Salud
Ibuprofeno o paracetamol: diferencias, usos y riesgos
El tipo de dolor y los antecedentes de salud influyen en la elección, pero también importan las dosis y los riesgos.

Ibuprofeno y paracetamol pueden aliviar el dolor y bajar la fiebre, pero no actúan del mismo modo ni tienen los mismos riesgos. El ibuprofeno es un antiinflamatorio no esteroideo (AINE): suele ser más útil cuando el dolor se acompaña de inflamación. El paracetamol calma el dolor y reduce la fiebre, aunque apenas tiene efecto antiinflamatorio; puede encajar mejor ante molestias generales o cuando hay que evitar la irritación gástrica asociada a los AINE.
La elección también depende de la edad, el embarazo, las enfermedades previas y otros medicamentos. No existe una opción universalmente mejor, y que un fármaco se venda sin receta no significa que sea adecuado para todo el mundo. La pauta prudente es usar la menor dosis eficaz durante el menor tiempo posible, respetar el prospecto y pedir consejo sanitario si hay factores de riesgo, síntomas persistentes o dudas sobre una combinación.
Dos mecanismos distintos para aliviar dolor y fiebre
El ibuprofeno reduce la producción de prostaglandinas, sustancias que participan en el dolor, la fiebre y la inflamación. Lo hace bloqueando de forma reversible enzimas implicadas en su fabricación. Al actuar también en los tejidos inflamados, puede aliviar la hinchazón y el dolor asociado, además de bajar la temperatura. Esa acción explica su utilidad en molestias dentales, menstruales y musculoesqueléticas, pero también parte de sus precauciones: las prostaglandinas intervienen en funciones que protegen el estómago y contribuyen al flujo sanguíneo de los riñones.
El paracetamol ejerce buena parte de su efecto en el sistema nervioso central. Modula las vías que procesan el dolor y la fiebre, pero no reduce de forma relevante la inflamación en los tejidos periféricos. Por eso puede ser eficaz ante cefalea, fiebre o malestar difuso, aunque quizá no baste por sí solo cuando la inflamación es el componente principal, como puede ocurrir con una lesión hinchada o un dolor dental intenso.
En términos cotidianos, ambos pueden aliviar, pero no son intercambiables en todas las circunstancias. El ibuprofeno añade acción antiinflamatoria y puede afectar al aparato digestivo, los riñones o la presión arterial en personas vulnerables. El paracetamol suele ser menos agresivo para el estómago a dosis habituales, pero una cantidad excesiva puede causar daño hepático grave. La fama de medicamento suave no elimina la necesidad de contar cada dosis.
Cuánto tardan en hacer efecto y cuánto dura el alivio
Los dos se absorben por vía oral con relativa rapidez. El alivio puede empezar a notarse aproximadamente entre los 30 y los 60 minutos, aunque el momento y la intensidad varían según la persona, la formulación y si se ha comido. El ibuprofeno puede tardar algo más en absorberse si se toma con alimentos; tomarlo después de comer puede mejorar la tolerancia digestiva, pero no suprime el riesgo de úlcera o sangrado.
Como orientación general, el efecto analgésico del paracetamol suele durar entre 4 y 6 horas, y el del ibuprofeno, entre 6 y 8 horas en dosis habituales. Las presentaciones y las indicaciones concretas pueden modificar estos intervalos, así que la pauta del envase es la referencia para los productos sin receta. No conviene adelantar una toma porque el alivio parezca incompleto ni repetirla cuando el síntoma ya ha remitido: el intervalo forma parte de la seguridad.
La duración no convierte automáticamente al ibuprofeno en una opción superior. Si el dolor procede de una causa que necesita valoración o tratamiento, prolongar el alivio puede ocultar temporalmente el problema sin resolverlo. Un dolor que empeora, persiste o vuelve con frecuencia merece atención, sobre todo si se acompaña de síntomas nuevos o intensos.
El tipo de dolor orienta, pero no decide por sí solo
Ante una cefalea tensional, la fiebre de un catarro o el malestar general, el paracetamol puede aliviar sin añadir el efecto irritante gástrico propio de los AINE. Si el dolor de cabeza es más intenso o tiene un componente inflamatorio, el ibuprofeno puede ayudar en algunos casos, pero una cefalea recurrente o diferente de lo habitual no debería tratarse indefinidamente con analgésicos. La causa y los antecedentes de la persona también cuentan.
En el dolor de garganta, cualquiera de los dos puede reducir el dolor y la fiebre. Si predomina la inflamación, el efecto antiinflamatorio del ibuprofeno puede aportar alivio adicional; si hay sensibilidad gástrica o antecedentes de úlcera, el paracetamol puede ser una alternativa más adecuada, siempre que no exista una contraindicación propia. La dificultad para respirar, el empeoramiento marcado o una fiebre persistente requieren valoración sanitaria, en vez de limitarse a cambiar de medicamento.
El ibuprofeno suele tener ventaja cuando el dolor está ligado a inflamación, como en algunas molestias dentales, esguinces leves o dolor menstrual. Durante la regla, las prostaglandinas intervienen en los cólicos; reducir su producción ayuda a explicar por qué un AINE puede funcionar mejor que el paracetamol en ese contexto. En una extracción dental, puede aliviar el dolor mientras llega el seguimiento indicado, pero no sustituye la revisión del dentista si el dolor es intenso, aumenta o aparecen signos de infección.
Una contractura o una lesión también puede tener componentes distintos. Cuando predominan la hinchazón y la inflamación, el ibuprofeno puede resultar más eficaz; si se trata de una molestia leve sin inflamación evidente, el paracetamol puede ser suficiente para algunas personas. En cualquier caso, que el dolor disminuya no demuestra que la lesión esté curada. La duración, la intensidad y la limitación de movimiento ayudan a decidir si hace falta una evaluación profesional.
Fiebre infantil y embarazo requieren más cautela
En niños, tanto el paracetamol como el ibuprofeno pueden bajar la fiebre y aliviar el malestar, pero la dosis se calcula según el peso y la presentación del medicamento. Como referencias habituales, se emplean 10-15 mg por kilo por toma de paracetamol y 5-10 mg por kilo por toma de ibuprofeno; los intervalos y máximos dependen del producto y deben seguir su prospecto o la pauta indicada por un profesional. No se debe calcular una cantidad en mililitros sin comprobar la concentración del jarabe.
El dosificador incluido en el envase es más fiable que una cuchara doméstica, y anotar la hora de cada toma reduce el riesgo de repetir una dosis por error. También conviene revisar los preparados para el resfriado: algunos ya contienen paracetamol y sumarlos puede elevar inadvertidamente la cantidad total. Alternar los dos medicamentos de rutina no es aconsejable, porque complica los horarios y facilita errores; cualquier pauta combinada debe estar claramente indicada.
En menores de 3 meses, la fiebre requiere consulta sanitaria. También conviene pedir valoración si el niño está muy decaído, presenta signos de deshidratación, una erupción inusual, dolor persistente o un empeoramiento que no encaja con un cuadro leve. El objetivo no es perseguir una cifra aislada del termómetro, sino atender el estado general y la causa posible; un antitérmico alivia síntomas, pero no trata la infección que los provoca.
Durante el embarazo, el ibuprofeno y otros AINE deben evitarse en el tercer trimestre y no deben tomarse desde la mitad del embarazo salvo indicación médica y seguimiento. El paracetamol suele considerarse una opción cuando hace falta tratar dolor o fiebre, pero la decisión debe ajustarse al caso, con la dosis mínima necesaria y durante el menor tiempo posible. En lactancia, ambos se consideran compatibles en muchos casos, aunque los antecedentes y la situación clínica pueden cambiar la elección.
Los riesgos que inclinan la balanza
El ibuprofeno puede causar acidez o irritación digestiva y, en algunos casos, gastritis, úlcera o sangrado. El riesgo aumenta con dosis elevadas o uso prolongado y en personas mayores, con antecedentes de úlcera o que toman anticoagulantes o corticoides. Tomarlo con comida puede mejorar las molestias, pero no elimina la posibilidad de complicaciones. Si aparece dolor intenso de estómago, vómitos con sangre o heces negras, hace falta atención médica urgente.
Los riñones también pueden verse afectados, especialmente si ya existe enfermedad renal, hay deshidratación o se toman diuréticos y ciertos medicamentos para la tensión. El ibuprofeno puede reducir el flujo sanguíneo renal en esas circunstancias y también elevar la presión arterial o favorecer la retención de líquidos en algunas personas. Quien tenga hipertensión mal controlada, insuficiencia renal o enfermedad cardiovascular debe consultar antes de usarlo, en lugar de asumir que una dosis breve es inocua.
A dosis altas y durante un uso prolongado, el ibuprofeno puede elevar el riesgo cardiovascular. La información de referencia señala una preocupación particular a partir de 2.400 mg diarios, mientras que la dosis máxima sin receta en España es de 1.200 mg al día. Las dosis superiores corresponden a tratamientos prescritos y supervisados, no a la automedicación. Si hay antecedentes de infarto, ictus u otros problemas cardiovasculares, la elección requiere valorar el caso con un profesional.
El principal riesgo del paracetamol es el hígado. Una sobredosis puede provocar lesiones graves aunque al principio no haya síntomas llamativos. El error puede producirse al sumar comprimidos con sobres o jarabes para el catarro que contienen el mismo principio activo. El máximo diario depende de la presentación, la ficha del medicamento y factores personales; las referencias para adultos sanos oscilan entre 3.000 y 4.000 mg al día, pero no debe interpretarse el límite más alto como una meta ni como una pauta válida para todo el mundo.
El bajo peso, una enfermedad hepática y el consumo crónico o elevado de alcohol obligan a extremar la prudencia con paracetamol y pueden exigir límites menores o una alternativa indicada por un profesional. Si se sospecha que se ha superado la dosis, no es prudente esperar a que aparezcan molestias: la intoxicación necesita atención urgente. El paracetamol puede ser más amable con el estómago, pero un exceso puede ser especialmente peligroso para el hígado.
