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¿Qué prepara EE.UU. con sus buques de guerra en Ecuador y Colombia?

Buques de guerra de EE.UU. dejan Manta mientras Ecuador, Colombia y Washington preparan nuevas operaciones militares contra el narcotráfico.

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Dos buques de guerra de Estados Unidos han abandonado el puerto ecuatoriano de Manta después de permanecer allí durante tres días, pero su partida no significa el final de la actividad militar estadounidense en la zona. Más bien al contrario. La escala del USS San Antonio y el destructor USS Gridley coincide con una cooperación cada vez más estrecha entre Washington y Quito contra el narcotráfico y con la preparación de operaciones militares coordinadas entre Ecuador, Colombia y Estados Unidos.

El movimiento tiene dos escenarios conectados por las rutas de la cocaína: el Pacífico y la frontera terrestre entre Ecuador y Colombia. Mientras los buques estadounidenses operan en una región marítima convertida en uno de los grandes corredores del tráfico internacional de droga, Ecuador prepara junto a sus dos socios operaciones sostenidas en la frontera norte, con patrullajes, vigilancia, puestos de mando conjuntos y capacidad para actuar ante grupos armados detectados sobre el terreno.

Los buques de guerra de EE.UU. que llegaron a Manta

El USS San Antonio (LPD-17) y el USS Gridley (DDG-101) llegaron a Manta el 24 de agosto. Tras tres días en el puerto, las dos embarcaciones estadounidenses zarparon este 27 de agosto. Oficialmente, al menos parte de la estancia estuvo relacionada con tareas de aprovisionamiento de víveres e insumos.

No eran, desde luego, dos embarcaciones discretas. El San Antonio, de unos 208,5 metros de eslora, pertenece a una clase de buques de transporte anfibio diseñada para desplazar tropas, vehículos, aeronaves y embarcaciones de desembarco. Puede embarcar habitualmente alrededor de 700 infantes de marina y dispone de cubierta para operar helicópteros y aeronaves de despegue vertical.

A su lado estaba el Gridley, un destructor de misiles guiados de la clase Arleigh Burke. Su perfil militar es distinto: está preparado para defensa antiaérea, guerra antisubmarina, operaciones contra objetivos de superficie e interdicción marítima, entre otras misiones. La Armada estadounidense había situado recientemente al Gridley en el Pacífico oriental dentro del dispositivo destinado a combatir el tráfico ilícito.

La imagen de ambos buques atracados en Manta tenía, por eso, bastante más peso que el de una visita portuaria rutinaria. Y Manta tampoco es cualquier punto del mapa.

Por qué Manta vuelve a estar en el centro del tablero

La ciudad ecuatoriana se encuentra frente a una de las zonas marítimas más sensibles para las rutas de salida de cocaína hacia Centroamérica, México y finalmente Estados Unidos. Pesqueros, lanchas rápidas y semisumergibles son empleados por las organizaciones criminales para mover cargamentos desde las costas del Pacífico sudamericano.

El nombre de Manta arrastra además una historia política delicada. Estados Unidos utilizó entre 1999 y 2009 instalaciones de la base aérea Eloy Alfaro para operaciones de vigilancia antidroga. Aquella presencia terminó después de que la Constitución ecuatoriana de 2008 prohibiera las bases militares extranjeras.

El asunto volvió a las urnas en noviembre de 2025 y los ecuatorianos rechazaron eliminar esa prohibición. Conviene subrayarlo porque la llegada de barcos, aeronaves o militares estadounidenses alimenta inevitablemente la misma sospecha: no existe una nueva base militar estadounidense permanente en Manta.

Lo que sí existe es un entramado de acuerdos bilaterales que permite cooperación temporal. Ecuador reguló recientemente el ingreso de militares, civiles y contratistas vinculados al Departamento de Defensa estadounidense para actividades acordadas entre ambos gobiernos, dentro del marco del estatuto bilateral de fuerzas vigente desde 2024. La diferencia jurídica no es pequeña: cooperación operacional temporal no equivale a entregar una instalación ecuatoriana al mando permanente de Washington.

Del puerto de Manta a la frontera con Colombia

Mientras los dos buques dejaban Manta, el ministro ecuatoriano de Defensa, Gian Carlo Loffredo, confirmaba que Ecuador trabaja con Colombia y Estados Unidos en un dispositivo militar para la frontera norte.

Quito y Bogotá estudian realizar operaciones sostenidas en el cordón fronterizo contra grupos armados relacionados con el narcotráfico. La planificación incluye equipos con suficiente autonomía operativa para reaccionar cuando durante un patrullaje o un sobrevuelo aparezcan objetivos que no estaban previstos inicialmente, los denominados en lenguaje militar “blancos de oportunidad”.

También se ha planteado la creación de puestos de mando unificados para coordinar vigilancia y operaciones. El objetivo ecuatoriano es impedir que las organizaciones presionadas desde Colombia crucen la línea fronteriza y utilicen el norte de Ecuador como refugio, corredor logístico o zona de reorganización.

Loffredo ha sido particularmente explícito: Estados Unidos formará parte de las estrategias que se preparan para esa zona.

Estados Unidos mueve también sus piezas en Colombia

La coincidencia temporal resulta significativa. El general Francis L. Donovan, comandante del Comando Sur de Estados Unidos, se encuentra en Colombia para reunirse con la nueva cúpula militar y revisar la cooperación contra el narcotráfico y las organizaciones criminales.

Su agenda incluye Tumaco, en el departamento colombiano de Nariño, justo en uno de los enclaves más sensibles del Pacífico y cerca de Ecuador. Allí está previsto que conozca las capacidades de las unidades desplegadas en la región y los problemas relacionados con la salida de cocaína mediante lanchas rápidas y semisumergibles.

