Naturaleza
44 especies se extinguieron en 2025: por qué y cuáles son

La Lista Roja de la UICN certifica 44 extinciones en 2025: zarapito fino, Conus lugubris y bandicuts, causas, fechas y datos clave, informe.
En 2025, la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) dio por extintas 44 especies de animales, plantas y hongos tras evaluaciones científicas realizadas por equipos de especialistas de todo el mundo. No es un “desapareció y ya”: es el punto final administrativo —frío, exacto— que llega cuando durante años, a veces décadas, no aparece un solo ejemplar pese a búsquedas repetidas, métodos distintos y la sospecha obstinada de que quizá quedaba un último rincón con vida.
La cifra se publica en un contexto todavía más inquietante: la UICN sitúa hoy en torno a 48.600 especies amenazadas, aproximadamente el 28% del total evaluado. Entre los grupos más castigados destacan las cícadas (plantas antiquísimas con aspecto de otra era), los corales, los anfibios y los tiburones y rayas. Los porcentajes marean, pero lo que describen es sencillo: se está estrechando el margen de maniobra para miles de formas de vida, y 2025 dejó un registro duro, con nombres y apellidos.
Un veredicto que no se dicta a la ligera
La categoría “Extinta” no se asigna por intuición ni por una mala temporada. La UICN trabaja con criterios cuantitativos que intentan convertir el caos del mundo real en un diagnóstico comparable: tamaño y tendencia de población, área de distribución, fragmentación del hábitat, velocidad del declive, probabilidad de extinción estimada. Catherine Numa, coordinadora del Programa de Especies en el Centro de Cooperación del Mediterráneo de la UICN, lo resume con una idea que se repite en los despachos de conservación: un mismo método para todos los grupos biológicos, desde un árbol hasta un caracol marino, porque el riesgo no entiende de simpatías ni de carisma.
En la práctica, declarar extinta una especie suele ser el final de un expediente lleno de silencios acumulados. El trabajo de campo no se parece a las películas: muchas veces es caminar y mirar, volver a caminar y volver a mirar, instalar trampas fotográficas, revisar huellas, escuchar cantos en horas incómodas, muestrear agua, buscar excrementos, rastros mínimos. Se contrasta con registros históricos, con colecciones de museo, con testimonios, con fotografías antiguas. Y aun así, se duda. La duda es parte del oficio científico, también del periodístico cuando se hace bien.
Hay otro matiz importante, y conviene dejarlo claro sin marear: que una especie “pase” a Extinta en 2025 no significa necesariamente que muriera ese año. Significa que en 2025, tras evaluación y consenso, se consideró que ya no quedan individuos vivos. Algunas se habían visto por última vez en los años 80; otras, en los 90; otras, hace más de un siglo. El calendario de la extinción no coincide con el calendario de la confirmación, y esa diferencia explica por qué a veces los números “saltan” cuando se publican resultados de proyectos grandes.
El zarapito fino, un fantasma europeo con pico largo
Entre las especies más simbólicas declaradas extintas aparece el zarapito fino (Numenius tenuirostris), un ave migratoria que durante siglos recorrió Eurasia y el norte de África. Los zarapitos tienen algo de elegancia triste: patas largas, paso paciente, ese pico curvado que parece una herramienta diseñada para hurgar en el barro con precisión quirúrgica. El zarapito fino estuvo estrechamente emparentado con el zarapito trinador (Numenius phaeopus), que aún se observa en varios puntos de España en paso migratorio o durante el invierno, según zonas y años.
La última observación aceptada de zarapito fino se sitúa en febrero de 1995 en Marruecos, un dato que se ha repetido durante años como una línea roja en cuadernos de ornitólogos. Desde entonces, se abrió una era de avistamientos dudosos, esperanzas breves, fotografías que no terminaban de cerrar la identificación, y expediciones que regresaban sin la pieza que todo el mundo deseaba encontrar. Que la UICN lo declare extinto tiene peso histórico: no era un endemismo de una islita, sino una especie vinculada a ecosistemas de gran escala —humedales, marismas, llanuras inundables— y a rutas migratorias que cruzan países como si fueran una sola página.
