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El cuerpo de Marta del Castillo sigue sin aparecer: qué se sabe

Las versiones cambiantes desviaron búsquedas durante años, pero ninguna permitió recuperar los restos.

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Dónde está Marta del Castillo

El cuerpo de Marta del Castillo no ha sido encontrado. La joven sevillana desapareció el 24 de enero de 2009, cuando tenía 17 años, y las numerosas búsquedas realizadas desde entonces no han permitido establecer dónde quedaron sus restos. Miguel Carcaño fue condenado por su asesinato, pero sus distintas versiones sobre cómo se deshicieron del cuerpo condujeron a investigadores y equipos de rescate por lugares diferentes, sin resultados concluyentes.

La respuesta, por tanto, es tan directa como incompleta: el paradero de Marta sigue sin conocerse. La sentencia atribuyó a Carcaño el asesinato, aunque no aclaró con certeza quién más participó ni dónde fue abandonado el cuerpo. Esa diferencia entre saber quién fue condenado y no saber qué ocurrió después explica por qué el caso permanece en la memoria pública y por qué la familia ha seguido reclamando respuestas.

Una desaparición en Sevilla que acabó en asesinato

Marta del Castillo Casanueva salió de su casa en Sevilla la tarde del sábado 24 de enero de 2009. Había quedado con su expareja, Miguel Carcaño, de 19 años, y esperaba regresar. Al pasar las horas sin noticias, sus padres empezaron a llamar a amistades y a buscarla por la ciudad. La primera denuncia se presentó durante la madrugada; después se añadieron nuevos datos, entre ellos la identidad y el domicilio de Carcaño.

La familia y los amigos se movilizaron desde las primeras horas, mientras la policía tomaba declaración a personas del entorno de la joven. La desaparición pronto dejó de tratarse como una ausencia voluntaria: las sospechas se concentraron en Carcaño y en el piso de la calle León XIII donde vivía con su hermanastro, Francisco Javier Delgado. La demora percibida en las primeras actuaciones y la sucesión de declaraciones contradictorias se convirtieron también en parte del debate público sobre la respuesta inicial a la desaparición de una menor.

El 13 de febrero la policía detuvo a Carcaño y a otras personas vinculadas con la investigación. Al día siguiente, él confesó haber matado a Marta y aseguró que había arrojado el cuerpo al Guadalquivir. A partir de ese momento, la búsqueda física quedó ligada a un relato que cambiaría varias veces. Cada nueva versión alteraba el lugar señalado, la forma de trasladar el cuerpo y la identidad de quienes supuestamente habían intervenido.

El Guadalquivir, la primera gran búsqueda

La primera explicación de Carcaño llevó a los equipos al río Guadalquivir. Policía, Guardia Civil y otros efectivos rastrearon distintos tramos, con embarcaciones y especialistas en búsqueda subacuática; también participaron perros entrenados y medios técnicos. La operación se prolongó durante semanas y terminó el 16 de marzo de 2009 sin que aparecieran restos de Marta. El cauce, el fondo y las corrientes hacían difícil convertir una zona amplia de búsqueda en un punto concreto.

El problema no era solo la extensión del río. Cuando Carcaño confesó, ya habían pasado varias semanas desde la desaparición, y los investigadores no contaban con una ubicación confirmada ni con un relato estable. Una confesión podía orientar el rastreo, pero no demostraba por sí sola que el cuerpo estuviera allí. La falta de hallazgos y las inconsistencias de la reconstrucción debilitaron aquella pista, aunque no borraron la incertidumbre sobre lo sucedido.

En marzo, Carcaño cambió su relato y señaló que el cuerpo habría terminado en un contenedor de basura. Esa declaración desplazó el operativo hasta el vertedero de Alcalá de Guadaíra, que recibe residuos de Sevilla. Los responsables calcularon que la búsqueda podía exigir remover unas 40.000 toneladas de desechos; más adelante se habló de cantidades aún mayores acumuladas en el lugar. El paso del tiempo convertía cada jornada en una búsqueda dentro de una masa creciente de residuos, sin que apareciera una prueba que confirmara esa versión.

El vertedero no fue el único destino señalado en las declaraciones o investigado por los agentes. También se rastrearon zonas de Camas, parcelas, zanjas y otros parajes, incluidos espacios apartados donde el acceso podía ser complicado. En algunos casos, la información que guiaba el operativo procedía de versiones que luego se desmentían o no podían verificarse. Así, cada nuevo punto añadía trabajo, pero no necesariamente conocimiento: la búsqueda avanzaba a trompicones, guiada por pistas de fiabilidad desigual.

