Síguenos

Historia

El caza parásito que viajaba dentro del bombardero

Publicado

el

XF-85 Goblin

El XF-85 Goblin nació para proteger bombarderos desde su interior, pero la turbulencia convirtió su idea en uno de los fiascos más célebres.

El XF-85 Goblin fue una idea real, no una fantasía de maqueta ni una exageración de museo. Estados Unidos lo concibió al final de la Segunda Guerra Mundial y lo probó ya con la Guerra Fría en marcha para resolver un problema muy concreto: cómo proteger a los grandes bombarderos estratégicos que podían volar mucho más lejos que sus cazas de escolta. La solución propuesta por McDonnell era radical y brillante a la vez: meter un pequeño reactor en el compartimiento de bombas de un gran bombardero, soltarlo en vuelo si aparecían interceptores enemigos y recuperarlo después con un sistema de trapecio y gancho. La historia terminó mal para el programa, pero no porque el aparato fuera inventado o porque nunca volara, sino porque la parte decisiva del plan —volver a guardarlo bajo el vientre del avión nodriza— resultó demasiado peligrosa en condiciones reales.

Eso obliga a corregir una imagen que se repite mucho. El Goblin nació para operar con el Convair B-36, el gran bombardero intercontinental estadounidense, pero nunca fue lanzado ni transportado por un B-36 en pruebas reales. Los ensayos se hicieron con un EB-29B modificado, apodado Monstro, y ahí fue donde se comprobó que el lanzamiento podía hacerse, pero la recuperación se convertía en una pelea contra el aire comprimido y la turbulencia bajo el bombardero. El proyecto acabó cancelado el 24 de octubre de 1949, cuando ya era evidente que el repostaje en vuelo ofrecía una salida más práctica para extender el radio de acción de los cazas convencionales. No era ciencia ficción; era una respuesta extrema a una urgencia militar muy real que se estrelló contra la física.

Una escolta imposible para bombarderos intercontinentales

Para entender por qué alguien se tomó en serio un aparato tan raro hay que volver al momento exacto en que nació. Durante la guerra, los bombarderos estadounidenses habían podido apoyarse en cazas de largo alcance como el P-51 Mustang, pero el salto hacia nuevas plataformas estratégicas, como el B-36, abría un vacío incómodo: el bombardero podía llegar mucho más lejos que la escolta. En ese hueco entró el concepto de caza parásito, una idea que sonaba extravagante pero respondía a una lógica militar bastante sobria. Si el caza no tenía autonomía suficiente para acompañar al bombardero durante toda la misión, la solución consistía en no pedirle que volara todo el trayecto por su cuenta, sino transportarlo dentro del propio avión madre y lanzarlo solo cuando hiciera falta. El resultado era una especie de guardaespaldas plegable, un avión de defensa puntual pensado para asomar, pelear y desaparecer otra vez dentro del gigante que protegía.

La idea se formalizó en los años finales de la guerra y acabó cristalizando en el XF-85, un aparato concebido desde el principio para vivir subordinado a otro avión. Eso es importante, porque no se trataba de un caza convencional adaptado después a un experimento llamativo, sino de una máquina diseñada desde cero para caber, soltarse y volver a engancharse. En otras palabras, el Goblin no podía entenderse sin su sistema de acoplamiento ni sin el bombardero que debía albergarlo. Su identidad técnica estaba atada al compartimiento de bombas del B-36 igual que la de un submarino de bolsillo depende del buque que lo lanza. Era un concepto de aviación estratégica envuelto en una silueta casi de juguete, diminuta frente al monstruo al que debía acompañar, y precisamente por eso tan fascinante.

Cómo debía funcionar aquel caza parásito

Sobre el papel, el procedimiento era de una limpieza casi quirúrgica. El bombardero abriría su bodega, bajaría un trapecio retráctil y el XF-85 arrancaría el motor para soltarse en el aire. Si aparecían interceptores enemigos, ese pequeño reactor saldría de la panza del bombardero, intentaría apartar la amenaza y, terminada la maniobra, regresaría por debajo del avión nodriza para enganchar en el aire un gancho retráctil situado en el morro. Después sería izado de nuevo al interior. La belleza del sistema estaba en su autosuficiencia aparente: ni bases avanzadas, ni más combustible del que el caza podía cargar, ni dependencia de un aeródromo cercano. Todo quedaba dentro del radio estratégico del bombardero. Era un remedio ingenioso para un mundo en el que el alcance lo era casi todo.

