Síguenos

Salud

¿Hasta que edad se puede hacer un trasplante de pulmón?

Trasplante de pulmón: cómo se decide si alguien es candidato según edad, salud general y reservas físicas, y qué límites reales pesan en la práctica médica.

Publicado

el

Hasta que edad se puede hacer un trasplante de pulmón

Trasplante de pulmón: cómo se decide si alguien es candidato según edad, salud general y reservas físicas, y qué límites reales pesan en la práctica médica.

En los programas de trasplante pulmonar, la edad no funciona como una verja con candado, sino como un factor de riesgo más, importante, sí, pero nunca aislado. En términos prácticos, se trasplanta con frecuencia a personas por encima de los 65 y también a mayores de 70 cuando el perfil es muy seleccionado y el resto del organismo ofrece garantías razonables. A partir de esa franja alta, el criterio se vuelve más estrecho: no porque “esté prohibido”, sino porque aumentan las complicaciones y baja la probabilidad de una recuperación completa y sostenida.

Dicho sin rodeos, el límite real no es un número redondo, es la suma de fragilidad, comorbilidades y capacidad de rehabilitación. Por encima de los 75, la indicación suele ser excepcional y, cuando se plantea, requiere una justificación clínica muy sólida, un estado general sorprendentemente bueno y un equipo con experiencia que asuma un terreno más resbaladizo. En el despacho donde se decide, el DNI se mira; el cuerpo entero, mucho más.

La edad y el verdadero listón clínico

En la calle se habla de “edad máxima” como si el trasplante fuese una oposición: cumples o no cumples. En el hospital, en cambio, el concepto que manda es edad biológica, una especie de radiografía global del estado del organismo. No es una palabra bonita para adornar informes, es una idea cruda: dos personas con la misma edad pueden tener pronósticos diametralmente distintos porque llegan al momento del trasplante con historias, reservas y desgastes muy diferentes.

A los equipos les importa, por ejemplo, si el paciente conserva fuerza en piernas y tronco, si la nutrición está en niveles que permitan cicatrizar, si hay una autonomía mínima para atravesar la rehabilitación posterior. El trasplante de pulmón no es solo cirugía; es cirugía más una vida entera de tratamiento y vigilancia. Un pulmón nuevo exige disciplina: inmunosupresores a diario, controles frecuentes, ajustes de medicación, prevención de infecciones, fisioterapia respiratoria, constancia cuando el cansancio aprieta. En edades avanzadas, esa exigencia pesa más porque el margen de error es menor y el organismo suele tolerar peor los golpes.

Aquí aparece una realidad que conviene decir con claridad: muchos pacientes “mayores” son candidatos perfectos porque han llegado con músculo, con cabeza, con apoyo familiar, con una actitud de hierro. Y hay pacientes más jóvenes que no lo son porque la enfermedad respiratoria ha arrastrado al resto del cuerpo, o porque las comorbilidades han abierto demasiadas grietas. Por eso, cuando se pregunta hasta qué edad se puede hacer un trasplante de pulmón, la respuesta que sostiene la práctica clínica es esta: se puede mientras el balance beneficio-riesgo sea favorable y el cuerpo tenga reservas para soportarlo. La edad orienta, pero no sentencia.

Qué se considera una contraindicación y por qué

En trasplante se usan dos conceptos que, fuera del ámbito médico, suenan a jerga, pero aquí son decisivos: contraindicación absoluta y contraindicación relativa. La absoluta es el “no” claro, el terreno donde el trasplante suele hacer más daño que bien o donde el riesgo es tan alto que no compensa. La relativa es más incómoda: un “podría ser, pero…”. La edad avanzada encaja, la mayoría de veces, en esa segunda categoría. No porque se quiera discriminar por años, sino porque la evidencia y la experiencia señalan una tendencia que se repite: con más edad aumentan infecciones graves, complicaciones cardiovasculares, problemas renales, fragilidad progresiva y, en conjunto, se deteriora la supervivencia a medio y largo plazo.