Después visitará instalaciones militares en Tolemaida. Sobre la mesa aparecen necesidades de aviación, vigilancia y movilidad, además de otras capacidades en las que Washington podría prestar apoyo.

No son movimientos aislados. El Gridley había pasado previamente por Panamá y la propia Marina estadounidense explicó que el destructor continuaría operando en el Pacífico oriental dentro de las misiones destinadas a interrumpir el tráfico ilícito. Poner las piezas juntas dibuja un mapa bastante claro: mar, costa y frontera terrestre bajo una coordinación regional creciente.

Ecuador teme que la presión desplace a los grupos armados

Hay otro elemento detrás del despliegue. Ecuador teme el conocido efecto globo: se aprieta una organización criminal en un territorio y esta reaparece unos kilómetros más allá.

El Gobierno de Daniel Noboa considera que una mayor presión militar colombiana puede empujar hacia territorio ecuatoriano a grupos armados irregulares asentados cerca de la frontera. Es una región abrupta, de selva, ríos y pasos difíciles de controlar; sobre un mapa parece una raya nítida. Sobre el terreno, bastante menos.

De ahí que Quito quiera pasar de una vigilancia paralela a una coordinación más estrecha con Bogotá. Colombia actuaría desde su lado, Ecuador desde el suyo y Estados Unidos aportaría capacidades militares, inteligencia y apoyo operacional. El esquema evita, al menos formalmente, presentar la operación como una fuerza extranjera cruzando libremente fronteras nacionales.

Una guerra contra el narco cada vez más militarizada

La presencia de barcos de guerra introduce, sin embargo, una cuestión incómoda. Estados Unidos ha ido transformando parte de su lucha contra el narcotráfico en Latinoamérica desde una lógica esencialmente policial hacia un modelo con instrumentos militares y ataques directos.

El Comando Sur ha confirmado nuevas operaciones letales contra embarcaciones que Washington identifica como vinculadas al narcotráfico en el Pacífico oriental y el Caribe. La Administración estadounidense sostiene que actúa contra organizaciones consideradas narcoterroristas y que sus fuerzas están golpeando rutas utilizadas por los cárteles.

El problema —y no es un detalle burocrático— está en las garantías. Legisladores estadounidenses, juristas y organizaciones de derechos humanos han cuestionado que personas sospechosas de transportar drogas sean tratadas como objetivos militares sin un procedimiento judicial previo. Washington tampoco ha difundido públicamente en todos los casos las pruebas utilizadas para demostrar qué transportaban las embarcaciones atacadas o la afiliación de sus ocupantes.

En Ecuador el debate resulta todavía más sensible por el caso de la embarcación pesquera Fiorella. Amnistía Internacional reclamó una investigación independiente sobre su desaparición después de que ocho pescadores quedaran en paradero desconocido durante una travesía iniciada desde la costa ecuatoriana en enero de 2026. Las informaciones aparecidas posteriormente sobre posibles operaciones estadounidenses en esas aguas han aumentado las dudas de las familias.

Es el lado oscuro de una estrategia aparentemente sencilla sobre el papel. Un barco sospechoso, una ruta conocida, inteligencia militar, una operación. Pero entre la vigilancia del narcotráfico y el uso de fuerza letal existe una frontera jurídica que las democracias no deberían borrar simplemente porque el enemigo lleve cocaína en lugar de uniforme.

Qué puede ocurrir tras la salida del USS San Antonio y el Gridley

El zarpe de ambos buques de Manta no desmonta el dispositivo. El USS Gridley seguirá vinculado a operaciones estadounidenses en el Pacífico oriental, mientras Ecuador mantiene abierta una cooperación que también contempla medios aéreos y presencia temporal de personal estadounidense.

La siguiente fase se desplaza principalmente hacia la frontera colombo-ecuatoriana. Allí deberán concretarse el alcance de las operaciones, los mecanismos de mando y la participación efectiva de Estados Unidos. Tampoco se ha anunciado una gran ofensiva terrestre trilateral con tropas de los tres países mezcladas bajo un único mando; lo confirmado hasta el momento es la preparación de acciones coordinadas y operaciones conjuntas contra organizaciones armadas ligadas al narcotráfico.

Esa precisión importa. Entre un patrullaje coordinado y una guerra regional hay un buen trecho, aunque algunos titulares tengan prisa por recorrerlo.

Lo que sí ha cambiado es la escala. La lucha contra el narcotráfico en esta parte de Sudamérica ya no se limita a policías persiguiendo cargamentos o guardacostas interceptando lanchas. Hay destructores, buques anfibios, helicópteros, mandos militares reunidos y vigilancia coordinada entre tres países.

El Pacífico se convierte en la nueva línea de presión

Los buques estadounidenses han dejado Manta, pero la fotografía que dejaron detrás resulta bastante elocuente. Ecuador, Colombia y Estados Unidos están acercando sus estructuras militares mientras Washington aumenta la presión sobre las rutas marítimas del narcotráfico y Quito intenta blindar una frontera especialmente permeable.

Para Ecuador, el desafío consiste en aprovechar inteligencia, tecnología y capacidad operativa extranjera sin convertir una cooperación temporal en algo que contradiga las restricciones que los propios ecuatorianos mantienen sobre las bases militares extranjeras. Para Colombia, significa impedir que los grupos criminales utilicen Ecuador como retaguardia. Para Estados Unidos, supone llevar la presión más cerca de los puntos donde nace y sale la cocaína.

El USS San Antonio y el Gridley ya no están amarrados en Manta. La operación que simbolizan, sin embargo, acaba de entrar en una fase mucho más amplia.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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