Ciencia
¿Qué revela la primera electricidad detectada en Marte?
En Marte el aire cruje. No son relámpagos que desgarran el cielo, sino microdescargas eléctricas, chispas brevísimas que por primera vez se han medido de forma directa a ras de suelo.

Perseverance capta microdescargas en Marte: 55 chispas ligadas al polvo revelan un clima eléctrico que impacta la química y orienta misiones.
En Marte el aire cruje. No son relámpagos que desgarran el cielo, sino microdescargas eléctricas, chispas brevísimas que por primera vez se han medido de forma directa a ras de suelo. El 26 de noviembre de 2025 se publicó en Nature el estudio que confirma 55 eventos registrados por el róver Perseverance dentro del cráter Jezero a lo largo de dos años marcianos. La conclusión operativa es nítida: la atmósfera del planeta rojo sí es eléctricamente activa, sobre todo cuando se forman remolinos de polvo y frentes de tormenta. No supone un riesgo catastrófico para futuras tripulaciones, pero cambia la química, el clima y los protocolos de exploración: desde cómo se levantan los granos hasta cómo se protegen los instrumentos.
El hallazgo llega gracias a un “oído” que ya ha hecho historia, el micrófono de SuperCam, colocado en el mástil del róver. Ese sensor acústico, en combinación con la estación meteorológica española MEDA —diseñada en el Centro de Astrobiología (CSIC-INTA) y liderada por José Antonio Rodríguez-Manfredi—, ha permitido correlacionar el chisporroteo con viento intenso y polvo en suspensión. La foto es precisa: descargas de milímetros a centímetros, detectadas a pocos metros del micrófono, audibles como un “crack” superpuesto al zumbido del viento. Son descargas triboeléctricas: el roce entre partículas de polvo genera carga y, cuando el campo eléctrico supera el umbral de ruptura (estimado en decenas de kilovoltios por metro en Marte), salta la chispa. Dicho de otro modo, el planeta se electrifica con facilidad, y eso afecta a la dinámica del polvo, a la preservación de compuestos orgánicos y a la operación de equipos.
Un hallazgo directo, medido en Jezero
El valor científico reside en la detección in situ. No se trata de inferencias desde órbita ni de imágenes ambiguas, sino de señales acústicas y electromagnéticas captadas a escasos metros del fenómeno. Perseverance ha ido “escuchando” el tiempo de Marte durante más de 30 horas de audio acumuladas desde 2021. En ese archivo, el equipo ha identificado 55 descargas con una pauta clara: la inmensa mayoría coincidieron con remolinos (dust devils) o con el paso de frentes polvorientos. Otro dato fino: 54 de 55 ocurrieron bajo regímenes de viento fuerte. Cuando el aire se acelera en Jezero y el polvo se concentra, el ambiente roza el límite eléctrico.
El micrófono es particularmente útil para fenómenos locales, efímeros y pequeños. A diferencia de la Tierra, donde un rayo se ve a kilómetros, en Marte estas chispas son diminutas y se apagan casi donde nacen. Por eso no hay imágenes espectaculares: lo que hay es un patrón acústico nítido, repetido y validado con la firma electromagnética que induce la descarga en la propia electrónica del micrófono. El análisis se apoya además en los registros de MEDA: presión, temperatura, radiación y polvo, con los que se encajan los tiempos de cada evento. El resultado: actividad eléctrica demostrada y contextualizada en el “tiempo” del cráter.
Remolinos y frentes: el gatillo más eficaz
Los remolinos de polvo —diablillos que serpentean por llanuras y cráteres marcianos— concentran partículas y generan cizalla. Un coctel ideal para el intercambio de carga por fricción. Cuando ese gradiente crece, el aire marciano —tenue y rico en dióxido de carbono— ofrece poca resistencia a que el campo eléctrico rompa el gas. Un frente convectivo de tormenta de polvo produce un efecto parecido, pero a mayor escala: pared de viento, granos que chocan, grano fino multiplicado. El micrófono “oye” el crepitar; MEDA “ve” la caída de presión y la bajada de luz solar por el velo de polvo. Piezas que encajan.
Umbral de ruptura y tamaño de las chispas
¿Cuán grandes son esas descargas? Centímetros como mucho, a distancias del orden de uno o dos metros del micrófono. La estimación se apoya en la forma del pulso acústico y en cómo se atenúa con la distancia. En términos energéticos, la horquilla es amplia —desde nanojulios hasta milijulios—, acorde con descargas triboeléctricas de grano fino y con alguna liberación puntual de carga acumulada en el propio róver. No son rayos de nube a suelo, no iluminan el horizonte, pero son frecuentes cuando el polvo manda. Y eso, para la meteorología marciana, es un antes y un después.
