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De qué murió Alfonso Ussía: adiós al escritor y periodista
El escritor y periodista Alfonso Ussía falleció el 5 de diciembre de 2025, a los 77 años, a causa de un cáncer de pulmón con afectación hepática en fase avanzada.

Foto de Ministerio de la Presidencia. Gobierno de España (Pool Moncloa), dominio público según los términos de reutilización de La Moncloa.
Alfonso Ussía muere a los 77 por cáncer de pulmón con afectación hepática en Ruiloba. Perfil, trayectoria, premios y epílogo de su escritura.
El escritor y periodista Alfonso Ussía falleció el 5 de diciembre de 2025, a los 77 años, a causa de un cáncer de pulmón con afectación hepática en fase avanzada. Murió en Ruiloba (Cantabria), la localidad en la que residía desde hace años y donde atravesó los últimos meses de enfermedad, con cuidados en casa y un círculo familiar muy próximo.
En las horas previas y posteriores a su fallecimiento siguió vigente un dato que retrata su carácter y su disciplina: continuó escribiendo hasta casi el final, dictando sus columnas cuando ya no podía teclear. Fue su manera de sostener el pulso con los lectores mientras la enfermedad aceleraba. La noticia de su muerte, confirmada por su entorno y por el periódico en el que firmaba sus últimas piezas, ha fijado también el lugar del deceso en Cantabria después de que primeras versiones lo situaran en Madrid.
Datos confirmados del fallecimiento
La fecha es inequívoca y el contexto médico, también: enfermedad oncológica avanzada, con el pulmón como origen y afectación hepática. Tenía 77 años, había nacido en Madrid el 12 de febrero de 1948 y llevaba meses con tratamientos que no bastaron para frenar el deterioro. Sus últimos días transcurrieron en su casa cántabra, acompañado por su mujer, Pili Hornedo Muguiro, y por sus hijos y nietos. Allí, con un paisaje que conocía de memoria, fue alejándose del foco público sin renunciar a la cita con el teclado, aunque fuese a través de la voz.
La ubicación del fallecimiento quedó finalmente establecida en Ruiloba. Durante la mañana circularon informaciones que apuntaban a Madrid, pero la versión consolidada, contrastada por su entorno, corrige ese extremo: Ussía murió en la costa cántabra, donde vivía desde hacía años y donde, de hecho, había recibido en agosto un reconocimiento institucional en un acto íntimo celebrado en su domicilio.
Un final anunciado por los hechos: enfermedad, fragilidad y trabajo
La enfermedad llevaba tiempo marcando el ritmo de su día a día. En el verano de 2025, ya con el estado de salud muy delicado, Isabel Díaz Ayuso se desplazó a Ruiloba para entregarle el Premio de Cultura de la Comunidad de Madrid en la categoría de Literatura. La ceremonia en casa fue elocuente por sí sola: el escritor no estaba en condiciones de viajar a la capital, pero quiso recibir el galardón rodeado de su familia y de un puñado de amigos. Esa imagen —Ussía más delgado, cansado, pero atento— ha vuelto hoy, inevitable, a las portadas.
En paralelo, arrastraba las secuelas de una rotura de cadera que le había obligado a frenar y a reorganizar rutinas. Con humor de viejo profesional, admitía que quería recuperar la “soltura” y volver a su cita con los lectores. El empeño duró hasta los últimos días: cuando la fuerza ya no daba para las teclas, dictaba sus artículos a su hija Isabel. El periodismo, así, se convirtió en el hilo que lo mantuvo en pie. No hay mucho más que añadir: la escena resume la ética de su oficio.
La entrega en Ruiloba: una medalla a la altura de una carrera
El 28 de agosto de 2025, la Comunidad de Madrid llevó a Ruiloba el Premio de Cultura y lo depositó en manos de un columnista que había sido símbolo de una forma de escribir: mezcla de sátira, costumbrismo y mirada pegada a la actualidad. La visita de Ayuso, con discreción y sin aparato, fue leída como un gesto de respeto a su trayectoria y también como confirmación —no declarada, pero evidente— de que el tiempo se estrechaba. Tres meses después, la cronología ha dado la razón a esas impresiones.
