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¿De qué ha muerto Enric Canals, referente de TV3?

El periodista Enric Canals i Cussó ha fallecido a los 73 años a causa de un cáncer, según confirmó su familia y el entorno profesional que lo acompañó durante décadas.

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De qué ha muerto Enric Canals

Foto de Kippelboy — “Entrada a TV3”, bajo CC BY-SA 3.0 (Wikimedia Commons).

Muere Enric Canals, exdirector y fundador de TV3, a los 73 por cáncer; retrato de su legado y del impacto cultural en el audiovisual catalán.

El periodista Enric Canals i Cussó ha fallecido a los 73 años a causa de un cáncer, según confirmó su familia y el entorno profesional que lo acompañó durante décadas. La noticia, conocida este sábado, 18 de octubre de 2025, impacta en la televisión pública catalana y en todo el sector audiovisual por la dimensión de su figura: exdirector de TV3, miembro del equipo que la fundó y una de las personas que contribuyó decisivamente a darle forma, identidad y músculo.

Durante la segunda mitad de los años ochenta asumió la dirección de TV3 tras haber sido responsable de Programación. En ese periodo se consolidó la organización de la cadena, se activó el proyecto del segundo canal (33) y se reforzó la estructura informativa y territorial que marcaría la evolución del modelo. Su muerte cierra la biografía pública de un profesional inquieto, gestor y autor a partes iguales, que entendió la televisión pública como un servicio de país y, al mismo tiempo, como una fábrica de relatos para entender la historia reciente.

Quién fue Enric Canals y por qué importa

Nacido en 1952 y formado en redacciones de prensa y radio, Canals vivió la modernización del audiovisual catalán desde la primera línea. Su nombre aparece en los créditos de los años fundacionales de TV3, cuando el canal pasaba de ser un proyecto ilusionante a un operador con estructura, parrilla reconocible y ambición industrial. Primero, al frente de Programación; más tarde, en el despacho de director. Ese tránsito no fue un mero ascenso: significó aplicar a la gestión una sensibilidad periodística que no abandonó jamás. Tenía el reflejo del reportero y, a la vez, el pulso del ejecutivo que toma decisiones de calado.

Su aportación se mide en tres planos que se retroalimentan. En el editorial, defendió un modelo de servicio público con músculo informativo, diversidad de géneros y atención al territorio. En el industrial, pilotó cambios que dotaron a TV3 de infraestructura y capacidad de producción propia, imprescindibles para competir cuando llegaron las privadas. En el cultural, contribuyó a normalizar la presencia del catalán en franjas decisivas, abrió ventanas a la divulgación histórica y apoyó el documental como género mayor. Ese enfoque, que ahora parece obvio, no lo era entonces.

La etapa en TV3: de la idea al despliegue

La dirección de TV3 en manos de Canals coincidió con una fase de expansión que dejó huella. El proyecto del canal 33 —concebido para contenidos culturales y de divulgación, con margen para el documental y la producción especializada— fue un paso estratégico: permitió segmentar la oferta y ampliar audiencias sin renunciar a la identidad. Paralelamente, se reforzó una red de delegaciones territoriales que conectó la cadena con comarcas y ciudades más allá del área metropolitana, un gesto que no solo repartió micrófonos; cambió la mirada informativa.

Ese despliegue territorial cristalizó en formatos informativos pensados para acercar la actualidad a escala comarcal y provincial, y generó cantera: redactores, cámaras, realizadores que crecieron pegados a la agenda local. Aquella capilaridad sirvió para que TV3 llegara donde no llegaban otras televisiones, integrando voces, acentos y temas que a menudo quedaban fuera de foco. Se trataba de hacer país con criterios periodísticos, no con consignas. Y funcionó. El arraigo de la cadena en barrios y pueblos nació en esos años y perdura, con ajustes, hasta hoy.

El otro gran vector fue la modernización técnica. TV3 aceleró su producción propia, dotó de continuidad a proyectos de entretenimiento e información y preparó el salto hacia una televisión más compleja en géneros y ritmos. Con Canals, el documental dejó de ser un invitado esporádico y pasó a considerarse una pieza vertebral de la oferta pública. El resultado fue un ecosistema donde convivían informativos con tono propio, series que fijaban marca y espacios de memoria que alimentaban conversación.

Una trayectoria más amplia: prensa, radio y la productora Mercuri

Antes y después de TV3, Canals transitó por redacciones y estudios con naturalidad. Conoció el ritmo de los diarios —pasó por cabeceras de referencia— y dejó huella en Ràdio Barcelona, donde aprendió el valor de la inmediatez y la escucha. Esa doble escuela, prensa y radio, se notó luego en televisión: sabía que un buen relato no se improvisa, que la verificación no se negocia y que el ritmo es parte de la credibilidad.

En los noventa, impulsó la productora Mercuri SGP, con la que levantó series y documentales que muchos espectadores guardan en la memoria. Proyectos como “Te’n recordes?”, “Els dies que van canviar la nostra vida”, “Aquest temps, aquest país” o “Un món en flames” apostaron por contar el siglo XX y la transición democrática desde la memoria viva, con archivos y testimonios que hablaban sin atajos. No eran programas nostálgicos ni un catálogo de efemérides: eran reconstrucciones con rigor y narrativa televisiva, pensadas para la franja generalista, con tempo y edición afinados.

Esa línea editorial colocó a Canals en una esquina interesante del audiovisual: la del autor que entiende el lenguaje televisivo y, a la vez, la del productor capaz de armar equipos, asegurar derechos de archivo, manejar presupuestos y cumplir calendarios. Lo suyo no era un sello de autor en sentido clásico, sino una manera de usar la televisión para iluminar historias complejas con claridad, contexto y voz.

Investigación, memoria y libros con impacto

El impulso investigador de Canals se plasmó también en libros. Publicó “Els delators” (2007), una obra que rastrea la red de delaciones y mecanismos de represión en la Cataluña de posguerra entre 1939 y 1945. El trabajo, asentado sobre documentación y testimonios, se convirtió en una referencia para entender cómo se sostuvo el miedo y de qué manera operaron la burocracia y los informantes en el día a día del franquismo. No buscaba grandes titulares: buscaba método, pistas, nombres y fechas.

Aquel camino continuó con “Pujol Catalunya. El consell de guerra a Jordi Pujol” (2013), un ensayo-reportaje que recupera el consejo de guerra celebrado contra el político en 1960 por el caso de la “Cançó de la Santa Espina” y la contestación al régimen. El libro combina archivo y contexto con eficacia y derivó más tarde en un documental emitido en la ventana televisiva de autor. El reconocimiento no tardó: la obra recibió un premio de reportajes y ensayo que certificó el equilibrio entre investigación y divulgación, entre densidad de datos y legibilidad.

En esa producción —en papel y en pantalla— late una convicción clara: contar el pasado para entender el presente. Canals no buscaba moralinas ni relecturas épicas. Prefería documentos, sumarios y cartas que hablan por sí solos, y cuidaba el montaje —sea literario o audiovisual— para que la información respire. Esa es quizá su marca más reconocible: un respeto escrupuloso por las fuentes y, al mismo tiempo, un sentido agudo del ritmo narrativo, raro en quien se ha ocupado de gestionar grandes estructuras.

Gestión, regulación y visión de sistema

La biografía pública de Enric Canals incluye cargos de responsabilidad en la administración y en los organismos reguladores. Fue director general de Difusión de la Generalitat a finales de los noventa, etapa en la que el ecosistema mediático empezaba a mirar a la digitalización como un proceso inevitable. De ahí saltó al Consell de l’Audiovisual de Catalunya (CAC), el regulador que vela por el equilibrio entre libertad de información, pluralismo y protección de audiencias. Su paso por estas instancias añadió una capa a su perfil: conocía la trastienda de la política audiovisual y los equilibrios que la sostienen.

También integró el consejo de administración de la corporación pública catalana de medios (hoy CCMA), donde pudo aplicar su experiencia directiva y su conocimiento de la casa. Aquello no se limitó a orientar presupuestos o aprobar memorias. Significó pensar la televisión pública en un momento de cambios acelerados: irrupción de plataformas, transformación del consumo —multipantalla, bajo demanda—, nuevos hábitos de audiencia y un entorno publicitario cada vez más fragmentado. Su voz, con los años, se había vuelto más escéptica respecto a los atajos y más firme sobre lo esencial: misión, independencia y competencia profesional.

En paralelo, asumió la delegación de Vocento en Cataluña ya en la década de 2010, un encargo que lo situó en el sector privado sin perder de vista lo que siempre le interesó: la eficiencia de los modelos y la calidad del periodismo. Ese cruce —público y privado— afinó su mirada sobre estructuras, costes, competitividad y estándares editoriales. Canals pertenecía a una generación que aprendió la televisión haciéndola, y esa escuela suele producir profesionales versátiles y pragmáticos.

El impacto en la cultura televisiva: lo tangible y lo que no se ve

Es fácil medir el legado de un director por los programas que salieron al aire en su etapa. Lo difícil es captar lo que no se ve: rutinas, protocolos, formas de trabajar que cuajan en una cultura corporativa. En ese terreno, el rastro de Canals es nítido. Promovió una disciplina de verificación robusta en informativos, impulsó controles de calidad en la producción, cuidó la relación con proveedores y productoras y, algo esencial, puso criterios editoriales por delante del atajo fácil. La consecuencia fue una TV3 reconocible por su tono y su estándar profesional.

La defensa del documental como herramienta de servicio público es otra de sus herencias. En un mercado a menudo dominado por el entretenimiento corto y el ritmo frenético, Canals peleó por reservar espacio y presupuesto a piezas de larga duración que exigen tiempo y sofisticación. Esa apuesta ha dado frutos: generaciones de realizadores, guionistas y montadores formadas en esa escuela han seguido alimentando una tradición que hoy mantiene la ventana de autor en Cataluña con una salud envidiable.

Hay, además, un hilo que conecta sus libros y documentales con su trabajo de gestor: la obsesión por los datos verificables. Quien ha visto sus series sabe que no se abusa de adjetivos ni de grandes golpes de efecto. El peso del archivo manda. Ese enfoque, aplicado a la gestión, explica decisiones como el refuerzo de la estructura territorial o la construcción de parrillas que combinan géneros sin perder claridad. No era una televisión para guetos; era una televisión para conversar con todos.

Una pérdida en clave humana y profesional

La noticia de su fallecimiento por cáncer llega tras un periodo en el que Canals había reducido su presencia pública. Quienes trabajaron con él destacan una mezcla poco habitual: exigencia y trato cercano. En reuniones difíciles, cuentan, tenía el hábito de volver al guion y a los datos para desactivar discusiones estériles. Era, también, un director curioso, con ojos para talentos emergentes, dispuesto a dar oportunidades e igual de dispuesto a corregir cuando las cosas no salían.

Su familia y su círculo más próximo han pedido respeto y discreción ante una despedida íntima que, con toda probabilidad, tendrá homenajes en el ámbito profesional. La televisión pública catalana —donde quedó una buena parte de su obra— prepara gestos de recuerdo y programas especiales de archivo que recorrerán su trayectoria. No es un ritual vacío: en la televisión, como en la prensa, la memoria es trabajo y también una forma de dar las gracias.

Lo que queda de su legado en la pantalla de hoy

El legado de Enric Canals no se mide solo por su cargo ni por el número de programas que produjo o impulsó. Se mide por una idea persistente de televisión pública: identidad, servicio y rigor. Identidad, para explicar un país con sus matices sin convertirse en caja de resonancia. Servicio, para estar donde pasan las cosas y para tejer territorio con una red informativa cercana y competente. Rigor, para que el archivo, la documentación y el método sostengan el relato incluso cuando sopla la tormenta. Ese tríptico, que él practicó con convicción, sigue siendo una brújula útil.

En tiempos de plataformas, fragmentación y audiencias que saltan de dispositivo en dispositivo, su forma de entender el documental y la información conserva actualidad. No por nostalgia, sino porque describe un estándar: investigar, verificar, editar bien y contar sin patronizar. La red territorial y la apuesta por ventanas de memoria han demostrado que es compatible servir al presente y explicar el pasado sin caer en compartimentos estancos. Esa es la clase de decisiones que sostienen una marca durante décadas.

Muere un periodista y gestor que ayudó a construir una televisión de referencia y que, cuando dejó el despacho, siguió creando historias. La causa —un cáncer— no añade ni quita nada a su obra, pero contextualiza el silencio de los últimos meses y la discreción con la que eligió vivirlos. Lo esencial permanece en pantalla, en hemerotecas y catálogos, y en el trabajo de profesionales que aprendieron en proyectos que él empujó. Con su nombre circula una manera de hacer, una ética más práctica que declamada. Y eso, en el audiovisual, es quizá lo más raro de encontrar: método que no caduca, oficio que no hace ruido y resultados que hablan solos.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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