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De qué murió Mabel Montes: adiós a la periodista gallega

Muere Mabel Montes, histórica periodista de la TVG y Radio Galega, tras una larga enfermedad, figura clave del periodismo público en Galicia.
La periodista gallega Mabel Montes ha muerto este martes, según han comunicado desde la corporación pública gallega y han recogido distintos medios. La noticia ha caído como un golpe seco en la Televisión de Galicia (TVG) y la Radio Galega, donde su nombre llevaba años escrito en la rutina de la casa: informativos primero, meteorología después, radio en la última etapa. En lo esencial no hay dudas: falleció tras una larga enfermedad, fórmula compartida de manera consistente en las informaciones conocidas hasta ahora y en los mensajes de despedida. Lo demás —el diagnóstico concreto, el detalle clínico— no se ha hecho público, y conviene respetar ese límite porque también forma parte del hecho: se puede contar la verdad sin invadir la intimidad.
Sobre la edad, hay una pequeña discrepancia en las primeras referencias: algunos medios la sitúan en 50 años y otros en 49. Son esos desajustes que aparecen cuando la noticia va más rápida que la confirmación administrativa, o cuando una redacción toma como base una ficha y otra se apoya en un dato distinto. No cambia la dimensión del suceso, pero sí ayuda a fijar el marco: hablamos de una profesional en plena madurez, con una carrera consolidada, no de un “final de trayecto” previsto por la biología. Y esa sensación —la de que no tocaba, la de que queda trabajo por hacer— está en el tono del luto compartido dentro y fuera de la CRTVG.
De Zas a la CRTVG: casi tres décadas de oficio en la misma casa
Montes era natural de Zas (A Coruña), un origen que en Galicia no es un simple dato de color, porque el mapa local pesa: marca acentos, referencias, la manera de estar en una conversación y, muchas veces, la forma de contar. Se incorporó a la redacción de informativos de la CRTVG en 1997. Esa fecha, dicho así, puede sonar a calendario frío; en realidad describe una época completa. Entrar en una redacción a finales de los noventa era vivir entre teléfonos fijos, escaleras de última hora, notas dictadas deprisa, cintas, un internet todavía a medias… y un aprendizaje donde el criterio se afilaba a base de jornadas largas y presión constante.
En esos años se vinculó a espacios informativos reconocibles para la audiencia gallega, con paso por programas como “Galicia Noticias” y por distintos telexornais. Quienes la despiden insisten en una idea que no es un elogio genérico, sino una descripción profesional: mirada propia, precisión, exigencia. Dicho en lenguaje de redacción: alguien que no traga con la primera versión, que revisa, que pregunta una vez más, que cuida el matiz aunque la escaleta esté ardiendo. Eso, en un medio público, es doblemente relevante: por un lado porque se trabaja con un mandato de servicio; por otro, porque el entorno nunca es completamente neutro y la tensión sobre lo que se cuenta —y lo que se decide no contar— siempre existe en mayor o menor medida.
Su trayectoria tuvo también una dimensión muy gallega y muy concreta: el cuidado por la lengua. No es una coletilla. En televisión y radio autonómicas, el idioma no es “decorado”; es herramienta y, a veces, campo de batalla cotidiano: rótulos, pronunciaciones, nombres propios, términos técnicos que no siempre tienen equivalentes asumidos por todo el mundo. Que una profesional sea recordada por ese cuidado apunta a algo más profundo: respeto por la audiencia y por el oficio, sin aspavientos.
El giro a “O Tempo”: cuando el cielo se convierte en noticia diaria
En 2012, Mabel Montes pasó a formar parte del equipo de meteorología de la TVG, en el entorno de “O Tempo”. Desde fuera, la meteorología se mira a veces como un formato amable, casi ligero. En Galicia, esa idea dura poco. Aquí el tiempo no es un tema de conversación por educación; es un factor que te organiza el día, el trabajo y hasta el humor. La costa y el interior viven con ritmos distintos; el viento no significa lo mismo en una ría que en una carretera alta con niebla; una alerta por mar de fondo no es un titular vistoso, es un aviso que puede evitar una tragedia.
Por eso, el papel de quien comunica el tiempo en una televisión autonómica tiene algo de traductor: convertir mapas, modelos y términos técnicos en decisiones comprensibles sin caer en el infantilismo ni en el alarmismo. Si se exagera, se desgasta la credibilidad; si se minimiza, se pierde la función pública. El hueco que deja Montes se entiende en esa clave: no se trata solo de “una cara conocida”, sino de una profesional que durante años formó parte del tejido diario de la información útil, la que acompaña sin reclamar protagonismo.
A la vez, esa etapa refuerza otro rasgo que se repite en las despedidas: su manera de trabajar era minuciosa. En meteorología, la minuciosidad se nota con facilidad, porque el error se paga rápido. No hay margen para inventar, ni para adornar lo que no se sabe, ni para presentar como certeza lo que es una probabilidad. Ese hábito —hablar con precisión, modular la afirmación, decir “esto es lo más probable” sin convertirlo en sentencia— es periodismo en estado puro, aunque el tema sea la lluvia.
