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Economía

¿Por qué Goldman Sachs se rinde a la economía española en Europa?

Goldman Sachs mira a España con asombro: crece más que Europa, pero vivienda, salarios y energía dejan una letra pequeña reveladora y áspera.

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Goldman Sachs ha puesto a España en el escaparate económico europeo con una frase que, leída desde Berlín, París o Roma, suena casi indecorosa: la economía española crecerá en 2026 tres veces más que la zona euro. No habla de un rebote estadístico, ni de una resaca amable del turismo, ni de esa vieja costumbre nacional de celebrar cualquier decimal como si fuera una Champions. El banco estadounidense sostiene que España mantiene una ventaja real frente al resto de las grandes economías del euro por productividad, empleo, demanda interna y una posición fiscal que, sin ser de postal, resulta más sólida de lo que muchos inversores esperaban. Goldman Sachs prevé un crecimiento del 2,1% para España frente al 0,7% del conjunto de la zona euro, y subraya que el país ha registrado desde 2021 el mayor avance de productividad por empleado y por hora trabajada entre las cuatro grandes economías de la Unión Europea.

La noticia tiene una lectura rápida y otra lenta. La rápida: España va mejor que Europa. Bastante mejor. La lenta: ese crecimiento no cae como maná sobre todos los bolsillos, porque la vivienda se ha disparado, la inflación energética vuelve a morder y la política sigue instalada en ese alambre tan español donde un presupuesto puede parecer más difícil que una reforma constitucional. El país aparece fuerte en los cuadros macroeconómicos, pero muchos ciudadanos siguen mirando el alquiler, la hipoteca o el supermercado con la misma cara de quien recibe buenas noticias sobre Marte. Fenomenal por Marte. Aquí abajo, el casero acaba de escribir.

El dato duro, en cualquier caso, no es menor. El INE confirmó que el PIB español avanzó un 0,6% en el primer trimestre de 2026 respecto al trimestre anterior, con una tasa interanual del 2,7%. La demanda nacional aportó 3,4 puntos al crecimiento anual, mientras que la demanda externa restó 0,7 puntos, una señal bastante clara: el motor está dentro, en el consumo, el empleo y la inversión, no tanto en vender más al exterior.

Eurostat permite ver el contraste con más crudeza. En el mismo primer trimestre de 2026, el PIB de la zona euro y el de la Unión Europea crecieron apenas un 0,1% frente al trimestre anterior. España, con ese 0,6%, quedó entre los países con mayor avance trimestral dentro de los datos disponibles y muy por encima de Alemania, Francia o Italia en ritmo interanual. Europa va con respiración corta. España, de momento, corre.

Lo que realmente ha visto Goldman Sachs

La lectura de Goldman Sachs no es una palmada turística en la espalda. Es más interesante, y por eso incomoda un poco más. El banco habla de resiliencia estructural, una expresión que en castellano normal viene a decir que el país no solo está aguantando, sino que ha cambiado algunas piezas internas de su economía. Menos ladrillo como único tótem, más servicios profesionales, más tecnología, más finanzas, más comunicación, más empleo cualificado. No Silicon Valley con tapas, conviene no venirse arriba, pero sí una mutación apreciable.

Según el análisis de Filippo Taddei, economista sénior de Goldman Sachs para el sur de Europa, España combina varios elementos poco frecuentes ahora mismo en el continente: paro en niveles históricamente bajos para el país, tasa de empleo elevada, productividad más dinámica que la de Alemania, Francia e Italia, y una deuda pública cuyos diferenciales no se han disparado pese al nuevo choque energético. Es una mezcla rara. Europa tiene inflación, energía cara y crecimiento flaco; España tiene lo mismo, pero crece más. Y eso, para los mercados, no es poesía: es una anomalía rentable.

El punto más revelador del informe está en la calidad del empleo. Goldman Sachs destaca que los puestos en sectores de mayor valor añadido —servicios profesionales, finanzas, información y comunicaciones— han aumentado en España más de un 20% desde 2019, aproximadamente el doble que en Francia o Italia. Ahí está una de las claves de la frase que más circula estos días: el crecimiento español no sería solo de cantidad, sino también de calidad. No basta con crear empleo; importa qué empleo se crea, cuánto produce, qué salarios puede sostener y si ese tejido sobrevive cuando el turismo se resfría.

