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¿De qué murió Cacho de la Cruz? Adiós al Señor Televisión

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De qué murió Cacho de la Cruz

Foto: Intendencia de Montevideo , CC BY-SA 4.0 , vía Wikimedia Commons

Cacho de la Cruz muere a los 88 por complicaciones respiratorias ligadas a la EPOC tras covid. Velatorio, claves médicas y legado en Uruguay.

Murió a los 88 años en Montevideo por complicaciones respiratorias asociadas a una enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), agravada por un contagio reciente de covid-19. Llevaba varios días en cuidados intensivos y permanecía aislado y sedado mientras el equipo médico intentaba estabilizarlo. El desenlace llegó este viernes 7 de noviembre de 2025, cerrando la biografía de uno de los rostros más reconocibles de la televisión uruguaya.

El velatorio será público y breve: sábado 8 de noviembre, de 10.00 a 13.00, en la Sala Ámbar de Martinelli Servicios Fúnebres (Montevideo). A las 13.00 está prevista la salida del cortejo. La familia pidió una despedida sobria, acotada a esa franja horaria, como suele hacerse cuando se prevén muestras de afecto multitudinarias pero se intenta resguardar cierta intimidad.

La confirmación médica y el dato clave del velatorio

El parte que siguió a la noticia fue conciso: el cuadro respiratorio de base —una EPOC diagnosticada desde hace años— se descompensó tras una infección pulmonar. Ese combo es especialmente riesgoso en adultos mayores, porque cualquier infección viral o bacteriana agrava la inflamación, reduce la oxigenación y puede precipitar una insuficiencia respiratoria. En su caso, el reciente covid-19 añadió una capa de complejidad bien conocida por los intensivistas: mayor carga inflamatoria, secreciones, fatiga muscular y, si el cuerpo ya llega frágil, menos margen para reaccionar. Por eso fue internado en CTI, con aislamiento y sedación terapéutica.

Para quienes quieran despedirlo, la logística quedó clara: Sala Ámbar, sábado 8, 10.00–13.00, con salida del cortejo a las 13.00. No se informó cementerio en la cartelería pública, un detalle habitual cuando se busca preservar el destino final. Es una despedida abierta pero medida, con señales operativas sencillas que facilitan el acceso sin convertir el adiós en un tumulto.

Un gigante de la pantalla: de Buenos Aires a Montevideo

Arturo “Cacho” de la Cruz Feliciani había nacido en Buenos Aires el 8 de mayo de 1937, pero su patria televisiva fue Uruguay. Llegó joven a Montevideo con formación artística, oído musical —el trombón fue su carta de identidad en los inicios— y un olfato especial para el humor de piso, ese que pide timing, cintura y reacción rápida delante de cámara. En 1962 se estrenó en Canal 12 el mismo día en que la emisora iniciaba transmisiones. No es un dato menor: la televisión uruguaya echaba a andar y él ya estaba ahí, probando rutinas, inventando personajes, midiendo el pulso del directo.

Desde entonces su nombre quedó enganchado a títulos que forman parte del relato popular: “El show del mediodía”, un formato de variedades que funcionó durante décadas con idas y vueltas; “Cacho Bochinche”, el universo infantil que convirtió canciones y muletillas en recuerdos de escuela; y ciclos más breves en la madurez, como “Parque Jurásico”, donde exhibió su registro de showman todoterreno. Era conductor, pero también productor, guionista a su manera y creador de personajes. Tenía manejo de piso, un oído impecable para las pausas y un instinto casi infalible para leer al público.

Se ganó —y conservó— el apodo de “Señor Televisión” porque unía generaciones. No es un elogio hueco: durante medio siglo hubo hogares en los que abuelos, padres e hijos compartieron códigos nacidos de sus programas. En países pequeños, la TV abierta construye idiomas compartidos. Uno de esos idiomas, con su musicalidad y su cercanía, hablaba “en cacho”.

