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Naturaleza

¿Cuánto verde ha perdido España en 2026 por los incendios forestales?

España supera las 250.000 hectáreas quemadas en 2026. El fuego golpea bosques, matorral y dehesas y deja una cicatriz enorme todavía abierta.

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bombero en medio de un incendio forestal

España ha visto arder más de 250.000 hectáreas desde el 1 de enero de 2026. La estimación más actualizada sitúa la superficie afectada en torno a las 260.000 hectáreas, unos 2.600 kilómetros cuadrados. Dicho de otra manera: una mancha de terreno quemado que, reunida en una sola pieza, ocuparía una extensión difícil de abarcar con la vista y todavía más difícil de restaurar.

Hay, eso sí, una precisión importante. Hablar de hectáreas de «verde perdido» sirve para entender la magnitud, pero no describe exactamente lo ocurrido. Superficie quemada no significa superficie forestal desaparecida para siempre: bajo esa cifra caben bosques, matorrales, monte abierto, pastos y dehesas, y parte de esos ecosistemas podrá regenerarse. Lo que mide el dato es el terreno recorrido o afectado por los incendios. Y en 2026 está siendo muchísimo.

Por qué aparecen cifras distintas sobre las hectáreas quemadas

Quien consulte varios balances puede encontrarse con números aparentemente incompatibles: 145.000, 190.000, 244.000, más de 250.000 o alrededor de 260.000 hectáreas. No es que alguien haya extraviado por el camino un bosque del tamaño de una comarca. El problema está en cómo y cuándo se contabiliza el terreno quemado.

El último avance consolidado del Ministerio para la Transición Ecológica contabilizaba 144.844,80 hectáreas de superficie forestal afectada entre el 1 de enero y el 2 de agosto. Ese balance recogía los datos comunicados por las comunidades autónomas y todavía no incorporaba completamente la superficie de incendios que seguían activos en la fecha de cierre. La estimación realizada mediante el sistema europeo EFFIS elevaba después el balance a 190.903 hectáreas.

EFFIS, el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales de Copernicus, observa los perímetros mediante satélites y permite seguir el avance con bastante mayor rapidez. Las estimaciones posteriores colocan el acumulado en torno a las 260.000 hectáreas, mientras otros balances recientes lo sitúan ya por encima de las 250.000. Las diferencias son normales en una temporada todavía abierta: algunos fuegos siguen creciendo, los perímetros se corrigen y las mediciones posteriores afinan lo que inicialmente era una estimación.

El dato oficial va por detrás del incendio real

Aquí está la pequeña paradoja estadística del fuego: cuando un incendio está activo y ocupa todos los titulares, puede no haber entrado aún completamente en el balance oficial consolidado. Precisamente porque todavía no se sabe con exactitud cuánto ha quemado.

Por eso, para saber cuánto terreno ha ardido desde enero, el dato que mejor refleja la situación a 12 de agosto es más de 250.000 hectáreas y alrededor de 260.000 según las estimaciones satelitales más recientes, no únicamente las 144.844 hectáreas del último cierre administrativo. La segunda cifra está más consolidada; la primera retrata mejor lo que está ocurriendo sobre el terreno.

Bosques, matorral y dehesas: qué se ha quemado realmente

El desglose oficial disponible hasta el 2 de agosto ayuda a entender de qué hablamos cuando utilizamos esa expresión tan genérica de «verde». De las 144.844 hectáreas que entonces constaban en los partes autonómicos, 60.623 hectáreas eran superficie arbolada, otras 63.181 correspondían a matorral y monte abierto y aproximadamente 21.041 eran pastos y dehesas.

El bosque propiamente dicho representa, por tanto, una parte importante pero no toda la superficie incendiada. Un fuego forestal puede avanzar por un mosaico de pinos, encinas, monte bajo, pastizales, explotaciones agrícolas o áreas próximas a núcleos urbanos. Desde un satélite, el perímetro deja una cicatriz continua; ecológicamente, dentro de ella hay mundos muy distintos.

Y también distintos grados de daño. Una hectárea recorrida por un fuego de baja intensidad no equivale a otra donde las llamas hayan destruido completamente la cubierta vegetal y alterado el suelo. Las hectáreas miden extensión, no por sí solas la severidad ecológica de un incendio.

2026 está muy por encima de un año normal

Incluso utilizando únicamente el balance más conservador del ministerio, la anomalía salta a la vista. Hasta el 2 de agosto habían ardido oficialmente 144.844 hectáreas, frente a una media de 59.112 hectáreas para ese mismo periodo durante los diez años anteriores. En 2025, a esas alturas del calendario, el fuego había afectado a 39.155 hectáreas.

Es decir, el registro oficial de 2026 era ya aproximadamente dos veces y media superior a la media reciente y casi cuadruplicaba el del mismo periodo del año pasado. Y eso antes de incorporar plenamente varios de los grandes incendios registrados durante agosto.

También está creciendo el número de grandes incendios forestales, la categoría utilizada en España para los fuegos que superan las 500 hectáreas. El seguimiento actualizado contabiliza alrededor de 48 grandes incendios en lo que va de año. Son relativamente pocos frente al número total de siniestros, pero concentran una proporción enorme de toda la superficie quemada.

Ahí está uno de los problemas de fondo. No hace falta que ardan miles de montes diferentes para disparar el balance nacional: basta con una sucesión de incendios gigantescos que se extiendan rápidamente y sometan a los dispositivos de extinción a jornadas especialmente difíciles. El fuego pequeño deja una herida; el gran incendio cambia el paisaje entero.

Niebla y Riglos siguen engordando el balance

Agosto está añadiendo hectáreas a una estadística que ya venía muy castigada por julio. Uno de los incendios que más peso está teniendo es el de Niebla, en Huelva, declarado el 6 de agosto. La superficie recorrida llegó a situarse alrededor de las 25.000 hectáreas, con un enorme perímetro entre eucaliptales, dehesas, matorral y pinares.

En Aragón, el incendio de Las Peñas de Riglos, en Huesca, alcanzó aproximadamente 4.200 hectáreas, con un perímetro cercano a los 60 kilómetros y cientos de personas movilizadas en las tareas de extinción. Su evolución también muestra hasta qué punto un único gran incendio puede modificar en cuestión de horas el balance nacional.

Son dos ejemplos muy recientes de por qué el contador de hectáreas quemadas se mueve prácticamente cada día. Julio ya había sido especialmente destructivo: las estimaciones sitúan en unas 170.800 hectáreas la superficie recorrida por el fuego durante ese mes, muy por encima de lo habitual para esas fechas.

Y el riesgo no termina cuando desaparece la llama de las imágenes de televisión. El suelo queda expuesto; llegan después la pérdida de nutrientes, la erosión, la escorrentía cuando llueve y, en los terrenos más castigados, una recuperación que puede durar años. Todo depende de la intensidad y repetición del fuego, del tipo de vegetación y del estado previo del ecosistema.

Quemado no significa necesariamente perdido para siempre

España tiene alrededor de 28,5 millones de hectáreas de superficie forestal, contando áreas arboladas y desarboladas. Las cerca de 260.000 hectáreas afectadas este año equivaldrían, a grandes rasgos, a algo menos del 1% de ese patrimonio forestal. Parece un porcentaje pequeño escrito así. Sobre el terreno no lo es: hablamos de montes enteros, corredores ecológicos, explotaciones, zonas de pastoreo y paisajes construidos durante décadas.

Conviene evitar, sin embargo, la idea de que cada hectárea quemada se convierte automáticamente en un desierto negro permanente. Muchos ecosistemas mediterráneos poseen mecanismos naturales de recuperación: algunas especies rebrotan y otras germinan después del incendio. El problema aparece cuando el fuego es demasiado intenso, demasiado extenso o demasiado frecuente.

Entonces la capacidad natural de regeneración puede deteriorarse y aumenta el peligro de erosión, pérdida de suelo fértil y degradación del territorio. Dos incendios de la misma superficie pueden dejar consecuencias muy distintas dependiendo de la temperatura alcanzada, la vegetación previa, la pendiente o el tiempo transcurrido desde el último fuego.

Ahí reside la diferencia entre contar árboles carbonizados y medir el daño real. Un paisaje puede reverdecer relativamente pronto y, aun así, haber perdido árboles maduros, hábitats, carbono almacenado y estructura del suelo que necesitarán mucho más tiempo para recuperarse.

Una cicatriz que todavía está creciendo

El balance de 2026 no está cerrado. A 12 de agosto, la fotografía más actual sitúa la superficie recorrida por los incendios forestales españoles por encima de las 250.000 hectáreas y cerca de las 260.000. Es la cifra que mejor expresa el tamaño de la cicatriz acumulada desde enero; los datos administrativos definitivos llegarán cuando los incendios estén extinguidos, los perímetros se midan con mayor precisión y las comunidades autónomas terminen de depurar sus partes.

España no ha «perdido» necesariamente esas 260.000 hectáreas en el sentido de haberlas borrado para siempre del mapa verde. Sí las ha visto arder. Y esa diferencia semántica, que puede parecer pequeña desde un despacho, resulta enorme cuando se mira el terreno: habrá monte que rebrote casi solo, zonas que necesitarán restauración y otras donde la recuperación será lenta. Las llamas tardan horas en cambiar un paisaje. Devolverle su complejidad puede llevar décadas.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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