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¿Habrá otro apagón en España? Esto se sabe sobre el riesgo

Las señales de tensión justifican vigilancia, pero no permiten anticipar un nuevo colapso ni ponerle fecha.

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apagón en tu factura de la luz

No se puede señalar una fecha fiable para el próximo apagón general en España. Las alertas sobre variaciones de tensión y los problemas de estabilidad del sistema describen riesgos que deben vigilarse, pero no permiten anticipar que vaya a producirse un corte masivo en un día concreto. Tampoco hay en la información disponible una probabilidad oficial que permita traducir esas señales en un calendario.

La fecha del 17 de agosto de 2025 que difundió una empresa del sector como posible momento de riesgo ya quedó atrás y no constituye una previsión vigente. El dato importante no es sustituir ese día por otro: es distinguir entre una advertencia técnica, que puede justificar medidas preventivas, y una predicción de apagón, para la que hace falta evidencia que los materiales disponibles no aportan. Un riesgo posible no equivale a un suceso inminente.

Por qué no se puede poner fecha a otro apagón

Un sistema eléctrico se mantiene en funcionamiento mediante un equilibrio continuo entre la electricidad que se produce y la que se consume, además de controles que mantienen la tensión dentro de los márgenes establecidos. La demanda cambia a lo largo del día y la generación también puede variar. Por eso, operadores y reguladores vigilan señales de funcionamiento y actúan sobre el sistema; no disponen de un calendario que permita anunciar de antemano el día de un colapso generalizado. Las condiciones de riesgo no funcionan como una cuenta atrás.

Incluso cuando se detecta una anomalía, su evolución depende de varios factores que pueden cambiar: la demanda, la respuesta de las instalaciones conectadas, la disponibilidad de recursos y la capacidad de aplicar medidas correctoras. Una incidencia puede quedar contenida, provocar desconexiones limitadas o contribuir a una alteración mayor si coincide con otros fallos. Esa diferencia entre escenarios impide deducir una fecha concreta a partir de una señal aislada.

También conviene separar las estimaciones de una inteligencia artificial de las previsiones de un operador o de un organismo regulador. Los artículos que atribuyen porcentajes anuales o periodos de mayor riesgo a una herramienta conversacional no aportan, por sí solos, una medición oficial. Si no se explica el método, los datos empleados y qué se entiende por apagón, una cifra como el 1% no sirve para calcular cuándo ocurrirá uno. La precisión aparente de un porcentaje puede ocultar una estimación sin base verificable.

Qué significó el apagón del 28 de abril de 2025

El corte masivo del 28 de abril de 2025, que afectó a España y Portugal, convirtió la estabilidad eléctrica en una preocupación cotidiana. Un apagón de esa escala no es lo mismo que el corte de luz de un barrio o una avería en una instalación: implica una interrupción extensa del suministro y puede repercutir en comunicaciones, transporte, actividad comercial y servicios esenciales. La experiencia dejó claro que una infraestructura que suele pasar inadvertida también puede tener consecuencias visibles cuando falla.

Sin embargo, que aquel episodio haya ocurrido no demuestra que vaya a repetirse pronto ni permite extrapolar una periodicidad. Un acontecimiento pasado sirve para investigar vulnerabilidades y revisar procedimientos, pero no es un reloj que marque la siguiente incidencia. Tampoco basta con describir el suceso como un cero energético para explicar por qué ocurrió: esa expresión caracteriza un colapso amplio del suministro, no identifica por sí misma las causas técnicas que lo desencadenaron. El nombre del fenómeno no sustituye a una explicación causal.

La información de referencia recoge explicaciones y advertencias sobre la vulnerabilidad del sistema, pero no ofrece una reconstrucción técnica completa que permita atribuir el apagón a una única causa. En estos casos, conviene no convertir hipótesis generales —como la presencia de más renovables o la falta de almacenamiento— en una explicación definitiva del incidente. La investigación de un colapso requiere analizar cómo interactuaron distintas instalaciones y controles, no quedarse con un factor que suena sencillo o llamativo.

Qué dicen las alertas sobre las variaciones de tensión

En octubre de 2025, Red Eléctrica comunicó a la CNMC que había observado variaciones bruscas de tensión durante las dos semanas anteriores. Según la información trasladada, las tensiones se habían mantenido dentro de los límites establecidos, pero el operador advirtió de que determinados cambios podrían afectar a la seguridad del suministro si no se aplicaban medidas. La advertencia hablaba de una posibilidad técnica, no de un apagón anunciado.