Las causas exactas de la desaparición del zarapito fino no pueden certificarse con una sola llave, y eso también es parte del problema: cuando una especie se hunde, rara vez lo hace por un único golpe. Se apunta a una mezcla de pérdida de humedales, drenajes y transformaciones de zonas de reproducción, degradación de áreas de invernada, presión cinegética histórica, contaminación y un cóctel de cambios ambientales que, sumados, terminan por romper la cuerda. Para una especie migratoria, cada tramo de su viaje es un examen. Si fallan varios exámenes seguidos, ya no hay recuperación que valga.
Y aquí aparece una idea práctica, casi de mapa: las aves migratorias son excelentes contadoras de historias sobre el territorio. Cuando una migradora continental se esfuma, no está diciendo solo “me he ido”. Está diciendo “esto ha cambiado demasiado” en demasiados lugares a la vez.
España y el espejo de los humedales
España no es el escenario principal de la desaparición del zarapito fino, pero sí es parte del relato mayor porque comparte el tipo de hábitat del que dependía: humedales costeros e interiores, marismas, deltas, salinas, arrozales, estuarios. La conservación de esos espacios no se limita al “pájaro bonito”: afecta a agua, agricultura, pesca, turismo, protección ante temporales. Cuando se degradan, el impacto se reparte, aunque a veces tarde en notarse.
El parentesco con el zarapito trinador añade un contraste que incomoda: una especie hermana continúa, otra se pierde. No es magia. Suele ser diferencia de presión, de distribución, de flexibilidad ecológica, de mala suerte histórica. A veces basta con que una sea un poco más exigente con su hábitat y la otra un poco más generalista. Un margen pequeño, un destino enorme.
Conus lugubris, el caracol que vivía en una sola playa
Si el zarapito fino tiene épica de gran paisaje, el Conus lugubris parece lo contrario: un pequeño caracol marino, venenoso, de la familia de los conos, capaz de provocar una picadura peligrosa para quien lo manipule sin cuidado. Pero su tamaño no dice nada de su importancia: era un depredador especializado, con un veneno sofisticado y un papel dentro de la biodiversidad oceánica.
Conus lugubris era endémico de Cabo Verde, restringido a la costa norte de la isla de São Vicente, y su presencia se asociaba especialmente al área de la playa de Matiota. Hasta finales de los 80 se describía como localmente abundante. Luego llegó el desarrollo costero —puertos, obras, alteración física de la costa— y la cuerda se cortó por el lado más frágil: cuando tu mundo cabe en un tramo pequeño, cualquier cambio grande es un derribo total. El último registro vivo se sitúa en 1987, y desde 2011 se realizaron búsquedas anuales sin éxito por parte de especialistas que conocían el terreno al milímetro. Resultado: en 2025 se actualizó su estado a Extinto.
La historia tiene un detalle revelador: durante años su estado fue “En Peligro Crítico”. Ese es el escalón anterior a la desaparición definitiva, la sala de espera. Que una especie pase de “crítico” a “extinto” no es un simple cambio de etiqueta, es el reconocimiento de que el rescate no llegó a tiempo. En el mar, además, la desaparición puede ser doblemente silenciosa: si una especie cae sin ser popular, sin ser fácil de ver, sin vivir en costas mediáticas, el mundo tarda más en enterarse. La Lista Roja, en ese sentido, funciona como acta notarial de lo que el océano no anuncia.
Hay un giro incómodo, de esos que no quedan bien en una frase bonita: muchas especies marinas invertebradas están infraevaluadas respecto a vertebrados. No porque importen menos, sino porque cuesta más estudiarlas, hay menos financiación, menos personal, menos foco. Conus lugubris se convirtió en símbolo de una laguna: cuántas pérdidas pasan sin ni siquiera tener un nombre en la conversación pública.
