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¿Por qué EEUU pagará 725 millones a la ONU tras meses de tensión?
EEUU prepara 725 millones para la ONU mientras aún arrastra una deuda millonaria y pide reformas que tensan su relación con Naciones Unidas.

Estados Unidos ha puesto en marcha el proceso para transferir 725 millones de dólares a Naciones Unidas, una cantidad considerable que, sin embargo, solo cubre una parte de los miles de millones acumulados en cuotas pendientes. El movimiento figura en una notificación del Departamento de Estado enviada al Congreso el 4 de agosto y llega después de meses de recortes, reproches y presión de la Administración de Donald Trump para que la ONU reduzca gastos y reforme su funcionamiento.
Hay un matiz importante. Los 725 millones corresponden al presupuesto ordinario de Naciones Unidas. Otras notificaciones conocidas posteriormente elevan a 850 millones de dólares el conjunto de fondos que Washington pretende desembolsar, al añadir 125 millones destinados a operaciones de mantenimiento de la paz en Haití y la República Democrática del Congo. El cheque, por tanto, es algo mayor de lo que sugiere el primer titular. La deuda también.
EEUU paga, pero seguirá debiendo miles de millones a la ONU
El tamaño exacto de las cantidades pendientes depende del momento del cálculo y de cómo se contabilicen determinados pagos y retenciones. Naciones Unidas cifraba en mayo en más de 4.000 millones de dólares las obligaciones estadounidenses sin satisfacer: unos 2.040 millones correspondientes al presupuesto ordinario, alrededor de 2.200 millones vinculados a operaciones de paz actuales y anteriores y otros 44 millones destinados a tribunales internacionales.
Las cifras más recientes sitúan el agujero incluso cerca de los 5.000 millones de dólares, mientras Washington sostiene que la cantidad real es inferior a la contabilizada por la organización. No es una discusión meramente contable. Algunas partidas han sido retenidas deliberadamente por motivos políticos, y otras forman parte de un tira y afloja que Estados Unidos utiliza desde hace tiempo para exigir cambios dentro de Naciones Unidas.
Así que pagar 725 millones no significa ponerse al día. Ni de lejos. Significa aliviar una deuda acumulada que se ha convertido en un problema operativo para la organización y también, cada vez más, en una anomalía diplomática para su principal contribuyente.
El pago llega condicionado a nuevas reformas
La Administración Trump no ha presentado el desembolso como una reconciliación sentimental con el multilateralismo. Más bien al contrario. Un representante estadounidense ha señalado que futuros pagos estarán condicionados a que Naciones Unidas mantenga su proceso de reformas y reducción de costes.
Es una combinación peculiar, aunque muy reconocible en la política de Trump: primero se cierra parcialmente el grifo y después se convierte su reapertura en instrumento de negociación.
Washington lleva meses cuestionando el tamaño de la estructura de Naciones Unidas, determinadas políticas de sus agencias y lo que considera posiciones ideológicas contrarias a los intereses estadounidenses. Estados Unidos también ha reducido aportaciones voluntarias y se ha apartado de distintos organismos internacionales.
Dentro de esas retenciones aparecen asuntos especialmente sensibles para la política estadounidense, desde la financiación relacionada con el Consejo de Derechos Humanos hasta fondos destinados a la agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos.
Una ONU con problemas para llegar a final de año
El dinero llega en un momento especialmente delicado. El secretario general, António Guterres, ha advertido durante 2026 de una crisis de liquidez extraordinariamente grave, alimentada por las cuotas que varios Estados no han pagado en plazo.
La imagen puede parecer burocrática —presupuestos, contribuciones, partidas pendientes— hasta que el saldo de caja empieza a determinar cosas bastante menos abstractas: salarios, contrataciones, misiones internacionales, oficinas abiertas y capacidad para ejecutar programas.
La ONU ha respondido con su propia dieta de adelgazamiento. Su iniciativa de reforma UN80 ha supuesto fuertes ajustes, reorganizaciones administrativas y el traslado de funciones desde ciudades caras como Nueva York o Ginebra hacia destinos con menores costes. El presupuesto ordinario aprobado para 2026 asciende a unos 3.450 millones de dólares, aproximadamente un 7% menos que el del ejercicio anterior.