Ese matiz es importante porque España arrastra una fama económica muy difícil de lavar. Durante años, el país ha sido leído fuera como una economía de camareros, albañiles, sol y endeudamiento. Una caricatura, sí, pero las caricaturas duelen porque siempre exageran algo que existe. Lo nuevo es que el relato exterior empieza a incorporar otros ingredientes: productividad, digitalización, migración laboral, exportación de servicios, inversión asociada a fondos europeos y un sector empresarial menos frágil que en crisis anteriores. Un país no se convierte en Suecia por una nota de Goldman, claro. Pero tampoco sigue siendo exactamente el mismo.

El motor no es solo turismo, aunque el turismo siga mandando

El turismo continúa siendo una pieza gigantesca de la economía española. Goldman Sachs recuerda que representa alrededor del 12,6% del PIB, y por eso advierte de un riesgo muy concreto: si el encarecimiento de la energía reduce los viajes aéreos, la temporada de verano puede sufrir y el crecimiento resentirse. El cálculo del banco es bastante gráfico: una caída del 10% en las llegadas internacionales por avión podría rebajar el PIB en unas tres décimas. Tres décimas pueden parecer poco en una conversación de bar; en una economía de 1,6 billones, son mucho más que una propina.

Pero el interés de la noticia está precisamente en que España ya no se explica solo por las terrazas llenas y los hoteles de costa. El turismo ayuda, muchísimo, pero el relato de 2026 incluye una demanda interna fuerte, inversión, empleo y un mercado laboral que ha ensanchado la base de población activa gracias a la inmigración. El país crece porque hay más gente trabajando, sí, pero también porque parte de ese empleo se está desplazando hacia ramas con más productividad. Esa palabra, productividad, suele entrar en los artículos económicos como un invitado aburrido. Aquí es el personaje principal.

El INE mostró en el primer trimestre un comportamiento positivo en todos los grandes sectores de actividad en términos intertrimestrales: industria, construcción, servicios y ramas primarias. En tasa anual, los servicios crecieron un 3,4%, la construcción un 6,5% y la industria un 1,8%. La fotografía no es perfecta, porque las exportaciones de bienes y servicios retrocedieron respecto al trimestre anterior y el sector exterior resta en el cálculo anual, pero la economía doméstica sigue empujando con una fuerza que no tienen ahora mismo muchas economías vecinas.

Migración, empleo y productividad: la fórmula menos romántica

Hay un elefante en la habitación y no lleva traje de Goldman Sachs: la inmigración. El informe del banco la menciona como uno de los factores que explican el crecimiento español. No como adorno multicultural para folleto institucional, sino como variable económica de primer orden. España ha absorbido fuertes flujos migratorios que han ampliado la fuerza laboral, han sostenido sectores tensionados por falta de mano de obra y han permitido que el empleo crezca sin estrangular del todo la actividad. Luego está la otra cara: más población, más demanda de vivienda, más presión en alquileres y servicios públicos. La economía, ese animal antipático, casi nunca regala una ventaja sin esconder una factura.

La EPA del primer trimestre de 2026 ofrece una imagen menos triunfalista pero útil. El empleo bajó en 170.300 personas respecto al trimestre anterior, el paro subió hasta 2.708.600 personas y la tasa de desempleo se situó en el 10,83%. Mal trimestre, sin maquillaje. Pero en los 12 meses previos el empleo creció en 527.600 personas y el desempleo se redujo en 80.600. Es decir, la tendencia de fondo aún respira, aunque el arranque del año haya sido áspero.

La Comisión Europea también vincula la expansión de la economía española a la demanda interna, el empleo, la inversión y la llegada de población trabajadora. En sus previsiones de primavera, Bruselas calcula que España crecerá un 2,4% en 2026 y un 1,9% en 2027, con una tasa de paro que bajaría al 9,9% este año y al 9,6% el próximo. Incluso prevé que la deuda pública caiga por debajo del 100% del PIB durante el horizonte de previsión. Son datos que, hace no tanto, habrían parecido ciencia ficción administrativa.

Conviene, sin embargo, no confundir tendencia con consagración. España sigue teniendo una tasa de paro muy alta para estándares europeos. Sigue arrastrando temporalidad en algunos nichos, salarios modestos en sectores intensivos en mano de obra y una brecha generacional que se nota en cuanto se habla de vivienda. El país puede ser un caso atípico en Europa y, al mismo tiempo, una economía donde demasiada gente vive al día. Ambas cosas caben en la misma frase. De hecho, esa es la frase.

