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Naturaleza

¿Por qué la desigualdad dispara muertes por calor y frío?

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Un gran estudio europeo pone cifras al riesgo oculto del frío y el calor: vivienda, pobreza y desigualdad deciden quién queda más vulnerable.

La temperatura no mata igual en un ático mal aislado que en una vivienda fresca, ni en un barrio con árboles que en una avenida de asfalto, ni en una ciudad con buenos servicios sanitarios que en una región envejecida y empobrecida. Un estudio liderado por el Instituto de Salud Global de Barcelona, con datos de más de 161 millones de muertes registradas entre 2000 y 2019 en 32 países europeos, pone cifras a una sospecha incómoda: el frío y el calor no son solo fenómenos meteorológicos, también son una forma de desigualdad.

La investigación muestra que las regiones con mayor privación social, más desigualdad económica y más dificultades para mantener una temperatura adecuada en casa son más vulnerables a la mortalidad asociada a la temperatura. El hallazgo tiene una segunda capa, bastante menos intuitiva: las zonas europeas con más PIB, más renta y mayor esperanza de vida resisten mejor el frío, pero pueden sufrir más mortalidad por calor por su intensa urbanización. El dinero compra calefacción, aislamiento y médicos; no siempre compra sombra, aire limpio ni noches soportables. Ahí está la paradoja, servida sin guarnición.

La temperatura también tiene clase social

Durante años, el debate climático se ha contado con mapas de colores, récords térmicos y alertas rojas. Todo necesario, claro. Pero el termómetro, por sí solo, deja fuera una parte esencial de la historia. La misma temperatura puede ser una molestia para una persona y una amenaza seria para otra. Depende de la edad, del estado de salud, del tipo de vivienda, del barrio, del acceso a refrigeración, de la factura eléctrica, del trabajo que se desempeñe y hasta de si alguien puede permitirse cerrar la persiana a media tarde o tiene que seguir repartiendo paquetes bajo el sol.

El estudio analiza precisamente esa zona gris donde la meteorología se cruza con la economía doméstica. No se limita a decir que el calor extremo aumenta la mortalidad, algo ya documentado de sobra. Lo que hace es observar cómo distintos indicadores sociales modifican ese riesgo: pobreza energética, desigualdad de ingresos, privación material y social, envejecimiento, PIB per cápita, renta de los hogares, esperanza de vida. La pregunta de fondo es sencilla y brutal: cuando llega el frío o aprieta el calor, quién tiene más probabilidades de morir antes de tiempo.

La respuesta no cae como un rayo en un cielo despejado. Las regiones con más dificultades sociales aparecen como territorios más frágiles ante las temperaturas no óptimas. Esto incluye tanto el frío como el calor, aunque el peso de cada factor cambia. En invierno, la pobreza energética y las malas condiciones de la vivienda actúan como una trampa silenciosa. En verano, el riesgo se reparte de forma más compleja: los hogares vulnerables sufren mucho, pero las ciudades ricas y densas también acumulan calor como una sartén olvidada al fuego.

Hay una idea que conviene no perder: no hablamos solo de olas de calor. Muchas muertes asociadas a la temperatura se producen fuera de los episodios más espectaculares, esos que abren informativos con termómetros callejeros marcando cifras de ciencia ficción. El cuerpo humano no necesita una postal apocalíptica para descompensarse. A veces basta con varios días seguidos sin descanso térmico, una noche tropical tras otra, una vivienda que no baja de 29 grados, una persona mayor que bebe poco, una enfermedad cardiovascular previa y nadie llamando a la puerta.

Un estudio europeo de escala poco habitual

La fuerza de esta investigación está en su tamaño y en su enfoque territorial. Los autores han trabajado con una base diaria de mortalidad entre 2000 y 2019, cubriendo 654 regiones de 32 países europeos. Es decir, no se han quedado solo con grandes capitales o con áreas urbanas fáciles de medir. Han incluido población urbana y rural, una diferencia importante porque el riesgo térmico no vive solo en el centro de Madrid, París o Roma; también aparece en pueblos envejecidos, viviendas antiguas, comarcas con servicios dispersos y zonas donde el transporte público es más deseo que realidad.

El método compara escenarios hipotéticos. Uno con condiciones socioeconómicas favorables y otro con condiciones desfavorables. A partir de ahí, estima cuántas muertes asociadas a temperaturas no óptimas podrían vincularse a determinados factores sociales. La incapacidad para mantener el hogar caliente aparece asociada a más de 300.000 muertes atribuibles a la temperatura en Europa. La desigualdad de ingresos y el envejecimiento de la población también pesan de manera notable. No son cifras pequeñas ni marginales. Son el tamaño de una ciudad borrada por una causa que rara vez se escribe así en un certificado de defunción.

