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Naturaleza

¿La basura tóxica del fracking amenaza pueblos y barrios en Argentina?

Vaca Muerta impulsa la energía argentina, pero sus residuos del fracking rodean barrios, plantas y vertederos con polvo, olor y miedo diario.

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fracking en Argentina

Vaca Muerta se ha convertido en la gran promesa energética de Argentina, pero la factura ambiental empieza a verse a simple vista: montañas de residuos del fracking se acumulan cerca de zonas habitadas en Neuquén y Añelo, con denuncias de contaminación del aire, del suelo y posibles riesgos para la salud de quienes viven al lado de plantas y vertederos. La escena no tiene épica industrial. Tiene polvo, olor ácido, camiones, viento patagónico y barrios que aprenden a mirar la dirección del aire antes de abrir una ventana.

El núcleo del problema es bastante menos romántico que el discurso del progreso: la extracción de gas y petróleo no convencional genera residuos líquidos, lodos, recortes de perforación y mezclas semisólidas que deben ser tratados con métodos autorizados. Sobre el papel, la norma existe. En el terreno, según especialistas y denuncias recogidas en la zona, la capacidad de tratamiento no alcanza para el volumen que produce el boom petrolero. Y cuando una industria crece más rápido que sus controles, la basura deja de ser un efecto secundario y se convierte en paisaje.

La paradoja es casi perfecta, con esa ironía amarga que suele tener el extractivismo: Argentina mira Vaca Muerta como una tabla de salvación económica, mientras algunas comunidades cercanas sienten que les ha tocado vivir en la sala de máquinas, no en el reparto de beneficios. El Gobierno argentino presenta la formación como un recurso de clase mundial para gas y petróleo no convencional, con decenas de empresas invirtiendo y una posición destacada en el mapa global del shale. Según datos oficiales, Vaca Muerta aparece como segundo recurso no convencional de gas y cuarto de petróleo en el mundo.

No hablamos de una explotación marginal ni de una aventura de laboratorio. Vaca Muerta empuja récords de producción, atrae capital extranjero y sostiene parte de la conversación económica argentina, esa vieja costumbre de buscar una mina, un campo o un pozo que arregle lo que la política estropea con paciencia artesanal. Los cálculos energéticos internacionales han situado la formación entre los grandes reservorios de hidrocarburos no convencionales del planeta, con cientos de billones de pies cúbicos de gas técnicamente recuperable y miles de millones de barriles de petróleo. La cifra suena enorme. El residuo también.

Qué residuos deja el fracking y por qué preocupan tanto

El fracking, o fractura hidráulica, consiste en inyectar agua, arena y productos químicos a alta presión para romper la roca y liberar hidrocarburos. Dicho así parece una operación quirúrgica: precisa, limpia, controlada. La realidad tiene más barro. Tras la perforación y la fractura vuelven a la superficie aguas contaminadas, salmueras naturales, restos de roca, arena usada, compuestos químicos y lodos. Una pasta oscura, pesada, de aspecto mineral, que no desaparece porque alguien la llame subproducto.

En Neuquén, el peso del fracking es abrumador. Más del 97 % del petróleo y más del 90 % del gas de la provincia se extraen mediante esta técnica, según datos provinciales citados en investigaciones recientes. Es decir: el problema de los residuos no es lateral. Está pegado al corazón del modelo productivo. Si casi todo sale de pozos no convencionales, casi todo deja también una estela de residuos no convencionales.

Los residuos líquidos suelen reinyectarse en pozos subterráneos. Esa práctica ha sido vinculada en distintos contextos con sismicidad inducida, porque la presión puede alterar fallas geológicas dormidas. No significa que cada pozo provoque un terremoto, conviene no hacer periodismo de película mala, pero sí que la gestión del agua residual es un asunto serio, técnico y potencialmente delicado. Los residuos sólidos y semisólidos, en cambio, pasan por plantas de tratamiento, hornos o vertederos autorizados. Ahí es donde la historia argentina empieza a oler mal. Literalmente.

Los llamados cuttings, recortes de roca mezclados con residuos de perforación, arena y otros materiales, se han acumulado en montañas visibles en instalaciones cercanas a poblaciones. La normativa provincial exige tratamientos específicos, incluidos hornos de alta temperatura capaces de reducir componentes tóxicos en condiciones controladas. El problema, según las denuncias conocidas, es que la capacidad instalada ha quedado por debajo del volumen real generado por la actividad. Los residuos llegan más rápido de lo que el sistema puede procesarlos. Y el desborde, claro, no se queda en una hoja de cálculo. Se queda en el barrio.

En los últimos años, los volúmenes de residuos aumentaron con fuerza al compás de la producción. Esa cifra ayuda a entender la escala: no se trata solo de una mala planta, de una empresa concreta o de un vertedero con gestión deficiente. Es un cuello de botella estructural. Más perforaciones, más producción, más camiones, más lodos. La energía sube; la montaña también.

