Historia
De Corea a Irán: la ilusión de cambiar regímenes con bombas

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Corea abrió la grieta e Irak la hizo ruina: así reaparece la vieja obsesión de Washington por usar bombas para rehacer países desde el aire.
Estados Unidos lleva décadas persiguiendo la misma promesa: golpear desde el aire, desorganizar la cúpula del enemigo, cortar la cadena de mando y confiar en que, tras el humo, aparezca un poder nuevo, menos hostil y más manejable. Esa lógica no nació con Irán ni con Donald Trump. Ya asomó en Corea, se convirtió en doctrina visible en Irak en 2003 y ha regresado al primer plano con la campaña lanzada por Washington e Israel contra Irán el 28 de febrero de 2026. La teoría siempre suena limpia, casi geométrica: destruir capacidad militar, sembrar desconcierto, acelerar un colapso político. La práctica suele ser otra cosa: vacíos de poder, guerras más largas, sociedades rotas y una estabilidad que no llega.
La noticia que ha reabierto ese debate no es menor. En pocos días, Trump ha mezclado varios objetivos a la vez al hablar de Irán: impedir que Teherán conserve capacidad nuclear, destruir misiles y bases navales, sostener que la operación no será una “guerra interminable” y, al mismo tiempo, deslizar que un cambio de régimen podría ser “lo mejor” o que el relevo debería salir “de dentro” del propio sistema iraní. Benjamin Netanyahu ha defendido que la guerra puede durar “algún tiempo”, aunque no años, y en Europa han aparecido las primeras líneas rojas. Keir Starmer se ha desmarcado con una frase demoledora: su Gobierno no cree “en el cambio de régimen desde el cielo”. Cuesta encontrar una síntesis mejor de medio siglo de errores.
Corea, el primer gran aviso que Washington no quiso leer
La guerra de Corea fue el primer gran laboratorio moderno de esta obsesión. Empezó en 1950 como una operación para frenar la invasión del sur por parte del norte, pero el tono cambió cuando Douglas MacArthur impulsó el desembarco de Inchon, entre el 15 y el 26 de septiembre de aquel año. La maniobra fue tan brillante en el plano militar que en Washington y en el mando aliado prendió una euforia peligrosa: si se había recuperado la iniciativa, ¿por qué no ir más allá?, ¿por qué no empujar hasta el final y borrar la estructura política norcoreana? En ese momento la guerra dejó de ser solo una guerra defensiva y empezó a rozar algo más ambicioso, más ideológico y también más temerario: forzar la reunificación de la península por la vía militar.
Ese giro resultó decisivo. Las fuerzas de la ONU, en su inmensa mayoría estadounidenses, cruzaron el paralelo 38 y avanzaron hacia el norte. El cálculo era que el régimen de Kim Il-sung podía desplomarse bajo la presión combinada del terreno perdido, la superioridad aérea y el empuje terrestre. Lo que ocurrió fue exactamente lo contrario a una demolición controlada. China intervino, el conflicto cambió de escala y la campaña que parecía una operación de remate se convirtió en una guerra abierta, más sucia y mucho más incierta. MacArthur quiso ir todavía más lejos y defendió ampliar la guerra a China. Harry Truman, que entendió el riesgo de una escalada general, lo destituyó en abril de 1951. Aquel choque entre el general victorioso y el presidente fue, en realidad, el primer frenazo serio a la fantasía de que una guerra aérea y un avance rápido bastan para rediseñar un régimen enemigo.
El resultado final fue un jarro de agua helada. El armisticio de 1953 no cambió el régimen norcoreano, no reunificó Corea y ni siquiera movió de forma duradera la frontera mucho más allá de donde estaba. Sí dejó, en cambio, millones de muertos y heridos, una devastación civil enorme y una península congelada en una división que aún define la seguridad asiática. Britannica resume el balance con una crudeza elocuente: más de la mitad de las muertes fueron civiles y las bajas surcoreanas superaron el millón, con cerca de un millón de civiles muertos. La paradoja es brutal: la operación que pretendía resolver el problema coreano ayudó a convertirlo en una herida histórica permanente. Corea no tumbó la idea del cambio de régimen por la fuerza; la dejó viva, pero maquillada como lección mal aprendida. En vez de asumir que el enfoque fallaba, parte de Washington concluyó otra cosa: que aquella vez faltó margen, faltó tiempo o faltó dureza. Y así empezó la superstición.
Irak, donde la ilusión dejó de ser teoría y se volvió ruina
Si Corea fue el aviso, Irak fue la prueba completa. En marzo de 2003, la Administración de George W. Bush lanzó la invasión con una mezcla de seguridad política, superioridad militar y una narrativa que luego se derrumbaría: la existencia de armas de destrucción masiva y la promesa de que la caída de Saddam Hussein abriría paso a un Iraq más estable, más libre y menos peligroso. La fase inicial pareció confirmar todos los prejuicios de los halcones de Washington. Bagdad cayó el 9 de abril de 2003, la estatua de Saddam fue derribada en una imagen diseñada para dar la vuelta al mundo y el mensaje era nítido: el régimen había sido barrido en cuestión de semanas. El 1 de mayo, a bordo del USS Abraham Lincoln, Bush declaró el fin de las grandes operaciones de combate bajo aquella pancarta de “Mission Accomplished” que acabó convertida en uno de los símbolos más corrosivos de la política exterior estadounidense.