Solo que una cosa era la geometría dibujada sobre la mesa y otra el aire real. Bajo un bombardero grande no hay un espacio dócil, limpio, inmóvil. Hay remolinos, sacudidas, colchones de aire comprimido, cambios bruscos de estabilidad. El sistema exigía que el piloto del Goblin colocara su avión justo en la zona donde el flujo era más traicionero y, además, con una precisión milimétrica. Ahí estuvo el pecado original del proyecto. El lanzamiento, con dificultad, era viable. La reconexión era otra historia: no era aparcar, era intentar coser una aguja en plena turbulencia, acercándose al vientre de un avión mucho mayor que lo desordenaba todo a su alrededor. La operación podía salir una vez, incluso dos, pero una capacidad militar no se mide por la proeza aislada, sino por su repetición segura y rutinaria. Y en eso el XF-85 no llegó nunca a convencer.

Un avión hecho para caber, no para gustar

La propia forma del Goblin explica esa servidumbre. Era un reactor pequeño, compacto, casi abombado, diseñado para entrar en una bodega y no para resultar elegante. Llevaba un solo piloto, montaba cuatro ametralladoras de calibre .50 en el morro, usaba un turbojet Westinghouse XJ-34 de 3.000 libras de empuje, alcanzaba una velocidad máxima de 650 millas por hora, pesaba 4.550 libras y tenía una autonomía máxima de una hora y veinte minutos. No era un caza pensado para dominar el cielo durante una hora larga de combate, sino una herramienta de reacción rápida, un aparato de intervención breve. Todo en él estaba subordinado a la misión de despegar desde el interior de otro avión, actuar a corta distancia del bombardero y volver a esconderse. Hasta sus alas plegables respondían a esa obediencia brutal al espacio disponible.

Ese sometimiento al volumen del bombardero explica buena parte de su aspecto extraño y de sus límites. El XF-85 no tenía margen para crecer, ni para cargar grandes reservas de combustible, ni para convertirse en un reactor competitivo frente a los cazas que iban apareciendo a finales de los años cuarenta. De hecho, una de las razones de fondo de su fracaso fue precisamente esa: mientras el programa luchaba por demostrar que el enganche podía funcionar, la aviación a reacción avanzaba con rapidez y los cazas convencionales empezaban a mejorar en prestaciones y alcance. El Goblin podía ser una solución imaginativa para un problema de transición, pero el calendario tecnológico corría más rápido que él. En muy poco tiempo dejó de parecer el futuro para empezar a parecer un atajo demasiado complicado.

Muroc, Monstro y Edwin Schoch

Las pruebas reales se concentraron en Muroc Air Test Center, la base californiana que después sería Edwards Air Force Base, y ahí la historia se vuelve mucho más concreta, menos teórica. Como no había un B-36 de serie disponible para ensayos, se modificó un EB-29B Superfortress como avión nodriza. Aquel aparato, bautizado Monstro, llevaba la bodega recortada y adaptada para alojar el sistema de trapecio y capturar al pequeño reactor. El detalle es magnífico porque resume hasta qué punto el proyecto exigía soluciones a medida: incluso hubo que construir en Muroc una fosa especial de carga para poder introducir el XF-85 en el avión portador, ya que la distancia al suelo del EB-29B no daba margen suficiente para hacerlo de forma convencional. Ya desde tierra se intuía que aquello no era una operación normal. Era casi una ceremonia mecánica.

El piloto clave de toda esta historia fue Edwin F. Schoch, el único que llegó a volar el Goblin. Antes de los vuelos libres hubo cinco vuelos cautivos, en los que el aparato se bajaba al flujo de aire pero seguía unido al trapecio, una fase imprescindible para medir su comportamiento antes de soltarlo de verdad. El primer vuelo libre llegó el 23 de agosto de 1948, a unos 20.000 pies de altura, y confirmó dos cosas al mismo tiempo. La primera, que el aparato podía volar. La segunda, que acercarse otra vez al avión madre era un infierno aerodinámico. En ese estreno, Schoch intentó volver a engancharse, pero la aproximación se complicó tanto que el canopy golpeó el trapecio, se rompió y obligó a un aterrizaje de emergencia sobre el lago seco de Muroc. Aquel golpe no tumbó el programa en el acto, pero le abrió una grieta muy seria y muy visible.

El golpe contra el trapecio que cambió el programa

Lo relevante no fue solo el incidente, sino lo que revelaba. Cuanto más se acercaba el XF-85 al avión nodriza, mayor era la resistencia generada por el aire comprimido entre ambos aparatos y más violenta resultaba la turbulencia. El piloto tenía que corregir potencia, actitud y posición casi al mismo tiempo, con un margen mínimo y en un punto del cielo especialmente inestable. El resultado fue una cadena de intentos fallidos, enganches frustrados y nuevos aterrizajes de emergencia. Con el paso de los meses, el panorama se volvió demoledor: aproximadamente la mitad de los vuelos del Goblin terminaron en tierra porque no consiguió volver a conectarse al EB-29B, y eso en manos de un piloto de pruebas experimentado. El sistema no fallaba por una anécdota, sino por el lugar exacto donde debía demostrar su validez.

Hubo momentos de aparente alivio. Durante los vuelos siguientes se lograron algunos hook-ups satisfactorios, y eso permitió sostener el proyecto un poco más. Pero incluso esos éxitos tenían trampa: llegaban con una dificultad excesiva, exigían mucha pericia y no borraban la impresión de que el aparato estaba peleándose con su propio concepto. Entre todos los vuelos libres realizados por los dos prototipos, el programa acumuló apenas 2 horas y 19 minutos de tiempo total en el aire, con siete vuelos y solo tres enganches plenamente logrados. Es una cifra pequeña, casi seca, pero muy expresiva. Resume que el Goblin no murió por falta de imaginación ni por falta de trabajo, sino porque nunca consiguió demostrar regularidad operativa. En aviación militar, y más aún en plena carrera estratégica de la posguerra, eso suele equivaler a una sentencia.

Por qué el B-36 nunca llegó a llevarlo

Aquí aparece otra de las claves del asunto. El relato popular insiste mucho en la imagen del pequeño caza viviendo dentro de un bombardero gigante, y esa imagen, aunque parte de una base cierta, necesita matices. El B-36 era el destino doctrinal del XF-85, sí, pero ningún Goblin fue lanzado ni transportado por un B-36. El programa se quedó un escalón antes. Eso no le resta interés; al contrario, lo hace más revelador. Significa que la Fuerza Aérea estadounidense comprobó el problema principal antes de dar el salto a la plataforma para la que el sistema había sido concebido. El ensayo con el EB-29B bastó para ver que la recuperación era demasiado azarosa. La idea de un “portaaviones volador” seguía siendo poderosa en lo visual, casi irresistible en lo propagandístico, pero la operación básica no había alcanzado el grado de confianza necesario para llevarla a un bombardero estratégico de primera línea.

Ese desfase entre la potencia de la idea y la fragilidad de la ejecución es lo que hace tan revelador al Goblin. El sistema prometía proteger al bombardero sin obligarle a depender de bases en el extranjero ni de escoltas con poca autonomía, pero a cambio imponía una cadena de requisitos extraordinarios: un avión madre modificado, un caza específico, procedimientos de carga poco comunes, pilotos capaces de una maniobra muy delicada y un entorno aerodinámico hostil justo cuando tocaba cerrar la operación. En paralelo, el repostaje en vuelo iba ganando terreno y ofrecía una ventaja decisiva: servía para ampliar el alcance de aviones convencionales sin convertir cada misión en un número de precisión aérea. Por eso la cancelación del 24 de octubre de 1949 no fue una simple renuncia caprichosa; fue el reconocimiento de que la alternativa más sobria estaba madurando más deprisa que el experimento.

Del Goblin al FICON: la idea no murió al instante

Sería un error, eso sí, presentar el final del XF-85 como el entierro inmediato de todo el concepto. La Fuerza Aérea siguió explorando fórmulas derivadas, y la más importante fue el proyecto FICON, en el que un GRB-36 modificado transportaba un RF-84K Thunderflash de reconocimiento y ataque. Ahí ya no se trataba del mismo aparato ni de la misma misión exacta, pero sí de la misma intuición estratégica: llevar un avión más pequeño hasta la proximidad del objetivo, soltarlo para una misión específica y recuperarlo después. El hecho de que el FICON llegara a entrar en servicio limitado en 1955 y que se modificaran 10 B-36 mientras se encargaban 25 RF-84K demuestra que el fracaso del Goblin no eliminó del todo la tentación del parásito aéreo. La idea seguía seduciendo a los planificadores porque el problema del alcance seguía ahí.

Pero la continuación también confirmó el fondo del problema. Los pilotos del 91st Strategic Reconnaissance Squadron volaron sus RF-84K con éxito relativo durante un corto periodo, aunque siguieron sufriendo incidentes y situaciones cercanas al desastre al separarse del bombardero o al volver a engancharse. Es decir, la aviación estadounidense consiguió estirar el concepto bastante más allá de lo que había logrado con el Goblin, pero no llegó a convertirlo en una solución estable y duradera. El patrón se repetía: la idea era utilísima sobre el papel y extremadamente delicada cuando el piloto se colocaba bajo el vientre del portador. Al final, los aviones de mayor alcance, el repostaje aéreo y los nuevos sistemas de reconocimiento fueron empujando estas fórmulas hacia un rincón cada vez más estrecho de la historia militar.

El avión diminuto que dejó una gran huella

Con todo, el XF-85 Goblin dejó una huella muy superior a su tamaño. Solo se construyeron dos prototipos, el programa costó algo más de 3,2 millones de dólares de la época y su tiempo total de vuelo fue brevísimo, pero la imagen del pequeño reactor colgando bajo el bombardero se volvió imborrable. No solo porque sea extraña, sino porque concentra como pocas el clima técnico y estratégico de finales de los años cuarenta. En el Goblin se cruzan el miedo a dejar solos a los bombarderos nucleares, la confianza casi ilimitada en la ingeniería y esa voluntad muy de posguerra de forzar soluciones radicales antes de que la tecnología más convencional terminara de ponerse al día. Por eso sigue apareciendo una y otra vez en artículos, documentales y museos: resume en un solo objeto la mezcla de ambición, pragmatismo y exceso que marcó la primera fase de la Guerra Fría aérea.

Además, el aparato no se perdió en archivos ni quedó reducido a una foto borrosa. Los dos ejemplares sobreviven. Uno está en el National Museum of the United States Air Force, en Ohio, y el otro en el Strategic Air Command & Aerospace Museum, en Nebraska. Ese dato material importa porque convierte la historia en algo más físico, más visible. El Goblin no es solo una hipótesis derrotada, sino un objeto que todavía puede observarse y que permite medir lo pequeño que era frente a la magnitud del plan que cargaba sobre las alas. Hay pocos aviones experimentales que expliquen tan bien, en silencio y con solo mirarlos, hasta dónde estaba dispuesta a llegar la aviación militar estadounidense cuando el problema estratégico parecía más grande que las herramientas disponibles.

El experimento que mejor retrata la Guerra Fría aérea

Al final, el XF-85 Goblin no fue importante por lo que consiguió, sino por lo que reveló. Demostró que la necesidad de escoltar bombarderos intercontinentales era tan seria que llevó a Estados Unidos a diseñar un caza de bolsillo para ocultarlo en la bodega de otro avión. Demostró también que un concepto puede ser impecable en la mesa de dibujo y, aun así, chocar con una dificultad operativa irresoluble en cuanto entra en el aire real. Y dejó una lección muy precisa: no bastaba con construir un aparato que pudiera volar, había que construir un sistema que pudiera funcionar siempre, bajo presión, con seguridad y sin depender de que cada maniobra saliera perfecta. El Goblin no alcanzó ese nivel. Por eso quedó fuera del servicio y por eso el repostaje en vuelo terminó ganando la partida.

Sin embargo, su fracaso no lo empequeñece; casi lo agranda. En un periodo lleno de proyectos desmesurados, pocos resultan tan expresivos como este caza parásito que quiso vivir dentro de un bombardero y salir a pelear desde sus entrañas. Su historia reúne nombres, fechas y hechos muy concretos —McDonnell, B-36, EB-29B Monstro, Edwin Schoch, 23 de agosto de 1948, 24 de octubre de 1949— y, al mismo tiempo, conserva una fuerza narrativa rarísima. Era un avión minúsculo destinado a proteger una de las máquinas más grandes del mundo. Era una respuesta seria formulada con aspecto de extravagancia. Era, en fin, la prueba de que en la primera Guerra Fría hubo inventos que parecían imposibles porque lo eran un poco, pero también porque alguien decidió intentar lo que todavía no sabía hacer. Y eso, en la historia de la aviación, suele dejar cicatriz.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído