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Viajes

El nuevo turismo en España: más fiesta, menos cultura

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El nuevo turismo en España

Récord turístico 2025, pero cambia el viaje: más pisos y fiesta nocturna, menos cultura, descanso en barrios tensos, de València a Barcelona.

España cerró 2025 con un doble récord que, en el papel, parece impecable: 96,8 millones de visitantes internacionales y 134.712 millones de euros de gasto. La cifra confirma al país como potencia turística mundial y, a la vez, explica por qué en muchas ciudades se habla de saturación con un cansancio nuevo, menos teórico y más de escalera compartida, de portal convertido en vestíbulo, de madrugada repetida.

El cambio no va de “turistas buenos” y “turistas malos” en bloque; va de un modelo que se ha desplazado. Menos viaje largo con agenda cultural y más escapada comprimida que usa la ciudad como escenario: noche, selfie, vídeo corto, resaca. Y ese giro se ve donde más duele y más delata: en el alojamiento, que ya no es solo “dónde dormir”, sino el mecanismo que ordena el comportamiento y reparte el impacto en los barrios.

2025, el año del récord… y del ruido de fondo

Los datos oficiales de 2025 retratan una máquina en marcha: más llegadas, más gasto, más actividad. El propio patrón del gasto sugiere un turismo que no solo pisa playa; también paga experiencias, transporte, ocio. El titular macro sirve para el PIB, pero el debate real aparece cuando la masa de visitantes se concentra en zonas concretas y horas concretas, y ahí el turismo deja de ser “sector” y empieza a ser convivencia.

La sensación de “turismo vacío” nace de esa concentración. No es que desaparezca la cultura, es que pierde protagonismo en una parte del flujo. En demasiadas escapadas urbanas la cultura queda de fondo, como un mural que sale de refilón en un TikTok: una fachada bonita, una plaza iluminada, un monumento que se usa de punto de encuentro. La ciudad se consume por capas, y la capa rápida —la de la noche y la foto— está ganando volumen.

El otro elemento que ha cambiado el paisaje es la distribución temporal: se viaja más por impulsos, fines de semana largos, “puentes” encadenados, vuelos que permiten llegar tarde y marcharse temprano. El resultado, en muchas capitales, es un turismo que aparece y desaparece como un golpe de oleaje: mucho volumen en poco tiempo, mucha presión en calles muy concretas. Ahí el impacto se mide menos en el gasto total y más en ruido, limpieza, seguridad y tensión vecinal.

Y, en paralelo, se cuela una realidad incómoda que pesa en la conversación pública: el turismo internacional se fortalece mientras parte del turismo nacional se enfría. La postal es contradictoria, pero coherente: España vende vacaciones al mundo, y a la vez muchas familias recortan escapadas por precios, transporte, alquileres y una inflación que deja menos margen.

Donde se nota de verdad: del hotel al piso sin recepción

El hotel sigue siendo un pilar, y los números lo confirman: en 2025 las pernoctaciones hoteleras alcanzaron 366,7 millones, máximo histórico, con el mercado internacional empujando el crecimiento. El detalle importante es que, mientras el visitante extranjero sostiene la subida, el residente no crece igual. Es un matiz estadístico, sí, pero también un síntoma social: hay más demanda de fuera y menos alegría viajera dentro.

La otra mitad del cuadro la dibuja el alojamiento extrahotelero, que también marcó máximo: 146,3 millones de pernoctaciones en 2025, con los apartamentos turísticos concentrando más de la mitad de esas noches. Esto no es una moda, es estructura. Cuando una parte creciente del turismo duerme fuera del hotel, la ciudad deja de alojar visitantes “contenidos” en un edificio y empieza a alojarlos dispersos en fincas residenciales.

Un hotel clásico tiene recepción, normas visibles, personal que pone límites, y una arquitectura pensada para absorber movimiento. En un piso turístico el límite es más blando: el check-in remoto, la llave en caja, el “cualquier cosa, escribe al chat”, y una libertad que no siempre encaja con un edificio donde vive gente que madruga. La diferencia no es moral, es logística. El mismo grupo, en un hotel, hace ruido hasta cierto punto; en un piso, el ruido se cuela por el patio y por el rellano, y se vuelve “problema del vecino” antes que “incidencia del establecimiento”.

También cambia el tipo de consumo. El turista de hotel desayuna y sale; el del apartamento compra en supermercado, cocina o lo intenta, pide delivery, entra y sale con bolsas, ocupa ascensores, usa portales como punto de reunión. No es que sea peor; es que la huella es distinta y, en barrios tensionados, más conflictiva.

Viviendas turísticas: del boom visible al frenazo estadístico

La oferta de vivienda turística ha vivido una expansión tan rápida que incluso la estadística ha tenido que ponerse al día con formatos “experimentales” para medirla. En noviembre de 2025, el recuento de viviendas turísticas anunciadas se situaba en 329.764, con una caída interanual del 12,4%. La bajada es relevante porque sugiere que el mercado se mueve cuando llegan controles y exigencias, aunque el volumen siga siendo enorme.

El ajuste no es uniforme. En provincias con mucha presión turística se han observado caídas llamativas —Alicante, Madrid o Baleares aparecen entre las bajadas más fuertes— mientras otras zonas han seguido creciendo, con Málaga o Sevilla sumando oferta en el mismo periodo. Esa desigualdad explica por qué el debate suena distinto en cada ciudad: no es lo mismo un casco histórico con portales convertidos en “hoteles invisibles” que una zona donde el turismo se reparte más y la vivienda todavía aguanta.

Barcelona, por ejemplo, decidió llevar el asunto al límite político: el alcalde Jaume Collboni anunció la intención de no renovar licencias y eliminar el parque de pisos turísticos con licencia en el horizonte de 2028, con el argumento central de recuperar vivienda residencial. La medida ha sido parte de un giro de época en grandes ciudades, donde el turismo deja de tratarse como “crecimiento” y empieza a gestionarse como capacidad de carga urbana.

La fiesta como destino: noche, algoritmo y escapada exprés

El turismo de fiesta no es nuevo; lo nuevo es su encaje perfecto con el viaje contemporáneo. El algoritmo premia lo inmediato, lo ruidoso, lo fácil de entender sin contexto. Una mascletà se explica en un plano, una verbena en diez segundos, una borrachera en una coreografía. La cultura, en cambio, pide tiempo. Y el tiempo es la moneda que más se recorta cuando el viaje se compra como una ganga: vuelo barato, dos noches, alojamiento compartido, y el objetivo de “exprimir”.

La noche, además, actúa como imán económico. Muchas ciudades viven del ocio nocturno de forma legal y organizada: locales, conciertos, festivales, restauración. El problema aparece cuando se impone el turismo de desborde, el de calle como barra libre, el de “madrugada sin filtro”, que convierte la convivencia en una negociación diaria. No es solo ruido; es seguridad, movilidad, limpieza, urgencias médicas, peleas, hurtos oportunistas. Y la sensación de peligro no siempre coincide con el dato delictivo, pero cambia la vida del barrio igual.

En ese modelo rápido encaja también un tipo de consumo cultural mínimo: la ciudad se reduce a un puñado de escenarios reconocibles, los mismos que circulan en vídeo corto. Lo demás —museos, historia local, nombres de calles, memoria del lugar— queda fuera del itinerario. No por ignorancia culpable, sino por diseño del viaje: si el plan es beber, grabar, bailar y repetir, el museo estorba por horario y por ritmo.

Y esto tiene otra consecuencia menos comentada: el dinero se concentra donde se concentra el tiempo. Si la estancia es corta y nocturna, el gasto se va a copas, transporte nocturno, comida rápida, entradas. La economía turística se hace más estrecha, menos distribuida, con menos derrame hacia sectores culturales o comercio tradicional.

València en Fallas: cuando la tradición compite con la verbena

Fallas es un ejemplo perfecto porque lo tiene todo: arte efímero, crítica social, oficio, barrio, pólvora, y una identidad que no se improvisa. También tiene noches largas, verbenas y un calendario que convierte la ciudad en un escenario continuo. Esa mezcla, cuando llega el turismo de fiesta, se descompensa: la verbena se vuelve el destino y la falla, a veces, solo el decorado.

Los datos municipales de la ciudad ayudan a aterrizar el debate. En Fallas de 2024, la Policía Local controló 73 verbenas y denunció 27 por incumplimientos. El Ayuntamiento informó además de un contraste llamativo: mientras una mayoría de verbenas cumplía requisitos, en los puestos de venta de bebidas el porcentaje denunciado fue altísimo, con 36 de 38 puestos sancionados, un 94,7%. El concejal de Seguridad y Movilidad, Jesús Carbonell, destacó la coordinación con comisiones falleras y la intención de proteger el descanso vecinal dentro del contexto festivo.

Ese dato no demoniza a nadie; describe un entorno donde la noche desborda con facilidad. Y cuando la noche se desborda, el turista que venía “a vivir Fallas” puede acabar viviendo solo la parte más fácil de consumir: la música, el alcohol, el grupo, el baile. La escena es conocida en barrios y zonas de ocio: grupos que llegan tarde, que se mueven en bloque, que buscan el siguiente punto caliente, que convierten la ciudad en una ruta de madrugada. En ese recorrido, la falla se ve, sí, pero se ve como se ve una fachada desde un taxi: pasa y ya.

El propio Ayuntamiento señalaba que el dispositivo de 2024 contó con 600 agentes más que el año anterior, con un salto en actos controlados y descensos en intervenciones y siniestros viales. Esa “musculatura” policial es un indicador de presión: si hace falta casi duplicar control, no es porque la fiesta sea nueva; es porque el volumen y el tipo de consumo están cambiando. Más control, en el fondo, es la señal de que el modelo se ha vuelto más exigente para la ciudad.

València ofrece además un contraste interesante: de día, Fallas sigue siendo familia, barrio, tradición y calle ocupada con códigos propios; de noche, en ciertos puntos, la ciudad se internacionaliza en clave de verbena. En ese choque aparece la sensación que muchos vecinos describen sin florituras: turismo “muerde y huye”, que no se queda a entender, que no entra a un museo, que no distingue un ninot indultat de un decorado cualquiera, pero sí conoce las calles donde la música dura más.

Vivienda y convivencia: la factura que no sale en la foto

La discusión sobre “más fiesta y menos cultura” acaba desembocando, casi siempre, en vivienda. No por casualidad: el piso turístico es el símbolo de un turismo que entra en la ciudad por el portal. Cuando una vivienda sale del mercado residencial y entra en el circuito turístico, el efecto no es abstracto: cambia el precio del alquiler, cambia la rotación de vecinos, cambia el comercio de proximidad, cambia la demografía del edificio. La ciudad se reordena.

A la vez, el turismo nacional muestra señales de fatiga en algunos destinos, precisamente por precios y costes asociados. En Baleares, por ejemplo, se ha hablado de estancamiento del visitante nacional en 2025, con una pérdida de alrededor de 80.000 turistas españoles respecto a 2024 y un total aproximado de 3,3 millones de visitantes nacionales en el año. Más allá del dato insular, la idea se extiende: para muchas familias, viajar es más caro, y el espacio turístico lo ocupan cada vez más quienes pueden asumir el precio o quienes, siendo jóvenes, abaratan el viaje con alojamiento compartido y ocio como prioridad.

En barrios tensionados, la convivencia se resiente por acumulación de pequeñas cosas: maletas a las dos de la mañana, portazos, timbres confundidos, basura fuera de horario, turistas que no saben cómo funciona la comunidad, y propietarios que no viven allí y gestionan a distancia. La imagen del “piso sin controles” no siempre es justa, porque hay alojamientos legales y bien gestionados, pero el sistema favorece el anonimato: cuando el anfitrión es un perfil y el contacto es un chat, la responsabilidad se diluye.

La limpieza y la seguridad también entran en el cóctel. En zonas de ocio nocturno, la presencia de visitantes que vienen a beber y grabarse cambia el tipo de servicios públicos necesarios: más limpieza en horarios complicados, más vigilancia, más sanción por ruido, más mediación. Y eso tiene un coste que no se ve en el gasto turístico global, pero se paga igual, con presupuesto municipal y desgaste social.

El Estado aprieta: registro único, anuncios fuera y sanciones

En 2025 y 2026 el control del alquiler de corta duración ha dado un salto normativo. El Real Decreto 1312/2024 creó la Ventanilla Única Digital de Arrendamientos y desarrolló el procedimiento del registro único para alquileres de corta duración, en línea con el marco europeo de intercambio de datos. El objetivo, dicho sin jerga, es sencillo: que cada alojamiento tenga un número identificable y que las plataformas muestren ese dato y colaboren con la administración cuando haya irregularidades.

La presión se notó en el mercado y en la política. A comienzos de febrero de 2026, el Ministerio de Vivienda, dirigido por Isabel Rodríguez, comunicó que había pedido retirar más de 86.000 anuncios de pisos turísticos y de temporada sin número de registro oficial. Además, se habló de cientos de miles de solicitudes gestionadas y de un porcentaje elevado ligado al alquiler turístico. Esa cifra no es un detalle: revela la escala del desorden previo y el tamaño del trabajo que queda por delante.

Al mismo tiempo, el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, con Pablo Bustinduy al frente, sancionó a Airbnb con 64.055.311 euros por anunciar viviendas sin licencia, entre otros motivos, en un expediente que citaba 65.122 anuncios irregulares. La multa, firme en vía administrativa según la comunicación oficial, se convirtió en un mensaje claro: el mercado no iba a regularse solo con buenas intenciones.

En paralelo, el ecosistema de plataformas y su poder de mercado también ha sido objeto de choque institucional. La CNMC impuso en 2024 una sanción de 413,24 millones de euros a Booking.com por abuso de posición de dominio durante años en España, un caso centrado en condiciones comerciales y competencia. No es exactamente la misma guerra que la de los pisos turísticos, pero sí forma parte del mismo paisaje: turismo digitalizado, intermediarios gigantes y reguladores intentando recuperar control.

València, otra vez: clausuras en papel y anuncios vivos en internet

La distancia entre norma y calle se ve con nitidez en València, donde el debate sobre apartamentos ilegales se ha vuelto un pulso político diario. En febrero de 2026, Compromís denunció que más de 130 apartamentos turísticos que el Ayuntamiento consideraba cerrados seguían anunciándose en plataformas como Airbnb o Booking, con reservas activas en algunos casos. La portavoz Papi Robles puso el foco en la diferencia entre la clausura administrativa y la persistencia del negocio online, y el gobierno municipal, encabezado por la alcaldesa María José Catalá, defendió su actuación alegando que una gran parte ya había cesado actividad y que el resto estaba en proceso.

Este episodio resume un problema de fondo: cerrar un piso turístico no es solo poner un sello. Hay inspección, procedimientos, recursos, y una batalla paralela en plataformas donde los anuncios pueden reaparecer con cambios mínimos. En esa grieta se instala la frustración vecinal y, también, la tentación política de convertir el tema en munición permanente.

Además, el caso valenciano conecta con lo que pasa en otras ciudades: moratorias, limitaciones por barrios, exigencias de licencia, controles más duros. El mensaje general es que la vivienda turística ha dejado de ser un fenómeno tolerado y ha pasado a ser un asunto de orden público urbano, con impacto directo en el derecho a la vivienda y en la calidad de vida.

Lo que viene en 2026: menos barra libre, más control

España entra en 2026 con una contradicción que no se resolverá sola: el turismo bate récords y sostiene empleo, pero el modelo genera conflictos de convivencia que erosionan la reputación de destinos enteros. La solución no pasa por soñar con un turista ideal que visite museos en silencio; pasa por ordenar el mercado real, el que existe, con incentivos y límites claros.

La clave está en cómo se combina capacidad turística con vida residencial. Si el alojamiento se desplaza hacia pisos dispersos sin control efectivo, la presión sube y la cultura pierde espacio frente a la noche. Si el control se refuerza de verdad —registro, inspección, retirada rápida de anuncios, sanciones consistentes—, el turismo puede seguir siendo masivo sin convertirse en una guerra de portales.

El turismo de fiesta seguirá existiendo, igual que existen festivales y ocio nocturno desde siempre. La diferencia es si ese ocio convive dentro de reglas o se desborda hasta convertir barrios en zonas de paso donde nadie se queda, nadie cuida, nadie responde. Lo que está en juego no es un eslogan, es un equilibrio cotidiano: la ciudad como casa y la ciudad como destino. Y en 2026 ese pulso ya no es una conversación de barra, sino una agenda política, económica y policial con números encima de la mesa.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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