También importan las alergias y las interacciones. Quienes hayan tenido asma, urticaria o reacciones respiratorias tras aspirina u otros AINE deben consultar antes de tomar ibuprofeno. Este puede aumentar el riesgo de sangrado con anticoagulantes y tener interacciones con corticoides, diuréticos, algunos antihipertensivos, litio y otros medicamentos. El paracetamol suele presentar menos interacciones, pero no está libre de ellas; revisar los principios activos de los preparados combinados evita duplicidades.
El alcohol puede complicar el uso de ambos: junto con ibuprofeno aumenta la preocupación por la irritación y el sangrado digestivo, y con paracetamol —en especial en consumo crónico o excesivo— preocupa el daño hepático. Algunas presentaciones efervescentes contienen sodio, un aspecto que puede importar a quienes deben limitarlo por motivos de salud. Por eso, la forma farmacéutica también merece una lectura del prospecto, no solo el nombre del medicamento.
Dosis habituales: qué indican las referencias y dónde está el límite
En adultos, las presentaciones sin receta de ibuprofeno suelen aportar 200 o 400 mg por toma. La cantidad diaria máxima sin supervisión médica es de 1.200 mg; las pautas pueden variar según el producto y deben respetar el intervalo que indique su prospecto. En determinadas enfermedades, un médico puede prescribir dosis superiores, de hasta 2.400 mg diarios, con seguimiento. Ese margen terapéutico no autoriza a aumentar la dosis por cuenta propia.
El paracetamol se comercializa en dosis como 500 y 1.000 mg, pero el intervalo y el máximo diario dependen del medicamento y de la situación de cada persona. Las referencias disponibles sitúan el máximo para adultos sanos entre 3 y 4 gramos al día, aunque puede ser menor por bajo peso, consumo de alcohol, enfermedad hepática u otras circunstancias. Es importante sumar todas las fuentes del principio activo, incluidos los preparados para síntomas de resfriado, y no guiarse únicamente por el número de comprimidos.
En niños, la dosis por peso no basta si se desconoce la concentración del producto. El prospecto establece cuántos mililitros corresponden a cada cantidad del medicamento y cuándo puede repetirse; no se debe trasladar una pauta de un jarabe a otro, aunque ambos contengan el mismo principio activo. Si hay una enfermedad previa, medicación habitual o dificultad para calcular la dosis, el farmacéutico, el pediatra o el médico pueden aclarar la pauta adecuada.
Combinar ambos no es una solución automática
En ciertos cuadros de dolor agudo, un profesional puede indicar paracetamol e ibuprofeno juntos o con horarios alternos. La combinación puede aportar más alivio en situaciones concretas, como algunos dolores tras procedimientos dentales, pero también exige controlar por separado las dosis, los intervalos y las contraindicaciones de cada fármaco. No hay que asumir que dos medicamentos conocidos son seguros por el mero hecho de pertenecer a familias distintas.
La alternancia sistemática para la fiebre no suele aportar una ventaja suficiente como para justificar la complejidad de los horarios, especialmente en niños. Si se considera necesaria una pauta combinada, debe quedar clara y anotarse para evitar repeticiones o confusiones. No conviene improvisar una alternancia porque una toma no haya producido un alivio inmediato o porque la temperatura vuelva a subir.
La misma prudencia se aplica a los productos con varios principios activos. Un sobre para el resfriado puede incluir paracetamol, mientras que un analgésico distinto puede contener ibuprofeno u otro AINE. Antes de añadir una toma, hay que comprobar el nombre de los principios activos y la cantidad total diaria; cambiar de marca no equivale necesariamente a cambiar de medicamento.
Una elección prudente empieza por la causa y los antecedentes
Como orientación general, el ibuprofeno puede encajar mejor cuando el dolor tiene un componente inflamatorio claro y no hay factores que desaconsejen los AINE. El paracetamol puede ser una opción para fiebre, cefalea o malestar general, y suele evitar la irritación gástrica que puede causar el ibuprofeno. Pero la historia clínica, la edad, el embarazo, la función renal o hepática y los tratamientos habituales pueden cambiar esa elección.
Si el dolor no mejora, dura más de lo esperable, empeora o obliga a repetir analgésicos durante varios días, aumentar la dosis no es la respuesta automática. Puede que el origen requiera otro tratamiento o una evaluación. Los analgésicos alivian síntomas, no identifican ni corrigen por sí solos su causa; consultar permite valorar si hace falta cambiar de enfoque.
Leer el prospecto, respetar los intervalos y comprobar los principios activos evita buena parte de los errores domésticos. La diferencia decisiva no está en que uno sea siempre más fuerte o más seguro, sino en que cada uno tiene un mecanismo y un perfil de riesgos distintos. Usarlos con criterio significa atender tanto al tipo de dolor como a la persona que lo padece.

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