Quiénes firman y qué instrumentos lo hicieron posible
El trabajo está liderado por el planetólogo Baptiste Chide (IRAP/CNRS) y reúne a un equipo internacional con participación destacada de Francia, Estados Unidos y España. Entre los firmantes figuran Franck Montmessin (LATMOS), Roger C. Wiens (responsable de la investigación de SuperCam), Agnès Cousin, Mark Lemmon, Claire Newman, y varios especialistas españoles: Germán Martínez y Álvaro Vicente-Retortillo del Centro de Astrobiología (CSIC-INTA), así como Agustín Sánchez-Lavega, Ricardo Hueso y Daniel Toledo (UPV/EHU), reconocidos por su trabajo en atmósferas planetarias y tormentas de polvo. La publicación llegó el 26 de noviembre de 2025.
En la parte instrumental, el éxito descansa sobre una doble columna. Por un lado, SuperCam, un instrumento franco-estadounidense desarrollado por el Los Alamos National Laboratory (LANL) y el Institut de Recherche en Astrophysique et Planétologie (IRAP) bajo supervisión de la agencia espacial francesa CNES, que integra un micrófono desarrollado en ISAE-SUPAERO. Por otro, la estación MEDA (Mars Environmental Dynamics Analyzer), concebida y construida en España por el Centro de Astrobiología (CSIC-INTA) junto a una red de socios, con sensores de viento, temperatura, humedad, radiación y polvo. La combinación de “oído” y “tiempo” ha hecho posible este diagnóstico eléctrico del planeta rojo.
El papel español, con nombres y apellidos
España acumula en Marte una trayectoria singular: REMS en Curiosity, TWINS en InSight y ahora MEDA en Perseverance. Con Rodríguez-Manfredi como investigador principal, MEDA no solo ha emitido partes meteorológicos diarios de Jezero; ha proporcionado los parámetros de contexto que necesitaba el equipo para validar el origen atmosférico de las descargas. Germán Martínez y Álvaro Vicente-Retortillo han contribuido en el análisis y la interpretación de las señales, mientras que el grupo de la UPV/EHU, con Sánchez-Lavega y Hueso, aporta décadas de experiencia en dinámica de tormentas y polvo marciano. Es ciencia de equipo, con coautoría española en un resultado de primera línea.
Qué son estas descargas y por qué la atmósfera marciana las favorece
La triboelectricidad es cotidiana: caminar por una alfombra seca y tocar un pomo metálico; peinarse y ver cómo el cabello se eriza. En los desiertos, cuando arena y polvo chocan, se cargan. En Marte esta receta se multiplica. Primera razón: atmósfera muy delgada (poca presión), lo que reduce la energía necesaria para romper el gas. Segunda: mucho polvo fino disponible y remolinos que lo concentran. Tercera: dióxido de carbono frío y baja humedad, que dificultan la disipación de carga. El resultado es un sistema fácil de electrificar, donde pequeñas chispas afloran a ras de suelo cuando las condiciones se alinean.
El estudio confirma un punto clave que la teoría y los experimentos ya anticipaban: Marte alcanza el umbral de ruptura de su atmósfera cerca del suelo, en torno a decenas de kV/m. No se necesita una nube cargada de kilómetros; basta con un remolino “igualado” en polvo fino, rozando sensores y estructura del róver, para que salte un arco de centímetros y libere energía en forma de onda de choque que el micrófono capta como un golpe seco. La electrificación de la columna de polvo importa, además, porque modifica el umbral de arranque: con el mismo viento, un grano cargado levanta con mayor facilidad que uno neutro. Se abre, por tanto, una vía para entender por qué se disparan algunas tormentas.
Química activada: oxidantes y compuestos delicados
Las descargas —aunque diminutas— disparan reacciones. En presencia de cloruros y otros compuestos, el ambiente puede producir especies altamente oxidantes capaces de degradar moléculas orgánicas en la superficie. Esto es relevante para la astrobiología: si la atmósfera genera oxidantes con frecuencia, los restos orgánicos expuestos a la intemperie se destruyen antes. También tiene un eco en el debate sobre gases traza, como el metano: un entorno con mayor capacidad oxidante aceleraría su desaparición. No hay una única respuesta para todo, pero la electricidad del polvo se consolida como actor químico en Marte.
Impacto práctico: rovers, trajes y operaciones con margen de seguridad
Que no haya rayos como en la Tierra es una buena noticia. Pero que sí haya chispas cerca de superficies y sensores obliga a ajustar procedimientos. En lo inmediato, las implicaciones son tres. Primera, compatibilidad electromagnética: instrumentación sensible —espectrómetros, cámaras, sensores de viento— puede acusar picos espurios o ruido cuando el entorno se electrifica. Segunda, polvo y carga: superficies cargadas atraen grano fino, lo que reduce rendimiento de paneles, ensucia ópticas y altera lecturas térmicas. Tercera, seguridad humana: aunque improbable un daño directo por descarga, trajes, mochilas de soporte vital y conectores deberán drenar cargas y blindar electrónica de baja señal.