Importa entender cómo se construye esa decisión. No se valora solo “si aguanta la operación”. Se valora también lo que viene después, porque el posoperatorio de un trasplante pulmonar puede ser un pasillo largo. Está el riesgo de rechazo agudo, la posibilidad del rechazo crónico (la famosa bronquiolitis obliterante en algunos casos, o el espectro más amplio de disfunción crónica del injerto), el coste inmunológico de mantener el órgano funcionando y la vulnerabilidad ante bacterias, virus y hongos que, sin inmunosupresión, serían manejables y, con ella, pueden convertirse en un incendio.

La edad se vuelve relevante porque, en promedio, el cuerpo mayor responde peor a las infecciones, se recupera más lentamente, acumula más “factores silenciosos” (arterias endurecidas, función renal al límite, pérdida de masa muscular) y tiene menos resiliencia ante una complicación encadenada. No es una teoría: es el motivo por el que a partir de los 70 el filtro se endurece y por el que, más allá de los 75, se entra en un territorio muy poco frecuente. Aun así, el matiz es clave: no es un veto universal, es un umbral donde cada variable extra pesa el doble.

El mapa de riesgos: lo que más pesa en mayores

Hay una tentación fácil: pensar que todo se reduce a “pulmones muy enfermos” y “pulmones nuevos”. El trasplante, sin embargo, pone a prueba al organismo entero. En edades más altas, lo que decide suele estar fuera del tórax, en órganos que llevan años trabajando con menos margen.

Riñón, corazón e infecciones: el trípode que suele decidir

El riñón es, muchas veces, el juez silencioso. Los inmunosupresores necesarios para evitar el rechazo pueden afectar a la función renal y, si se parte de un filtrado glomerular bajo o de una enfermedad renal crónica, la probabilidad de caer en insuficiencia renal postrasplante aumenta. En una persona mayor, que ya trae menos reserva renal por pura biología, el impacto puede ser mayor y más difícil de revertir. Cuando en una evaluación se discute “si merece la pena”, el riñón aparece en la conversación antes de lo que mucha gente imagina.

El corazón y los vasos son el segundo pilar. La cirugía, la anestesia, los cambios hemodinámicos y la inflamación de un trasplante pueden destapar una enfermedad coronaria que estaba escondida, o hacer que una aterosclerosis moderada se vuelva un problema real. En muchos candidatos con EPOC, por ejemplo, hay historia de tabaquismo y, con ella, un peaje vascular acumulado. No se trata de moralismos ni de culpas; se trata de fisiología. Una arteria coronaria estrecha no entiende de buenas intenciones cuando el cuerpo está en estrés máximo.

Y luego está el mundo de las infecciones. Antes del trasplante se mira la colonización bacteriana de las vías respiratorias, infecciones previas, aspergilosis u otros hongos en determinados contextos, infecciones por micobacterias no tuberculosas en algunos pacientes con bronquiectasias, serologías y un largo etcétera que no se vive como papeleo, sino como un mapa de amenazas. Con más edad, la inmunidad de base suele ser menos robusta y el “precio” de la inmunosupresión se paga con más intereses. No significa que un mayor vaya a infectarse sí o sí, significa que, si se infecta, puede hacerlo con más gravedad y menos margen de reacción.

En este punto conviene aclarar algo que en consulta a veces se expresa con medias frases, casi con pudor: el trasplante no es una promesa de vida infinita. Es un intercambio. Se cambia una muerte por insuficiencia respiratoria por un riesgo continuo de complicaciones inmunológicas e infecciosas, con controles de por vida. En mayores, ese intercambio debe estar especialmente justificado.

Fragilidad y músculo: la rehabilitación como frontera real

La fragilidad no es “estar flojo”. Es un síndrome clínico que combina pérdida de fuerza, menor reserva fisiológica, mayor vulnerabilidad a eventos adversos y, en muchos casos, deterioro funcional. Un paciente frágil puede entrar al trasplante y salir vivo, sí, pero quedarse atrapado en una recuperación eterna, con infecciones repetidas, debilidad prolongada, incapacidad para completar rehabilitación. En trasplante pulmonar esto es crucial porque el pulmón nuevo necesita un cuerpo que lo acompañe: músculos respiratorios que se entrenen, piernas que soporten caminar, una caja torácica que se adapte, una mente que sostenga rutinas.