La musaraña de la Isla de Navidad, el declive que empezó hace un siglo
En el capítulo de mamíferos, 2025 incorporó oficialmente a Extinta a la musaraña de la Isla de Navidad (Crocidura trichura), un insectívoro diminuto, de apariencia discreta, que llegó a ser abundante antes de la gran transformación humana de la isla. “Isla de Navidad” suena a postal; la realidad ecológica de las islas suele ser más delicada: endemismos, poblaciones pequeñas, cadenas tróficas ajustadas como un mecanismo de relojería.
El declive de la musaraña fue temprano. A principios del siglo XX ya había señales de caída fuerte. En ecosistemas insulares, la lista de amenazas habituales tiene caras concretas: ratas negras que llegan en barcos, gatos, enfermedades, cambios de vegetación por especies introducidas, atropellos, fragmentación del hábitat. En el caso de Crocidura trichura se ha señalado incluso la posible relación con enfermedades parasitarias y la entrada de especies invasoras que alteraron el suelo, los microhábitats y la disponibilidad de alimento. Todo esto no es teoría en abstracto: en islas, una invasora puede cambiar el paisaje a escala de metro cuadrado, que es justo la escala donde vive una musaraña.
La última observación confirmada se sitúa en 1985, cuando se capturaron ejemplares que no sobrevivieron. Después, búsquedas, señales débiles, rumores, nada sólido. Y en 2025, el paso final: Extinta. El dato no impresiona por el tamaño del animal, impresiona por el patrón: cuando un mamífero pequeño y adaptable cae, suele ser porque el sistema entero se ha vuelto hostil.
En Australia y su entorno, la historia de los mamíferos perdidos se repite con una frecuencia que ya no permite el consuelo de “caso aislado”. No es solo una musaraña. Es otra marca en una tendencia larga, y dolorosa.
Enfermedades, invasoras y el efecto dominó
La palabra “tripanosomiasis” —que suena a manual— aparece a veces en la narrativa de la Isla de Navidad como posible factor histórico, asociada a parásitos y a la llegada de ratas. Pero lo importante, más allá del detalle clínico, es el mecanismo: un patógeno o un parásito puede entrar en una comunidad que no tiene defensas evolutivas frente a él. El resultado es un desplome rápido. Si a eso se suma depredación por invasoras, pérdida de hábitat y mortalidad por carreteras, el equilibrio se rompe por varios puntos a la vez.
Cuando se habla de especies invasoras, conviene aterrizarlo: no es una palabra abstracta. En una isla, una invasora puede ser la diferencia entre vida y desaparición en una sola generación.
Tres bandicuts australianos, una derrota en cámara lenta
La UICN también situó en Extinta a tres especies de bandicuts australianos, pequeños marsupiales omnívoros con hocico alargado, orejas grandes y cola peluda. Los bandicuts parecen hechos para sobrevivir: comen de todo, se adaptan a ambientes duros, se mueven entre matorrales y suelos complicados. Y aun así, no aguantaron. En 2025 quedaron confirmadas como desaparecidas tres especies con nombres que, fuera de Australia, casi nadie reconoce, pero que resumen una tragedia conocida: marl (Perameles myosuros), bandicut listado del sureste (Perameles notina) y bandicut barrado de Nullarbor (Perameles papillon).
Aquí la extinción no se cuenta como una explosión, sino como una retirada. Primero dejan de verse en zonas transformadas; luego quedan restringidos a parches; después esos parches se fragmentan; y al final llega un último golpe que ya no es “el” golpe, sino el final de una suma. Las causas se parecen demasiado a las de otros mamíferos australianos perdidos: depredación por gatos y zorros introducidos, cambios en regímenes de fuego, degradación de hábitat, presión humana creciente. Hay especies que toleran el incendio natural y el ciclo de sequía; lo que no toleran es un paisaje convertido en mosaico de amenazas constantes.