Es decir, los 725 millones estadounidenses equivalen a una proporción muy relevante de todo el presupuesto ordinario anual de la organización. Ese dato explica mejor el peso del anuncio que cualquier discurso solemne.
EEUU sigue siendo el contribuyente decisivo
Estados Unidos ocupa una posición singular porque la escala de contribuciones de Naciones Unidas establece un tope del 22% para el presupuesto ordinario, porcentaje que recae sobre Washington. En las operaciones de mantenimiento de la paz su peso también es extraordinariamente elevado.
Eso convierte cualquier retraso estadounidense en algo muy distinto del impago de un miembro pequeño. Cuando Washington cierra la cartera, la ONU lo nota enseguida.
A mediados de agosto, alrededor de 129 de los 193 Estados miembros habían abonado íntegramente sus cuotas del presupuesto ordinario de 2026. Entre quienes todavía no figuraban en esa relación estaban las dos mayores economías contribuyentes, Estados Unidos y China.
La paradoja es bastante limpia: el país que más aporta es también el que puede provocar el mayor agujero financiero cuando decide no aportar.
El riesgo de perder el voto también entra en escena
La Carta de Naciones Unidas contiene una herramienta que rara vez ocupa titulares pero que aquí importa mucho. Su artículo 19 establece que un Estado puede perder su derecho de voto en la Asamblea General cuando sus atrasos alcanzan o superan las contribuciones correspondientes a los dos años completos anteriores, aunque existen excepciones cuando el impago responde a circunstancias ajenas al control del país.
Estados Unidos no se encuentra actualmente entre los países sujetos a esa suspensión, pero el crecimiento de los atrasos estadounidenses ha alimentado las advertencias sobre un problema que, sin nuevos desembolsos, podría convertirse en algo más que incómodo durante 2027.
Sería una escena políticamente bastante difícil de digerir: la primera potencia occidental, miembro permanente del Consejo de Seguridad y país anfitrión de la sede central de Naciones Unidas, con problemas para votar en la Asamblea por no haber pagado sus cuotas. Una de esas ironías que la diplomacia suele preferir evitar antes de que aparezcan en la fotografía.
El pago anunciado reduce ese riesgo inmediato, pero no liquida los atrasos. Para lograrlo harían falta nuevas transferencias muy superiores.
Trump llegará a la Asamblea General con el pago sobre la mesa
El calendario añade otra capa política. Los fondos fueron comunicados al Congreso el 4 de agosto y el proceso está previsto antes de la próxima intervención de Donald Trump ante la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York.
No parece un detalle decorativo. Trump lleva años manteniendo una relación áspera con la organización: la critica por su coste, cuestiona su eficacia y, al mismo tiempo, utiliza su tribuna cuando necesita proyectar la política exterior estadounidense ante prácticamente todo el planeta.
Llegar a Nueva York como presidente del país que acumula varios miles de millones en atrasos habría ofrecido a sus críticos una metáfora demasiado fácil. El desembolso no borra ese problema, pero permite a la Casa Blanca defender que está pagando mientras exige cambios.
La Administración también puede exhibir los recortes introducidos dentro de Naciones Unidas como prueba de que su presión ha funcionado. La ONU, por su parte, necesita el efectivo. En política internacional abundan los desacuerdos ideológicos; bastante menos raros son los acuerdos cuando llega la factura.
Un alivio importante que no resuelve la deuda estadounidense
Los 725 millones de dólares proporcionarán oxígeno al presupuesto ordinario de Naciones Unidas y el paquete estadounidense puede alcanzar 850 millones si se incluyen las cantidades previstas para mantenimiento de la paz. Es dinero real, relevante y especialmente útil para una organización que ha tenido que revisar gastos, estructuras y hasta antiguas reglas financieras para proteger su liquidez.
Pero no supone que Estados Unidos haya saldado sus cuentas. Washington continúa acumulando varios miles de millones de dólares pendientes, discute parte del cálculo de Naciones Unidas y mantiene determinadas retenciones por razones políticas.
Lo que cambia es el equilibrio inmediato. La ONU recibe una cantidad capaz de darle margen financiero; Trump conserva la presión sobre las reformas y reduce el riesgo de que la deuda se convierta en un problema diplomático todavía mayor. Nadie ha firmado la paz. Simplemente, esta vez, una parte de la factura empieza a pagarse.

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