La masa muscular es, por decirlo de forma sencilla, la moneda de cambio del posoperatorio. Quien llega muy desgastado por meses o años de disnea, oxígeno y hospitalizaciones, suele haber perdido kilos útiles, no grasa: ha perdido músculo, y eso es gasolina. Con la edad, recuperar músculo cuesta más. Por eso, a igualdad de enfermedad pulmonar, un mayor con buen estado funcional puede ser un candidato razonable, y uno con fragilidad marcada puede no serlo.

La nutrición va pegada a esto. Malnutrición o sobrepeso extremo complican la cicatrización, aumentan el riesgo de infecciones, dificultan la rehabilitación y se asocian a peor evolución. No es raro que un equipo intente “preparar” al paciente durante la evaluación, ajustando nutrición y fisioterapia para mejorar la candidatura. Cuando funciona, se nota. Y cuando no funciona, también.

Evaluación y lista de espera: cómo se toma la decisión

El proceso de evaluación para trasplante pulmonar es una criba multidisciplinar que pretende responder a dos preguntas sin dramatismos: “¿Puede sobrevivir a esto?” y “¿Puede vivir después de esto?”. La primera se apoya en pruebas y números; la segunda, en pruebas, números y vida real.

Se revisa el diagnóstico y la gravedad: función pulmonar, gases arteriales, necesidad de oxígeno, pruebas de marcha, capacidad de esfuerzo, frecuencia de exacerbaciones o ingresos. Se explora el corazón con ecocardiografía y, cuando procede, con cateterismo para medir presiones pulmonares y descartar problemas coronarios. Se estudian riñón e hígado con analíticas y, si hay dudas, con pruebas específicas. Se hacen TAC, cultivos, valoración de infecciones, revisión dental en algunos circuitos (sí, la boca importa más de lo que parece cuando luego vas inmunosuprimido), cribados oncológicos según edad y factores de riesgo, y una valoración funcional y psicológica que no busca etiquetar, sino anticipar dificultades reales con la adherencia.

En España, además, el trasplante se enmarca en un sistema organizado y coordinado con una cultura de donación muy consolidada. Eso no convierte al pulmón en un recurso abundante: sigue siendo un órgano delicado, con ventanas de preservación limitadas y criterios de selección estrictos. No todos los pulmones donados son válidos, y la logística es exigente. Aquí, de nuevo, la edad del receptor condiciona la prudencia del equipo porque, cuanto menos margen tiene el cuerpo, menos margen hay para aceptar un órgano que no sea excelente.

La lista de espera no es una lista en el sentido cotidiano. Es una estructura dinámica donde se cruzan urgencia, compatibilidad, gravedad y probabilidad de éxito. El objetivo es maximizar resultados, salvar vidas y hacerlo con equidad. Se puede estar en lista y no llegar a trasplantarse por empeoramiento del estado general, por aparición de una contraindicación o por falta de órganos compatibles durante un periodo crítico. Se puede también trasplantarse rápido si la situación es urgente y aparece un órgano adecuado. En candidatos de edad avanzada, el desafío es doble: mantenerlos estables el tiempo suficiente sin que se deterioren y encontrar un órgano que encaje bien.

Y aquí aparece una decisión que pesa: derivar pronto. En enfermedades como la fibrosis pulmonar, donde el declive puede acelerarse, llegar tarde significa llegar sin músculo, sin reservas, con ingresos repetidos. En EPOC, donde la historia suele ser más larga, a veces se cae en el error de “aguantar un poco más” hasta que el cuerpo ya ha pagado demasiadas facturas. No se trata de alarmar, se trata de describir un patrón clínico que se ve con frecuencia.

Qué tipo de trasplante se plantea y por qué importa la edad

No todos los trasplantes de pulmón son iguales. Está el trasplante unilateral, el bilateral y, en contextos muy concretos, combinaciones con corazón, aunque esto último es mucho menos frecuente y responde a indicaciones específicas. La elección depende de la enfermedad de base, del estado hemodinámico, de la anatomía y de la estrategia del centro.

En algunas patologías, el trasplante bilateral ofrece ventajas claras en términos de función y, en ciertos casos, de supervivencia. En otras, el unilateral puede ser suficiente y reducir tiempo quirúrgico. En candidatos mayores, el equipo puede inclinarse por la opción que ofrezca un balance más razonable entre beneficio y agresividad. No es un automatismo ni una regla simple, pero sí una tendencia clínica comprensible: cuanto mayor es el riesgo global, más se intenta evitar complejidades innecesarias.