El operador relacionó esas variaciones con periodos de baja demanda y alto recurso solar, además de una respuesta lenta de parte de la generación que participa en el control continuo de tensión. La preocupación era que una alteración pudiera contribuir a desconexiones de consumo o de generación y que estas, a su vez, desestabilizaran el sistema. Ese encadenamiento es un escenario de riesgo que explica la vigilancia, pero no significa que cada variación vaya a terminar en una interrupción general.

Tras recibir la comunicación, el Ministerio pidió al operador que actuara dentro de sus funciones y solicitó a la CNMC reforzar la supervisión. La comisión inició la tramitación de medidas coyunturales y limitadas en el tiempo mientras se avanzaba en un procedimiento para que distintas tecnologías pudieran aportar control de tensión. El carácter temporal de las medidas importa: respondían a una situación que requería atención y análisis, no a la certeza de que el sistema fuera a colapsar. Supervisar y corregir una vulnerabilidad es precisamente una forma de reducir el riesgo.

Renovables, interconexiones y respaldo: factores que requieren contexto

La producción solar puede ser elevada en jornadas soleadas y, si coincide con una demanda baja, el sistema debe gestionar cómo encaja esa electricidad con el consumo y con las necesidades de operación. En algunos casos puede ser necesario limitar producción o recurrir a otros recursos. Eso no significa que la energía solar, por sí sola, provoque un apagón: la cuestión es si los mecanismos disponibles permiten responder a las variaciones y mantener estable la red. La dificultad está en coordinar el conjunto, no en señalar una tecnología como culpable.

El almacenamiento y la flexibilidad ayudan a desplazar energía en el tiempo o a responder a cambios de oferta y demanda. La información de referencia apunta a que las baterías y la gestión de la demanda no están desplegadas a gran escala, pero no proporciona una cifra completa para cuantificar cuánto respaldo falta ni en qué fecha quedaría cubierto. Por ello, resulta más sólido describir el desafío —integrar generación variable y contar con recursos de respuesta— que anunciar una fecha de colapso basada en una carencia expresada sin medida.

También se ha señalado la limitada interconexión eléctrica con Francia. La cifra recogida en una de las referencias es una capacidad de intercambio del 2%, frente a un objetivo europeo del 15%. Esa diferencia puede reducir la posibilidad de intercambiar electricidad con el resto del continente, pero no permite concluir que un apagón vaya a ocurrir. La interconexión es una pieza de seguridad y flexibilidad; no reemplaza la planificación, el control de tensión ni el funcionamiento correcto de los recursos conectados dentro del país.

El debate sobre las centrales convencionales y la transición energética exige una cautela parecida. La retirada de algunas instalaciones puede modificar los recursos disponibles para responder ante incidencias, mientras que las tecnologías renovables y distribuidas plantean nuevas necesidades de control. Pero la presencia de más generación renovable no basta para explicar una avería concreta y tampoco implica automáticamente una red inestable. La seguridad depende de cómo se planifica y opera la combinación de recursos.

La predicción de agosto de 2025 ya no sirve como pronóstico

Una publicación comercial anticipó que podía producirse otro apagón hacia mediados de agosto de 2025 e incluso destacó el 17 de ese mes. Su argumento mezclaba factores estacionales, como el uso de aire acondicionado durante olas de calor, con la generación solar, el almacenamiento, las interconexiones y la disponibilidad de personal. Algunos de esos elementos pueden ser relevantes para estudiar la operación eléctrica, pero reunirlos no basta para demostrar que un día concreto concentra una probabilidad especialmente alta.

La fecha anunciada no venía acompañada, en la información disponible, de un modelo técnico transparente que permitiera comprobar cómo se calculó. Además, el 17 de agosto de 2025 ya pasó. Presentarlo ahora como una alerta activa o repetir la predicción como si siguiera pendiente confunde una afirmación comercial antigua con una evaluación actual. Una fecha precisa no vuelve sólida una previsión si no se conoce su método.

También es discutible el argumento de que un sábado de agosto aumentaría el peligro porque habría personal técnico de vacaciones o menos supervisión. Los materiales aportados no ofrecen pruebas de que la operación del sistema dependiera de la presencia ordinaria de más trabajadores en una jornada determinada. La seguridad de una red de esta escala se apoya en procedimientos y centros de control, y no puede inferirse un riesgo mayor a partir del calendario laboral sin datos que lo acrediten.

Por la misma razón, no es fiable trasladar esa predicción a otro verano, a 2026 o a cualquier periodo posterior. Los escenarios de riesgo pueden cambiar cuando se modifican las normas, las instalaciones o la operación del sistema. La referencia a que los años 2026 a 2029 serían más críticos, o a que el riesgo de corte habría aumentado cinco veces desde 2021, aparece en contenido atribuido a estimaciones de inteligencia artificial, pero no se acompaña aquí de una fuente primaria verificable ni de una definición comparable del riesgo. No debe presentarse como un dato confirmado.

