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¿De qué murió Felipe Staiti, alma de Enanitos Verdes?

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Felipe Staiti en 2019
Felipe Staiti en 2019

La muerte de Felipe Staiti deja huérfano un sonido clave del rock en español: vida, canciones, legado y la última huella de Enanitos Verdes.

Felipe Staiti murió el lunes 13 de abril en el Hospital Italiano de Mendoza, a los 64 años, después de varios días de ingreso por complicaciones de salud. La noticia la comunicó su entorno más cercano y sacudió de inmediato al rock argentino y latinoamericano. Con su muerte desaparece una pieza central de Enanitos Verdes: fundador, guitarrista histórico, compositor, y desde 2022 también voz principal de la banda tras la muerte de Marciano Cantero.

Sobre la causa exacta conviene escribir con freno, que en las necrológicas a veces corre más el rumor que el dato sólido. No se había difundido un parte médico exhaustivo y cerrado sobre el motivo inmediato del fallecimiento, aunque distintos medios argentinos hablaron de complicaciones severas y de un cuadro delicado en sus últimas horas. Lo que sí estaba documentado es que Staiti arrastraba problemas de salud importantes desde finales de 2024, cuando una infección bacteriana y una crisis profunda de deshidratación, agravadas por su condición de celíaco, lo llevaron a una larga hospitalización y a una pérdida de peso notable.

De Mendoza al corazón del rock en español

Felipe Staiti nació en Mendoza el 29 de agosto de 1961. Su vínculo con la música no fue un adorno biográfico para quedar bien en las entrevistas, sino una vocación muy temprana. Empezó estudios formales con apenas nueve años y allí compuso una primera pieza, “Canoa”, una rareza infantil que, vista con perspectiva, ya tenía algo de semilla. Después llegó la adolescencia, llegaron los discos de rock, llegó la electricidad. Deep Purple le abrió una puerta ruidosa y definitiva. Formó su primer grupo, Esencia Natural, y empezó a perfilar ese estilo de guitarra que no necesitaba invadir la canción para dejar huella.

La historia grande arrancó en noviembre de 1979, cuando se unió a Marciano Cantero y Daniel Piccolo para fundar Enanitos Verdes. Los tres compartían origen mendocino y una educación musical marcada, en parte, por el paso por un coro de iglesia. De ahí salió un contraste curioso: disciplina coral por un lado, hambre de rock por otro. El primer recital importante de la banda llegó en septiembre de 1980 en el Teatro Selectro. Staiti recordaba aquellos años como una etapa casi artesanal, de cargar equipos, montar luces, pegar carteles y hacer de todo a la vez. Rock, sí, pero sin glamour. Más bien sudor, cables y terquedad.

El salto nacional llegó en 1984, cuando Enanitos Verdes fue elegida banda revelación en el Festival de La Falda. A partir de ahí se abrió un recorrido larguísimo, extraño en un género donde tantas trayectorias se rompen a mitad de camino. La banda fue sumando discos, giras, himnos generacionales y una presencia constante en la música latinoamericana. Vendieron millones de copias, grabaron una de las discografías más reconocibles del rock en español y atravesaron décadas sin convertirse en caricatura de sí mismos. Eso, en este negocio, ya es casi una proeza.

El guitarrista que sostenía el edificio

Dentro del grupo, Felipe Staiti nunca fue solo “el de la guitarra”. Era bastante más. Fue uno de los arquitectos del sonido de Enanitos Verdes, el hombre que ayudó a fijar una identidad reconocible desde el primer compás. Su forma de tocar mezclaba claridad melódica, contención, filo roquero y una intuición muy fina para no estorbar nunca a la canción. Parece simple. No lo es. Hay guitarristas capaces de tocar mucho; menos abundan los que saben exactamente cuánto tocar.

Ese equilibrio fue decisivo para la longevidad del grupo. Staiti no se dedicaba a llenar huecos ni a exhibir músculo técnico por puro narcisismo instrumental. Tocaba con una lógica más difícil y más útil: hacer que el tema respirara mejor. Por eso riffs como el de “La muralla verde” siguen funcionando con una naturalidad casi insolente. Entran y ya está, no piden permiso. Se instalan.

Su papel se volvió todavía más delicado tras la muerte de Marciano Cantero en septiembre de 2022. Ahí no había manual. O la banda se convertía en una reliquia triste o intentaba seguir sin traicionar lo que había sido. Staiti asumió la voz principal además de la guitarra, sin jugar a ser una copia imposible de Marciano. Esa decisión, arriesgada y muy humana, sostuvo una nueva etapa del grupo. No era lo mismo. Tampoco pretendía serlo. Pero seguía latiendo algo esencial de Enanitos Verdes.