Las versiones que cambiaron el rumbo de la investigación

Carcaño ofreció relatos distintos sobre la muerte y el traslado del cuerpo. En una de sus primeras declaraciones habló del río; después atribuyó la muerte a otra persona y situó el cuerpo en un contenedor. En otras versiones describió la participación de más implicados o señaló parajes diferentes. Los detalles variaban, y también lo hacían las explicaciones sobre quién había estado en el piso y qué había ocurrido allí.

Esas contradicciones no fueron un detalle secundario: afectaron directamente a la búsqueda. Una ubicación falsa o equivocada podía movilizar durante días a numerosos equipos, además de aumentar la angustia de una familia que seguía sin poder enterrar a su hija. Las declaraciones de otros investigados tampoco ofrecieron una versión común y comprobable. Algunos negaron haber participado; otros cambiaron o rectificaron lo dicho durante la investigación.

La policía halló sangre de Marta en la chaqueta de Carcaño, un elemento que reforzó la investigación sobre su implicación en el crimen. Sin embargo, esa prueba no permitía localizar el cuerpo. Tampoco resolvía por sí sola las preguntas sobre la forma de la muerte o la posible colaboración de otras personas. Identificar al condenado y reconstruir por completo el destino de la víctima son tareas distintas, y en este caso la segunda quedó sin respuesta.

El padre de Marta planteó públicamente la posibilidad de que el cuerpo hubiera sido incinerado, pero esa hipótesis no quedó demostrada en la información reunida por la investigación. También surgieron testimonios y pistas que apuntaban a distintos lugares, algunos basados en recuerdos, inferencias o relatos de terceros. Que una posibilidad se mencione en los medios no la convierte en un hecho probado: ninguna de esas hipótesis permitió recuperar los restos ni establecer de forma concluyente qué ocurrió con ellos.

Qué resolvieron los tribunales y qué quedó sin aclarar

En 2012, la Audiencia de Sevilla condenó a Miguel Carcaño por el asesinato de Marta. La pena quedó finalmente fijada en 21 años y tres meses de prisión, tras la revisión del Tribunal Supremo, que añadió un año y tres meses a la condena inicial de 20 años. Los demás adultos juzgados en el proceso principal fueron absueltos por falta de pruebas suficientes. La sentencia atribuyó a Carcaño la muerte, pero no despejó la incógnita sobre el lugar donde dejó el cuerpo.

El entonces menor conocido como El Cuco fue juzgado por separado y condenado por encubrimiento. Años después, en junio de 2022, él y su madre fueron condenados por falso testimonio en relación con el juicio celebrado en 2011. La resolución añadió un nuevo capítulo judicial, pero no aportó una localización verificada de los restos. Las condenas por delitos vinculados al caso no deben confundirse con una respuesta sobre el paradero de Marta.

La diferencia resulta importante porque el lenguaje cotidiano suele resumir el caso como si todo se hubiera resuelto con una condena. Los tribunales establecieron la responsabilidad penal de Carcaño por el asesinato, pero no lograron reconstruir con certeza el recorrido posterior del cuerpo ni acreditar la participación de todos los sospechosos que aparecieron en las distintas versiones. Una sentencia puede cerrar la cuestión penal respecto de una persona y dejar abiertas preguntas materiales esenciales, como ocurrió aquí.

Por eso, decir que el caso está sin resolver requiere precisión. El asesinato tuvo una condena, pero el cuerpo no ha aparecido y el destino de Marta no se ha esclarecido. La investigación penal y los procesos judiciales dejaron una explicación limitada sobre lo ocurrido, mientras que la búsqueda física no produjo el hallazgo que permitiría confirmar el lugar final. La incógnita no es quién fue condenado, sino qué ocurrió con el cuerpo después del crimen.

Las búsquedas posteriores tampoco dieron resultado

Las operaciones no terminaron con los rastreos iniciales de 2009. En septiembre de ese año se buscó en una parcela de Camas por orden judicial. Más adelante se señalaron otros terrenos y zonas rurales, y las declaraciones de Carcaño siguieron generando nuevas líneas de búsqueda. En 2013 llegó a responsabilizar a su hermanastro y situó el cuerpo en una finca de La Rinconada; esa versión fue considerada poco creíble por la Fiscalía y la búsqueda posterior no encontró restos.