Radio Galega y “Atmosféricos”: la voz que sigue cuando la cámara se apaga
En los últimos años, su presencia se sintió con fuerza también en la Radio Galega, donde desarrolló una parte importante de su etapa final. La radio es otro animal: no hay mapa que te salve, no hay gesto que complete una frase, no hay rótulo que arregle una duda. Todo depende de la palabra, del ritmo, de la claridad. En esa esfera se la recuerda como una voz asentada, reconocible, profesional.
Entre los datos que han trascendido en estas horas figura su vinculación con “Atmosféricos”, un espacio relacionado con la meteorología y la divulgación del tiempo, citado en informaciones que recogen reacciones de entidades profesionales del periodismo en Galicia. Ese detalle ayuda a dibujar un perfil más completo: no era únicamente el rostro de un tramo televisivo; también era alguien que trabajaba el contenido, que lo sostenía desde dentro y, en ocasiones, desde la coordinación. La muerte de una periodista así no deja un vacío solo en pantalla; deja un hueco en la cocina del medio, donde se planifica, se ajusta, se discute, se edita y se decide qué se dice y cómo se dice.
En este punto conviene subrayar un matiz humano que suele perderse: cuando una persona trabaja años en una casa como la CRTVG, su identidad profesional se mezcla con la vida cotidiana de quienes la rodean. La noticia no se vive únicamente como un fallecimiento; se vive como la ausencia de alguien con quien se ha compartido madrugones, guardias, cambios de guion, coberturas difíciles, alegrías pequeñas. Esa dimensión explica el tono de luto que ha recorrido el entorno de la TVG y la Radio Galega desde que se conoció el fallecimiento.
“Venres Negros”: la protesta silenciosa que se convirtió en símbolo
La figura de Mabel Montes aparece ligada, además, a una de las imágenes más persistentes de los últimos años en la radiotelevisión pública gallega: los “Venres Negros”. Se trata de una movilización sostenida en el tiempo por profesionales que, bajo el paraguas del colectivo Defende a Galega, denuncian manipulación informativa y reclaman más pluralidad e independencia editorial. En un país que a veces confunde protesta con ruido, lo llamativo de los “Venres Negros” es su sencillez: vestir de negro cada viernes, una señal constante, casi doméstica, pero imposible de ignorar cuando se repite semana tras semana.
En las informaciones publicadas tras su muerte se menciona que Montes mantuvo ese gesto incluso durante su enfermedad. Ese dato, contado sin épica barata, pesa por lo que sugiere: compromiso sostenido cuando ya sería comprensible apartarse, cuando el cuerpo pide otra cosa. Y también explica por qué su nombre se ha convertido estas horas en punto de encuentro para colegas de profesión, no solo por la pérdida personal, sino por lo que representa en un debate de fondo que no ha desaparecido: la calidad democrática de los medios públicos, la confianza de la audiencia, el derecho a una información no condicionada por intereses ajenos a la noticia.
Aquí conviene no simplificar. La conversación sobre pluralidad en los medios públicos es compleja y no se resuelve con consignas. Pero la presencia de una periodista en esas protestas, de forma visible y repetida, indica que su compromiso no era meramente corporativo. No era “quejas de empresa”, dicho con desprecio, sino una forma de entender el periodismo como servicio público real: contar con independencia, asumir que la audiencia merece una información completa, y sostener esa idea incluso cuando incomoda.
Premios Fouciño y la vida fuera del plató: cultura local, comunidad, raíz
Otro elemento que aparece en las referencias de estas horas es su implicación en la organización de los Premios Fouciño en Baio (Zas), una iniciativa cultural vinculada al audiovisual. Este tipo de dato, lejos de ser accesorio, aterriza el retrato. Una cosa es la figura pública, la que entra en casa a través de la pantalla; otra, la persona que empuja proyectos en su territorio, que se implica en eventos donde no hay grandes focos nacionales pero sí un tejido comunitario real.
Que se la mencione como parte activa de esa organización indica una relación estrecha con la cultura de proximidad, con lo que se hace en la comarca, con el talento local que muchas veces trabaja lejos de la primera línea mediática. Hay ahí una coherencia bonita y bastante contundente: la periodista de un medio público que, además, se involucra en iniciativas que dan visibilidad a profesiones del audiovisual menos visibles, a gente que sostiene la imagen desde detrás de la cámara, desde la edición, desde la producción. No es un discurso; es una forma de estar.
En Galicia, esa mezcla de lo profesional y lo local no es excepcional, pero sí valiosa. Porque el periodismo no se hace en el aire: se hace desde lugares, con memoria, con redes humanas. Y cuando falta alguien que conectaba con esa doble dimensión —casa grande del medio y casa pequeña del pueblo—, la pérdida se siente en dos direcciones.