De qué murió Felipe Staiti y qué se sabe de sus últimos meses

La pregunta central de muchos lectores es esa, seca, inevitable, casi brutal: de qué murió Felipe Staiti. La respuesta seria, la única que merece publicarse, es que falleció tras un deterioro de salud que se había agravado en los últimos tiempos y después de ser ingresado en Mendoza, aunque la causa médica exacta no quedó detallada de forma completa en una comunicación oficial amplia y cerrada. En un momento donde cualquiera rellena los huecos con dos frases y una hipótesis, conviene no hacerlo.

Sí se conocía, en cambio, que el músico había pasado por un episodio muy serio meses atrás. A finales de 2024 sufrió una infección bacteriana y una fuerte deshidratación, en un cuadro empeorado por su condición de celíaco. Aquel proceso lo tuvo internado durante semanas y lo dejó muy debilitado. En apariencia logró seguir adelante, continuar con proyectos y mantener el pulso artístico. Pero el cuerpo, a veces, va llevando su propia contabilidad en silencio. Y luego presenta la factura de golpe.

Esa fragilidad no había borrado su actividad musical. De hecho, Staiti seguía vinculado a planes de gira, nuevas canciones y actuaciones futuras. Por eso su muerte tuvo también ese tono que dejan ciertos golpes especialmente duros: no parecía un final anunciado para el gran público, aunque su entorno sabía que su situación física venía siendo compleja.

Mendoza, el lugar donde empezó todo y donde terminó

Hay una carga simbólica evidente en el hecho de que Felipe Staiti muriera en Mendoza, la ciudad donde había nacido, donde se formó, donde levantó su primera banda y donde empezó la historia de Enanitos Verdes. No siempre ocurre. Muchos artistas pasan media vida lejos de su origen, convertidos en habitantes de aeropuertos y hoteles sin memoria. En su caso, Mendoza siguió siendo un centro afectivo y creativo. También un territorio vital ligado a otra de sus pasiones: el vino.

Ese regreso final al punto de partida tiene algo de círculo completo. No hace falta ponerse solemne para reconocerlo. A veces basta una imagen: un músico que ayudó a exportar una parte del rock argentino al continente entero termina despidiéndose en la misma tierra desde la que salió con una guitarra y una convicción casi juvenil.

Las canciones que explican mejor su legado

Para entender a Felipe Staiti no basta con decir que fue importante. Hay que ir a las canciones. “La muralla verde” es una de las más evidentes. Su riff inicial tiene esa cualidad rara de los grandes hallazgos: parece sencillo después de haber sido inventado. Pero no lo era. Ahí hay oído, síntesis, intuición y oficio. La guitarra no decora. La guitarra abre la canción y la define.

También está “Aún sigo cantando”, un tema que con los años fue adquiriendo un peso casi autobiográfico. Sonaba a declaración de resistencia cuando la banda era joven y terminó funcionando como una frase de carrera entera. Hay canciones que envejecen; otras maduran. Esta pertenece al segundo grupo.

El catálogo de Staiti como compositor es, además, más amplio de lo que suele recordar el público menos atento. “Luz de día”, “Por el resto” y “Mariposas” ayudan a medir su sensibilidad melódica y su capacidad para moverse entre la balada, el rock de estadio y una escritura más íntima. También aparecen títulos como “Te vi en un tren”, “Tus viejas cartas”, “Amigos” o “Cada vez que digo adiós”, canciones que se fueron incrustando en la memoria sentimental de varias generaciones. Eso también es legado, aunque no siempre salga en los titulares.

Y luego está, claro, “Lamento boliviano”. Aunque la canción naciera antes en otra banda mendocina, fue la versión de Enanitos Verdes la que la convirtió en un himno continental. Superó los mil millones de reproducciones en Spotify y ya pertenece a ese grupo de canciones que no necesitan presentación ni contexto. Suenan en bodas, bares, viajes, estadios, karaokes de dignidad discutible y reuniones en las que alguien, inevitablemente, acaba creyéndose cantante. Ahí estaba Staiti. En esa pieza de memoria colectiva que ya no depende del calendario.

Curiosidades y anécdotas de un músico muy respetado

Las biografías suelen ganar verdad en los márgenes. Y la de Felipe Staiti tiene unos cuantos. Una de las mejores anécdotas que contó en entrevistas tiene a Luis Alberto Spinetta como protagonista. Staiti le prestó una guitarra Silvertone del 65 para una sesión de fotos. Después, Spinetta, con esa mezcla de delicadeza y nervio que tanto lo caracterizaba, le confesó que casi sentía haber cometido una travesura impropia. La reacción de Staiti fue la contraria a cualquier pose: se sintió orgulloso.