Estos bandicuts también sirven para explicar algo que a menudo se olvida: la extinción no es solo “se pierde una especie”. En animales que remueven suelo, que comen invertebrados, que dispersan semillas, que sirven de presa a depredadores nativos, se pierde una función ecológica. Y cuando se pierden funciones, el ecosistema se vuelve más simple, más pobre, más frágil.
44 extinciones y un contador de amenazas que no deja de subir
El dato de 44 especies declaradas extintas en 2025 se acompaña de una fotografía global: más de 48.600 especies en peligro, con proporciones especialmente altas en grupos concretos. Las cícadas destacan con un porcentaje de amenaza que impresiona: son plantas muy antiguas, de crecimiento lento, a menudo endémicas de zonas pequeñas, y extremadamente vulnerables a la destrucción de hábitat y al comercio ilegal. En los corales, la amenaza mezcla calentamiento del océano, acidificación, contaminación y pesca destructiva; el coral blanqueado es la imagen más conocida, pero detrás hay pérdida de estructura, de refugio, de zonas de cría para peces, de protección costera. Los anfibios arrastran un cóctel fatal: pérdida de humedales, contaminación, cambio climático y enfermedades emergentes como la quitridiomicosis, que ha sido devastadora en distintas regiones. En tiburones y rayas, la sobrepesca y el comercio, junto a la degradación de hábitats costeros, han empujado a muchas especies hacia el borde.
Cuando Catherine Numa habla de “patrones muy claros”, no está lanzando una frase genérica. La lista de causas se repite tanto que casi parece una plantilla: pérdida y degradación de hábitat, introducción de especies invasoras, sobreexplotación, enfermedades emergentes y, cada vez con mayor peso, cambio climático. El denominador común es la actividad humana, directa o indirecta. Y el matiz —que no es menor— es que todavía hay margen para evitar que muchas especies crucen la línea que cruzaron estas 44.
El efecto de los grandes proyectos: cuando el número “salta”
La UICN también advierte de algo que evita titulares tramposos: el volumen de especies que pasan a Extinta puede estar condicionado por los proyectos y estudios en marcha. Si se publica un trabajo amplio, con muchas evaluaciones, el número aumenta puntualmente. Esto no significa que “de repente” se extingan más ese año; significa que ese año se certifica más. Es una distinción técnica, sí, pero ayuda a entender el fenómeno sin caer en lecturas de pánico o, peor, en lecturas de negación.
Aun con ese matiz, la frase clave permanece: la tasa de extinción hoy es mucho mayor que la de fondo natural. Y la lista de causas apunta siempre al mismo lugar.
Otras ausencias confirmadas: plantas que ya no volverán
Las 44 extinciones de 2025 incluyen no solo animales. También hay plantas que pasan a engrosar la categoría final, y aquí el relato tiene un filo especial porque muchas veces la pérdida de una planta endémica implica la pérdida de un trozo único de bosque, de suelo, de historia biológica local.
Entre los casos más citados aparece Diospyros angulata, un árbol de ébano endémico de Mauricio. Es el tipo de especie que puede desaparecer sin que el mundo lo note: un árbol que ya no está en el paisaje, del que quizá quedan registros antiguos y una memoria botánica en herbarios y descripciones. En su caso, se han mencionado búsquedas exhaustivas en hábitats conocidos o probables durante décadas, con la última identificación remontándose al siglo XIX. Cuando un árbol así se pierde, lo que se va no es solo una especie: se va un fragmento de bosque que probablemente ya estaba transformado por presión humana, especies introducidas y cambios en el uso del suelo.
