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¿Cuánto oro tiene la Copa del Mundo ganada por España y cuánto vale?
El trofeo que levantó España mezcla oro, malaquita e historia: su peso, su valor aproximado y el motivo por el que no se queda en Las Rozas.

La Copa del Mundo que España levantó tras conquistar su segunda estrella pesa 6,175 kilos, mide 36,8 centímetros y está fabricada, según la descripción oficial de la FIFA, en oro macizo de 18 quilates, con dos bandas de malaquita verde en la base. Llevada la pieza al lenguaje del bolsillo, el valor máximo teórico de sus materiales ronda los 523.000 euros con la cotización actual del metal precioso.
La cifra real debe ser algo menor. Ese cálculo aplica el precio del oro de 18 quilates a todo el peso del trofeo, aunque una parte corresponde a la base de malaquita y la FIFA no publica cuántos gramos exactos pertenecen al cuerpo de oro. La respuesta más honesta, por tanto, es esta: la copa contiene varios kilos de metal precioso y su valor material se acerca al medio millón de euros, pero no existe una tasación oficial.
España tampoco se ha llevado semejante tesoro a casa. Rodri y sus compañeros alzaron el trofeo original después de vencer por 1-0 a Argentina, gracias al gol de Ferran Torres en el minuto 106 de la final disputada el 19 de julio de 2026 en el estadio de Nueva York-Nueva Jersey. Terminada la ceremonia, la copa regresó a manos de la FIFA.
La Federación Española conserva una réplica oficial chapada en oro, magnífica para la vitrina y prácticamente idéntica a ojos del aficionado, pero distinta del original. El fútbol permite tocar la eternidad durante unos minutos; llevársela al salón, ya no.
Cuánto vale el oro de la Copa del Mundo
Poner precio a la Copa del Mundo obliga a separar tres valores que suelen mezclarse con cierta alegría: el del metal precioso, el de la fabricación artística y el de la pieza histórica. El primero puede estimarse. Los otros dos viven en un terreno bastante más resbaladizo.
El oro de 18 quilates tiene una pureza del 75%. Si se aplicara esa proporción a los 6,175 kilos completos del trofeo, resultarían unos 4,63 kilos de oro puro. Con el gramo de oro fino situado alrededor de los 113 euros, el valor alcanzaría aproximadamente los 523.000 euros.
Es un techo matemático, no el precio exacto. La copa también incorpora malaquita y la FIFA no desglosa el peso de cada material. Tampoco ha difundido cuánto costó el proceso de fundición, modelado, pulido, restauración y mantenimiento de una pieza que viaja bajo medidas de seguridad propias de una joya de Estado.
El valor del oro cambia cada jornada. Una subida o bajada de diez euros por gramo puede mover la estimación en decenas de miles de euros. La copa sigue pesando lo mismo, claro, pero su traducción al mercado baila al ritmo de Londres, Nueva York y los bancos centrales.
Cuánto oro contiene realmente
No existe una cifra oficial que indique los gramos exactos de oro puro incluidos en el trofeo. La FIFA informa del peso total, los quilates, las dimensiones y la presencia de malaquita, pero no separa públicamente la masa del cuerpo dorado de la correspondiente a la base.
Esa ausencia explica por qué circulan valoraciones muy diferentes. Algunas cuentas multiplican directamente los 6,175 kilos por el precio del oro de 18 quilates. Otras descuentan una cantidad aproximada por la malaquita. También aparecen estimaciones que suman el trabajo artesanal, la exclusividad y una supuesta prima de coleccionista.
El resultado termina oscilando desde varios cientos de miles de euros hasta cifras millonarias que quedan estupendas en un titular, aunque no tienen una tasación oficial detrás. Nadie ha sacado la Copa del Mundo a subasta y, salvo un terremoto institucional de proporciones bíblicas, nadie lo hará.
Una estimación, no una etiqueta de precio
El trofeo original no está a la venta. Pertenece a la FIFA y forma parte de su patrimonio deportivo, histórico y cultural. Su precio comercial, sencillamente, no existe.
Hablar de diez, quince o veinte millones de euros significa imaginar una subasta imposible y calcular cuánto pagaría un coleccionista por poseer uno de los símbolos más reconocibles del planeta. Es una conjetura, no un valor certificado.
El precio comprobable es el de sus materiales. El resto pertenece a otro territorio: el de las finales, los campeones, las fotografías y la memoria colectiva. Una cosa es fundir varios kilos de oro —una herejía bastante rentable— y otra comprar el objeto que levantaron Franz Beckenbauer, Diego Maradona, Iker Casillas, Lionel Messi y, desde 2026, Rodri Hernández.
La copa que España levantó, pero no se queda
La escena de la celebración puede llevar a engaño. Los campeones besan el original, lo levantan, lo pasean por el césped y posan con él bajo una tormenta de confeti. Parece suyo. Solo lo parece.
Desde la restauración realizada en 2005, la FIFA dejó de prestar el trofeo original a la selección campeona durante los cuatro años siguientes. La copa permanece bajo su custodia y solo aparece en acontecimientos determinados: la final, sorteos, actos institucionales y la gira oficial previa a cada Mundial.
El equipo ganador recibe el denominado Trofeo de los Ganadores de la Copa Mundial, una reproducción oficial chapada en oro y vinculada a la edición conquistada. Esa es la pieza que España puede exhibir permanentemente en su sede.