El detalle de la edad aparece también en algo menos visible: la capacidad de tolerar una complicación. Un paciente joven puede atravesar una reintervención, un sangrado importante o una infección severa y, con tiempo, salir. Un paciente mayor quizá no. Esa diferencia, aunque nadie la diga con esa crudeza, se incorpora a la decisión de forma inevitable.

Vivir con un pulmón nuevo: lo que mejora y lo que se vigila

Hay una imagen repetida en las unidades de trasplante: pacientes que, tras años de disnea, vuelven a caminar sin oxígeno, recuperan el sueño, la voz, la energía básica. El trasplante puede devolver calidad de vida de manera espectacular. También puede, y esto es parte del mismo cuadro, introducir una nueva rutina médica que se vuelve el centro de la vida durante meses, a veces durante años.

En el día a día postrasplante, el protagonista es el equilibrio entre evitar el rechazo y evitar infecciones. La inmunosupresión se ajusta para que el sistema inmune no ataque al órgano, pero esa misma supresión deja al paciente más expuesto. Se vigilan síntomas que, en otra persona, serían poca cosa: fiebre leve, tos nueva, cansancio extraño. Se controlan niveles de fármacos. Se realizan pruebas funcionales periódicas. En algunos programas se hacen broncoscopias y biopsias transbronquiales según protocolos o sospecha clínica. Se manejan efectos secundarios: hipertensión, diabetes inducida por corticoides o por inmunosupresores, alteraciones del colesterol, riesgo renal, fragilidad ósea. La lista es larga, y precisamente por eso el trasplante exige un cuerpo con capacidad de absorción.

En edad avanzada, lo que cambia no es la necesidad de ese control, que es igual, sino la tolerancia a sus consecuencias. Un mayor puede desarrollar insuficiencia renal con más facilidad, o tener más riesgo de complicaciones metabólicas. También puede tener una reserva muscular menor para recuperarse tras un episodio de infección. Por eso, cuando se habla de edad, hay que hablar de pronóstico a largo plazo, no solo de salir del quirófano.

Una curiosidad clínica, de esas que se ven en los datos y se notan en la práctica: en mayores muy seleccionados, los resultados a corto plazo pueden ser aceptables, incluso buenos, porque se elige a quienes llegan fuertes. A medida que pasa el tiempo, sin embargo, se van acumulando riesgos y la supervivencia a medio y largo plazo tiende a ser menor que en grupos más jóvenes. Esto no es un argumento para cerrar puertas; es una razón para seleccionar con prudencia y explicar expectativas con honestidad.

Cuando la edad deja de ser el titular y pasa a ser un matiz

Hay momentos en los que la pregunta cambia sin decirlo: ya no es “hasta qué edad”, es “en mi caso, con mi historia, ¿tiene sentido?”. El trasplante de pulmón se decide en el cruce entre urgencia respiratoria y viabilidad global. Se decide mirando comorbilidades concretas, no ideas generales. Se decide con datos, pero también con observación clínica: cómo se mueve el paciente, cómo se recupera tras un ingreso, cómo ha evolucionado la enfermedad, si hay un soporte familiar estable, si existe capacidad real de adherirse a un tratamiento que no perdona olvidos.

Por eso, la forma más precisa y útil de cerrar la idea, sin trampas, es esta: no hay una edad única máxima universal, pero en la práctica clínica contemporánea el trasplante en mayores de 70 se reserva para casos muy seleccionados, y por encima de 75 es muy infrecuente. Entre medias, lo que marca la diferencia es el estado del riñón, el corazón, la ausencia de infecciones difíciles, la fuerza muscular, la nutrición, la estabilidad emocional y social para sostener el posoperatorio, y la probabilidad real de ganar años de vida con calidad aceptable.

Si se quiere una frase final que no sea eslogan ni dramatismo: en trasplante pulmonar, la edad pesa como pesa el plomo, pero no cae sola. Caen con ella los kilos de historia clínica, y ahí, justo ahí, se decide si el pulmón nuevo puede ser una salida luminosa o una apuesta demasiado cara.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído