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Historia

¿Cuándo y quién dio el primer beso de la historia?

El primer beso no fue humano. Las mejores evidencias actuales sitúan su origen en el ancestro común de los grandes simios, hace entre 21,5 y 16,9 millones de años.

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el primer beso de la historia

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El beso nació en el ancestro de los grandes simios, hace 21,5–16,9 millones de años; del lip-smacking al gesto social y a neandertales. Más.

El primer beso no fue humano. Las mejores evidencias actuales sitúan su origen en el ancestro común de los grandes simios, hace entre 21,5 y 16,9 millones de años. Ese gesto —un contacto boca a boca intencional, no agresivo y con movimiento— habría surgido en aquel linaje del que descienden orangutanes, gorilas, chimpancés, bonobos y, más tarde, nosotros. La reconstrucción se apoya en datos comparados de conducta en primates vivos y en modelos filogenéticos que rastrean cuándo es más probable que apareciera y se mantuviera un comportamiento en el árbol evolutivo.

La imagen es menos romántica de lo que sugieren las películas y más “zoológica”: el beso habría llegado con un chasquido sonoro, casi una “bofetada” acústica de labios, emparentado con el lip-smacking (ese sonido rápido y repetido que los primates usan como señal amistosa o de apaciguamiento). Desde entonces, la práctica se habría conservado con estilos distintos según la especie y, por continuidad evolutiva, probablemente también existió entre los neandertales, tal y como apuntan reconstrucciones estadísticas y pistas independientes procedentes del microbioma oral fósil.

Un origen más antiguo que nuestra especie

Para fijar fechas no bastan anécdotas ni intuiciones. Los investigadores han reunido observaciones de besos o contactos equivalentes en grandes simios —chimpancés, bonobos y orangutanes—, han definido de forma operativa qué cuenta como “besar” (contacto boca a boca sin transferencia de comida, dirigido y sin agresión) y han proyectado ese rasgo en un árbol filogenético de primates. El resultado que mejor explica los datos sitúa el nacimiento del gesto en el Mioceno temprano–medio, en el tronco de los grandes simios. A partir de ahí, el comportamiento persistió en varias ramas: con mayor presencia y carga social en bonobos, en ocasiones con función reconciliadora en chimpancés, y más raro pero documentado en orangutanes, sobre todo en contextos de cercanía y juego.

El paso clave fue establecer una definición clara para evitar confusiones. En muchas especies hay “boca a boca” con alimento premasticado, o choques de labios en situaciones de tensión. Eso no es un beso en sentido estricto. Tampoco lo es una conducta de exploración oral fortuita. El beso que se ha rastreado es otra cosa: un gesto intencional, breve o prolongado, que se relaciona con la afiliación social, la evaluación de pareja o la reconciliación tras un conflicto. Esta delimitación permite comparar entre especies sin forzar etiquetas humanas y, a la vez, reconocer un patrón que aparece una y otra vez.

El lip-smacking, frecuente en primates del Viejo Mundo, encaja como antepasado plausible del beso: labios relajados, movimientos cortos y repetidos, emisión de un chasquido rítmico. Funciona como señal de que “todo va bien”, de que no hay amenaza. En ese marco, que un contacto directo de labios evolucionara como señal afiliativa tiene sentido. A partir de ahí, algunas líneas —como la de los bonobos— lo intensificaron con besos con lengua; otras lo reservaron a reconciliaciones rápidas; y otras lo usaron de forma más esporádica.

Cómo se reconstruye un comportamiento que no fosiliza

Un hueso, un diente o un polen fosilizan. Un beso, no. Para cubrir ese vacío, se usan modelos filogenéticos: se “pinta” el rasgo en las puntas del árbol (las especies actuales que lo muestran) y se infiere, con probabilidades, dónde tuvo que estar en los ancestros para que la distribución actual sea la que vemos. Si el beso aparece en varias ramas separadas de los grandes simios y apenas hay señales convincentes en los pequeños simios, la reconstrucción más parsimoniosa es su aparición en el ancestro común de los grandes simios y su conservación parcial en sus descendientes.

Este enfoque no dicta certezas absolutas, pero permite fechar rangos probables y, sobre todo, descartar hipótesis más débiles, como la idea de que el beso sería una invención exclusivamente cultural de las sociedades humanas complejas. La cronología de 21,5–16,9 millones de años no es una cifra lanzada al aire: es el intervalo que mejor encaja cuando se combinan conducta observada y relaciones evolutivas.

Cómo besan hoy los otros grandes simios

Los bonobos son el caso más claro. Practican besos prolongados, a veces con lengua, en contextos de excitación social, juego, reafirmación de vínculos o tras conductas sexuales. En grupos en cautividad y en observaciones de campo se han descrito besos como “pegamento social”: reducen tensión y promueven la cooperación, junto con el acicalamiento. En los chimpancés, más jerárquicos y conflictivos, se documentan besos breves y contactos de labios que aparecen como parte de rituales de reconciliación después de peleas; son rápidos, tensos, sin erotismo evidente, pero funcionales para coser la costura del grupo. Los orangutanes, de vida más solitaria, ofrecen escenas más escasas: besos cortos entre madre y cría, o entre individuos que mantienen una relación de juego o de confianza en espacios compartidos.

Fuera de los grandes simios hay comportamientos homólogos, con límites difusos: cánidos que tocan hocicos de forma ritualizada, aves que “se dan de comer pico a pico” en cortejo, mamíferos marinos con roces de boca que parecen combinar exploración táctil y apaciguamiento. No todo eso es “besar” con los criterios definidos, pero dibuja un telón de fondo: los contactos orales dirigidos, no agresivos, son una herramienta social que aparece de forma convergente en distintas ramas del árbol de la vida.

¿Y los neandertales? Lo que sugiere la evidencia

Que el beso se originara en el ancestro de los grandes simios no basta para asegurar su presencia en cada especie posterior. Sin embargo, en el caso de los neandertales confluyen dos líneas de apoyo. La primera es la continuidad filogenética: si el rasgo está en el tronco de los grandes simios y se mantiene en varias ramas, lo razonable es pensar que atravesó el linaje de los homininos arcaicos. La segunda llega de la microbiología del pasado.

El cálculo dental (el sarro fosilizado) conserva fragmentos del microbioma oral de individuos que vivieron hace decenas de miles de años. En él se ha detectado Methanobrevibacter oralis, un microbio comensal muy común en nuestras bocas, con señales de intercambio de linajes entre neandertales y humanos modernos mucho después de la divergencia entre las especies. ¿Qué implica? Que hubo contacto íntimo y sostenido: convivencia estrecha, sexo, intercambio de utensilios, cuidado compartido… y, entre las rutas plausibles de transmisión de saliva, besar. No es la única explicación, pero sí una hipótesis coherente con lo que sugieren los modelos evolutivos.

Lo que puede (y no puede) decir el sarro fósil

El análisis del sarro neandertal ha cambiado la forma de leer su vida cotidiana. Conserva ADN de alimentos, de patógenos y de bacterias orales. Detectar linajes compartidos y transferencias genéticas entre microbios de ambas especies sugiere intercambio directo de saliva en algún momento. Eso no prueba por sí solo que se besaran tal como lo entendemos hoy, pero reduce la distancia entre un “quizá” y un “muy probablemente”. La prudencia exige expresarlo así: la suma de continuidad filogenética y evidencia microbiológica respalda que el beso formara parte del repertorio social de los neandertales.

Para qué sirve un beso en términos biológicos

Si besar acarrea riesgos sanitarios (bacterias, virus, hongos), ¿por qué persiste? Porque el balance global favorece su mantenimiento donde vincula, reconcilia o mejora el éxito reproductivo. En el ámbito sexual, el beso funciona como una evaluación química de compatibilidad: olores, gustos, señales sutiles relacionadas con el sistema inmunitario. Es un filtro previo a inversiones reproductivas más costosas. También actúa como preludio fisiológico que activa circuitos de placer, reduce la ansiedad y sincroniza el comportamiento.

Fuera del sexo, el beso social —o sus análogos— encaja en el mismo capítulo que el acicalamiento: consolida alianzas, baja pulsaciones tras un roce, invita a la cooperación. En varias especies, además, se observa una relación entre besar y premasticación: madres y padres que ablandan la comida en su boca antes de pasarla a las crías. Esa conducta de cuidado puede haber sido un punto de partida: un contacto boca a boca funcional que, con el tiempo y en ciertos contextos, se erotizó en parte del repertorio adulto.

Nada de esto elimina los costes. Un brote vírico en una comunidad con alto intercambio de saliva pasa factura. Pero la evolución no “opina”; calcula. Si un comportamiento dura millones de años pese a riesgos claros, es que aporta beneficios netos en más escenarios de los que quita.

No es universal en humanos, sí es plástico

La frase “todas las culturas se besan” no se sostiene. Estudios etnográficos amplios han mostrado que el beso romántico/sexual aparece en menos de la mitad de las culturas analizadas. Es más frecuente en sociedades complejas y jerarquizadas; más raro en grupos de cazadores-recolectores. Esto no desmonta el origen evolutivo propuesto para el gesto, pero sí obliga a matizar: lo que la biología hace posible, la cultura resignifica. Hay sociedades que lo elevan a símbolo, otras que lo ven como tabú y otras que lo diluyen en prácticas equivalentes sin asignarle una etiqueta especial.

La consecuencia es simple: se puede heredar un sustrato conductual antiguo y, a la vez, vivir en marcos culturales que lo interpretan de formas opuestas. Esa plasticidad explica por qué el beso romántico puede ser central en unos lugares y marginal en otros, sin que eso contradiga su antigüedad biológica.

Lo que cuentan los textos: del barro mesopotámico al sánscrito

Cuando dejamos la biología y entramos en la historia escrita, el reloj cambia de escala. Los primeros registros literarios del beso humano aparecen en tablillas mesopotámicas y textos sánscritos de hace varios milenios. Allí ya se describe el contacto de bocas en contextos afectivos o sexuales. No son el inicio biológico del beso, sino su documentación cultural. Importa recordarlo para evitar confusiones: que una práctica aparezca en un texto antiguo no significa que naciera ahí, del mismo modo que una técnica de pesca no nace el día en que alguien la dibuja.

Qué cambia desde ahora al hablar del beso

La nueva cronología obliga a reencuadrar la conversación pública. Primero, el beso deja de entenderse como un capricho moderno y se coloca en el repertorio social de los grandes simios. De ahí su doble cara: erotismo y cuidado, reconciliación y juego, evaluación y consuelo. Segundo, los neandertales se alejan un paso más del cliché de “brutos sin ternura”: sabemos que hubo sexo e hibridación, cuidados complejos, uso de herramientas… y, con alta probabilidad, besos.

También es justo subrayar lo que no sabemos. Faltan observaciones sistemáticas en fauna silvestre para medir bien la frecuencia y funciones del beso no humano. Persisten sesgos de cautividad (vemos lo que pasa en zoológicos más que en bosques y selvas). Y la propia definición operativa —necesaria para comparar— no captura toda la variedad de contactos boca a boca que importan socialmente. Pero el marco es robusto: con los datos actuales, el origen en el ancestro de los grandes simios y la continuidad a lo largo de la evolución son el escenario más plausible.

Un gesto antiguo que sigue cumpliendo su función

Al final, la noticia no desmitifica el beso; lo ancla. Saber que nació hace entre 21,5 y 16,9 millones de años, con un chasquido y en un contexto de convivencia entre grandes simios, no le resta fuerza simbólica. La añade. Explica por qué atraviesa culturas con significados cambiantes, por qué pervive a pesar de los riesgos y por qué nuestras bocas, cuando se encuentran, dicen mucho más que deseo: cuentan una historia larga, compartida, que empezó antes que nosotros y que probablemente también pasó por los labios —o por su versión de entonces— de los neandertales. Un gesto tan viejo como eficaz, que sigue haciendo lo que siempre hizo: vincular.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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