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¿Por qué Infantino habría pedido ayuda a Trump para seguir en la FIFA?

Infantino queda contra las cuerdas en la FIFA tras su fallido plan financiero y habría buscado el respaldo de Trump para conservar su puesto.

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Trump con Infantino

Gianni Infantino habría buscado el respaldo de la Administración de Donald Trump para resistir la mayor crisis de su década al frente de la FIFA. Según el New York Post, el dirigente intentó contactar varias veces con el presidente estadounidense después del fracaso de su proyecto para entregar una parte del negocio de los Mundiales a inversores privados.

La información debe manejarse con cautela. El periódico estadounidense cita a fuentes conocedoras de las conversaciones, pero la FIFA no ha confirmado los contactos y el Departamento de Estado negó que existiera una llamada prevista entre Infantino y el secretario de Estado, Marco Rubio. El supuesto auxilio político permanece, por tanto, en el terreno de una información no corroborada oficialmente. La tormenta que lo explica, en cambio, es bastante menos discutible.

Infantino ha pasado en pocos días de celebrar un Mundial de récord junto a Trump a comprobar cómo federaciones nacionales, confederaciones continentales y responsables de su propia organización cuestionan su liderazgo y su forma de gobernar la FIFA. La reelección para el periodo que comenzará en 2027 parecía poco más que un trámite administrativo con alfombra roja. Ya no.

El relato del Post y el desmentido de Washington

Según el New York Post, Infantino se sentía aislado por la avalancha de críticas y buscaba aliados capaces de defenderlo públicamente. El diario sostuvo que había tratado sin éxito de hablar por teléfono con Trump desde el derrumbe de su proyecto comercial y que también pretendía mantener una conversación privada con Marco Rubio.

La explicación formal habría sido abordar el fútbol como herramienta de influencia internacional para Estados Unidos, esa llamada soft power que convierte un balón, un gran torneo o una fotografía presidencial en diplomacia con césped. Las fuentes consultadas por el periódico interpretaban otra cosa: Infantino necesitaba protección política para conservar su puesto.

Washington respondió con una negativa seca. Dylan Johnson, responsable de Asuntos Públicos Globales del Departamento de Estado, aseguró que no había planes de conversación entre Rubio e Infantino y reprochó al periódico no haber contrastado la versión con el Gobierno estadounidense.

Una fuente vinculada a la FIFA sostuvo después que la llamada sí había sido concertada, aunque terminó cancelándose por la atención generada. El Departamento de Estado también rechazó esta segunda reconstrucción. Versiones cruzadas, teléfonos que supuestamente iban a sonar y finalmente no sonaron. Un pequeño laberinto diplomático construido alrededor de un dirigente bajo presión.

Queda una escena borrosa: fuentes anónimas que describen a un presidente de la FIFA llamando a la puerta de la Casa Blanca, un Gobierno que niega parte del relato y una organización que guarda silencio. No alcanza para afirmar como hecho probado que Infantino suplicó ayuda a Trump. Sí permite contar que su entorno buscaba, o al menos valoraba, un salvavidas político de alto voltaje.

Una operación de 4.200 millones que incendió la FIFA

El origen de la crisis fue FIFA Forward Enterprise, una sociedad concebida para controlar la explotación comercial de competiciones como la Copa Mundial masculina, el torneo femenino y el Mundial de Clubes. El proyecto valoraba la compañía en unos 20.000 millones de dólares y pretendía obtener hasta 4.200 millones mediante la venta de una participación cercana al 20% a inversores privados.

El grupo inversor estaría encabezado por Thrive Capital, firma fundada por Joshua Kushner, hermano de Jared Kushner, yerno de Trump. La conexión familiar no convertía por sí misma la operación en irregular, pero llegó en el peor momento imaginable. Infantino llevaba meses exhibiendo una cercanía extraordinaria con el presidente estadounidense y había convertido esa relación en parte del decorado institucional de la FIFA.

Introducir en el negocio a una firma vinculada a la familia Kushner no apagaba precisamente las sospechas; les daba iluminación de estadio. El problema no era solo quién podía entrar en la operación, sino qué parte del patrimonio comercial del fútbol mundial quedaría en manos privadas y durante cuánto tiempo.

