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Naturaleza

¿Qué fenómenos naturales raros pueden contemplarse en España y dónde?

España reúne auroras, trombas, halos, cencelladas y nubes insólitas que convierten sus cielos y paisajes en un catálogo natural sorprendente.

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nubes insólitas

Resumen

  • España puede registrar auroras boreales durante tormentas solares extremas
  • Trombas, cencelladas y nubes lenticulares también aparecen en el país
  • Halos, glorias y duendes rojos muestran la cara más extraña de la atmósfera

España tiene fama de sol, sequía, tormentas mediterráneas y alguna nevada capaz de paralizar media conversación nacional durante una semana. Pero el repertorio natural es bastante más extraño. En sus cielos y montañas pueden aparecer auroras boreales, nubes noctilucentes, lenticulares con aspecto de platillo volante, trombas marinas, halos solares, cencelladas y hasta enormes destellos eléctricos por encima de las tormentas.

Algunos de estos fenómenos naturales raros en España duran horas; otros apenas unas centésimas de segundo. Hay episodios que se concentran en determinadas zonas, como el mar de nubes de Canarias, y otros que necesitan una combinación tan poco habitual de condiciones que pueden pasar años sin repetirse ante nuestros ojos. Y no, la mayoría no tiene nada de paranormal. La atmósfera posee recursos visuales suficientes como para no necesitar ayuda de extraterrestres, profecías ni vídeos convenientemente borrosos.

La aurora que pudo observarse en mayo de 2024 desde numerosos puntos del país durante una gran tormenta geomagnética lo dejó bastante claro. España se encuentra demasiado al sur para considerar normales estos espectáculos, pero que sean excepcionales no significa que sean imposibles. Algo parecido ocurre con otros meteoros: están perfectamente explicados por la física, aunque cuando aparecen el paisaje parezca haberse saltado sus propias reglas.

Auroras boreales y nubes que no parecen de aquí

Pocas rarezas resultan tan desconcertantes como levantar la vista desde España y encontrar un resplandor asociado mentalmente con Islandia, Noruega o Finlandia. Sin embargo, las auroras boreales pueden alcanzar latitudes españolas cuando una tormenta geomagnética suficientemente intensa ensancha el llamado óvalo auroral hacia el sur.

Ocurrió de manera especialmente espectacular entre el 10 y el 12 de mayo de 2024. Una sucesión de eyecciones de masa coronal procedentes del Sol desencadenó una tormenta geomagnética que alcanzó la categoría extrema G5. Los observatorios geomagnéticos españoles registraron una perturbación excepcional del campo magnético terrestre y las auroras fueron fotografiadas desde numerosos lugares del país.

No significa que España se haya convertido de pronto en Laponia. En condiciones normales, las partículas cargadas procedentes del Sol producen las auroras principalmente en regiones próximas a los polos. Sólo durante episodios solares muy intensos el fenómeno puede extenderse hacia latitudes mucho más bajas.

Para observarlas desde territorio español hacen falta, además de una tormenta geomagnética extraordinaria, cielos oscuros, poca contaminación lumínica y un horizonte despejado. Muchas veces la cámara capta colores que el ojo percibe con bastante menos intensidad. La fotografía nocturna, para bien y para mal, tiene una vista bastante más generosa que nosotros.

Lenticulares y noctilucentes: dos cielos completamente distintos

Las nubes lenticulares pertenecen a otro mundo visual. Son lisas, ovaladas y aparentemente inmóviles; algunas parecen un enorme plato suspendido sobre una montaña. Su origen, sin embargo, es bastante terrestre. Se desarrollan cuando una corriente de aire atraviesa una barrera montañosa y genera ondas atmosféricas. En determinadas zonas de esas ondas el vapor se condensa y forma la nube.

La orografía española ofrece escenarios excelentes para el fenómeno. El Teide es uno de los más conocidos: determinadas circulaciones intensas en niveles medios de la atmósfera producen sobre su cumbre la característica nube que parece colocarle un sombrero al volcán. También pueden formarse junto a otras cordilleras de la Península y Baleares.

Lo peculiar es que la nube puede parecer prácticamente fija aunque en realidad el aire la atraviese constantemente. El vapor se condensa en una parte de la onda y vuelve a evaporarse en otra. Vista desde abajo, aquello parece una nave aparcada. Vista por un meteorólogo, es una señal magnífica de lo que el viento está haciendo al chocar con la montaña.