Programas, personajes y una forma de hacer tele

“El show del mediodía” fue su taller permanente. Ahí se probaba de todo: parodias de la vida cotidiana, sketches de enredo, humor físico, improvisación, juegos con el lenguaje. El ritmo lo marcaba el directo: si un chiste no entraba, lo corregía sobre la marcha; si la audiencia respondía, estiraba el hilo. En una época sin tantas mediciones minuto a minuto, el termómetro era el murmullo del estudio y el eco en la calle. En ese laboratorio nació el conductor que conocimos: cercano, vertical cuando hacía falta, con una autoridad hecha de oficio más que de solemnidad.

Con “Cacho Bochinche” exploró otra frecuencia: la infantil. Canciones propias, coreografías sencillas, personajes que saltaban de la pantalla al patio del colegio. El programa tenía una energía de circo que él llevaba en el cuerpo: ritmo, gestualidad y la convicción de que el humor también enseña. Esas temporadas dejaron un repertorio que muchos tararean sin darse cuenta, una señal inequívoca de permanencia cultural.

A lo largo de los años, la televisión cambió: nuevos formatos, estudios más tecnificados, una competencia feroz por el prime time. Cacho también cambió. Redujo el vértigo del vivo, se permitió programas más acotados, dio paso a otros conductores, entre ellos su hijo Maximiliano, que heredó el olfato musical y el encanto de escenario. Sin embargo, el molde que él dejó —conductor–showman capaz de cantar, presentar y rematar un sketch— se mantuvo vigente.

De la internación al desenlace: cronología y contexto

Los primeros avisos llegaron en la última semana de octubre, cuando el entorno familiar confirmó que el presentador había sido ingresado a una mutualista montevideana. Su estado fue descrito como reservado. Ya a comienzos de noviembre, se supo que el motivo era una infección respiratoria sobre una EPOC conocida, con ingresos previos por episodios similares. La fatiga y la desaturación motivaron el pase a CTI, con medidas de aislamiento para evitar coinfecciones y proteger al resto de los pacientes.

En las horas que precedieron al 7 de noviembre, el equipo médico trabajó con las piezas habituales de estos cuadros: oxigenoterapia, broncodilatadores, antibióticos si había sospecha bacteriana, y sedación para mejorar la sincronía respiratoria cuando el esfuerzo del paciente juega en contra. Es una palabra que suele sonar dura, pero explica una decisión clínica que busca proteger y aliviar. La EPOC, por definición, estrecha las vías aéreas y reduce el flujo de aire; si aparece una infección —más covid—, el pulmón se inflama, produce más secreciones y la mecánica de la respiración se vuelve cuesta arriba. En esas circunstancias, cada hora cuenta.

El fallecimiento se confirmó la tarde del viernes. Para entonces, colegas y amigos de distintas generaciones —periodistas, actores, músicos— ya estaban enviando mensajes que dibujaban un mosaico coral: agradecimiento por las risas, recuerdos de rodajes interminables, anécdotas de giras y un rasgo repetido, casi unánime, en la memoria de todos: cercanía.

Qué implica una EPOC y por qué complica una infección

No hace falta convertir esto en un manual, pero sí explicar con claridad. La EPOC abarca un conjunto de trastornos —bronquitis crónica, enfisema— que estrechan las vías respiratorias y disminuyen la capacidad pulmonar. Se expresa con disnea (falta de aire), tos y expectoración crónica. En personas mayores, con historial de infecciones o exposición a irritantes, el pulmón pierde elasticidad y el intercambio de gases se vuelve ineficiente.

Cuando aparece una infección respiratoria aguda, el tejido ya dañado responde peor: se incrementa la inflamación, se reduce la oxigenación y es más probable que se necesite soporte intensivo. Si a eso se suma un SARS-CoV-2 reciente, la respuesta inmunitaria tiende a desordenarse y la cascada inflamatoria puede empeorar el cuadro. En estas situaciones, los médicos hablan de “exacerbación”: un empeoramiento brusco que obliga a escalar tratamientos y cuidados.

Que Cacho de la Cruz tuviera EPOC de base explica el deterioro rápido de las últimas horas. También el aislamiento en CTI, destinado a reducir riesgos y a garantizar que cada intervención se hiciera en condiciones de control. No hay misterio: infección, pulmón frágil, edad avanzada. Es una tríada que los intensivistas conocen bien.