La resistencia no se limitó a Europa. La UEFA rechazó el plan, varias federaciones europeas plantearon boicotear las competiciones de la FIFA mientras siguiera activo y tanto la Confederación Asiática como la Concacaf expresaron su oposición. Carlos Cordeiro, asesor principal de Infantino, presentó su dimisión, mientras el director de operaciones de la organización, Kevin Lamour, afirmó que el personal había sido engañado y describió la iniciativa como el proyecto de una sola persona.

Infantino terminó retirando la propuesta. Admitió que había creado divisiones incompatibles con el objetivo inicial y prometió reconstruir el diálogo. La marcha atrás evitó un enfrentamiento inmediato con las confederaciones, pero no borró el daño. Cuando una institución necesita recordar que pretende unir, suele ser porque acaba de partir algo bastante caro.

El problema no era únicamente el dinero

La oposición cuestionó el fondo económico de la operación, aunque también apuntó directamente al procedimiento. Federaciones, confederaciones e incluso responsables internos aseguraron que apenas habían recibido información antes de que el proyecto apareciera en la prensa. La falta de consulta y transparencia convirtió una propuesta financiera en una rebelión política.

La UEFA ha advertido sobre posibles acciones legales, arbitrajes o denuncias regulatorias. Sus abogados reclamaron que se conservaran correos electrónicos, archivos, mensajes y otros documentos relacionados con la operación ante la posibilidad de futuros procedimientos. El aviso afectaba a altos ejecutivos de la FIFA y pedía que no se destruyera ni modificara material relevante.

La indignación también nacía de una pregunta incómoda para la dirección de Zúrich: por qué una organización sin ánimo de lucro, propietaria de competiciones extremadamente rentables y con miles de millones en reservas, debía entregar de forma permanente una parte de sus activos comerciales al capital privado.

La promesa de repartir nuevos fondos entre las 211 federaciones no convenció a quienes veían una hipoteca sobre los ingresos futuros. El dinero inmediato podía resultar atractivo, sobre todo para asociaciones pequeñas y dependientes de las subvenciones, pero el precio era compartir durante años el corazón comercial de los Mundiales.

La rebelión que cambió una reelección cantada

Infantino anunció en abril que volvería a presentarse a la presidencia. La elección se celebrará el 18 de marzo de 2027 en Rabat, durante el Congreso de la FIFA, y debía conducirlo sin demasiados sobresaltos a un último mandato hasta 2031. Antes de la crisis, su entorno aseguraba disponer de cartas de apoyo de cerca de 200 federaciones.

Ese bloque empezó a resquebrajarse. Gales, Serbia y Suecia retiraron públicamente su respaldo, citando fallos de gobierno, transparencia, liderazgo y criterio. La Federación Inglesa también estudiaba una decisión semejante, mientras la UEFA y la Concacaf manifestaban haber perdido la confianza en la dirección de Infantino.

La retirada de algunos apoyos no significa que su destitución sea inmediata ni automática. La FIFA es un sistema de poder territorial donde cada asociación nacional dispone de un voto, desde las grandes potencias campeonas del mundo hasta pequeños países cuya estructura futbolística depende en buena medida de los programas económicos de Zúrich.

Ahí ha construido Infantino su fortaleza: reparto de fondos, presencia constante y atención a las federaciones menos poderosas. Mientras Europa concentra clubes, audiencias y buena parte del dinero, África, Asia, el Caribe y Oceanía concentran votos. La diferencia no es un detalle; es el mapa entero del poder en la FIFA.

Su candidatura necesita dos tercios de los votos en una primera ronda o mayoría simple en las siguientes. El plazo para presentar aspirantes concluye cuatro meses antes del Congreso. Existe tiempo para organizar una alternativa, aunque reunir una coalición mundial resulta mucho más difícil que redactar un comunicado airado desde una sede europea.

Entre los posibles aspirantes o figuras capaces de articular una oposición aparecen Victor Montagliani, Aleksander Ceferin, Salman bin Ibrahim al Jalifa, Nasser al Khelaifi y Lise Klaveness. De momento no existe una candidatura común ni un bloque alternativo cerrado. Hay nombres, conversaciones y malestar. Todavía no hay ejército.

Quién decide realmente el futuro de Infantino

Donald Trump no puede mantener jurídicamente a Infantino en el cargo. El presidente de la FIFA es elegido por el Congreso de la organización, no por un Gobierno nacional, por influyente que sea. La Casa Blanca no dispone de un voto presidencial ni de una herramienta reglamentaria para zanjar la crisis.