Mucho más difíciles de encontrar son las nubes noctilucentes. Se forman a alturas extraordinarias, en torno a los 75 u 80 kilómetros, dentro de la mesosfera, muy por encima de las nubes meteorológicas habituales. Pueden brillar durante el crepúsculo porque, cuando el suelo ya está sumido en la oscuridad, todavía reciben directamente la luz del Sol.

Aunque son mucho más características de latitudes altas, también existen observaciones desde España. Su aspecto plateado o azulado, delicado y casi eléctrico, convierte el cielo en algo francamente raro cuando se dan las condiciones apropiadas.

Mammatus: bolsas colgantes bajo una gran tormenta

Las mammatus parecen racimos o bolsas redondeadas suspendidas de la parte inferior de una nube. Su nombre procede precisamente de su semejanza con mamas y suelen llamar la atención porque contradicen la imagen habitual de una nube, que esperamos plana por debajo y voluminosa por arriba.

Pueden aparecer asociadas a grandes sistemas tormentosos y a yunques de cumulonimbos. En España se han documentado repetidamente, también en situaciones de convección intensa. Conviene, eso sí, no convertirlas automáticamente en una alarma de tornado: su presencia puede acompañar una atmósfera muy activa, pero ver mammatus no demuestra por sí solo que vaya a producirse tiempo severo en ese lugar.

Son, sobre todo, una magnífica muestra de cómo movimientos turbulentos, humedad y evaporación pueden moldear el límite inferior de una nube hasta darle una apariencia casi orgánica.

Trombas marinas, cencellada y mares de nubes

La costa española también tiene sus rarezas. Una tromba marina es, en esencia, una columna de aire en rotación conectada con una nube y situada sobre una superficie de agua. Desde tierra puede verse como un embudo que parece unir el mar con el cielo, a menudo acompañado por una nube de agua pulverizada cerca de la superficie.

No es una figura de postal inocente. Algunas trombas son relativamente débiles, pero otras están vinculadas a tormentas intensas y pueden causar daños si alcanzan tierra. En España se han documentado numerosos episodios tanto en las costas peninsulares como en los archipiélagos.

El Mediterráneo, con su agua cálida y episodios de marcada inestabilidad atmosférica, ofrece condiciones propicias en determinadas situaciones. También se observan en Canarias y otras zonas marítimas españolas. La escena puede durar poco: primero aparece una prolongación bajo la nube, luego el embudo se define y, a veces, todo desaparece con la misma rapidez con la que nació.

Muy diferente es la cencellada, ese recubrimiento blanco capaz de transformar árboles, antenas, señales y rocas en esculturas de hielo. Se produce cuando pequeñas gotas de agua subfundida presentes en la niebla chocan contra superficies cuya temperatura está por debajo de cero y se congelan.

El resultado puede recordar a una nevada, aunque el mecanismo no es el mismo. En montañas y zonas frías del interior español puede acumularse suficiente hielo para cubrir ramas enteras, especialmente cuando coinciden niebla, viento y temperaturas negativas.

Todavía más delicada es la lluvia o llovizna engelante. Las gotas permanecen líquidas pese a encontrarse a temperaturas próximas o inferiores a cero y se congelan al tocar una superficie fría. El paisaje queda entonces revestido por una capa transparente de hielo. Precioso, sí. También peligrosísimo sobre carreteras, aceras, tendidos eléctricos y pistas de aeropuertos.

Canarias aporta una rareza distinta y bastante más tranquila: el mar de nubes. Allí no es precisamente excepcional, pero el fenómeno continúa siendo uno de los paisajes atmosféricos más singulares de España. Los vientos alisios transportan aire húmedo en niveles bajos y la inversión térmica limita verticalmente esa nubosidad. Desde las zonas altas, las cumbres emergen sobre una alfombra blanca que parece tener consistencia.

En lugares elevados de Tenerife, La Palma o Gran Canaria puede ocurrir algo curioso: abajo hay un día gris y húmedo y, unos kilómetros más arriba, aparece un cielo azul impecable. Dos mundos meteorológicos separados por una capa de nubes.

Halos, glorias y espejismos: cuando la luz hace trampas

No todas las rarezas españolas requieren una gran tormenta. Algunas necesitan únicamente luz, agua o cristales de hielo colocados en el ángulo adecuado.

El halo solar y el halo lunar son probablemente los más fáciles de encontrar. Se presentan como grandes anillos alrededor del Sol o de la Luna y están relacionados con la interacción de la luz con los cristales de hielo suspendidos en nubes altas. A veces aparecen arcos adicionales, manchas luminosas o estructuras parciales que convierten el cielo en una especie de geometría luminosa.