Familia, vida privada y un linaje que siguió en pantalla

En su vida personal, Cacho se casó primero con Hada Helena “Titina” Reffino; fueron padres de Daniella, Rodrigo y Maximiliano. Tras su separación, contrajo matrimonio con Laura Martínez, con quien tuvo a Santiago. Maximiliano de la Cruz —muy conocido a ambos lados del Río de la Plata— se consolidó como actor y presentador, y en los últimos años multiplicó proyectos y apariciones. Rodrigo, ligado al sonido y la música, y Santiago, pianista, completan una familia con fuerte impronta artística.

Más allá de etiquetas, el núcleo familiar fue protagonista silencioso de su última internación. Acompañaron, organizaron la agenda de visitas, calibraron la información pública y tomaron decisiones sencillas pero decisivas —como delinear un velatorio acotado— que marcan el tono de esta despedida. No hubo una larga retirada de los escenarios: seguía apareciendo en actos, eventos y programas de homenaje con una lucidez que sorprendía a quienes no lo veían desde hacía tiempo.

Homenajes y reacciones: el país que lo despidió

Las redes sociales uruguayas se llenaron de mensajes en cuestión de minutos. Productores, presentadores, periodistas deportivos, humoristas con los que compartió guiones y tablas. Alberto Kesman le dedicó un hilo emotivo; Gastón Solé y Diego González rescataron momentos de estudio; compañeros de Canal 12 recordaron el camerino como una escuela ambulante. Hubo mensajes desde la política, desde el teatro, desde la música, lo que dice algo más que mil adjetivos: cruzó fronteras de público.

Los homenajes institucionales también aparecieron pronto. Reconocimientos previos —sellos postales, premios y estudios con su nombre— cobraron otra lectura. Fuera de protocolo, el gesto más elocuente fue la repetición de un apodo que ya no necesita explicación: Señor Televisión. Solo ciertos nombres consiguen ese grado de consenso.

En paralelo, muchos compartieron videos antiguos: jingles pegadizos de “Cacho Bochinche”, cierres musicales de “El show del mediodía”, entrevistas donde aparecía su lado de músico. Esas piezas, a veces mal conservadas, sirven para medir vigencia. El blanco y negro envejece, pero el ritmo y la mirada a cámara siguen funcionando.

Un legado que se reconoce sin solemnidad

La larga permanencia de “El show del mediodía” —más de cuatro décadas en antena, con distintas etapas— no se explica solo por rutina o costumbre. Había un contrato con la audiencia: a esa hora, la televisión ofrecía un clima y una complicidad que él sabía administrar. No todo era perfecto —hubo formatos que envejecieron, chistes que hoy no pasarían el filtro de corrección—, pero el balance final es abrumadoramente positivo: educó en el humor blanco, aportó música a la sobremesa y dejó una manera de conducir que otros replicaron.

La televisión actual, más fragmentada y competitiva, haría difícil que surgiera un “Cacho” nuevo. La temporalidad de las plataformas, los algoritmos que parten audiencias, la multiplicación de nichos… todo empuja hacia el especialismo. Por eso su figura crece vista en perspectiva: fue un generalista de arte mayor, capaz de hablarle a todos sin perder gracia, un presentador que —como se decía antes— sabía estar.

Un adiós con fecha, una figura que permanece

La causa del fallecimiento está clara —complicaciones respiratorias en paciente con EPOC, tras covid-19— y también el modo de despedirlo: sábado 8, 10.00–13.00, Sala Ámbar, con salida del cortejo a las 13.00.

El resto pertenece a la memoria. Quedan los programas que moldearon tardes enteras, los personajes que pasaron al habla cotidiana, esa música que vuelve sola —porque alguna vez sonó en casa, en la escuela, en el barrio—. En esa persistencia, silenciosa y obstinada, se entiende la medida real de su apodo. Se va Cacho de la Cruz; el Señor Televisión sigue ahí, donde siempre estuvo: en la memoria compartida.


🔎​ Contenido Verificado ✔️

Este artículo se ha redactado con datos contrastados en medios y avisos oficiales. Fuentes consultadas: El País Uruguay, Martinelli Servicios Fúnebres, El Observador, Montevideo Portal, Teledoce.

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