Ocio
¿El futuro está en los oficios y no en la universidad?

Los oficios vuelven con fuerza: salarios sólidos, empleo estable y las ciudades de España donde herreros, soldadores y fontaneros prosperan.
Sí, los oficios vuelven a estar en el centro del mercado laboral español. No por una moda retro de taller, mono azul y serrín, sino por algo bastante menos romántico y mucho más serio: faltan profesionales formados para cubrir obra, reformas, mantenimiento, instalaciones térmicas, metal, carpintería, fontanería y un puñado de tareas sin las que la economía real no arranca ni a empujones. Mientras la Formación Profesional sigue creciendo y bate récord de matrícula, Europa y España repiten el mismo diagnóstico con acentos distintos: hay escasez en ocupaciones técnicas, envejecimiento de plantillas y una demanda que corre más que la oferta de gente preparada.
Eso se nota donde más duele y donde más importa: en la contratación. El mercado laboral retrata un panorama con millones de candidatos para las vacantes publicadas y una media general muy alta de competencia, pero en construcción y oficios el atasco es menor. Un puesto de fontanero llegó a moverse entre 14 y 18 inscritos por vacante según distintos cortes; electricista, en torno a 16; técnico de maquinaria de construcción, alrededor de 13; obrero de construcción, entre 46 y 52, todavía por debajo del clima de saturación que se ve en otras ramas. Traducido a castellano llano: sigue habiendo trabajo y, en muchas especialidades, bastante menos pelea por entrar que en profesiones más masificadas.
No faltan manos, faltan manos formadas
El cuello de botella no está en que España no necesite soldadores, carpinteros metálicos, instaladores o fontaneros. Está en encontrarlos con la formación suficiente y, sobre todo, con ganas de quedarse. Cedefop ha resumido el problema a escala europea con una claridad casi incómoda: en 2024 hubo 22 ocupaciones de FP con escasez en toda la UE y las más extendidas fueron precisamente las ligadas al metal y la fabricación —soldadores, chapistas, trabajadores de metal— y a la construcción —electricistas y fontaneros—. El organismo añade causas que en el sector se conocen de memoria: envejecimiento, menor atractivo percibido, dureza del trabajo, desequilibrios de género y programas formativos que no siempre corren al ritmo del mercado.
España encaja bastante bien en ese retrato. El SEPE viene advirtiendo de la necesidad de empleo de reposición por jubilación, especialmente difícil de cubrir en construcción, y la construcción cerró 2025 con 1,56 millones de ocupados, un 5,4 % más que un año antes, además de más de 800.000 contratos. Andalucía concentró el mayor volumen, seguida por Madrid, Cataluña y la Comunidad Valenciana, mientras que en crecimiento relativo destacaron, entre otras, la propia Comunidad Valenciana y Aragón. Es decir, el sector no está en retirada; está tirando. Y cuando tira con plantillas envejecidas, la escasez deja de ser una teoría y se convierte en un problema de obra parada, avería sin relevo y empresa que no encuentra a quién mandar el lunes a primera hora.
Hay otro detalle menos vistoso y más importante de lo que parece. La FP no está quieta. El curso 2024-2025 arrancó con más de 1,19 millones de estudiantes y con la implantación del nuevo sistema dual en los primeros cursos. El crecimiento de alumnado es real, la inversión pública también, pero el mercado sigue pidiendo más perfiles de los que salen, y sobre todo más perfiles bien ajustados a instalaciones, mantenimiento y fabricación. Por eso el discurso de “nadie quiere trabajar” se queda corto: gente hay; lo que escasea es la mezcla de formación, experiencia y continuidad que exige el oficio bien hecho.
Sueldos serios, pero sin cuentos
Durante años se ha repetido una caricatura bastante perezosa: el oficio manual era estable, sí, pero pagaba poco y quedaba por debajo del trabajo de oficina. Esa foto ya no sirve para mirar 2026. El salario medio anual en España rondó los 28.000 euros y el salario medio bruto mensual se situó por encima de los 2.300 euros, con una mediana cercana a los 2.000. En paralelo, muchas vacantes publicadas en oficios técnicos se movieron por encima o muy cerca de esa referencia: soldador, alrededor de 29.287 euros; técnico de calefacción, ventilación, refrigeración y aire acondicionado, 29.790; electricista, 28.304; fontanero, entre 27.477 y 28.895 según el área analizada; técnico en maquinaria de construcción, 28.762. No es un Eldorado, no, pero tampoco el viejo tópico del jornal corto y resignado.
En algunos casos, además, la cifra oficial del anuncio se queda corta frente a la realidad del oficio. La especialización, las guardias, los trabajos urgentes, la intervención en industria, la obra desplazada o el paso a autónomo hacen que muchos perfiles experimentados crucen la frontera de los 30.000 euros y algunos bastante más. Ahí entra otro factor nada menor: la poca competencia por vacante en ciertas ramas técnicas da margen a negociar mejor, sobre todo cuando la empresa necesita a alguien que llegue sabiendo soldar, montar, diagnosticar o resolver sin convertir cada tarea en una clase práctica improvisada.
Lo de ganar más que un universitario
Aquí conviene enfriar el entusiasmo y dejar el eslogan en cuarentena. Decir que los oficios ganan más que los universitarios, así, en bloque, no es correcto. Cuatro años después de terminar la carrera, buena parte de los titulados universitarios está afiliada a la Seguridad Social, tiene contrato indefinido y una base media de cotización superior a los 30.000 euros. Además, el salario anual medio de licenciados y doctores queda claramente por encima de la media general. O sea: la universidad, en promedio, sigue dando mejores retornos salariales en muchos casos, especialmente en ingeniería, salud o perfiles muy cualificados.
Otra cosa distinta es el aterrizaje de muchos jóvenes titulados, que no siempre pisan el mercado con ese sueldo bajo el brazo. Los resultados cambian mucho según la carrera y hay campos con peores tasas de inserción, salarios más modestos y una sobrecualificación bastante visible. Ahí es donde un oficio técnico bien escogido puede adelantar por la derecha a más de un graduado, sobre todo en los primeros años. No porque el taller haya derrotado a la universidad, sino porque el mercado castiga menos a quien sabe hacer algo muy concreto y muy necesario que a quien llega con un título más genérico y un embudo de entrada mucho más estrecho.
Por dónde se entra hoy a un oficio
La puerta de entrada ya no es sólo la del aprendizaje informal de toda la vida, aunque esa vía siga existiendo. Hoy el sistema está mucho más ordenado. En FP Básica, el título de Fabricación y Montaje ya abre camino hacia fontanería, calefacción, climatización, montaje en obra, cerrajería y trabajos de fabricación mecánica. En Grado Medio aparecen rutas mucho más directas para el mapa clásico del oficio: Técnico en Soldadura y Calderería, Técnico en Instalaciones de Producción de Calor, Técnico en Instalaciones Frigoríficas y de Climatización, o los itinerarios de madera y mueble para quien quiera ir hacia carpintería e instalación. Y a partir de ahí, la progresión no se corta: el sistema permite seguir subiendo, especializarse o pasar a funciones de planificación, montaje avanzado o gestión de equipo.
Lo interesante no es sólo que existan itinerarios, sino que colocan. En FP, las familias de Instalación y Mantenimiento y Fabricación Mecánica aparecen una y otra vez entre las que mejor encajan con el empleo. En Grado Superior, la inserción laboral del primer año supera el 40 % y las familias con mayor empleabilidad inicial incluyen Instalación y Mantenimiento, cerca del 60 %, y Fabricación Mecánica, en torno al 55 %. En Grado Medio, Instalación y Mantenimiento también sobresale en el primer año, y Fabricación Mecánica pega un estirón notable hasta acercarse al 68 % en el tercer año. En otras palabras: no todo lo técnico coloca igual, pero varias de las ramas más pegadas al taller y a la instalación están claramente entre las más rentables en términos de salida laboral.
FP dual, acreditación y aprendizaje real
La otra gran palanca es la dual. La nueva FP incorpora periodos de formación en empresa y, en su modalidad intensiva, puede ir retribuida mediante contrato de formación cuando la parte en empresa supera ciertos umbrales. Eso reduce la distancia entre aula y tajo, que durante años fue uno de los grandes agujeros del sistema: mucho módulo, poca realidad. También existe una vía muy valiosa para quienes ya trabajan y no tienen papel que lo acredite. Con al menos tres años de experiencia laboral o 300 horas de formación se puede obtener el reconocimiento oficial de competencias. Para mucha gente que lleva años siendo “el que sabe hacerlo” sin título en la carpeta, esa puerta puede cambiar salario, movilidad y acceso a nuevas obras o licitaciones.
Las ciudades donde más pueden tirar
Si se baja el mapa de las comunidades a las ciudades, el dibujo es bastante nítido. Madrid y Barcelona forman el gran eje de oportunidad para fontanería, electricidad, mantenimiento integral, climatización, carpintería de aluminio, rehabilitación y obra urbana. No sorprende: son dos mercados enormes, con parque inmobiliario extenso, presión de reformas, terciario, hoteles, industria y servicios que no dejan de pedir perfiles técnicos. Madrid y Cataluña aparecen con mucho peso en vacantes de construcción y de oficios, y los buscadores de empleo en tiempo real refuerzan esa impresión con decenas de ofertas activas para fontaneros y soldadores. Son escaparates cambiantes, sí, pero marcan tendencia.
La Comunidad Valenciana es otro polo clarísimo, con Valencia capital y su corona industrial empujando tanto en instalaciones como en metal. Está entre las autonomías con mayor crecimiento relativo de contratación en construcción y reúne una combinación especialmente fértil: obra, logística, rehabilitación, industria auxiliar y un corredor productivo que lleva tiempo pidiendo manos. Zaragoza también merece sitio en el mapa, especialmente para perfiles del metal y montaje industrial, por su base logística e industrial y por el impulso inversor que está viviendo Aragón.
En el sur, Sevilla y Málaga destacan por motivos algo distintos pero compatibles. Sevilla mantiene demanda en carpintería, carpintería metálica e instalación, mientras Málaga y la Costa del Sol tiran de mantenimiento técnico, fontanería, climatización y oficios ligados a obra nueva, reformas, hoteles y servicios. No siempre son los mercados con más volumen bruto del país, pero sí suelen ser plazas donde el oficio polivalente cotiza bien, porque la mezcla de vivienda, turismo y mantenimiento exige perfiles capaces de tocar varias teclas sin hacer una tragedia por cada avería.
Para herrería, calderería y soldadura, el mapa se desplaza un poco hacia la España industrial. Pamplona y Tudela en Navarra, Bilbao y su entorno en Bizkaia, y varios puntos de Galicia como A Coruña o el eje de Vigo siguen ofreciendo terreno fértil. Ahí pesan la fabricación mecánica, los montajes, la industria auxiliar, el mantenimiento y la tradición metalúrgica. No es un decorado nostálgico de astillero; es industria que sigue necesitando oficio.
El trabajo manual vuelve al centro del tablero
Hay una idea bastante torpe, aunque muy extendida, que equipara trabajo manual con trabajo viejo. La realidad va por otro lado. Las ocupaciones de FP, en promedio, están menos expuestas al reemplazo por inteligencia artificial que muchas no vinculadas a FP. Tiene lógica: una cosa es automatizar una tarea administrativa repetitiva y otra muy distinta resolver una fuga, soldar bien una pieza concreta, ajustar una instalación térmica en un edificio con sorpresas detrás de cada pared o montar una estructura donde la teoría dura diez minutos y el resto lo impone la realidad. El oficio no desaparece; muta. Lleva más sensor, más normativa, más software y más eficiencia energética, pero sigue necesitando mano, ojo y criterio.
También cambia quién lo hace. La construcción sigue siendo un sector muy masculinizado, sí, pero el empleo femenino avanza. En 2025 había más de 166.000 mujeres afiliadas en construcción, el 11,5 % del total, el mejor dato desde 2014, con una mayoría clara de contratos indefinidos y una fuerte presencia de jornada completa. No es una revolución cerrada ni una foto equilibrada, pero sí una señal de que el oficio ya no cabe en la caricatura del mundo exclusivamente masculino y heredado de padre a hijo. Se está abriendo, lentamente, y eso no es sólo una cuestión cultural: también es una necesidad pura de talento.
La pregunta no es tanto si el futuro está sólo en los oficios o sólo en la universidad. Esa guerra de trincheras vende bien, pero explica poco. Lo que muestran los datos es algo más sobrio y más útil: en la España de hoy, aprender un oficio técnico vuelve a ser una de las rutas más claras hacia el empleo, especialmente para quien busca inserción rápida, salarios razonables y una demanda sostenida en ciudades grandes y polos industriales. No garantiza hacerse rico, ni evita el esfuerzo físico, ni borra la dureza de algunos sectores. Pero sí coloca al herrero, al carpintero, al fontanero, al soldador o al instalador en un lugar que hacía tiempo no ocupaban con tanta nitidez: el de profesionales escasos, necesarios y bastante menos sustituibles de lo que muchos imaginaron cuando nos vendieron que todo el futuro cabía en una pantalla.

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