Escribir cuando ya casi no se podía
Sus compañeros de redacción explican que no dejó de publicar: que dictó piezas hasta la víspera, literalmente, aun cuando la voz ya era un susurro. El Debate, su “última casa” desde 2021, le reservó espacio diario y lo acompañó en esa fase terminal. La constancia en el trabajo no es un detalle lateral de su biografía: tiene sentido con su historia, con su formación sentimental y profesional, con la manera en que entendía el periodismo como disciplina y no como fogonazo.
La biografía esencial de una firma reconocible
Alfonso de Ussía Muñoz-Seca creció en una familia marcada por la literatura y la política. Nieto del dramaturgo Pedro Muñoz Seca, hijo de Luis de Ussía y Gavaldá, II conde de los Gaitanes, se movió desde joven entre bibliotecas, tertulias y redacciones. Se presentó ante el público con poesía satírica, pero el lugar donde ancló su nombre fue la columna. Y lo hizo a la manera clásica: frase corta y dardo, diálogo con la tradición castiza, oído para el ritmo, cierta melancolía de fondo y una ironía que no pedía perdón.
Su recorrido profesional atravesó las cabeceras fundamentales de medio siglo de prensa española: Informaciones, Diario 16, Ya, ABC, La Razón, Tiempo, Época, El Cocodrilo, Las Provincias y, en los últimos años, El Debate. También fue una voz habitual en la radio —“Protagonistas”, “La Brújula”— y asomó con frecuencia a la televisión, de Telecinco a Antena 3. Nunca escondió su conservadurismo ni su devoción por la Corona, y con esa identidad sostuvo una conversación de décadas con sus lectores, adictos para siempre o críticos feroces: no había término medio.
De ABC a La Razón y regreso a primera línea
El primer gran impulso llegó en ABC, donde firmó durante años la sección “Cosas que pasan” y se convirtió, a finales de los noventa, en una de las estrellas del periodismo de opinión. En 2004 se marchó del diario tras una polémica por un artículo titulado “El cerdo vasco”, episodio que quedó como hito de fricción entre columnista y empresa. Recaló en La Razón como firma de referencia, con contrato de estrella y visibilidad plena, y acabó por dar nombre a unos premios —los “Premios Alfonso Ussía”— con varias categorías y ceremonia propia. Cerró esa etapa años después y, tras un tiempo de colaboraciones dispersas, recuperó foco en El Debate desde octubre de 2021, donde publicó a diario hasta el tramo final.
Un capítulo curioso: el Real Madrid
En los ochenta coqueteó con la presidencia del Real Madrid y perdió por poco frente a Ramón Mendoza. De aquel episodio dejó chascarrillos que él mismo contaba, mitad anécdota, mitad autorretrato: fútbol, ironía y política como ingredientes de una misma escena. No pasó de la anécdota, pero añadió una línea singular a su biografía pública.
Obras, personajes y una prosa con música
Ussía llevó al libro el mismo pulso que a la columna. El marqués de Sotoancho, su personaje más popular, saltó del papel a la pantalla con versiones televisivas que hicieron fortuna a comienzos de los 2000. Eran historias de sátira social, aristocracia de caricatura, acento andaluz y retranca que, sin necesidad de sermón político, metían el dedo en la llaga de comportamientos y costumbres.
En la no ficción humorística cosechó éxitos masivos con títulos como “Tratado de las buenas maneras” o “Manual del ecologista coñazo”, libros que ocupaban mesa en librerías y conversación en tertulias. El lector encontraba ahí lo que también buscaba en sus columnas: un oído afinado para la ironía, referencias clásicas y una mirada conservadora que no renegaba del chiste rápido ni del aforismo moral. En paralelo, sostuvo una producción poética satírica que, sin aspirar a canon, reforzó su perfil de versificador con colmillo.