La cifra brillante y la vida cara de la calle

Aquí entra la parte incómoda. La economía puede crecer al 2,7% interanual y el ciudadano notar poco más que una corriente de aire. El PIB no paga alquileres. No baja la cesta de la compra por simpatía. No entrega llaves. Y la vivienda, precisamente, está convirtiéndose en el gran agujero negro del crecimiento español: absorbe renta, bloquea emancipaciones, expulsa trabajadores de las ciudades dinámicas y erosiona el relato optimista desde abajo, donde las estadísticas llegan tarde y mal.

El último dato del INE es contundente: el precio de la vivienda subió un 12,9% interanual en el primer trimestre de 2026. La vivienda nueva aumentó un 9,1% y la de segunda mano, un 13,5%. Respecto al trimestre anterior, los precios crecieron otro 3,5%. Todas las comunidades autónomas y ciudades autónomas registraron subidas anuales positivas; las mayores, en Aragón y Región de Murcia, con un 15,6% en ambos casos. No es una anécdota local ni una fiebre madrileña. Es un incendio distribuido.

Este es el punto donde el entusiasmo macroeconómico se encuentra con la España real, esa que mira portales inmobiliarios como quien consulta el parte meteorológico de una catástrofe. Crecer más que Europa sirve, claro que sirve. Permite recaudar más, crear empleo, reducir deuda relativa, atraer inversión y mejorar la confianza. Pero si una parte creciente de la renta se va en alquiler o hipoteca, el ciudadano no percibe prosperidad, sino una cinta de correr: avanza, suda, no llega.

El problema no es que el crecimiento sea falso. No lo es. El problema es que está mal distribuido en su experiencia cotidiana. La renta disponible de los hogares creció en 2025, pero el gasto en consumo avanzó más deprisa en el cuarto trimestre: la renta disponible bruta de los hogares aumentó un 5,4% interanual y el gasto en consumo final lo hizo un 6,8%. En el conjunto del año, la tasa de ahorro de los hogares bajó hasta el 12,0%, siete décimas menos que en 2024. La familia española media no está leyendo informes de inversión; está haciendo equilibrios entre ingresos que mejoran y precios que se adelantan por la derecha.

Ahí nace la paradoja política del momento: España puede presumir ante Europa y, a la vez, escuchar dentro un murmullo de escepticismo. No por ignorancia ciudadana, sino porque el bienestar no se mide solo en PIB. Se mide en si un joven puede alquilar sin donar medio sueldo al mercado inmobiliario. En si una familia llega a final de mes sin convertir la compra en un ejercicio de cálculo mental. En si un empleo nuevo permite vivir, no solo contar como ocupado. La macroeconomía va por una avenida amplia; la vida diaria, muchas veces, por un callejón estrecho.

La deuda se enfría, la política no tanto

Una de las razones por las que Goldman Sachs mira a España con interés es la estabilidad de la deuda. El banco señala que los inversores no han castigado de forma especial los bonos españoles pese al aumento del gasto público para amortiguar el golpe energético. En otras palabras: España ha gastado, pero el mercado no le ha retirado la confianza. Eso no es un aplauso ideológico, sino una lectura fría de riesgo. Los inversores creen que el crecimiento, la recaudación y la posición fiscal permiten sostener el cuadro sin que salten las alarmas.

La Comisión Europea va en una línea parecida: prevé que el déficit público español se estabilice en el 2,4% del PIB en 2026 y baje al 2,0% en 2027, mientras la deuda pasaría del 100,7% en 2025 al 99,6% en 2026 y al 98,9% en 2027. No son cifras de una economía sin problemas. Son cifras de una economía que, por primera vez en mucho tiempo, no parece vivir con la camisa fiscal ardiendo.

Pero la política española es una trituradora de tranquilidad. Goldman Sachs advierte de que la incertidumbre política puede reducir la confianza inversora, especialmente con una legislatura marcada por la fragilidad parlamentaria y unas elecciones generales previstas para 2027. España no ha aprobado unos Presupuestos Generales completos desde la repetición electoral de 2023, y esa incapacidad pesa. Puede que el país crezca, puede que recaude, puede que los mercados sigan relativamente tranquilos. Pero gobernar con alambre tiene un coste: todo parece provisional, negociado al minuto, sujeto a una aritmética parlamentaria donde cada coma puede valer un decreto.

Aquí conviene escapar de la trinchera. El crecimiento español no pertenece a un partido, aunque todos intenten hacerse una foto con él. Viene de inercias largas, reformas laborales, política fiscal europea, fondos de recuperación, migración, turismo, inversión privada, salarios, consumo, energía, suerte geográfica y una sorprendente capacidad del país para funcionar incluso cuando su clase política parece empeñada en demostrar lo contrario. España tiene ese talento tan suyo: avanza mientras discute, como quien monta un mueble de Ikea en mitad de una bronca familiar.

