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Historia

¿Por qué EE. UU. y Marruecos mantienen una alianza de casi 250 años?

De la primera alianza diplomática al Sáhara Occidental y la autopista Trump, así nació la estrecha relación entre Estados Unidos y Marruecos.

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EE. UU. y Marruecos en la conferencia de algeri

Estados Unidos y Marruecos mantienen una relación tan estrecha porque ambos encuentran en el otro algo difícil de sustituir. Rabat ofrece estabilidad política, cooperación militar y una posición geográfica privilegiada entre el Atlántico, el Mediterráneo, Europa y África. Washington aporta armamento, inversión, acceso comercial y, sobre todo, respaldo diplomático en el asunto que más preocupa a la monarquía marroquí: el Sáhara Occidental.

No es una amistad sentimental, aunque sus ceremonias se disfracen de álbum familiar. Es una alianza de intereses acumulados durante casi 250 años, capaz de sobrevivir a guerras, cambios de régimen, presidentes demócratas y republicanos y algún que otro desacuerdo convenientemente guardado en un cajón. La última estampa de esa relación resulta difícil de superar: Mohamed VI ha decidido dar el nombre de Donald Trump a la vía rápida de 1.055 kilómetros que une Tiznit con Dajla, atraviesa territorios del Sáhara Occidental controlados por Marruecos y forma parte del gran corredor atlántico diseñado por Rabat.

El homenaje no ha caído del cielo. Trump reconoció en 2020 la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, rompiendo con décadas de cautela estadounidense. Marruecos respondió reanudando sus relaciones oficiales con Israel dentro del marco de los Acuerdos de Abraham. Seis años después, el agradecimiento ha tomado forma de asfalto. La diplomacia suele preferir los comunicados; Marruecos ha optado por algo que se vea desde el aire.

Una amistad nacida entre corsarios, puertos y comercio

La historia empezó cuando Estados Unidos apenas era un país y todavía no sabía muy bien cómo sobrevivir en el escenario internacional. El 20 de diciembre de 1777, el sultán Mohamed III permitió que los barcos de la nueva república norteamericana utilizaran los puertos marroquíes. Aquella decisión ofrecía protección comercial y una cierta legitimidad exterior a unas antiguas colonias que seguían combatiendo contra el Imperio británico.

Marruecos también hacía sus cálculos. Buscaba nuevas rutas comerciales, quería consolidarse como potencia independiente frente a los imperios europeos y necesitaba interlocutores con los que negociar la seguridad marítima. El Mediterráneo occidental estaba entonces lleno de corsarios, tributos y barcos capturados. Nada demasiado romántico. La amistad comenzó oliendo a sal, pólvora y mercancía.

El reconocimiento de 1777 y el tratado que todavía sigue vigente

Rabat y Washington repiten que Marruecos fue el primer país en reconocer la independencia de Estados Unidos. La afirmación tiene una base histórica sólida, pero admite una precisión. En 1777, el sultán abrió sus puertos a los barcos estadounidenses y trató al nuevo Estado como una entidad soberana; el reconocimiento formal quedó plasmado el 23 de junio de 1786, con la firma del Tratado de Paz y Amistad en Marrakech. El Congreso estadounidense lo ratificó al año siguiente.

El tratado fue renovado en 1836 y continúa vigente. De ahí que ambos gobiernos lo presenten como la relación diplomática ininterrumpida más antigua de Estados Unidos. No significa que Washington y Rabat hayan estado de acuerdo durante dos siglos y medio, algo que ni siquiera consiguen dos vecinos de rellano. Significa que nunca rompieron el marco político que les permitía seguir negociando.

En 1821, el sultán Muley Sulimán entregó a Estados Unidos un edificio en la medina de Tánger para albergar su representación diplomática. La Legación Americana de Tánger fue utilizada durante 140 años y sigue siendo la primera propiedad diplomática adquirida por Estados Unidos en el extranjero. También es el único Monumento Histórico Nacional estadounidense situado fuera de su territorio.

El vínculo ganó otra dimensión durante la Segunda Guerra Mundial. Las tropas estadounidenses desembarcaron en el norte de África en noviembre de 1942 durante la Operación Torch y, dos meses después, Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill celebraron en Casablanca una conferencia decisiva para fijar la estrategia aliada. Marruecos dejó de ser únicamente una vieja amistad diplomática: se convirtió en una pieza del tablero atlántico y mediterráneo.