Neuquén y Añelo, vivir donde manda el viento

La vida cerca de estos residuos tiene una unidad de medida humilde: la nariz. Vecinos de zonas próximas al Parque Industrial Neuquino Oeste han descrito olor fuerte, irritación en ojos, estornudos, molestias respiratorias y dolores de cabeza. No son síntomas que permitan dictar sentencia médica desde un teclado, faltaría más, pero sí forman un patrón social suficientemente claro como para exigir controles públicos sólidos, mediciones accesibles y una explicación que no trate a la gente como si se quejara por deporte.

La imagen más incómoda es la de barrios situados cerca de plantas y vertederos donde se procesan residuos del fracking. En Añelo, localidad convertida en puerta de entrada a Vaca Muerta, los vecinos han visto cómo el viejo paisaje de crianceros, chivos y vida rural se transformaba en una línea casi permanente de camionetas, camiones pesados y polvo industrial. El progreso, cuando llega sin urbanismo ni justicia territorial, a veces se parece demasiado a una carretera saturada.

Añelo está a poco más de 100 kilómetros de la ciudad de Neuquén y vive pegada al pulso del yacimiento. Algunas zonas habitadas se encuentran a menos de dos kilómetros de vertederos donde se tratan residuos sólidos del fracking. En una de las instalaciones observadas, los lodos procesados terminan convertidos en cenizas depositadas en montículos de gran tamaño; el viento patagónico obliga a regar esas crestas para evitar que el polvo se disperse, aunque no siempre se consigue. La escena tiene algo de desierto intervenido: tierra, máquinas, ceniza, agua lanzada contra el aire seco.

El malestar vecinal no se limita al miedo químico. También hay una queja social más profunda: muchos residentes no sienten que Vaca Muerta les haya dado desarrollo proporcional al coste que soportan. Hay empleo, sí, pero también competencia con trabajadores llegados de fuera, alquileres tensionados, infraestructura insuficiente y una sensación de vivir junto a una riqueza que pasa de largo. Argentina exporta expectativas; algunos barrios importan polvo. Bonito negocio para la estadística, menos para el tendedero.

La expresión zona de sacrificio no ha salido solo de pancartas ambientalistas. Autoridades provinciales han reconocido que ciertos emplazamientos ya no podrán destinarse a otro uso y han defendido que no se autorizarán nuevos vertederos, al tiempo que se reclaman métodos alternativos de tratamiento. Es una frase pesada. Zona de sacrificio no suena a incidente; suena a decisión asumida.

El caso Comarsa, símbolo de una industria que creció demasiado rápido

La Compañía de Saneamiento y Recuperación de Materiales, conocida como Comarsa, aparece como uno de los casos más sensibles de esta crisis. La empresa operaba dentro del Parque Industrial Neuquino Oeste desde 2009 y fue acusada de aceptar más material del que podía tratar con sus cuatro hornos. Según la querella ambiental, se habrían acumulado alrededor de 350.000 metros cúbicos de residuos al aire libre sobre terreno sin impermeabilizar, desbordando muros de contención de hormigón.

En 2024, Comarsa perdió su licencia estatal para procesar residuos de perforación, sus hornos fueron desmantelados y se ordenó trasladar los residuos a un emplazamiento designado a unos 115 kilómetros, en una zona alejada de entornos urbanos. El caso está pendiente de juicio, y la empresa no ha dado una versión pública suficiente que despeje las dudas sobre una acumulación que se convirtió en símbolo de la gestión fallida de los residuos petroleros.

La defensa de Comarsa intentó reducir el alcance del daño ambiental en una audiencia celebrada en marzo y sostuvo que la empresa retiraba los residuos y que el suelo del entorno no estaba contaminado. Al otro lado, abogados ambientalistas y vecinos alegan contaminación del suelo y del aire, con presencia potencial de sustancias dañinas como benceno, plomo y arsénico. Aquí conviene hilar fino: una acusación no es una condena, pero una acusación de este tamaño tampoco es ruido decorativo.

El gobernador de Neuquén, Rolando Figueroa, anunció en la apertura legislativa de este año que ya se habían retirado 139.000 toneladas de residuos de la planta de Comarsa. El dato indica movimiento, pero también retrata la escala del problema. Nadie retira 139.000 toneladas de nada si antes no se ha dejado crecer una mole descomunal. La pregunta política no es solo cuánto se limpió, sino por qué se llegó hasta ahí.

Comarsa funciona como metáfora incómoda de Vaca Muerta: una industria que promete dólares, infraestructura y autonomía energética, pero que ha generado zonas donde los residuos parecen haber corrido más rápido que el Estado. Y cuando el Estado llega tarde en materia ambiental, suele llegar con casco, expediente y cara de estamos trabajando en ello. Estupendo. Pero los pulmones no esperan a que cierre el procedimiento administrativo.

El dilema económico: dólares, gas y una Patagonia usada como trastienda

La dimensión económica explica por qué Vaca Muerta se defiende con tanto fervor en Argentina. El país necesita divisas, energía, exportaciones y cierta estabilidad externa. Vaca Muerta ofrece todo eso en el escaparate: petróleo, gas, proyectos de GNL, inversiones multimillonarias, promesas de infraestructura. En 2026, grandes petroleras internacionales han seguido moviendo ficha en la formación, con planes de inversión multimillonarios y solicitudes para acogerse a incentivos fiscales argentinos.

YPF, la petrolera estatal argentina, también concentra su estrategia en el negocio no convencional. Su planificación inversora para 2026 dirige la mayor parte del esfuerzo hacia la producción no convencional, con Vaca Muerta como pieza central. La compañía produce una parte clave del shale oil argentino y aspira a seguir aumentando su extracción. Dicho sin adornos: Argentina quiere que Vaca Muerta bombee dólares, gas y petróleo durante años.

Ese es el tablero completo: Argentina no está ante un simple debate local sobre un vertedero. Está ante la tensión clásica entre desarrollo energético y daños territoriales. Una tensión que suele presentarse de manera tramposa, como si solo hubiera dos opciones: contaminar o empobrecerse. La experiencia internacional demuestra que la pregunta importante no es si una actividad genera dinero, sino quién cobra, quién controla, quién enferma, quién se muda, quién respira y quién firma la licencia.

Vaca Muerta ha permitido a Argentina acercarse a la autosuficiencia energética y reducir parte de su dependencia importadora. La producción de crudo y gas natural se ha acercado a máximos históricos gracias al crecimiento de la formación, que compensa el declive de campos convencionales. Es un dato relevante. Ignorarlo sería infantil. Pero convertirlo en coartada para tratar los residuos como un detalle menor también lo sería.

El problema no es que Argentina quiera aprovechar sus recursos. El problema es hacerlo como si el territorio fuera una servilleta: se usa, se mancha, se dobla y se deja en la mesa. La Patagonia norte no es un apéndice logístico de Buenos Aires ni un solar vacío donde esconder el coste de la prosperidad. Allí vive gente. Gente que lleva a sus hijos al colegio, compra agua embotellada, limpia el polvo de las ventanas y aprende nombres de compuestos químicos que nadie debería tener que pronunciar para defender su casa.

Controles, tratamiento y lo que debería cambiar

La respuesta pública no puede limitarse a prohibir nuevos vertederos mientras los existentes quedan marcados como espacios perdidos. Si la producción sigue creciendo, la gestión de residuos debe crecer antes, no después. Parece una obviedad, pero en Vaca Muerta las obviedades llegan con barro en los zapatos. Las autoridades neuquinas han señalado que se exigirán métodos más modernos y que la intención es tratar los residuos en el propio lugar de extracción. También se han anunciado nuevas instalaciones para procesar residuos cerca de Añelo, con la promesa de reducir traslados y controlar mejor el material.

El tratamiento en origen puede reducir movimientos de camiones, disminuir riesgos logísticos y evitar que los pueblos se conviertan en pasillos industriales. Pero no basta con anunciar plantas. Hace falta trazabilidad completa de los residuos, mediciones independientes, datos públicos, sanciones efectivas y controles de aire, suelo y agua que no dependan de la buena voluntad de las empresas. La palabra control se usa mucho en política ambiental; el asunto es que controle alguien que no cobre del controlado.

También conviene distinguir entre residuos tratados, residuos enterrados, residuos reutilizados y residuos simplemente movidos de sitio. Trasladar una montaña no es resolverla, aunque mejore la foto aérea del primer barrio afectado. La gestión moderna exige saber qué entra, qué sale, qué se transforma, qué se deposita, durante cuánto tiempo y bajo qué condiciones. Lo contrario es contabilidad creativa con olor a hidrocarburo.

El debate sobre reutilizar cenizas en construcción debe manejarse con cautela. Reutilizar puede ser inteligente si hay estudios robustos, límites claros y control toxicológico. Puede ser una chapuza peligrosa si se convierte en una forma elegante de dispersar residuos. La economía circular no consiste en rebautizar basura problemática con nombre verde. También ahí hay que desconfiar del barniz.

La ciudadanía necesita algo más que comunicados. Necesita mapas de riesgo, monitoreos periódicos, laboratorios confiables, consultas reales y acceso a información comprensible. No todo vecino puede interpretar una tabla de metales pesados, compuestos orgánicos volátiles o sales disueltas. Pero cualquier vecino entiende cuándo le arden los ojos al cambiar el viento. El Estado debería traducir esa experiencia en datos, no en condescendencia.

Una riqueza bajo tierra, una factura en superficie

Vaca Muerta no es solo un yacimiento. Es una prueba de madurez para Argentina. Puede ser una fuente de energía, exportaciones y desarrollo tecnológico, sí. También puede convertirse en otro capítulo de esa larga historia latinoamericana donde el subsuelo produce riqueza y la superficie acumula daños. La diferencia entre una cosa y otra no está en los discursos, sino en los residuos: quién los mide, quién los trata, quién los paga y quién vive junto a ellos.

La noticia de las montañas de residuos del fracking en Neuquén y Añelo obliga a mirar el reverso del milagro shale. Argentina no puede permitirse despreciar Vaca Muerta, pero tampoco puede permitirse sacrificar comunidades en nombre de una promesa energética que siempre parece estar a punto de redimirlo todo. El progreso, cuando exige barrios respirando polvo y miedo, deja de ser progreso y empieza a parecer una deuda mal escondida bajo la alfombra. O bajo la ceniza.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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