Mirar directamente al Sol para observar uno, por cierto, sigue siendo una idea pésima. Que el fenómeno sea bonito no proporciona ojos de repuesto.

Más extraña es la gloria, también denominada corona de Ulloa. Consiste en una serie de anillos coloreados alrededor de la sombra del observador, normalmente proyectada sobre niebla o nubes. Puede observarse desde montañas cuando el Sol queda detrás de la persona y enfrente hay pequeñas gotas de agua capaces de producir la difracción necesaria.

El resultado tiene algo de iconografía religiosa accidental: la sombra puede aparecer rodeada por círculos luminosos, como si el caminante hubiese adquirido santidad meteorológica durante unos segundos. No hay milagro; hay óptica.

Los espejismos juegan otra partida. Cuando existen fuertes diferencias de temperatura entre distintas capas de aire, la luz se curva debido a las variaciones de densidad. Objetos lejanos pueden entonces parecer elevados, invertidos o deformados. En superficies muy calientes aparece el clásico efecto de una falsa lámina de agua sobre carreteras y terrenos secos.

En casos más complejos se producen espejismos superiores capaces de modificar radicalmente la silueta de elementos situados sobre el horizonte. Barcos que parecen flotar, costas deformadas, perfiles multiplicados. El cerebro interpreta una trayectoria luminosa retorcida como puede. Y a veces pierde.

Duendes rojos: relámpagos por encima de las tormentas

Hay un fenómeno bastante menos conocido que convierte una tormenta nocturna en algo próximo a la ciencia ficción. Son los sprites, también llamados duendes rojos, enormes destellos eléctricos que aparecen decenas de kilómetros por encima de determinados sistemas tormentosos.

Mientras un rayo convencional se desarrolla principalmente dentro de la troposfera o entre una nube y el suelo, los sprites pueden extenderse aproximadamente desde los 40 hasta casi los 100 kilómetros de altitud. Presentan estructuras rojizas, regiones difusas y filamentos que recuerdan a raíces o tentáculos.

Duran tan poco que verlos directamente resulta complicado. Hablamos de eventos que pueden mantenerse apenas milisegundos o centésimas de segundo. Para estudiarlos se utilizan cámaras sensibles e instrumentación científica especializada.

España ocupa, curiosamente, una posición interesante en esta investigación. Equipos científicos han trabajado durante años con instrumentos instalados en lugares como Sierra Nevada, Calar Alto y Cataluña para analizar sprites y otros eventos luminosos transitorios producidos sobre tormentas.

Y la familia es todavía más extravagante. Existen elfos, chorros azules y los llamados fantasmas o GHOSTs, destellos verdosos que aparecen sobre algunos sprites. No son nombres inventados por un guionista con exceso de café: forman parte de la terminología utilizada para estudiar descargas eléctricas de la alta atmósfera cuyo conocimiento científico es relativamente reciente.

Estos fenómenos desmontan una idea bastante arraigada: que una tormenta termina en la parte superior del cumulonimbo. No siempre. La actividad eléctrica puede continuar decenas de kilómetros por encima, en regiones atmosféricas que durante mucho tiempo se consideraron mucho más tranquilas de lo que realmente son.

España, un pequeño catálogo de rarezas atmosféricas

Los fenómenos naturales más extraños que pueden contemplarse en España no pertenecen a una única región ni responden a una sola estación. Una noche de fuerte actividad solar puede teñir de rojo el horizonte peninsular; una montaña puede fabricar una nube lenticular; una tormenta mediterránea levantar una tromba marina y, decenas de kilómetros por encima de ella, producir un fugaz duende rojo.

Otros necesitan frío, como la cencellada; algunos dependen de la óptica, como los halos y las glorias; las nubes noctilucentes exigen levantar la mirada hasta una región de la atmósfera situada prácticamente en la frontera con el espacio. Canarias, mientras tanto, convierte el contraste entre alisios, relieve e inversión térmica en un mar blanco visto desde las cumbres.

Lo verdaderamente peculiar no es que exista cada uno por separado. Es que puedan encontrarse dentro de un mismo país con territorios atlánticos, mediterráneos, montañas de más de 3.000 metros, extensas mesetas y dos archipiélagos sometidos a condiciones muy distintas.

España parece meteorológicamente familiar hasta que el cielo decide enseñar el reverso de la baraja. Entonces aparecen círculos alrededor del Sol, nubes que parecen naves, hielo pegado horizontalmente a los árboles o luces rojas casi en el borde del espacio. Fenómenos raros, sí; inexplicables, ninguno. Y precisamente ahí está buena parte de su atractivo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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