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La FIFA mantuvo los partidos de Irán en Estados Unidos
Los encuentros siguieron asignados a Estados Unidos, pero la delegación iraní buscó en Tijuana una salida a los obstáculos migratorios.

La FIFA mantuvo en Estados Unidos los partidos que Irán tenía asignados para el Mundial de 2026 y descartó trasladarlos a México. La decisión, explicada por la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum como una cuestión de logística, dejó intactas las sedes del calendario: dos encuentros en Los Ángeles y uno en Seattle. La selección iraní, sin embargo, terminó situando su campamento base en Tijuana, de modo que jugar en Estados Unidos no significaba necesariamente alojarse allí durante todo el torneo.
El motivo de la petición iraní era político y de seguridad: su federación quería evitar que el equipo viajara a territorio estadounidense en medio de la escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán. A esa tensión se sumaron las dificultades para obtener visados para parte de la delegación. La FIFA no cambió los estadios, pero la instalación de la base en México abrió una solución parcial: mantener los partidos donde estaban previstos y organizar desde la frontera los desplazamientos del equipo.
La decisión dejó los partidos en Estados Unidos
La opción de trasladar los encuentros a México llegó a plantearse públicamente. Sheinbaum señaló que su país estaba dispuesto a recibirlos si la FIFA lo autorizaba, pero también explicó que el organismo había decidido conservar las sedes originales porque el cambio implicaba una alteración logística de gran alcance. La postura coincidía con la línea que el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, había defendido desde marzo: Irán debía jugar en Estados Unidos conforme al calendario. La negativa se refería a los partidos, no a cualquier posible estancia de la selección en México.
La distinción importa porque varias noticias posteriores describieron el traslado del campamento iraní a Tijuana como un cambio de sede. No era lo mismo que mover los encuentros. El calendario mantuvo a la selección en el Grupo G y asignó sus partidos a ciudades estadounidenses; la base mexicana, en cambio, servía como lugar de concentración y punto de partida para viajar a los estadios. Así, el organismo preservó el cuadro deportivo mientras Irán buscaba reducir su permanencia en el país anfitrión. El mapa de los partidos permaneció intacto, aunque el de la preparación se modificó.
La base en Tijuana no cambió las sedes
El plan inicial de Irán contemplaba establecer el campamento en Tucson, Arizona, para facilitar los desplazamientos a los encuentros de la costa oeste. Las dificultades migratorias y la incertidumbre sobre los permisos llevaron a la federación a cambiar ese planteamiento y trasladar la base a Tijuana, en Baja California. Los reportes disponibles indicaron que la FIFA aceptó el cambio del lugar de concentración. Tijuana ofrecía una alternativa operativa al otro lado de la frontera, pero no convertía a México en anfitrión de los partidos.
Desde esa ciudad, el equipo debía organizar los viajes a Los Ángeles y Seattle según las condiciones acordadas con la FIFA y las autoridades estadounidenses. La embajada iraní en México explicó que la delegación tendría que entrar en Estados Unidos el día de cada partido y salir después, aunque los detalles del transporte —por carretera o en vuelos privados— dependían de las instrucciones y los permisos correspondientes. Esa fórmula podía aliviar el problema de una estancia prolongada, pero no eliminaba los controles fronterizos ni resolvía por sí sola la situación de todos los integrantes. La frontera se convirtió en parte del dispositivo deportivo.
Por qué la FIFA no trasladó los encuentros
La explicación oficial ofrecida desde México fue la logística. En un Mundial, cambiar tres partidos no consiste solo en reservar otros estadios. Hay que revisar las operaciones de seguridad, el transporte de equipos y árbitros, las acreditaciones, la venta de entradas, los compromisos con las ciudades y las emisiones televisivas. También intervienen los alojamientos, los entrenamientos y la planificación de los aficionados. Cada pieza está conectada con las demás, y una modificación puede obligar a reajustar muchas más. El tamaño del torneo multiplica el coste organizativo de una decisión que, vista desde fuera, podría parecer sencilla.
El Mundial de 2026 estaba previsto con 48 selecciones, 104 partidos y 16 ciudades anfitrionas repartidas entre Estados Unidos, México y Canadá. En ese marco, la FIFA sostuvo que conservar las sedes originales evitaba abrir una reprogramación de consecuencias difíciles de acotar. El razonamiento también protegía la estabilidad del calendario y el reparto de encuentros acordado con los organizadores. Eso no demuestra que cambiar los partidos fuera imposible; sí explica por qué el organismo presentó la operación como una alteración de gran escala. La institución optó por preservar el plan general antes que resolver el riesgo mediante un traslado.
La seguridad y la guerra llevaron el conflicto al fútbol
La solicitud iraní no nació de una preferencia turística ni de una disputa menor sobre instalaciones. La federación pidió que sus encuentros se trasladaran a México por razones de seguridad, después de que Estados Unidos se implicara militarmente junto a Israel en los ataques contra Irán que encendieron el conflicto descrito en los reportes previos al torneo. Desde Teherán, jugar en suelo estadounidense suponía exponerse a un entorno político considerado hostil. El ministerio iraní de Deportes llegó a prohibir a sus equipos viajar a países que calificara de hostiles hasta nuevo aviso. Para las autoridades iraníes, competir y aceptar el destino asignado se habían convertido en asuntos difíciles de separar.
La FIFA, por su parte, defendió la continuidad del calendario y evitó convertir el traslado en una respuesta oficial a una disputa geopolítica. Esa decisión no borró el contexto: lo trasladó a los trámites migratorios, a la seguridad de la delegación y a la relación entre los organizadores y el equipo. El fútbol internacional suele presentarse como un espacio separado de la política, pero una selección no cruza fronteras fuera de la realidad diplomática. En este caso, el estadio no era el único lugar donde se jugaba el partido: también lo eran los controles de entrada y las decisiones de cada gobierno. La neutralidad deportiva chocó con la soberanía migratoria de los países anfitriones.
Los visados añadieron una segunda disputa
La controversia dejó de centrarse únicamente en dónde se jugaría para abarcar quién podría acompañar al equipo. Según declaraciones del embajador iraní en México recogidas por medios, 15 integrantes de la delegación seguían sin visado estadounidense; entre las personas afectadas figuraba el presidente de la federación, Mehdi Taj. La mayoría serían directivos y miembros del cuerpo técnico o administrativo. Desde Washington se comunicó que se habían concedido los permisos considerados necesarios para la participación de los futbolistas y del personal de apoyo indispensable. La diferencia entre el personal que cada parte consideraba esencial quedó en el centro del desacuerdo.
Irán acusó a Estados Unidos de trato discriminatorio y pidió a la FIFA que interviniera para garantizar condiciones equitativas. Las autoridades estadounidenses sostuvieron que los visados necesarios para la competición estaban concedidos, pero no aceptaron que la participación deportiva diera acceso automático a toda la delegación. El equipo, por tanto, afrontaba una dificultad distinta de la de sus rivales: no bastaba con preparar entrenamientos y partidos, también había que determinar quién podía entrar al país y bajo qué condiciones. La organización del viaje dependía de decisiones migratorias que la FIFA no podía sustituir.
La mudanza del campamento de Tucson a Tijuana respondía precisamente a ese problema. Al concentrarse en México, Irán podía evitar una estancia continua en Estados Unidos y mantener a su delegación cerca de las sedes de Los Ángeles. El embajador iraní sostuvo que los jugadores podrían cruzar la frontera el día del partido y regresar después. Esa posibilidad no equivalía a una garantía de que todos los directivos y técnicos obtendrían permiso, ni eliminaba el desgaste de los traslados. La solución reducía una parte del obstáculo, pero dejaba intacta la disputa sobre los visados y el acceso.
El calendario concentraba los partidos en dos ciudades
El programa del Grupo G situaba el debut de Irán frente a Nueva Zelanda en Los Ángeles el 15 de junio de 2026. El segundo encuentro, contra Bélgica, estaba fijado en la misma ciudad para el 21 de junio; el cierre de la fase de grupos, ante Egipto, se había programado en Seattle el 26 de junio. Las tres fechas colocaban los partidos en suelo estadounidense, con dos desplazamientos a Los Ángeles y otro al norte del país. La cercanía relativa de Tijuana a las sedes californianas podía ayudar con parte del itinerario, pero Seattle seguía exigiendo un viaje adicional.