Su apoyo público, sin embargo, podría tener peso político. Trump conserva capacidad para influir en dirigentes, patrocinadores y aliados internacionales, mientras Estados Unidos acaba de compartir la organización del Mundial con Canadá y México. Una fotografía, una declaración favorable o una llamada a determinados interlocutores no sustituirían los votos, pero podrían ayudar a Infantino a recuperar autoridad.

También le permitirían presentar la revuelta como una disputa europea contra un proyecto global, un relato que suele funcionar entre federaciones cansadas de que la UEFA actúe como centro moral, económico y deportivo del planeta. Europa tiene motivos para protestar, desde luego, pero no siempre sabe protestar sin parecer que defiende su propio jardín.

Ese sería el sentido del supuesto auxilio de Trump: no salvar a Infantino mediante un decreto imposible, sino romper su aislamiento político, restaurar su imagen y recordar a las federaciones que mantiene acceso directo a uno de los centros de poder más visibles del mundo.

Trump, aliado político y problema reputacional

La relación entre ambos dirigentes lleva tiempo desbordando la cortesía institucional. Infantino elogió públicamente a Trump durante el Mundial, apareció junto a él en actos oficiales y le entregó el primer Premio de la Paz de la FIFA. Tras el torneo, describió la competición como un acontecimiento humano, social y cultural sin precedentes y atribuyó buena parte del éxito a Estados Unidos y a su presidente.

La proximidad se volvió especialmente polémica durante el caso de Folarin Balogun. Trump reconoció que había pedido a Infantino revisar la tarjeta roja recibida por el delantero estadounidense. El jugador terminó autorizado para disputar el siguiente encuentro tras una decisión del órgano disciplinario independiente, pero la intervención presidencial alimentó la percepción de interferencia política.

Después apareció el proyecto comercial ligado a un fondo fundado por Joshua Kushner. Más tarde, la información sobre los intentos de Infantino de contactar con Trump. Cada episodio puede explicarse por separado; juntos componen una imagen institucional mucho menos cómoda.

La FIFA exige independencia y neutralidad, pero su presidente parece haber apostado por una relación casi personal con un mandatario que convierte cualquier vínculo institucional en escenario político. Infantino ha utilizado esa alianza para impulsar el Mundial, garantizar interlocución con Washington y ampliar la relevancia pública de la organización.

La paradoja resulta evidente: el vínculo que reforzó su poder puede debilitar ahora su legitimidad. Trump puede servir como escudo frente a algunos adversarios, aunque también confirma las sospechas de quienes ven una presidencia demasiado cercana a intereses políticos y financieros estadounidenses.

El apoyo del mandatario tampoco sería necesariamente gratuito en términos reputacionales. La FIFA todavía intenta desprenderse de la imagen de opacidad, favores cruzados y decisiones tomadas en habitaciones alejadas del público. Buscar refugio en la Casa Blanca mientras se discute la entrada de capital vinculado a la familia presidencial no es precisamente una postal de independencia institucional.

Rabat decidirá lo que Trump no puede decidir

Infantino atraviesa la crisis más seria desde que sustituyó a Sepp Blatter en 2016. Ha perdido apoyos, afronta amenazas legales y observa cómo comienzan a circular nombres capaces de disputarle el cargo. La elección que parecía resuelta antes de empezar vuelve a tener fútbol, aunque sea fútbol de despachos, llamadas y documentos reservados.

Sería precipitado darlo por acabado. Conserva una sólida base fuera de Europa, controla una organización con enorme capacidad financiera y conoce mejor que nadie la aritmética de las federaciones. Su supervivencia dependerá menos de una conversación presidencial que de su capacidad para reconstruir confianza y contener la rebelión.

La versión del New York Post retrata a un dirigente que, al sentirse cercado, habría buscado refugio en el aliado más poderoso y controvertido de su agenda reciente. Washington negó la conversación con Rubio y Trump no confirmó haber recibido las llamadas. Esa parte del episodio permanece, por tanto, en el terreno de las fuentes anónimas.

Lo incontestable es el cambio de paisaje. Infantino quería convertir una parte del Mundial en un producto de inversión y terminó convirtiendo su propia continuidad en una apuesta. Trump puede prestarle voz, pero no los votos suficientes. El puesto se decidirá en Rabat, federación a federación, cuando el fútbol mundial compruebe si la furia de agosto fue una tormenta pasajera o el principio del relevo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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