El frío sigue teniendo un peso enorme en Europa, a veces olvidado por la lógica visual del cambio climático. El calor deja imágenes más agresivas: incendios, calles vacías a las cuatro de la tarde, ancianos con abanicos, hospitales tensos. El frío mata con menos ruido. Agrava infecciones respiratorias, tensiona el sistema cardiovascular, empeora enfermedades previas, castiga a quienes viven en casas húmedas o mal aisladas. La pobreza energética no es una frase de informe; es una manta más en la cama, un brasero mal usado, una factura que se mira dos veces antes de encender la calefacción.

Y luego está el verano, que ha dejado de ser ese paréntesis alegre de sandía, playa y persianas bajadas. En Europa, entre 2022 y 2024, se estimaron más de 180.000 muertes asociadas al calor. El dato no convierte cada día cálido en tragedia, pero sí obliga a cambiar el marco. La temperatura ya funciona como un determinante de salud pública. Como el tabaco, la contaminación, la renta o el código postal. Menos visible quizá, porque entra por la ventana y parece natural. Pero no lo es todo. Una parte del daño se construye: con urbanismo pobre, vivienda deficiente, soledad, desigualdad y políticas que llegan tarde, cuando llegan.

Frío, pobreza energética y viviendas que enferman

La vivienda es el primer refugio climático. O debería serlo. En muchas casas, sin embargo, se convierte en una caja térmica defectuosa: pierde calor en invierno, acumula calor en verano y obliga a sus habitantes a vivir pendientes de una factura que no perdona. Mantener una temperatura adecuada no es un lujo doméstico, sino una condición básica de salud. La diferencia entre una casa aislada y una vivienda húmeda, vieja o mal ventilada puede ser la diferencia entre pasar una mala noche y terminar en urgencias.

España conoce bien ese problema. No solo por el calor, también por el frío de interiores. Hay viviendas que parecen diseñadas para otro siglo, otro clima y otra economía familiar. Paredes finas, ventanas antiguas, patios sin ventilación, tejados que cuecen en julio, bajos que hielan en enero. El sur de Europa ha vivido durante años con la idea de que el frío era cosa del norte. Error de manual. El frío en una casa mal acondicionada no necesita nieve. Le basta con humedad, mala orientación y una renta ajustada.

El estudio europeo ayuda a entender por qué las estadísticas sanitarias no pueden separarse de las estadísticas sociales. Una persona mayor con una pensión baja, sola, en un cuarto piso sin ascensor y con una vivienda mal aislada no afronta el invierno como quien vive en una casa eficiente y puede pagar calefacción sin hacer equilibrios. El cuerpo también hace cuentas, aunque no use calculadora. Cuando la temperatura cae, el organismo trabaja más para mantener el equilibrio interno. Si ya hay enfermedad, edad avanzada o mala alimentación, el margen se estrecha.

La pobreza energética suele explicarse con el ejemplo de encender o no encender la calefacción, pero el asunto es más ancho. Incluye hogares que gastan demasiado en energía para sus ingresos, familias que retrasan pagos, personas que reducen otros consumos básicos para poder calentar la casa, viviendas con moho, mala ventilación o instalaciones obsoletas. La desigualdad térmica no aparece de golpe durante una ola de frío; se cocina durante años de alquileres altos, rehabilitación insuficiente y barrios donde la eficiencia energética es una palabra elegante que nunca baja al portal.

La cuestión incómoda es que muchas políticas climáticas han hablado de emisiones, renovables y transición con un lenguaje de grandes paneles. Todo eso importa. Pero una transición que no baja a la vivienda concreta, al bloque envejecido, al barrio vulnerable, se queda coja. El clima entra por las ventanas. También por las grietas.

La paradoja urbana: la riqueza no siempre protege del calor

El dato más llamativo del estudio es que las regiones con más PIB per cápita, más renta y mayor esperanza de vida muestran menor vulnerabilidad al frío, pero mayor mortalidad por calor. Puede sonar contraintuitivo. Uno imagina que donde hay más dinero hay mejores hospitales, más aire acondicionado, mejores infraestructuras y más capacidad de respuesta. Y en parte es verdad. Pero el calor tiene una lógica traicionera: no solo mira la renta, mira el diseño físico de la ciudad.