Cómo escribía: precisión, retranca y oído de copla
Tenía oficio y lo exhibía sin pudor. Le gustaban las frases cortas y los cierres con golpe; sabía que una buena columna a veces se gana en el último párrafo, cuando el lector asiente sin darse cuenta. Recursos de sainete, nombres propios disfrazados y un humor de cuartilla —cálido hasta que quería ser cortante—. No se entendía sin sus dos devociones explícitas: la Corona y las Fuerzas Armadas, a las que dedicó múltiples elogios y alguna defensa cerrada. Ese mix, con sus límites y su gracia, explica la fidelidad de su público.
Premios, honores y distinciones
El reconocimiento institucional acompañó su carrera. Entre sus galardones de prensa figuran el Premio Mariano de Cavia —que obtuvo por su artículo “El lago de la carne”, publicado en 2000— y el Premio González-Ruano de Periodismo —por “La pasajera”, a mediados de los noventa—. En el terreno de la creación literaria, acumuló más de medio centenar de libros, con ventas sostenidas y reediciones frecuentes en los títulos más populares.
En el capítulo de distinciones, recibió la Gran Cruz del Mérito Naval (distintivo blanco), la Gran Cruz de la Orden del Dos de Mayo, la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid y, en 2025, el ya citado Premio de Cultura de la Comunidad de Madrid. Sumó otras condecoraciones sectoriales —Cruz de Plata de la Guardia Civil, entre ellas— que refrendan una relación fluida con el mundo institucional y con ámbitos —militar, monárquico— a los que profesó lealtad intelectual constante.
Radio y televisión, un perfil mediático completo
Al margen del papel, su voz fue habitual en la radio española. Pasó por Antena 3 Radio, COPE y Onda Cero, y en la pequeña pantalla participó en espacios de debate y entretenimiento en Telecinco y Antena 3. No era un tertuliano de plató perpetuo, pero sabía moverse con naturalidad en esos formatos y, sobre todo, exportaba a la antena el ritmo que tenía en el papel: una frase redonda, una ironía limpia y una opinión nítida.
Los últimos meses: Ruiloba como refugio, la familia como centro
El traslado definitivo a Ruiloba fue, más que una mudanza, una mudanza sentimental. Vendido el piso de Chamberí, fijó residencia junto a Comillas y convirtió el Cantábrico en el telón de fondo de su vida. Allí escribió, allí recibió visitas, allí conversó con amigos de oficio que iban a verle y volvían con la misma impresión: estaba frágil, pero mantenía el pulso de la conversación y el ojo afilado. Se le veía cansado, sí, pero no abatido.
En agosto, cuando la Medalla de Cultura cruzó España para entregársele en casa, la familia asumió sin estridencias el carácter íntimo del acto. Fotografías sobrias, pocas palabras, el abrazo de quien se sabe querido. El otoño fue un tramo corto: con la medicina ya sin margen, se impusieron los cuidados paliativos. En ese contexto, el periodismo no fue un capricho, sino una rutina deseada. Una forma de seguir estando, aunque fuese solo un rato más.
La confusión inicial sobre el lugar y la fijación de los hechos
Con las primeras horas de la noticia se cruzaron dos ubicaciones. Madrid apareció en los primeros avances; Ruiloba se impuso en cuanto la familia y su redacción fijaron el dato. A veces ocurre: la inercia de las agencias, la biografía madrileña del personaje y el reflejo de situar el deceso en la capital jugaron una mala pasada. El periodismo, también, consiste en corregir a tiempo y dejar la cronología limpia. Hoy los datos firmes están claros: Ruiloba, 5 de diciembre, cáncer de pulmón con afectación hepática, 77 años.
Una figura discutida y necesaria
Fue un conservador sin disfraces y un satírico de trazo reconocible. Hubo lectores que lo amaron por eso; hubo otros que lo leyeron con ceño fruncido. En ambos casos, entraban. Eso habla de importancia pública. Sus columnas, como las de los grandes columnistas, se comentaban. A veces las replicaban colegas de oficio, otras las rebatían políticos aludidos, a menudo las celebraba un público que encontraba en su prosa un espejo cómodo. Esa centralidad en la conversación —lo lean para asentir o para discutir— no abunda.