En 2014 se investigó una escombrera cercana a una ruta entre Sevilla y Camas, después de que una prueba P300 se asociara a esa zona. Allí se recuperaron fragmentos óseos, pero los análisis indicaron que pertenecían a personas fallecidas entre 100 y 200 años antes. El hallazgo de huesos no significó que se hubiera encontrado a Marta: las pruebas permitieron descartar que esos restos correspondieran a la joven.

En 2017 se organizó otra búsqueda en el Guadalquivir, en una zona señalada a partir de un estudio geofísico y de testimonios que llevaron a revisar el fondo del río. El operativo terminó el 24 de febrero sin hallar indicios relevantes sobre el cuerpo. Como en ocasiones anteriores, la intervención agotó una pista sin confirmar la explicación que la había originado. La acumulación de búsquedas fallidas no permite concluir dónde está Marta; solo muestra que los lugares examinados no proporcionaron una respuesta.

Las operaciones incluyeron tanto espacios abiertos como zonas de difícil acceso y grandes cantidades de residuos. En las primeras fases intervinieron policías, Guardia Civil, unidades de rescate, especialistas subacuáticos, bomberos y otros equipos. El despliegue fue excepcional por su amplitud, pero ni los medios movilizados ni la repetición de los rastreos pudieron compensar la ausencia de una indicación fiable y definitiva. El cuerpo nunca apareció en las zonas examinadas.

Por qué sigue siendo tan difícil saber dónde se encuentra

La dificultad central es que la investigación nunca partió de una localización confirmada. El río, los contenedores, el vertedero y los terrenos señalados en otras declaraciones son escenarios incompatibles entre sí, y ninguno quedó acreditado como destino final. Buscar sin un punto fiable obliga a cubrir áreas extensas, mientras que cada versión nueva puede desviar recursos hacia una zona distinta.

También pesa el tiempo transcurrido antes de que algunas de las búsquedas comenzaran. En un río, el agua y el movimiento de sedimentos complican el rastreo; en un vertedero, los residuos se acumulan y mezclan; en terrenos abiertos, una zona amplia puede contener numerosos lugares difíciles de inspeccionar. Estos factores explican por qué encontrar restos puede ser complejo, pero no permiten asegurar que el cuerpo esté en uno de esos espacios. La dificultad técnica no convierte una hipótesis en una conclusión.

Otra pregunta que permanece es si las declaraciones cambiantes respondían a un intento deliberado de confundir o a otros motivos. Carcaño llegó a atribuir sus contradicciones a presiones y a señalar a diferentes personas, pero los relatos no ofrecieron una versión única y verificable. La sentencia y las pruebas disponibles fijaron su responsabilidad por el asesinato; no determinaron por qué cada pista sobre el cuerpo resultó falsa o inútil.

El caso también dejó una discusión sobre la actuación inicial ante la desaparición de menores y el tratamiento mediático de la víctima y de su entorno. La familia reclamó una respuesta rápida y mantuvo durante años la búsqueda de información; las movilizaciones tuvieron una repercusión nacional. Ese debate ayuda a entender el impacto social del caso, aunque no debe confundirse con la evidencia sobre el lugar donde quedó Marta. La atención pública sostuvo la pregunta, pero no sustituyó las pruebas que faltaban.

La memoria pública y una pregunta sin respuesta

La desaparición y el asesinato de Marta provocaron manifestaciones, campañas y peticiones de cambios en las penas. Su familia reclamó encontrarla y expresó su malestar por la diferencia entre las condenas previstas inicialmente por la Fiscalía y las que finalmente recibieron los acusados. El caso quedó asociado también a la cobertura intensiva de los medios y al examen público de declaraciones que, en ocasiones, cambiaban antes de ser confirmadas.

En 2021, la directora Paula Cons estrenó la docuserie ¿Dónde está Marta?, de tres episodios, que revisa el caso a través de testimonios, pruebas y procesos judiciales. La producción volvió a poner el foco en la diferencia entre el crimen condenado y el destino desconocido del cuerpo. Ni el documental ni la atención renovada alteraron el dato fundamental: las búsquedas descritas en la información disponible no han permitido localizar a Marta.

Más de una década después de su desaparición, la respuesta sigue siendo que no se sabe dónde está su cuerpo. Carcaño cumple una condena por asesinato, pero ninguna de las versiones que condujeron a operativos en el río, el vertedero o distintos parajes acabó confirmándose con el hallazgo de los restos. Mientras no aparezca una prueba concluyente, cualquier ubicación concreta seguirá siendo una hipótesis, y la pregunta que da nombre al caso continuará sin una respuesta cierta.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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