Con datos sobre la mesa, el riesgo es localizado y gestionable. Los ingenieros ya barajan recursos conocidos: recubrimientos antiestáticos, tomas de tierra en estructuras, caminitos de fuga para evacuar carga acumulada, algoritmos que pausen operaciones delicadas cuando el “oído” detecte crepitación. Perseverance ha demostrado que escuchar el entorno atmosférico sirve para decidir. Un micrófono sencillo, bien integrado, cambia protocolos. Y MEDA, con su capacidad para medir el polvo y el viento en tiempo real, aporta la otra mitad de la decisión.
Muestras, almacenamiento y retorno a la Tierra
Perseverance recoge núcleos de roca que aspira a traer a la Tierra en la campaña de Mars Sample Return. ¿Podrían estas microdescargas alterar la superficie de una muestra recién extraída? La probabilidad es baja, pero la auditoría electrostática será obligatoria. Contenedores con propiedades antiestáticas, rutas de movimiento que eviten zonas de remolinos en días polvorientos, o ventanas operativas programadas con apoyo de MEDA y de un micrófono que diga cuándo el aire está excitado. Son detalles, sí, pero en Marte cada detalle suma.
El precedente: auroras y un “clima eléctrico” más rico
En 2025, el propio Perseverance captó auroras en luz visible, un hito distinto que, no obstante, contribuye a esta misma narrativa: Marte es eléctricamente activo de maneras sutiles. La interacción del viento solar con la atmósfera produce brillos nocturnos, y en superficie el polvo roza, se carga y chisporrotea. Son canales distintos, a escalas diferentes, que enriquecen la imagen de un planeta todavía dinámico pese a su atmósfera mínima.
Ciencia con nombres: cómo se analizó lo “inaudible”
El trabajo ha requerido filtrar y clasificar miles de segundos de sonido marciano, separando viento, impactos de granos en el chasis y descargas. El patrón acústico de una chispa triboeléctrica, con su onda de choque y su relajación, se distingue del “tac-tac” del polvo golpeando metal. El equipo reprodujo en laboratorio, con un generador de alto voltaje y un micrófono gemelo al de SuperCam, la secuencia de firmas —picos de inducción, sobreimpulso y relajación— que se ve en Marte. De ese cruce surge una escala energética plausible y la estimación de distancias a la fuente.
La contribución española ha sido relevante en ese cruce de datos. MEDA añade presión, temperatura, radiación y polvo a la pista acústica, y el conocimiento acumulado en nuestras universidades —UPV/EHU al frente en polvo y dinámica; CAB en atmósfera, instrumentación y modelización— refuerza el diagnóstico. Esto no es solo un “hemos oído chispas”; es un caso convergente con física atmosférica bien asentada y mediciones cruzadas.
Qué cambia para el clima y la química marcianos
La dinámica del polvo es la columna vertebral del clima de Marte. Hay temporadas tranquilas y otras en que una tormenta regional escala a global, velando el planeta durante semanas. Si las descargas reducen el umbral de arranque del polvo —es decir, si con menos viento se levantan más granos por estar cargados—, entonces la modelización del clima deberá incluir el acoplamiento electrostático. Puede ser la pieza que faltaba para explicar por qué, a veces, con la misma energía del viento, el sistema se dispara.
En química, el impacto es doble. Por un lado, la descarga genera especies reactivas (radicales, oxidantes fuertes) que modifican la superficie de los granos y pueden blanquear señales orgánicas. Por otro, ese “baño” de reactividad alteraría el balance fotoquímico de la atmósfera, acelerando la degradación de gases traza. El planeta, que ya es oxidante por sí mismo, gana chispa de vez en cuando. Entender cuándo y dónde ocurre cada estallido permitirá afinar mapas de riesgo para la búsqueda de biosignaturas: hay lugares y épocas mejores para conservar compuestos delicados.
Tecnología y mitigación: de la teoría a la práctica
A corto plazo, el catálogo de soluciones es conocido en ingeniería pero deberá marcianizarse. Pinturas y recubrimientos antiestáticos para paneles y visores. Tomas de tierra locales y rutas de baja impedancia que eviten acumulación de carga en esquinas de alta curvatura. Blindajes y filtros en líneas sensibles de equipos científicos. Sensores acústicos y eléctricos que funcionen como semáforos: si el entorno suena o “pica”, se aplaza una perforación, una espectroscopia fina o un destape de ópticas. Procedimientos que, sin añadir mucha masa ni consumo, aumenten la robustez de futuras misiones.
En el diseño de trajes y hábitats, la atención se centrará en conectores, juntas, visores y textiles que no acumulen carga limpia y silenciosamente. La electricidad estática es traicionera: apenas se siente, pero atrae polvo —enemigo número uno— y puede inducir fallos intermitentes en sensores de baja señal. La buena noticia es que no hace falta blindaje extremo: hace falta gestión inteligente del entorno, apoyada en medición continua del polvo y del “ruido eléctrico”.
Qué preguntas deja abiertas (y qué se está haciendo ya)
La primera: ¿hay descargas más grandes por encima del mástil, en capas de aire no muestreadas por el micrófono? El estudio confirma microdescargas cerca del suelo, pero no descarta otros modos en condiciones extremas. La segunda: ¿cómo varía la actividad por regiones y estaciones? Jezero es un cráter con su microclima; lo ideal será comparar con otras latitudes y relieves. La tercera: ¿cuánto pesa esta electricidad en la química global de la atmósfera? Modelos y experimentos de laboratorio ya están en marcha para cuantificar flujos de oxidantes y efectos sobre orgánicos.
Por eso el equipo propone más oídos en futuras misiones. Micrófonos sencillos, bien calibrados, baratos en masa y energía, se han revelado como una herramienta científica y operativa de primer orden. Junto a ellos, sensores dedicados a campos eléctricos —capaces de medir el umbral de ruptura en campo— y contadores de polvo de mayor sensibilidad. La música del clima marciano, ahora que la hemos escuchado con claridad, invita a ampliar la orquesta.
Lo que podemos afirmar hoy, con datos y contexto
En Jezero, entre 2021 y 2025, Perseverance ha registrado 55 chispas eléctricas, casi todas vinculadas a remolinos y frentes de polvo. La atmósfera delgada de Marte, dominada por CO₂, facilita que campos eléctricos de decenas de kV/m rompan el gas y produzcan arcos de milímetros a centímetros, audibles pero invisibles a distancia. SuperCam y su micrófono han sido la llave; MEDA, la regla que mide viento, presión, radiación y polvo para situar cada chispa en su entorno. El equipo lo firma con liderazgo francés y coautoría española y estadounidense, nombres propios que importan: Baptiste Chide, Franck Montmessin, Roger C. Wiens, Germán Martínez, Álvaro Vicente-Retortillo, Agustín Sánchez-Lavega, Ricardo Hueso, Daniel Toledo, Agnès Cousin, Mark Lemmon, Claire Newman, entre otros.
Este resultado no describe relámpagos a gran escala ni sugiere un peligro inasumible para astronautas, pero sí obliga a pensar en compatibilidad electromagnética, limpieza y atracción de polvo, horarios y lugares de trabajo. Aporta, además, una pieza que encaja con debates abiertos sobre química oxidante, metano y conservación de señales orgánicas. Y normaliza un sensor —el micrófono— que, contra pronóstico, se ha convertido en herramienta de geofísica.
Próximos pasos con los pies en el regolito
El mapa de tareas es claro. Seguir escuchando Marte con Perseverance mientras la misión continúe operativa, explorando temporadas de polvo y ciclos locales. Diseñar instrumentación que mida campos eléctricos directamente, para saber cuándo y cuánto se carga la atmósfera. Doblar la apuesta por sensores ambientales tipo MEDA —España tiene ahí una ventaja—, acoplados a algoritmos que anticipen ventanas de riesgo eléctrico. Y llevar estas lecciones a misiones venideras, tripuladas y robóticas. La electricidad de Marte ya no es un rumor teórico. Es un dato medido, con 55 “cracks” que abren un camino. A partir de aquí, explorar significa contar con ella: proteger equipos, seleccionar mejores momentos para operar y ajustar los modelos que nos dicen cuándo un mundo polvoriento se vuelve, también, un mundo eléctrico.
Créditos técnicos clave: Perseverance (NASA/JPL-Caltech), SuperCam (LANL-IRAP-CNES, con micrófono de ISAE-SUPAERO), MEDA (Centro de Astrobiología, CSIC-INTA). Autores principales del estudio: Baptiste Chide (autor de correspondencia), Franck Montmessin, Roger C. Wiens, Germán Martínez, Álvaro Vicente-Retortillo, Agustín Sánchez-Lavega, Ricardo Hueso, Daniel Toledo, Agnès Cousin, Mark Lemmon, Claire Newman y colaboradores. Fecha de publicación: 26 de noviembre de 2025. Lugar del registro: cráter Jezero, dos años marcianos de escucha activa, 55 microdescargas detectadas cerca del suelo.

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