Hay, además, un elemento técnico: supo sostener el personaje sin devorar el texto. El tono Ussía —irónico, de aire clásico— no se comía a la narración; la servía. Por eso sus piezas viejas se pueden releer sin que pierdan del todo la gracia. Tenían música, tempo y remate. Y por eso caben en hemeroteca con dignidad, que no es poco para quien escribió tanto, durante tanto tiempo y con tanta exposición.
Los límites y los choques
No pasó indemne por el conflicto. El episodio de “El cerdo vasco” le costó la salida de ABC; con La Razón cerró filas durante años y también terminaron separados. En ambos frentes hubo discrepancias editoriales y suspicacias empresariales. Ussía, fiel a sí mismo, no modulaba. Quien lo trató sabe que, tras la risotada fácil, había un carácter firme que no gustaba de los tonos grises. También en eso fue clásico: amistades intensas, enemistades notorias, y la certeza de que la firma debía poder sostener un punto de vista aunque resultara incómodo.
Lo que dicen hoy los que le leyeron
La redacción que publicó sus últimos artículos lo despidió como “maestro del columnismo” y subrayó que dictó textos hasta el martes anterior a su fallecimiento. Antiguas casas —ABC, La Razón— rescataron artículos premiados y perfiles de quien fue uno de sus nombres destacados durante décadas. La esfera política, especialmente la madrileña, recordó que en 2013 se le había concedido la Gran Cruz de la Orden del Dos de Mayo y en 2018 la Medalla de Oro. En redes, periodistas de generaciones distintas coincidieron en la misma idea: una voz singular que ocupó espacio propio.
No faltaron, por supuesto, las disensiones póstumas: el Ussía más incómodo reapareció en algunos hilos, como ocurre con los columnistas que dejan huella. Es parte del balance. La cifra, sin embargo, se inclina —por volumen y por constancia— hacia el reconocimiento de una trayectoria mayor, con picos de popularidad muy visibles y una fidelidad de lectores que se mantuvo activa hasta el final.
Cuando la vida y el oficio se encuentran
Hay muertes públicas que aclaran biografías. Ésta, por la claridad de los hechos y por la coherencia del personaje, es una de ellas. Murió por cáncer de pulmón con afectación hepática, en Ruiloba, a los 77 años, y se mantuvo pegado al trabajo mientras pudo. También dejó un recuento objetivo: premios —Mariano de Cavia, González-Ruano—; distinciones —Gran Cruz del Mérito Naval, Dos de Mayo, Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid—; libros que vendieron mucho y un personaje literario —el marqués de Sotoancho— que conocieron lectores que no necesariamente eran su público político. El dato biográfico de haber sido nieto de Muñoz Seca no explica por sí solo la carrera; ayuda a entenderla, eso sí, en su tono clásico y en su sentido teatral del remate.
La escena final, íntima y rigurosa, con paliativos y dictados a los hijos, habla de carácter y de oficio. De una cierta manera de estar en la esfera pública: con la palabra como herramienta diaria, incluso cuando la voz ya no alcanza. Ussía eligió despedirse trabajando, una decisión que casa con lo que fue: un escritor de columna, regular y reconocible, capaz de convertir la disciplina en estilo.
Lo esencial que queda hoy
A esta hora —con la cronología ya fijada— los hechos están claros y son pocos, pero suficientes: 5 de diciembre de 2025, Ruiloba (Cantabria), 77 años, cáncer de pulmón con afectación hepática. Alrededor, medio siglo de periodismo y literatura satírica que se explica solo, sin necesidad de adjetivos inflamados. Queda el legado de una voz que fue reconocible en la prensa española durante décadas y que, incluso en desacuerdo, se leía. Queda también una lección sencilla: escribir —con humor, con filo, con cadencia— puede ser una forma de vida hasta el último día. Y, visto lo visto, también una forma de despedida.