El problema es que tumbar un régimen no equivale a construir un Estado. En cuanto el aparato baazista se desplomó, las principales ciudades iraquíes se llenaron de saqueos, violencia y vacío institucional. Los ministerios ardían, los archivos desaparecían, los servicios básicos se hundían y la ocupación exhibía una mezcla de improvisación y arrogancia que se haría legendaria. Ahí aparece una figura clave: L. Paul Bremer, jefe de la Autoridad Provisional de la Coalición. Sus dos decisiones más famosas siguen pesando como una losa sobre la historia reciente de Iraq. La primera, la desbaazificación, formalizada el 16 de mayo de 2003, expulsó del aparato público a amplias capas del partido Baaz. La segunda, la disolución del Ejército y otras estructuras estatales, firmada el 23 de mayo de 2003, desmontó de golpe la columna vertebral militar y administrativa del país.
Aquellas órdenes no fueron un detalle burocrático. Fueron el momento exacto en que el éxito militar dejó paso al desastre político. Al vaciar ministerios, expulsar cuadros técnicos y mandar a casa a centenares de miles de militares y funcionarios armados o entrenados, la ocupación dejó un país sin red, sin autoridad reconocida y sin mecanismo mínimo de continuidad. Parte de esos sectores acabó alimentando la insurgencia que después desgastó a Estados Unidos durante años. El propio debate académico y político en Washington acabó tratando esas dos decisiones como errores fundacionales de la posguerra iraquí. La imagen del régimen abatido seguía ahí, claro, pero detrás de la foto empezaba a crecer un monstruo: la combinación de resistencia armada, humillación social, fractura sectaria y colapso institucional.
Ni siquiera la caída personal de Saddam alteró esa deriva. Saddam Hussein fue capturado el 13 de diciembre de 2003, juzgado por un tribunal iraquí y ejecutado el 30 de diciembre de 2006. Sobre el papel, el dictador estaba fuera, el objetivo más visible se había cumplido. En la realidad, Iraq seguía entrando en una espiral que mezcló insurgencia, guerra sectaria y terrorismo. AP recuerda que el conflicto dejó cientos de miles de iraquíes muertos y cerca de 5.000 militares estadounidenses fallecidos. Dos décadas después, el país ha avanzado y ha recuperado parte de su margen, sí, pero el eco de 2003 sigue ahí; no por nostalgia, ni mucho menos, sino porque la arquitectura del desastre tardó años en levantar nuevas paredes. La idea de que una campaña de bombardeos y una invasión breve podían reconfigurar Iraq de arriba abajo quedó destrozada por la evidencia.
Lo que el “shock and awe” sí consiguió
La expresión “shock and awe”, convertida casi en eslogan pop de aquella guerra, resumía bien el espejismo. La doctrina prometía un impacto tan demoledor, tan rápido y tan visible, que el adversario perdería no solo capacidad militar, sino voluntad de resistir. Funcionó para abrir paso, para desarticular defensas convencionales y para acelerar la caída del régimen de Saddam. No funcionó para lo decisivo: crear obediencia política, legitimidad interna ni un orden estable que no dependiera de la ocupación. Eso era otra cosa. Y ahí la maquinaria militar más poderosa del planeta se estrelló contra un hecho bastante antiguo, casi elemental: un país no se recompone como se recompone una pista de aterrizaje bombardeada.
El error de fondo no está en la puntería, sino en el cálculo
Con los años, el debate en Estados Unidos ha ido afinando una verdad incómoda. El problema no suele ser la capacidad de destruir, porque esa existe y nadie la discute seriamente. El problema está en la traducción política de esa destrucción. Un sistema autoritario puede perder radares, hangares, cuarteles y jefes militares sin que por eso nazca una alternativa cohesionada. A veces ocurre justo lo contrario: la agresión exterior compacta al aparato que sobrevive, da argumentos a los sectores más duros y convierte la lucha por el poder en una pelea todavía más cerrada y más violenta. Por eso los estrategas que venden campañas “quirúrgicas” suelen acertar más en la diapositiva que en la historia posterior. La guerra aérea puede abrir puertas; no sabe quién entrará después.
Esa es la clave que reaparece cada vez que Washington cree haber encontrado una versión mejorada del mismo plan. Pasó con Corea, pasó con Iraq y vuelve ahora con Irán. La pregunta ya no es si Estados Unidos puede destruir centros de mando o matar líderes; claro que puede. La pregunta real es si un bombardeo puede producir un relevo de poder estable, menos hostil y políticamente viable. Dentro del propio sistema político estadounidense han empezado a decir en voz alta que no hay un precedente moderno claro de cambio de régimen logrado solo mediante ataques aéreos. Y esa admisión, dicha en medio de una guerra abierta, pesa muchísimo más de lo que parece. No es una objeción pacifista, ni un escrúpulo académico. Es la confesión de que la potencia militar no corrige por sí sola los vacíos de legitimidad.
Irán devuelve a Washington al mismo espejo
La guerra contra Irán ha resucitado todos esos fantasmas en cuestión de días. El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron una operación conjunta contra objetivos iraníes y, según Reuters, el ataque acabó con la vida del líder supremo Ali Jameneí y de otros altos mandos, entre ellos figuras tan relevantes como Ali Shamkhani y Mohammad Pakpour. Desde entonces, la campaña se ha centrado en infraestructura de mando, inteligencia, fuerza naval y emplazamientos de misiles balísticos, con el propósito declarado de degradar la capacidad militar iraní y asegurar superioridad aérea. La secuencia recuerda demasiado a otros comienzos fulgurantes: golpe muy visible, sensación de control, promesa de precisión y la insinuación de que, después del descabezamiento, el régimen podría desmoronarse por dentro.
Pero la estructura iraní no es Iraq en 2003, y tampoco Corea del Norte en 1950. Irán tiene una red de poder mucho más dispersa, donde conviven el aparato clerical, los Guardianes de la Revolución, servicios de seguridad, élites políticas y una lógica institucional forjada desde 1979 para resistir presión interna y externa. Reuters informó de que, tras la muerte de Jameneí, se articuló un consejo temporal de liderazgo supervisado por Ali Larijani, mientras en el sistema se barajan nombres como el del jefe del Poder Judicial, Gholam-Hossein Mohseni-Eje’i, o el clérigo Hassan Khomeini. Que haya sucesión en marcha no significa que haya descomposición automática. Al contrario: puede significar adaptación del régimen, cierre de filas y una pelea interna por el control que no conduzca a una apertura, sino a una versión todavía más securitaria del poder.
Ahí es donde la conversación en Washington se vuelve extrañamente familiar. Trump ha llegado a decir que el cambio de régimen en Irán podría ser “lo mejor”, pero en las últimas horas también ha reconocido el riesgo de que el sucesor sea igual de malo o peor. Esa oscilación no es un matiz: es la grieta central del plan. La Casa Blanca, el Pentágono y el entorno político republicano no han hablado con una sola voz. Pete Hegseth insiste en que no será una guerra interminable y sitúa el objetivo en la destrucción de misiles, fuerza naval y otra infraestructura de seguridad. A la vez, otros mensajes, incluidos los de Trump y Netanyahu, empujan a interpretar la campaña como una oportunidad histórica para forzar un cambio de sistema en Teherán. Cuando los objetivos se ensanchan mientras caen bombas, el precedente iraquí vuelve a levantarse de la silla.
La reacción de los aliados también dice mucho. Reino Unido ha querido marcar distancia con una claridad poco habitual en plena guerra. Starmer rechazó participar en ataques ofensivos y dejó la frase que más ha circulado estos días: no cree en el cambio de régimen desde el cielo. No es solo una posición jurídica o táctica; es un recuerdo explícito de Iraq 2003, de la promesa fallida de una guerra limpia con final ordenado. Incluso dentro de Estados Unidos se percibe el cansancio: Reuters/Ipsos sitúa el apoyo a la guerra en torno al 25%, un dato muy bajo para un conflicto recién abierto y una señal evidente de que el país arrastra memoria de Afganistán, Iraq y de cada intervención que empezó con fecha de salida breve y acabó tragándose años. El músculo bélico sigue ahí; la confianza social en sus finales felices, no tanto.
Derribar un régimen no basta para gobernar lo que queda
De Corea a Iraq, y de Iraq al Irán de 2026, la constante es casi irritante por lo mucho que se repite. Estados Unidos gana la primera escena con frecuencia, a veces de forma aplastante. Domina el aire, rompe cadenas de mando, elimina líderes y exhibe una superioridad técnica que parece incontestable. Lo que no logra convertir con la misma facilidad es esa victoria inicial en un orden político nuevo, sostenible y menos peligroso que el anterior. En Corea no hubo reunificación, sino partición enquistada. En Iraq cayó Saddam, pero lo que siguió fue un ciclo larguísimo de saqueos, insurgencia, sectarismo y reconstrucción dolorosa. En Irán, incluso con Jameneí fuera de escena, la pregunta sigue siendo la misma y nadie ha presentado una respuesta sólida: quién manda después, con qué legitimidad y con qué capacidad real para controlar el país sin abrir otra caja de explosivos.
Por eso la vieja ilusión no muere del todo, pero tampoco consigue volverse verdad. Bombardear puede derribar techos, cuarteles y jerarquías. Lo que no ha demostrado es que pueda, por sí solo, fabricar un país viable desde fuera. Esa es la lección que Corea dejó a medias, que Iraq escribió con sangre y que la guerra contra Irán vuelve a poner delante de Washington. El régimen enemigo puede caer. La inestabilidad, no necesariamente. Y cuando esa diferencia se ignora, el reloj de la guerra deja de medirse en días de ofensiva y empieza a contarse en años de consecuencias.