Otra escena lo conecta con Steve Vai. Durante una prueba de sonido, Staiti terminó enseñándole cómo enfocar una interpretación vinculada a “La Cumparsita” y corrigiendo incluso detalles sobre el Himno Nacional argentino. Vai bromeó con que Felipe podía pasar a ser el director musical. Puede sonar exagerado, pero retrata bien algo que en el circuito se sabía: Staiti era un guitarrista muy respetado por colegas de perfiles muy distintos.

Había, además, un Staiti doméstico y artesano. El hombre de estudio, de guitarras acumuladas, de proyectos paralelos, de canciones rescatadas en cuarentena, de sesiones con sus hijos. También el Staiti vinculado al vino, con producción en Mendoza e Italia desde 2012. Ese detalle, que podría parecer accesorio, encaja bastante con su figura: un músico de largo recorrido, atento al matiz, al tiempo, a la paciencia del proceso. No todo era escenario. Había también taller, casa, bodega, conversación.

La etapa más difícil tras la muerte de Marciano Cantero

Después de la muerte de Marciano Cantero, la banda afrontó una de esas decisiones que separan a los grupos vivos de los museos con amplificador. Felipe Staiti eligió seguir. No con una solución cosmética, no con un reemplazo fácil, sino asumiendo parte de la carga emocional y artística de un proyecto marcado por una ausencia gigantesca.

Aquella etapa fue dolorosa, sí, pero también reveladora. Mostró hasta qué punto Staiti no era un músico secundario dentro de Enanitos Verdes, sino una de las columnas reales del proyecto. Salió a cantar, defendió el repertorio, mantuvo la guitarra al frente y sostuvo el nombre con una mezcla de respeto y convicción. A esas alturas ya no había nada que demostrar, pero siguió. Quizá por lealtad. Quizá por necesidad vital. Quizá porque dejar morir la banda habría sido aceptar una segunda pérdida demasiado pronto.

Colaboraciones, reconocimiento y lugar en la historia

La carrera de Felipe Staiti no se entiende solo dentro de las fronteras de su grupo. Enanitos Verdes desarrolló colaboraciones importantes, compartió escenario con artistas de gran peso y consolidó una presencia continental muy poco discutible. Proyectos acústicos, giras con Hombres G, discos en directo, nominaciones y una expansión sostenida en América Latina y Estados Unidos fueron dibujando una trayectoria de fondo largo.

Ese lugar no se ganó a golpe de marketing ni de relato épico rehecho a posteriori. Se ganó con canciones. Con continuidad. Con oficio. Con una forma de sonar que reconocían tanto quienes crecieron en los ochenta como quienes llegaron al grupo mucho después, por streaming, por herencia familiar o por esa extraña transmisión cultural que convierte ciertas canciones en patrimonio de todos.

Staiti pertenecía a una generación de músicos que entendió el rock como trabajo serio, no como disfraz. Eso se nota incluso cuando se revisan sus entrevistas. Había humor, claro. Había ironía. Pero también una relación muy consciente con el oficio. Nada de impostar profundidad para parecer artista maldito. Nada de hinchar el currículo. Hacer canciones, tocar bien, sostener una banda, resistir el paso del tiempo. A veces la épica verdadera consiste en eso.

Lo que queda cuando se apaga la guitarra

La muerte de Felipe Staiti deja algo más que un hueco en Enanitos Verdes. Deja una ausencia clara en el rock en español, en esa tradición de bandas capaces de ser populares sin volverse huecas, masivas sin perder identidad, emotivas sin caer en la cursilería automática. Su guitarra ayudó a construir una forma de sonar que sigue viva en radios, plataformas y memorias privadas.

Queda su obra. Quedan sus riffs. Quedan sus canciones como compositor, sus arreglos, sus escenarios, su manera de entender la música como un trabajo de fondo. Queda, también, la imagen de un músico que no se escondió cuando la banda atravesó su momento más duro y que siguió adelante cuando lo fácil habría sido plegar el nombre y vivir de la nostalgia.

No todos los artistas consiguen algo así. Muchos dejan discos. Menos dejan un sonido reconocible en cuanto entran dos compases. Felipe Staiti sí lo consiguió. Y por eso su muerte duele tanto en Argentina y fuera de Argentina: porque no se ha ido solo un guitarrista notable, sino una parte muy concreta de la banda sonora de varias generaciones.

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