Las zonas más ricas suelen estar muy urbanizadas. Mucho asfalto, mucho hormigón, mucha actividad económica, mucho tráfico, edificios que acumulan calor durante el día y lo devuelven por la noche como un radiador cansado. Es el efecto isla de calor urbana: las ciudades registran temperaturas superiores a su entorno por la absorción de calor, la falta de vegetación, la densidad de construcción y la escasa ventilación natural. Una ciudad rica puede tener buenos hospitales y, al mismo tiempo, calles que en agosto funcionan como túneles de aire caliente.

No, el PIB no da sombra. Tampoco baja automáticamente la temperatura nocturna ni planta árboles en avenidas convertidas en planchas. La riqueza puede reducir ciertas vulnerabilidades, pero puede aumentar la exposición al calor si se concentra en modelos urbanos duros, densos y poco verdes. Grandes áreas metropolitanas, centros financieros, barrios con poco suelo permeable, periferias pegadas a autovías, viviendas en áticos mal aislados. El calor encuentra rendijas incluso en territorios prósperos.

La diferencia está en cómo se distribuye el daño dentro de esas regiones. En una ciudad rica, no todos viven la misma ciudad. Hay quien se refugia en una vivienda climatizada, trabaja en una oficina refrigerada y se mueve en transporte privado. Hay quien limpia habitaciones, reparte comida, cuida mayores, trabaja en obra, cocina en locales pequeños o duerme en una habitación interior sin ventilación. La desigualdad dentro de la riqueza es una de las grandes trampas del calor urbano. Desde fuera, la región parece próspera; desde dentro, el riesgo se reparte por plantas, códigos postales y nóminas.

La noche es clave. El cuerpo necesita recuperar temperatura durante el descanso. Cuando las mínimas no bajan, aumenta el estrés fisiológico, se deteriora el sueño y se agravan patologías previas. Las noches tropicales y tórridas no son una anécdota meteorológica para tertulias de ascensor. Son un problema sanitario. Especialmente para mayores, bebés, personas con enfermedades crónicas, trabajadores expuestos y hogares sin refrigeración suficiente.

España ante un termómetro cada vez menos anecdótico

España llega a este debate con el clima ya sentado en la mesa. Abril de 2026 fue el abril más cálido de la serie histórica nacional, con una temperatura media de 15,1 grados en la España peninsular, 3,2 grados por encima del periodo de referencia 1991-2020. También fue un mes muy seco. No es una prueba aislada de nada por sí sola, pero encaja en una secuencia que ya resulta difícil despachar con el viejo “siempre ha hecho calor”. Siempre ha hecho calor, sí. También siempre ha habido mala política, y no por eso se recomienda repetirla.

El calentamiento en Europa avanza más deprisa que la media global. El continente se ha convertido en un laboratorio incómodo de adaptación climática, con veranos más exigentes, inviernos irregulares, sequías, inundaciones y episodios extremos que tensionan infraestructuras pensadas para otro patrón. En España, la combinación de envejecimiento, vivienda vulnerable, desigualdad territorial y urbanismo mineral crea un cóctel delicado. No todo el país está expuesto del mismo modo, ni todas las personas tienen las mismas herramientas.

Las grandes ciudades españolas han avanzado en planes de sombra, refugios climáticos, renaturalización urbana y alertas sanitarias. Bien. Pero el reto va más allá de abrir bibliotecas con aire acondicionado durante una ola de calor. Eso ayuda, desde luego, pero no sustituye una política de vivienda seria, rehabilitación energética masiva, barrios con árboles maduros, centros de salud preparados y servicios sociales capaces de detectar a quien vive solo antes de que el calor le pase por encima.

También existe una España rural vulnerable, menos visible en las imágenes de asfalto y rascacielos. Pueblos envejecidos, casas antiguas, servicios sanitarios lejanos, transporte escaso, soledad. Allí el frío puede seguir siendo un golpe duro y el calor llega con menos ruido mediático, pero llega. La adaptación climática no puede ser solo una agenda de capitales. Debe bajar a comarcas, municipios pequeños y viviendas concretas. El mapa del riesgo no termina en la M-30 ni en la ronda de ninguna gran ciudad.

La salud pública no puede limitarse a avisar del peligro

Las alertas meteorológicas salvan vidas, pero tienen un límite evidente: avisar no equivale a proteger. Decirle a una persona vulnerable que no salga de casa durante una ola de calor sirve de poco si su casa es precisamente el lugar más peligroso. Recomendar hidratación, persianas bajadas y evitar esfuerzos está bien, pero roza el cinismo si quien escucha trabaja al sol, vive en una habitación alquilada o no puede pagar refrigeración. Ahí el consejo se queda en folleto. Limpio, correcto, insuficiente.