La selección, por tanto, no conserva en Las Rozas el mismo objeto que Rodri sostuvo durante la ceremonia de Nueva Jersey. Guarda una reproducción de enorme valor simbólico, pero no fabricada con la misma cantidad de oro ni sometida a las mismas restricciones.
Ningún país podrá quedarse definitivamente el trofeo actual, aunque gane tres, cinco o diez campeonatos. La antigua norma que permitió a Brasil conservar la Jules Rimet después de su tercer título desapareció con aquella copa. Visto lo que ocurrió más tarde, tampoco parece una decisión especialmente exagerada.
Un diseño italiano elegido entre 53 propuestas
El trofeo moderno nació cuando Brasil ganó su tercer Mundial en 1970 y obtuvo la propiedad definitiva de la Jules Rimet. La FIFA necesitaba una nueva copa y convocó un concurso internacional. Se presentaron 53 diseños procedentes de siete países.
La propuesta elegida fue la del escultor italiano Silvio Gazzaniga, que trabajaba para la casa milanesa GDE Bertoni. Su creación se alejó de la tradicional copa con asas, pedestal y apariencia de jarrón imperial.
Gazzaniga representó a dos figuras humanas que ascienden en espiral y sostienen el planeta. Desde cierta distancia, el mundo parece flotar sobre una columna irregular de oro; al acercarse aparecen brazos, músculos, torsos y líneas de movimiento. El deporte convertido en escultura, sin necesidad de colocar un balón encima para explicar el asunto.
El hijo del artista comparó las formas ascendentes con una doble hélice, semejante a la estructura del ADN. El diseño pretendía condensar el esfuerzo del futbolista, la tensión de la competición y la explosión del público cuando llega la victoria.
Las dos bandas de malaquita verde remiten al color del terreno de juego. Son un detalle pequeño, casi silencioso, bajo ese globo dorado que todos miran. La base mide 13 centímetros de diámetro y en la parte inferior aparecen grabados los años y los nombres de los campeones desde 1974.
Alemania Occidental fue la primera selección que levantó el nuevo trofeo tras derrotar a Países Bajos en la final de Múnich. Desde entonces ha sobrevivido a celebraciones empapadas en champán, manos temblorosas, viajes vigilados y algún que otro beso demasiado entusiasta.
La sombra de la Jules Rimet robada
La primera copa del mundo era muy diferente. Representaba a Nike, la diosa griega de la victoria, y estaba fabricada en plata esterlina bañada en oro, con una base de lapislázuli. Al principio se llamó Victoria, aunque terminó adoptando el nombre de Jules Rimet, presidente de la FIFA e impulsor del torneo.
Su biografía parece escrita por un guionista con debilidad por el disparate. Fue robada en Londres en 1966, pocos meses antes del Mundial de Inglaterra. Una semana después apareció envuelta en papel de periódico bajo un seto del sur de la ciudad.
La encontró Pickles, un perro que paseaba con su dueño y se detuvo a olisquear el paquete. El animal se convirtió en celebridad nacional. Los servicios de seguridad británicos, comprensiblemente, disfrutaron algo menos de la historia.
Brasil recibió la copa definitivamente tras proclamarse campeón por tercera vez en 1970. Trece años más tarde volvió a ser robada, esta vez de la sede de la Confederación Brasileña de Fútbol en Río de Janeiro.
Nunca apareció. La hipótesis más extendida sostiene que fue fundida para vender el metal, un destino vulgar para uno de los objetos más famosos del siglo XX. De la gloria eterna a una balanza clandestina; el mercado negro tampoco suele detenerse a apreciar las metáforas.
Aquella desaparición ayuda a entender la vigilancia casi ceremonial que rodea al trofeo actual. Su propiedad no se transfiere, sus movimientos están controlados y el campeón recibe una réplica. Hay tradiciones que nacen del romanticismo. Otras, de haber perdido una copa dos veces.
La segunda estrella pesa más que el metal
España ha conquistado su segundo Mundial dieciséis años después de Sudáfrica 2010. La copa es la misma, pero el país, el equipo y el fútbol que la rodea son otros. Iker Casillas la alzó en Johannesburgo; Rodri lo hizo en Nueva Jersey después de una final cerrada ante la Argentina campeona de 2022.
Son dos fotografías separadas por una generación y unidas por 6,175 kilos de oro, piedra e historia. En una aparecen Xavi, Iniesta, Villa, Puyol y Casillas. En la otra, la selección construida por Luis de la Fuente, con Rodri como brújula y Ferran Torres como autor del gol que decidió el título.
Su valor material impresiona. Medio millón de euros es una cifra considerable incluso en un deporte acostumbrado a pagar fortunas por una pierna izquierda prometedora. Aun así, termina siendo casi secundaria.
La Copa del Mundo concentra los nombres de los campeones, las finales recordadas y las derrotas que todavía escuecen. No vale tanto porque esté hecha de oro; el oro parece valer más cuando, durante unos minutos, adopta la forma del trofeo más codiciado del fútbol.
España no conserva el original. Conserva algo menos manejable: la segunda estrella en la camiseta, el gol de Ferran Torres, una noche de julio y la certeza de haber vuelto a tocar la pieza que todos persiguen. Los quilates, la malaquita y la cotización caben en una tasación. Eso, no.

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