También se ha citado Delissea sinuata, una planta restringida a zonas concretas de Hawái, en las montañas de Waianae, en O‘ahu. Hawái es un ejemplo brutal de cómo los endemismos insulares pueden caer uno detrás de otro por una combinación de invasoras, herbívoros introducidos, pérdida de hábitat y enfermedades. Muchas plantas hawaianas han sobrevivido al borde, con poblaciones mínimas, y cuando se extinguen se confirma una realidad incómoda: hubo un momento en que eran comunes en su nicho, y ahora no queda ninguna.
En las plantas, además, la extinción tiene una ironía amarga: a veces se conserva el nombre, se conserva el género, incluso se conserva la familia con parientes cercanos, pero se pierde un conjunto irrepetible de adaptaciones a un microclima, a un suelo, a unos polinizadores, a una pendiente concreta. Esa especialización, que es belleza evolutiva, también es fragilidad.
Qué significa “irreversible” en la práctica de la conservación
El adjetivo “irreversible” se usa a menudo en estos contextos y puede sonar a burocracia. Pero en conservación tiene un significado directo: ya no hay individuos vivos, ya no hay posibilidad de recuperación natural, y si no existe material genético conservado de forma viable, tampoco hay “milagro” tecnológico que valga. Es un portazo. La conservación trabaja con márgenes: proteger, restaurar, reducir presiones, crear corredores ecológicos, controlar invasoras, gestionar pesca. Todo eso funciona —muchas veces— mientras la especie sigue presente. Cuando la especie desaparece, el trabajo cambia de naturaleza: pasa a ser memoria, museo, lección amarga.
La Lista Roja, dicho sin adornos, es a la vez un diagnóstico y una herramienta para orientar prioridades. Sirve para decir “esto es lo que pasa” y también “esto es lo que habría que proteger”. Por eso el dato de 44 extinciones no debería leerse solo como un contador macabro, sino como la evidencia de que, en algunos casos, se llegó tarde… y en muchos otros aún no.
En el caso de Conus lugubris, por ejemplo, el detalle de que se hicieran búsquedas anuales desde 2011 muestra el tipo de esfuerzo que a veces no se ve desde fuera: científicos que vuelven al mismo punto, año tras año, con la esperanza de encontrar vida donde ya casi no queda. En el zarapito fino, el trabajo de ornitólogos, museos, centros de biodiversidad y organizaciones especializadas se convirtió en una especie de duelo largo, con la prudencia de no declarar extinto a la ligera y el peso de aceptar lo inevitable cuando ya no hay margen.
El año en que 44 nombres se borraron del mapa
La fotografía de 2025, con 44 especies declaradas extintas, tiene algo de lista negra y algo de archivo judicial. Están el zarapito fino, que recortaba el cielo de Eurasia y el norte de África; el Conus lugubris, que vivía donde la costa de São Vicente aún tenía un hueco para él; la musaraña de la Isla de Navidad, que fue perdiendo terreno hasta quedar en recuerdo; tres bandicuts australianos que resistieron a climas extremos pero no a un paisaje lleno de amenazas nuevas; y plantas como Diospyros angulata o Delissea sinuata, que se van como se apagan algunas luces: sin estruendo, con una ausencia que solo se nota cuando ya es demasiado tarde.
El dato grande —48.600 especies amenazadas— añade contexto y, también, sentido de prioridad. La UICN insiste en que se sabe qué está en riesgo y por qué. Lo que falta es actuar con la rapidez y la ambición necesarias. A estas alturas, la frase no suena a consigna: suena a diagnóstico operativo. Y la lista de “patrones muy claros” vuelve, como un estribillo que nadie quiere escuchar pero que describe el mundo tal cual es: pérdida de hábitat, invasoras, sobreexplotación, enfermedades emergentes, cambio climático. Detrás, siempre, la misma mano.
🔎 Contenido Verificado ✔️
Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: EFE, UICN, AEWA (PNUMA), Senckenberg (SOSA), Lista Roja UICN, Wetlands International.