Una política eficaz contra la mortalidad asociada a la temperatura necesita mezclar salud, vivienda, urbanismo y protección social. Rehabilitar edificios no es solo una medida energética; también es prevención sanitaria. Plantar árboles no es decoración amable para renders municipales; es infraestructura contra el calor. Adaptar horarios laborales en sectores expuestos no es un capricho sindical; es gestión del riesgo. Acompañar a mayores que viven solos no es caridad de barrio; es salud pública de precisión.

El estudio empuja precisamente en esa dirección. Si los factores socioeconómicos modifican la vulnerabilidad al calor y al frío, las políticas climáticas deben incorporar esos factores desde el diseño, no como nota al pie. No basta con saber qué día subirá la temperatura. Hay que saber quién vive bajo cubiertas mal aisladas, quién no puede pagar energía, quién tiene más de 80 años, quién está solo, qué barrios concentran menos sombra, qué centros de salud atienden más patologías sensibles al calor y dónde se cruzan todas esas capas.

La adaptación climática suele venderse con grandes palabras. Resiliencia, mitigación, transición, neutralidad. Algunas son útiles, otras parecen sacadas de una reunión eterna con café malo. En la calle, la adaptación se entiende mejor así: que una persona mayor pueda dormir sin que su casa sea un horno; que un niño no haga deberes en una habitación a 31 grados; que un trabajador no tenga que elegir entre jornal y golpe de calor; que una familia no tema encender la calefacción en enero. Menos épica, más ladrillo, árbol y recibo.

El nuevo mapa de la mortalidad climática

El estudio europeo no dice que cada muerte por frío o calor sea evitable, ni que la desigualdad lo explique todo. La salud humana es un territorio complejo: edad, enfermedades previas, contaminación, hábitos, acceso sanitario, clima local y azar se mezclan de forma difícil. Pero sí muestra algo decisivo: la vulnerabilidad se distribuye socialmente. No cae como lluvia fina sobre todos por igual. Tiene rutas, barrios, edades y facturas.

Ese enfoque cambia la manera de mirar las cifras. Cuando se habla de muertes asociadas al calor, conviene preguntar dónde se produjeron, en qué tipo de hogares, con qué edad, bajo qué condiciones urbanas y con qué red de apoyo. Cuando se habla de frío, hay que mirar pobreza energética, aislamiento, humedad, retrasos en pagos, pensiones bajas y sistemas de atención primaria. La meteorología aporta el golpe. La desigualdad decide muchas veces quién encaja peor.

Europa se enfrenta a un doble movimiento. El frío continúa pesando mucho en la mortalidad relacionada con la temperatura, pero el calor gana terreno conforme el calentamiento avanza. Esto no permite bajar la guardia en invierno ni concentrarlo todo en verano. Obliga a pensar en viviendas habitables todo el año. Frescas cuando el sol aprieta, cálidas cuando baja la temperatura, ventiladas, eficientes, asequibles. Suena básico. Lo básico suele ser lo más revolucionario cuando no está garantizado.

España, por posición geográfica y estructura social, debería leer este estudio como una advertencia temprana, no como una curiosidad académica. Hay datos, hay señales y hay experiencia reciente. Las olas de calor ya no son interrupciones excepcionales del verano: forman parte del paisaje sanitario. El frío doméstico tampoco es un residuo de otra época. Ambos riesgos se agravan cuando la vivienda falla y la renta no alcanza.

La vivienda como primera defensa climática

La gran lección es sencilla, aunque cueste asumirla: el clima no se combate solo mirando al cielo. Se combate también mirando la nómina, el barrio y la casa. La temperatura entra en el cuerpo atravesando paredes, ventanas, asfaltos, horarios laborales y redes de cuidado. Por eso la mortalidad asociada al frío y al calor no puede abordarse como una sucesión de emergencias estacionales, sino como una política permanente de salud pública.

El estudio coloca a Europa ante una evidencia incómoda. Las desigualdades económicas no solo condicionan la educación, la alimentación o la esperanza de vida. También deciden cómo se soporta una madrugada helada o una noche sin aire. Y cuando el termómetro se sale del rango amable, esa diferencia deja de ser estadística para convertirse en biografía. Una factura que no se puede pagar. Una ventana que no aísla. Una calle sin sombra. Un ascensor que no existe. Un hospital demasiado lejos.

El calor y el frío seguirán llegando. La cuestión es si encontrarán sociedades algo más preparadas o el mismo decorado de siempre, con discursos brillantes arriba y viviendas vulnerables abajo. Porque el termómetro, pobre, solo marca grados. Lo demás lo ponemos nosotros.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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