Reacciones y despedidas: lo que se repite cuando el elogio no suena a trámite
Tras conocerse la muerte de Mabel Montes, los mensajes de despedida han insistido en varias claves: rigor, compromiso con la verdad, vocación de servicio público, cercanía y respeto por la lengua. Son palabras muy usadas, sí, pero aquí aparecen con una consistencia que llama la atención, como si distintos interlocutores estuvieran describiendo lo mismo desde ángulos parecidos. Eso suele ocurrir cuando el retrato es compartido de verdad y no un guion de condolencias.
También se repite la idea del “vacío” que deja su ausencia en “O Tempo” y en la radio. En términos de audiencia, es evidente: quien ha visto TVG durante años reconoce rostros y voces como parte de su día. Pero el vacío importante es el interno, el de la redacción. Una periodista con casi treinta años de experiencia en una casa acumula conocimiento que no está escrito en manuales: sabe cómo funciona la institución, conoce los códigos, entiende las zonas grises, identifica cuándo una historia está coja y por qué, recuerda precedentes, conserva contactos, tiene memoria de contexto. En un tiempo de rotación constante y precariedad, esa experiencia es un capital silencioso.
No se ha difundido, al menos de forma generalizada y verificable en estas primeras horas, información detallada sobre ceremonia pública, velatorio o actos de despedida institucional. Lo que sí se ha hecho visible es un duelo extendido en el ecosistema mediático gallego y en el entorno de la CRTVG, con un peso emocional evidente. En casos así, los detalles suelen llegar después, cuando la familia decide qué compartir y cómo. Mientras tanto, lo más honesto es mantenerse en lo confirmado: fallecimiento, trayectoria, legado profesional y el marco de su enfermedad sin especificaciones.
Una trayectoria que explica por qué esta noticia importa más allá del titular
La muerte de una periodista puede quedarse en noticia de sociedad o televisión, un apunte breve y ya. En el caso de Mabel Montes, la historia empuja a algo más amplio porque su trayectoria resume varias capas que hoy están en discusión, especialmente en los medios públicos autonómicos: el valor del oficio sostenido durante décadas; la transición entre formatos (informativos, meteorología, radio) sin perder rigor; la defensa de la pluralidad desde dentro; el papel de la lengua como herramienta informativa y no como adorno; y la conexión con la comunidad local fuera del foco.
También hay una lectura práctica, nada grandilocuente, que se entiende en cuanto te detienes un segundo: “O Tempo” no es solo un espacio simpático, es una pieza de utilidad pública diaria. En un lugar donde el clima condiciona pesca, mar, carretera, monte, agricultura, ocio y seguridad, esa franja tiene una relevancia que quizá en otros territorios no se percibe igual. Cuando una profesional es recordada por su precisión en ese ámbito, lo que se está diciendo es que la audiencia confiaba en ella para organizar el día. Esa confianza es difícil de construir y muy fácil de perder.
En paralelo, su presencia en los “Venres Negros” introduce un contraste que define bien a ciertos perfiles de periodista: alguien que puede ser cercana en pantalla y, al mismo tiempo, firme en cuestiones de independencia profesional. No es incompatible. De hecho, suele ser al revés: quien se toma en serio la información suele tomarse en serio el marco que permite ofrecerla con libertad.
Finalmente, su muerte tras una larga enfermedad, sin más detalles públicos, deja un silencio inevitable. Un silencio que incomoda a la curiosidad, pero que también protege a la persona y a su entorno. En tiempos de sobreexposición, ese límite es casi un gesto de respeto colectivo: contar lo esencial sin forzar el morbo, sostener la noticia en hechos y no en especulación.
El lugar que deja Mabel Montes en la memoria de la TVG
En la TVG y la Radio Galega quedará su rastro en muchas capas a la vez: en los programas y emisiones concretas donde trabajó, en la forma de hacer que quienes la conocieron describen como exigente y minuciosa, en ese cuidado por el idioma que se nota precisamente cuando falta, y en la imagen persistente de los viernes negros como recordatorio de que la información pública no es un decorado, sino un derecho.
Mabel Montes entró en la CRTVG en 1997, cambió de área en 2012 para integrarse en el equipo de meteorología, reforzó su trabajo en radio en los últimos años, y murió este martes tras una larga enfermedad. Eso es lo verificable y central. Pero alrededor de esas líneas hay algo que explica por qué la noticia ha tenido un eco inmediato: porque no se va solo una profesional conocida, se va una manera de estar en el oficio, con el rigor como costumbre diaria, con la televisión y la radio como servicio, no como escaparate, y con un compromiso que, incluso en la enfermedad, no se disolvió en silencio.
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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: Cadena SER, Diario AS, El Progreso, La Voz de Galicia.