Tras la independencia marroquí de 1956, la relación se reconstruyó sobre una realidad bastante clara. La monarquía de Mohamed V, y posteriormente la de Hasán II, mantuvo una orientación favorable a Occidente en plena Guerra Fría. Estados Unidos encontró un socio próximo al estrecho de Gibraltar, relativamente estable y útil para sus operaciones en el Mediterráneo, Oriente Próximo y África. Rabat recibió asistencia, cooperación militar y un respaldo valioso frente a sus rivales regionales. La historia ya estaba escrita; la geografía terminó de firmarla.

Defensa, comercio y una geografía que vale oro

Marruecos ocupa un lugar que cualquier estratega señalaría con el dedo sobre un mapa. Controla una extensa fachada atlántica, se encuentra a pocos kilómetros de Europa y funciona como puerta de entrada hacia el Sahel y África occidental. También mantiene vínculos con el mundo árabe, Europa, Estados Unidos y numerosos países africanos. Esa capacidad de moverse entre varias mesas sin abandonar ninguna explica buena parte de su valor geopolítico.

Washington, por su lado, necesita socios estables en una región marcada por el terrorismo yihadista, las redes de tráfico, la inestabilidad del Sahel, la rivalidad entre Marruecos y Argelia y la creciente presencia de China y Rusia. Rabat ofrece cooperación antiterrorista, entrenamiento, intercambio de inteligencia y un territorio apto para grandes maniobras. No es miembro de la OTAN, pero desde 2004 posee el estatus de aliado principal extra-OTAN, una categoría reservada a socios militares especialmente próximos.

En 2020, ambos países firmaron una hoja de ruta de cooperación en defensa hasta 2030. El documento abarca modernización militar, formación, interoperabilidad, seguridad marítima y adquisición de material estadounidense. Marruecos lleva años comprando sistemas como cazas F-16, helicópteros de ataque, misiles y equipos de vigilancia, mientras adapta parte de sus fuerzas armadas a los estándares operativos occidentales.

La exhibición más visible es African Lion, el mayor ejercicio militar anual organizado por el Mando de Estados Unidos para África. La edición de 2026 reunió a miles de participantes y se desarrolló en Marruecos, Ghana, Senegal y Túnez, con operaciones terrestres, aéreas, marítimas y de respuesta ante emergencias. Para Washington es una plataforma de coordinación continental; para Rabat, una fotografía de legitimidad estratégica.

Esta cercanía no convierte a Marruecos en una democracia homologable a Estados Unidos ni hace desaparecer las críticas sobre derechos humanos, libertad de prensa o concentración del poder en torno al palacio. La expresión “valores compartidos”, tan habitual en el lenguaje diplomático, queda algo grande. Lo que ambos comparten con absoluta claridad son intereses de seguridad.

La economía completa el armazón. Estados Unidos y Marruecos firmaron en 2004 un tratado de libre comercio que entró en vigor en 2006. Marruecos sigue siendo el único país africano incluido en la red estadounidense de acuerdos comerciales integrales. El pacto abrió sectores industriales, agrícolas, tecnológicos y de servicios, y facilitó la entrada de empresas norteamericanas en un mercado que aspira a ser una plataforma hacia Europa y África.

En 2025, el intercambio bilateral de mercancías alcanzó unos 7.389 millones de dólares. Estados Unidos exportó bienes por aproximadamente 5.530 millones e importó productos marroquíes por 1.859 millones, con un amplio superávit a favor de Washington. La amistad histórica también pasa por caja, y pasa bastante bien.

El Sáhara Occidental cambió la temperatura de la alianza

La relación entró en una fase nueva el 10 de diciembre de 2020. Donald Trump proclamó el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre todo el Sáhara Occidental y respaldó el plan de autonomía de Rabat como base para resolver el conflicto. A cambio, Marruecos aceptó restablecer relaciones oficiales con Israel, reabrir oficinas de enlace, autorizar vuelos directos y ampliar la cooperación económica y diplomática.

La operación fue presentada dentro de los Acuerdos de Abraham, la arquitectura impulsada por Trump para normalizar las relaciones entre Israel y varios países árabes. Marruecos no partía de cero: existían lazos históricos, una importante comunidad israelí de origen marroquí y anteriores contactos diplomáticos, suspendidos durante la segunda intifada. Aun así, el acuerdo tuvo un precio político considerable, especialmente por la sensibilidad de la causa palestina dentro de la sociedad marroquí.