Esos horarios y fechas explican por qué la concentración en México se presentó como una salida de preparación, no como una solución completa. El equipo debía entrenar, descansar y coordinar a sus jugadores mientras se organizaban los cruces fronterizos y la llegada a cada estadio. Si parte del cuerpo técnico no podía entrar, también podía resentirse la estructura habitual de trabajo, aunque las fuentes no detallan exactamente qué funciones quedarían afectadas. La logística de un equipo incluye mucho más que transportar a los futbolistas hasta el césped.
Una retirada habría abierto otro escenario
Si Irán hubiera decidido no viajar a Estados Unidos, el problema habría pasado de la organización de sedes a la participación misma en el torneo. El reglamento de la competición contempla consecuencias para una retirada, incluidas sanciones económicas, y deja margen a la FIFA para decidir cómo cubrir una vacante. Sin embargo, los datos disponibles no permiten anticipar qué medida concreta habría aplicado el organismo en este caso. Tampoco había un precedente reciente que ofreciera una respuesta sencilla. La amenaza de una ausencia podía ser más difícil de gestionar que el cambio de tres partidos.
La FIFA se encontraba así ante dos riesgos distintos. Aceptar el traslado podía crear un precedente para futuras solicitudes basadas en conflictos, restricciones migratorias o amenazas de seguridad; mantener el calendario podía hacer más probable que una selección cuestionara su participación. Ninguna alternativa garantizaba una salida limpia. La negativa protegía la estructura del torneo, pero no resolvía las razones que había expuesto Irán. Una decisión administrativa cerró la discusión sobre las sedes, no la controversia política.
México quedó fuera como sede, pero no del operativo
Para México, recibir los partidos habría supuesto un papel de gran visibilidad en una historia diplomática delicada. Sheinbaum ofreció la posibilidad de acogerlos si la FIFA daba su aprobación y defendió la disposición de su país a mantener relaciones con distintos gobiernos. Al descartarse el traslado, esa oportunidad simbólica se esfumó: los estadios mexicanos no entraron en el calendario iraní. Aun así, México siguió siendo relevante por la ubicación de Tijuana y por el apoyo que, según las declaraciones iraníes, ofreció en los trámites de visado para su delegación. El país no ganó los encuentros, pero terminó formando parte de la respuesta logística.
La negativa tampoco alteró el programa mexicano del Mundial. El país conservó sus 13 partidos en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, incluido el encuentro inaugural previsto en la capital. Por eso, la consecuencia para México fue sobre todo política y simbólica, no una pérdida de sedes ya asignadas. En un torneo compartido, donde Estados Unidos concentraba la mayoría de los partidos, la posibilidad de sumar los encuentros iraníes habría ampliado temporalmente el foco sobre las ciudades mexicanas. La propuesta podía cambiar la lectura pública del torneo, aunque no el reparto básico de anfitriones.
Un Mundial que no podía aislarse de la política
La presencia de Irán también tenía una dimensión social particular en Los Ángeles, donde vive una amplia comunidad iraní. Para algunos, los partidos podían ser una ocasión de apoyo a la selección; para otros, un escenario de protesta o de rechazo al Gobierno de Teherán. Esa diversidad hacía difícil tratar el encuentro como un acontecimiento puramente deportivo. La llegada de un equipo nacional en plena guerra y en medio de tensiones migratorias podía activar símbolos y posiciones que desbordaran el partido. El estadio podía reunir a públicos con vínculos muy distintos con el país representado por la selección.
El episodio dejó al descubierto un límite de los grandes torneos: la planificación puede ordenar viajes, horarios y estadios, pero no suspende los conflictos que los rodean. La FIFA mantuvo las sedes estadounidenses para evitar rehacer una parte del calendario; Irán intentó separar su participación deportiva del territorio de su adversario; México ofreció una alternativa que no prosperó para los partidos, aunque sí acogió el campamento base. La respuesta final fue un compromiso operativo, no una solución política, y mostró cuánto puede depender el fútbol de decisiones que se toman lejos del terreno de juego.

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