón depende enormemente del exterior para abastecerse de energía, de modo que una depreciación prolongada tiene un reverso bastante menos agradable para empresas y hogares.

Japón exporta más, pero sus importaciones crecen todavía más

Las importaciones aumentaron un 27,8% interanual, por encima de lo previsto por los analistas y a un ritmo incluso superior al de las exportaciones. Alcanzaron unos 12,15 billones de yenes, otro récord mensual.

La principal presión llegó de la energía. El volumen de petróleo crudo importado creció un 5,5%, pero su valor se disparó un 87,8%. La diferencia entre ambas cifras cuenta prácticamente toda la historia: Japón no solo compró algo más de crudo, sino que tuvo que pagarlo muchísimo más caro.

Las tensiones en Oriente Próximo y las alteraciones sufridas durante los últimos meses en las rutas próximas al estrecho de Ormuz han obligado además a Tokio a diversificar suministros. Japón ha aumentado las compras procedentes de Estados Unidos y otros mercados alternativos, un movimiento que aporta seguridad energética, aunque no necesariamente ofrece el barril más barato disponible.

El resultado es curioso a primera vista: un país que acaba de conseguir el mayor valor de exportaciones de su historia termina julio con números rojos en su balanza comercial.

Un déficit comercial de 634.500 millones de yenes

Japón registró en julio un déficit comercial de 634.500 millones de yenes, unos 4.000 millones de dólares al cambio manejado cuando se conocieron los datos. Es el tercer mes consecutivo con saldo negativo, aunque el agujero fue algo menor de lo que anticipaba el mercado.

Conviene no confundir déficit comercial con desastre económico. Significa, sencillamente, que durante ese periodo el valor de los bienes importados superó al de los exportados. Y en este caso existe una explicación bastante visible: la energía ha encarecido de forma espectacular la factura de compras exteriores.

El problema aparece cuando ese coste se filtra por toda la economía. Petróleo más caro significa transporte más caro, producción más cara y, tarde o temprano, precios mayores. Los precios de producción japoneses aumentaron un 7,2% interanual en julio, una presión que complica la vida al Banco de Japón precisamente cuando intenta normalizar una política monetaria que durante décadas fue excepcionalmente expansiva.

Una economía sostenida cada vez más por lo que vende fuera

Las cifras comerciales llegan después de conocerse que la economía japonesa volvió a crecer entre abril y junio, encadenando un tercer trimestre de expansión. Sin embargo, el cuadro doméstico resulta menos brillante: el consumo privado perdió fuerza y la inversión empresarial también mostró debilidad.

Por eso el récord exportador tiene una importancia que va más allá de un titular con muchos ceros. La demanda exterior está compensando parte de la fragilidad interna. Automóviles, componentes, maquinaria y tecnología para semiconductores funcionan como un contrapeso mientras los consumidores japoneses afrontan el encarecimiento de alimentos, energía y otros bienes.

Esa dependencia tiene riesgos. Una desaceleración mundial, nuevas barreras comerciales o una caída brusca de la inversión en inteligencia artificial podrían quitar fuerza a uno de los motores que sostiene el crecimiento. También una apreciación significativa del yen cambiaría las cuentas de los grandes exportadores. Lo que sopla a favor puede girarse; las divisas tienen esa desagradable afición.

El récord japonés tiene dos caras

El comercio exterior japonés de julio deja una imagen poderosa, aunque poco apta para los relatos sencillos. Las exportaciones saltan un 23,2%, la maquinaria para semiconductores crece casi un 50% y China y Estados Unidos compran muchos más productos japoneses. La demanda mundial ligada a la inteligencia artificial está beneficiando a una industria que parecía discreta hasta que el planeta comenzó a necesitar fábricas de chips a un ritmo frenético.

Al mismo tiempo, Japón importa a precios récord la energía que necesita para mantener encendidas esas mismas fábricas. El petróleo pesa, el yen débil multiplica la factura y el país termina con déficit pese a haber vendido al exterior más que nunca.

Es quizá la mejor fotografía de la economía japonesa de 2026: potencia industrial y tecnológica por fuera, vulnerabilidad energética por dentro. Un país capaz de fabricar parte de la maquinaria más sofisticada del planeta mientras sigue mirando con inquietud el precio de cada barril que llega a sus puertos.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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