Un aviso técnico no equivale a un apagón inminente

La diferencia entre una alerta y una predicción suele perderse en titulares que convierten cualquier variación de tensión en una señal de colapso próximo. Una alerta técnica identifica una condición que merece seguimiento o una modificación operativa. Una predicción de apagón tendría que justificar, además, la probabilidad, el alcance y el horizonte temporal del suceso. En la comunicación de octubre de 2025, el hecho de que las tensiones estuvieran dentro de los márgenes establecidos matizaba el riesgo: no anulaba la preocupación, pero tampoco describía una situación de corte generalizado inminente.

Las consecuencias potenciales de una desconexión pueden ser serias, y por eso las autoridades y el operador tienen motivos para actuar antes de que una condición empeore. Pero la existencia de medidas preventivas no es una prueba de que el apagón esté cerca; en muchos sistemas críticos, las reglas se revisan precisamente para impedir que una anomalía aislada se convierta en una cadena de fallos. La vigilancia responde a la posibilidad de un problema, no a la certeza de que ocurrirá.

También hay diferencias importantes entre un apagón nacional, una interrupción regional y un corte puntual por una avería local. Los titulares suelen emplear la misma palabra para todos ellos, aunque su alcance y sus causas no sean equivalentes. Los materiales de referencia no permiten estimar la frecuencia de cada clase de interrupción ni asignarles un porcentaje. Sí permiten concluir que una previsión sobre un colapso general no puede deducirse automáticamente de un aviso sobre tensión o de la posibilidad de desconexiones.

Qué puede hacer la ciudadanía ante un corte

Aunque no exista una fecha anticipable, un apagón puede interrumpir durante un tiempo el funcionamiento de luces, ascensores, electrodomésticos, redes domésticas y otros equipos que dependen del suministro. Tener a mano una linterna, pilas y una radio que funcione sin conexión a la red permite seguir la información si fallan internet o la cobertura móvil. El objetivo de una preparación doméstica razonable no es asumir que habrá un colapso, sino reducir la dependencia inmediata de dispositivos que necesitan electricidad.

Durante un corte, conviene mantener la calma y comprobar si la interrupción afecta solo a la vivienda o también al entorno. Una linterna resulta más segura que moverse a oscuras y, para conservar la temperatura de los alimentos, es mejor abrir lo menos posible la nevera y el congelador. Desenchufar aparatos sensibles puede evitar que queden expuestos a cambios cuando vuelva el suministro. Son precauciones generales; las indicaciones de los servicios de emergencia y de las compañías eléctricas prevalecen si se produce una incidencia concreta. La información fiable es más útil que las conjeturas sobre una fecha.

Un kit solar doméstico con batería puede mantener en funcionamiento algunos aparatos durante un corte, pero no equivale a garantizar electricidad para toda la vivienda ni a proteger frente a cualquier interrupción. La autonomía depende del equipo, de su capacidad y del consumo conectado; sin especificaciones verificables no es posible prometer cuántas horas funcionarían una nevera, un router o un portátil. Tampoco debe presentarse el autoconsumo como respuesta a una amenaza inminente: puede tener otros usos, pero no convierte en predecible un fallo de la red.

La seguridad eléctrica se mide en capacidad de respuesta

La pregunta sobre el próximo apagón no tiene hoy una fecha respaldada por la información disponible. Lo que sí puede afirmarse es que, después del corte masivo de abril de 2025, el operador comunicó variaciones de tensión en octubre de ese año y pidió cambios urgentes en procedimientos; la CNMC inició entonces la tramitación de medidas temporales y reforzó la supervisión. Son señales de un sistema observado y sometido a ajustes, no pruebas de un nuevo colapso fechado.

El reto de fondo consiste en integrar distintas fuentes de generación, atender cambios de demanda, disponer de recursos que ayuden a controlar la tensión y coordinar las conexiones con otros sistemas. Ningún factor aislado —ni el calor, ni la energía solar, ni la interconexión limitada— permite anunciar por sí solo un apagón. La evaluación depende de cómo coinciden las condiciones y de la respuesta operativa, aspectos que pueden variar y que no se resumen en una fecha viral.

Por eso, cualquier pronóstico que anuncie un día concreto debe leerse con especial cautela si no explica sus datos y su método. La prudencia no consiste en negar que haya riesgos, sino en no convertirlos en certezas. La pregunta relevante para la seguridad eléctrica no es qué día llegará otro apagón, sino qué capacidad existe para detectar una anomalía, contenerla y evitar que se propague.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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