El riesgo energético: aviones, hoteles y una factura que vuelve

El gran nubarrón externo vuelve a ser la energía. La Comisión Europea ha rebajado el tono de sus previsiones para el conjunto del continente por el impacto del nuevo choque energético derivado del conflicto en Oriente Medio. Según Bruselas, entre finales de febrero y finales de abril de 2026 los precios del gas aumentaron un 50% y los del crudo un 65%, mientras los márgenes de refino de productos como diésel y combustible de aviación alcanzaron niveles históricamente elevados. La economía europea no está repitiendo exactamente la crisis de 2021-2022, pero el olor es familiar: energía cara, inflación persistente, inversión aplazada y consumidores más prudentes.

España parte con alguna ventaja. Tiene menor exposición relativa a ciertos cuellos de botella energéticos que otras grandes economías europeas, una base renovable relevante y un turismo que sigue atrayendo demanda. Pero también tiene vulnerabilidades evidentes. El avión caro encarece el viaje. El combustible caro encarece la logística. La electricidad cara se filtra en los costes. Y cuando los precios suben durante demasiado tiempo, el consumidor cambia de humor. Primero protesta. Después ahorra. Luego cancela. La economía no se rompe de golpe; a veces se enfría como una habitación al amanecer.

La Comisión prevé que la inflación armonizada española suba al 3,0% en 2026, impulsada por la energía y por el traslado gradual a alimentos y bienes industriales, antes de moderarse al 2,5% en 2027. También espera que los salarios nominales crezcan por encima de la inflación, una condición importante para que el consumo no se desplome. Pero ese equilibrio es delicado: si los precios se enquistan y la confianza cae, la demanda interna —el gran motor actual— puede perder tracción.

El riesgo turístico tampoco es menor. España puede estar diversificando su crecimiento, sí, pero nadie debería fingir que el turismo es un adorno. Si los vuelos se encarecen, si los hogares europeos reducen gasto vacacional o si el combustible golpea rutas de larga distancia, la temporada puede notar el frenazo. No necesariamente una catástrofe; sí una pérdida de brillo. Y España está creciendo con brillo. Cuando uno se acostumbra a correr por encima del pelotón, cualquier cuesta parece más empinada.

La prosperidad que todavía tiene que bajar a la calle

La noticia de Goldman Sachs importa porque cambia el foco. Durante años, España aparecía en las conversaciones económicas europeas como advertencia, no como ejemplo. Ahora aparece como caso atípico: crece más, crea empleo, mejora productividad, mantiene inversores relativamente tranquilos y reduce poco a poco la presión de la deuda. En una Europa fatigada, eso destaca. Mucho. La vieja periferia mira al centro con una media sonrisa. Sarcasmo histórico, pero merecido.

La lectura seria no permite triunfalismo de confeti. España va bien en términos macroeconómicos, pero su gran examen no será convencer a Goldman Sachs. Será convertir ese crecimiento en vida asequible, salarios suficientes, vivienda accesible, productividad sostenida y estabilidad institucional. La economía que deslumbra en un informe puede deslucirse en un contrato de alquiler. La estadística que entusiasma a los mercados puede no calentar una casa ni llenar una nevera. Esa distancia, si se agranda, acaba pasando factura política.

Aun así, el dato es potente. España no está creciendo por casualidad ni solo por turistas tomando sangría al sol, esa postal tan cómoda para quien prefiere no mirar. Hay más empleo, más sectores de valor añadido, más población activa, más inversión y una estructura productiva algo menos rudimentaria que hace una década. Quedan agujeros enormes, sí: vivienda, paro estructural, productividad todavía insuficiente en muchas pymes, desigualdad generacional, precariedad en ramas enteras. Pero el movimiento existe.

Goldman Sachs se ha fijado en España porque el país ofrece algo escaso en la Europa de 2026: crecimiento con cierta credibilidad. No milagro. No milagrito. Crecimiento. Y en estos tiempos, donde tantas economías europeas parecen avanzar con el freno de mano medio puesto, eso ya es bastante. El reto está en que la buena noticia no se quede arriba, en los gráficos, flotando como un globo caro. Tiene que bajar a la calle. A los sueldos. A los alquileres. A la compra. Al recibo de la luz. Ahí se decidirá si España era de verdad una rareza europea o solo otro país capaz de producir grandes titulares mientras sus ciudadanos seguían haciendo números en silencio.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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