Para Mohamed VI, el beneficio era enorme. El Sáhara Occidental representa una cuestión de legitimidad nacional y continuidad territorial para el Estado marroquí. Conseguir el respaldo explícito de la principal potencia occidental rompía el aislamiento de su posición y podía arrastrar a otros aliados hacia el plan de autonomía. La Administración de Joe Biden no revocó la decisión y, en abril de 2025, el secretario de Estado Marco Rubio confirmó que el reconocimiento seguía siendo la política oficial de Washington.

Eso no ha resuelto el conflicto. El Frente Polisario, respaldado por Argelia, reclama la independencia del territorio, mientras Naciones Unidas mantiene al Sáhara Occidental en su lista de territorios no autónomos y conserva la misión MINURSO. El reconocimiento de Estados Unidos tiene un gran peso diplomático, pero no sustituye un acuerdo internacional ni borra el derecho de la población saharaui a participar en la determinación de su futuro.

Ahí aparece una de las sombras de la alianza. Washington gana un socio útil, fortalece los Acuerdos de Abraham y limita el margen de Argelia. Rabat obtiene apoyo para su principal reivindicación territorial. Quienes quedan fuera de la fotografía son los saharauis, atrapados desde hace décadas entre el control marroquí, los campamentos de refugiados, las promesas de Naciones Unidas y una solución política que siempre parece llegar el año próximo.

La autopista Trump, un homenaje con mucho territorio debajo

La nueva Donald J. Trump Highway es el monumento físico de ese intercambio. Mohamed VI comunicó al presidente estadounidense, en una carta fechada el 2 de julio de 2026, su decisión de bautizar con su nombre la vía rápida Tiznit-Dajla. Trump hizo público el homenaje el 26 de julio mediante un mensaje en Truth Social y expresó su deseo de recorrer algún día sus 1.055 kilómetros.

Conviene afinar el término. Aunque se ha popularizado como autopista, se trata de una gran vía rápida o carretera desdoblada, levantada durante la última década y aún vinculada a obras complementarias. Parte de Tiznit, pasa por Guelmim y El Aaiún y llega hasta Dajla, atravesando grandes extensiones del Sáhara Occidental administradas por Marruecos. Su coste se aproxima a los 1.000 millones de dólares.

La carretera reduce tiempos de viaje, mejora el transporte de mercancías y conecta las regiones meridionales con el norte del país. También enlaza con el futuro puerto Dajla Atlántico, una de las apuestas de Rabat para crear un corredor comercial hacia Mauritania, Senegal y el conjunto de África occidental. Sobre el terreno es infraestructura; sobre el mapa, una declaración de soberanía.

Ponerle el nombre de Trump cumple varias funciones a la vez. Agradece el reconocimiento de 2020, halaga a un presidente que aprecia poco las sutilezas y mucho que su apellido aparezca en letras grandes, y recuerda a cualquier visitante quién fue el dirigente que modificó la posición estadounidense sobre el Sáhara. El asfalto dura más que una nota diplomática y resulta bastante más difícil de archivar.

El gesto también demuestra el estilo exterior de Marruecos. Rabat cultiva las relaciones personales con los dirigentes extranjeros, combina memoria histórica y recompensas visibles y sabe identificar qué asunto puede despertar el interés de cada interlocutor. Con Trump, el lenguaje escogido ha sido sencillo: gratitud, grandeza, prosperidad y una carretera kilométrica con su nombre. Nada queda precisamente insinuado.

Una alianza construida con historia, territorio y favores

Estados Unidos y Marruecos son aliados porque la historia les proporcionó un relato y la geografía les dio motivos para conservarlo. El reconocimiento del siglo XVIII abrió una puerta; la cooperación militar, el comercio y el Sáhara impidieron que se cerrara. Desde los corsarios de la costa atlántica hasta los cazas F-16 y los Acuerdos de Abraham, el vínculo ha cambiado de vestuario, no de lógica.

Marruecos necesita a Estados Unidos para reforzar su seguridad, modernizar sus fuerzas armadas, atraer inversión y legitimar internacionalmente su posición sobre el Sáhara Occidental. Estados Unidos necesita a Marruecos como socio estable en el norte de África, plataforma militar, intermediario regional y punto de entrada hacia el continente. Cada país conoce el precio del otro y, por ahora, ambos consideran que merece la pena pagarlo.

La autopista dedicada a Trump resume esa relación con una claridad casi brutal. Bajo el homenaje personal están el territorio, la seguridad, Israel, el comercio y el equilibrio de poder en el Magreb. Encima, una placa dorada. La amistad entre países funciona así: primero se escriben tratados, después se intercambian favores y, cuando la gratitud es realmente estratégica, se bautizan carreteras.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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