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¿Cómo va México con Claudia Sheinbaum? Esta es la verdad
México combina inflación controlada, peso estable y empleo sólido con un crecimiento débil y la sombra persistente de Pemex. México cierra octubre de 2025 con un panorama económico que mezcla señales de estabilidad y lastres persistentes.

Foto por Eneas De Troya, vía Wikimedia Commons. Licencia: CC BY 4.0
México combina inflación controlada, peso estable y empleo sólido con un crecimiento débil y la sombra persistente de Pemex.
México cierra octubre de 2025 con un panorama económico que mezcla señales de estabilidad y lastres persistentes. La inflación se mueve dentro del rango objetivo del banco central, la tasa de paro abierto ronda mínimos históricos, el peso opera estable y la inversión extranjera directa mantiene un pulso notable al calor del reacomodo industrial norteamericano. El reverso de la moneda es claro: el crecimiento de 2025 ha sido flojo, el crédito avanza con cautela, y Pemex continúa pesando en las finanzas públicas. A grandes rasgos, la administración de Claudia Sheinbaum ha preservado la prudencia macro y ha intentado blindar la confianza regulatoria, con Hacienda en tono ortodoxo y Banco de México recortando tipos al hilo de la desinflación.
Si hay que poner números sobre la mesa, el PIB avanza alrededor del 0,5% este año, la inflación general se sitúa en torno al 3,5–4% interanual, el tipo de referencia se ubica por debajo del 8% tras el ciclo de recortes y la tasa de desocupación ronda el 3%, con un mercado laboral apretado y salarios mínimos reales más altos que años atrás. El peso mexicano se conserva en una banda estrecha en torno a 18,4–18,5 por dólar, lejos de los sobresaltos de otros ciclos, y la IED sigue llegando con proyectos ligados a manufacturas, logística y componentes eléctricos. El país no despega en crecimiento, pero ha estabilizado la macro, y eso —en un vecindario global agitado— ya es mucho.
Radiografía del México de Sheinbaum al día de hoy
Desde la toma de posesión en octubre de 2024, la hoja macro ha transitado por una senda de continuidad. La receta combina ortodoxia fiscal, señales de cooperación con el sector privado y un banco central independiente que empezó a aflojar la política monetaria al amparo de la desinflación. La economía mexicana no se ha encendido al ritmo que prometía el discurso del “nearshoring” más optimista, pero sí ha preservado la estabilidad: inflación contenida, empleo resistente, tipo de cambio sin vaivenes extremos. El cuadro general, más técnico que épico, descansa en algo fundamental: la relación comercial con Estados Unidos y el reposicionamiento de cadenas hacia Norteamérica continúan empujando exportaciones y anuncios de inversión, incluso con baches.
En cifras gruesas, el país crece poco, pero de pie. Las manufacturas vinculadas a automoción, equipo eléctrico y electrónica se mantienen como motores, mientras que construcción e inversión fija han exhibido altibajos por la combinación de tipos aún relativamente altos respecto a la década pasada, trámites y cuellos en energía. El consumo interno resiste gracias al aumento del salario mínimo y a la mejora acumulada del ingreso laboral, aunque el crédito a familias y empresas se ha normalizado más despacio. El déficit público se ha estabilizado tras el bache de 2024 con un plan de convergencia en 2025–2026, pero Pemex obliga a hilar fino para no desbordar la senda de deuda. A la espera de un 2026 más dinámico, la consigna en Palacio Nacional y Hacienda ha sido evitar errores no forzados.
Crecimiento: señales mixtas en el motor productivo
El crecimiento de 2025 se quedó corto frente a las previsiones de comienzos de año. La economía avanzó apenas unas décimas en la primera mitad del curso y la segunda no trajo un salto. El sector externo ha dado soporte, pero con una demanda estadounidense menos caliente que en 2023–2024 y con varios episodios de ruido comercial al norte de la frontera. Aun así, México conserva el primer puesto como socio comercial de Estados Unidos en varios cortes del año, lo que se traduce en exportaciones no petroleras sólidas. La clave —y aquí está el matiz— ya no es solo captar anuncios de inversión, sino convertirlos en plantas, líneas, naves y conexiones eléctricas que produzcan a escala.
El nearshoring, o relocalización productiva, existe y se ve. Saltillo, Monterrey, la franja fronteriza, Bajío y corredores del centro acumulan parques industriales con ocupaciones altas y rentas al alza. Las cadenas de valor de electromovilidad, autopartes, electrodomésticos y dispositivos médicos han enganchado proyectos nuevos o ampliaciones de capacidad. Pero la transformación no es automática. Hace falta energía suficiente y barata, tramitología más ágil, suelo industrial y mano de obra técnica con formación ajustada a la demanda. Sin resolver esos cuellos, la expansión industrial no se multiplicará al ritmo que muchos informes prometían. La realidad del año lo dejó claro: se progresa, sí, pero con paso contenido.
El consumo sostuvo parte del crecimiento. Los salarios mínimos y la fortaleza del empleo apuntalaron supermercados, bienes semiduraderos y servicios. Aun así, los hogares fueron más cautos en compras de ticket alto. La inversión fija privada, por su parte, no flaqueó del todo pero perdió impulso frente al periodo previo, en parte por el coste del dinero todavía exigente y por la espera de definiciones regulatorias en energía y permisos. En breve: no hay recesión, pero tampoco hay expansión potente. Mientras no se sumen capacidad eléctrica, conexiones ferroviarias y carreteras y seguridad jurídica homogénea, el PIB seguirá orbitando alrededor de tasas modestas.
Precios y tipos: de la cima inflacionaria al objetivo
El ciclo inflacionario tocó techo y retrocedió. La inflación general se movió hacia la zona media del 3–4%, permitiendo a Banco de México recortar su tasa de referencia desde los máximos del apretón monetario. La inflación subyacente, más pegajosa porque excluye energía y agro, cedió sin prisa pero dentro de márgenes compatibles con una relajación prudente. Con todo, la autoridad monetaria dio señales de gradualismo: cada recorte fue calibrado con los datos de quincena en la mano, evitando una bajada súbita que encendiera expectativas de precios o golpeara al peso.
Esa estrategia, con tasas reales positivas, ayudó a anclar el tipo de cambio y a mantener la preferencia por activos en pesos. No es menor: en episodios de incertidumbre política o comercial, la confianza de que el banco central no se precipita funciona como dique. El tránsito hacia niveles de tipos más bajos seguirá condicionado por tres variables: el desempeño de la subyacente, el humor global (precios de energía, granos, transporte) y la dinámica de crecimiento. Si la economía se enfría demasiado, el margen para recortar crece; si los precios se recalientan por shocks temporales, el compás se alarga. A día de hoy, el equilibrio luce razonable: desinflación en curso y política monetaria todavía restrictiva respecto a la década anterior, pero ya sin el freno de mano hasta el fondo.
Empleo, salarios y el reto de la productividad
El mercado laboral mexicano aguantó el tipo. La tasa de desocupación se movió cerca del 3%, con subocupación más baja que en los años duros de la pandemia y con contratación formal positiva aunque menos vibrante que en 2023. La informalidad sigue siendo elevada —un rasgo estructural—, pero los salarios mínimos acumulan una recuperación real histórica desde 2018. En 2025, el salario mínimo subió de nuevo con fuerza, hasta niveles diarios que, descontada la inflación, mejoran el poder adquisitivo en grandes zonas del país y empujan el consumo masivo.
Ese avance convive con la letra pequeña. En polos industriales con pymes de baja productividad, subidas rápidas del mínimo aprietan márgenes y pueden frenar la formalización. A la vez, la revolución del nearshoring pide perfiles técnicos que no abundan: soldadores de alta precisión, técnicos en mecatrónica, operadores de CNC, especialistas en mantenimiento de líneas automatizadas. Sin capacitación dual robusta, bachilleratos técnicos ajustados y movilidad laboral entre regiones, la brecha entre vacantes y perfiles se convertirá en límite al crecimiento. Varios estados empezaron programas de formación exprés con empresas ancla; el Gobierno federal los acompaña con incentivos y convenios educativos. La pregunta de fondo —cómo elevar la productividad sin romper el avance salarial— marcará el ritmo de la segunda mitad del sexenio.
Otro rasgo menos visible, pero clave, es la migración interna. La concentración de oportunidades en ciertos corredores obliga a muchos trabajadores a mudarse o a viajar largas distancias. El encarecimiento de rentas en zonas industriales tensas encarece también la canasta de gasto y puede restar atractivo a la formalidad. Políticas de vivienda cercana al empleo, transporte metropolitano y guarderías tienen un impacto directo, aunque no siempre ocupen titulares macro. La economía se mueve en estos detalles.
Cuentas públicas y Pemex: el equilibrio delicado
La política fiscal del Gobierno de Sheinbaum arrancó con un compromiso de consolidación tras el salto del déficit en 2024. Para 2025 se trazó una reducción del rojo y una senda de deuda controlada, blindando a la vez programas sociales y cierta inversión pública. Ese guion depende, sin embargo, de una pieza singular: Petróleos Mexicanos. La petrolera, con el endeudamiento más alto de su sector, absorbe recursos y atenciones. En 2025 se desplegaron mecanismos de apoyo para gestionar vencimientos y liquidez, junto con una narrativa de autosuficiencia operativa a medio plazo. Los mercados se lo toman con cautela: cada trimestre sin sobresaltos abarata la prima de riesgo; cada tensión con proveedores o con la curva de deuda añade ruido.
Hacienda ha intentado ordenar el flujo de pagos, mejorar la disciplina de gasto en dependencias y acelerar la recaudación con medidas administrativas sin subir grandes impuestos. El resultado inmediato es una estabilidad razonable de las cuentas para 2025, con la advertencia implícita de que cualquier shock en Pemex o un crecimiento más débil obligaría a priorizar. No hay margen para aventuras. La ejecución del gasto en infraestructura —carreteras, logística, energía— será determinante: cada peso bien invertido multiplica y facilita que la inversión privada desembarque de verdad. En paralelo, el gasto social mantuvo foco en pensiones no contributivas y apoyos universales, con un diseño que deja poco espacio para giros bruscos sin tocar el saldo fiscal.
Peso, expectativas y clima de inversión
El tipo de cambio fue el gran termómetro. Tras la volatilidad postelectoral de 2024 y el debate sobre reformas institucionales, el peso encontró un nuevo equilibrio. El mercado descuenta que Banco de México seguirá prudente, que Hacienda no hará experimentos y que el sector externo ofrece un colchón —exportaciones y remesas— incluso en meses flojos. El cruce alrededor de 18,4–18,5 por dólar funciona como ancla psicológica: cuando la agenda política abre incertidumbre regulatoria, se tensa; cuando la narrativa vuelve a la estabilidad macro, se relaja. En el balance anual, la moneda cumplió.
El clima de inversión está más sobrio. La polarización retórica de 2024 quedó atrás, pero la agenda regulatoria en energía y los choques comerciales episódicos con Estados Unidos no han desaparecido. Las empresas internacionales piden certidumbre sobre acceso a electricidad, permisos de interconexión, reglas de contenido regional y tiempos de trámites. En paralelo, la oportunidad de relocalización es tan grande que pocas compañías dispuestas a reordenar su cadena global van a ignorar a México. Eso obliga a competir con velocidad administrativa, estado de derecho y oferta de talento. Cuanto más clara sea la cancha, más bajas serán las tasas exigidas por los inversores y más rápido entrará el capex.
En los mercados locales, el crédito bancario retoma la normalidad con tasas a la baja, aunque el legado del ciclo restrictivo aún se nota. Hipotecas, financiamiento a pymes y líneas para inversión de largo plazo se abaratan lentamente. Para que ese abaratamiento se traduzca en obras, maquinaria y empleo, hace falta visibilidad a dos o tres años vista. Nadie instala una prensa de estampado de millones de dólares para apagarla al primer bandazo. Ese es el desafío: construir una expectativa estable para 2026–2027 que justifique decisiones irreversibles de inversión.
México a finales de 2025: balance y próximos pasos
A esta altura del año, la conclusión —sin nombrarla así— es simple y, al mismo tiempo, incómoda. México ha hecho los deberes macro bajo Sheinbaum: inflación encarrilada, tipos en descenso medido, empleo firme, peso sensato. Ha habido prudencia fiscal y un esfuerzo por reducir el déficit tras 2024, sin estropear la expectativa de la deuda. En paralelo, el nearshoring no se ha marchitado; avanza con la paciencia de los procesos industriales, lejos del espejismo de la instantaneidad. Ese es el vidrio medio lleno.
El vidrio medio vacío también está a la vista. El crecimiento de 2025 fue endeble y no alcanza para cerrar brechas. Pemex sigue imponiendo una hipoteca que condiciona el presupuesto, la productividad se mueve lento y la certeza regulatoria aún tiene grietas, sobre todo en energía. La infraestructura eléctrica, la capacidad de transporte y la tramitología determinan si los anuncios de inversión aterrizan o se quedan en la carpeta. El país necesita más megawatts, más subestaciones, más doble vía ferroviaria y más aduanas fluidas. No es épico; es ingeniería y gestión.
La hoja de ruta viable para 2026 no es enrevesada. Acelerar la expansión de capacidad eléctrica con esquemas que sumen inversión privada donde haga falta, ordenar el pipeline de permisos con ventanillas únicas sectoriales, asegurar reglas claras en contenido regional bajo el paraguas del T-MEC y escalar la formación técnica en regiones clave. Con esos cimientos, el PIB puede salir de la zona de crecimiento anémico y acercarse a tasas del 2% largo en forma sostenida, siempre que el ciclo estadounidense no se dé la vuelta y que el ruido arancelario no pase de eso, de ruido. La política social, por su parte, puede capitalizar el aumento del salario mínimo si va de la mano de productividad y formalización; de lo contrario, chocará contra el techo de márgenes de las pymes.
El tono del Gobierno ha sido, en lo económico, pragmático. Eso no garantiza nada, pero ayuda. Si la administración consigue aislar las decisiones técnicas de la turbulencia política y si Hacienda y Banxico mantienen su compás, el riesgo país seguirá en niveles manejables y el crédito —público y privado— podrá abaratarse algo más. La región está llena de ejemplos que prueban lo contrario: basta un par de malas decisiones para que se dispare la desconfianza. Aquí, el tiempo juega a favor de quien no rompe.
En los márgenes, hay historias que apuntan a una economía más compleja de lo que dejan ver los agregados. Startups industriales que fabrican componentes de alto valor para exportación, proveedores locales que evolucionan para cumplir estándares internacionales, universidades tecnológicas que rediseñan planes con empresas, ayuntamientos que compiten por atraer plantas con suelo y permisos listos. No hacen ruido, pero suman. A veces, la macro se mueve un punto cuando diez mil decisiones minúsculas encajan. México tiene esa inercia oculta; si el Estado acompaña —sin estorbar—, la suma se nota.
Mirando a los próximos doce meses, el cuadro probable es continuista: inflación todavía baja, tipos un peldaño por debajo, peso en rango y crecimiento algo mejor si se destraban cuellos en energía y permisos. La oportunidad manufacturera no se esfuma, la demanda estadounidense seguirá siendo el gran amortiguador, y el país tiene a favor un ecosistema exportador que aprendió a sobrevivir a sacudidas. La advertencia está escrita: la macro aguanta, pero no hace milagros. El salto no vendrá solo por la geografía ni por los salarios; vendrá si la ejecución —lo prosaico, lo diario— funciona.
En resumen no declarado, México llega a finales de 2025 con un balance mixto que, bien gestionado, abre la puerta a un 2026 menos tacaño en crecimiento. Estabilidad primero, impulso después. Sheinbaum ha optado por no mover el tablero en lo esencial y por cuidar la relación con los actores que importan: Hacienda, Banxico, grandes industrias, gobernadores de polos productivos. Si esa ecuación se mantiene, las preguntas de enero de 2025 —¿habrá crecimiento? ¿aguantará el peso?— ya no suenan tan dramáticas. Falta, sí, pero el país ha impuesto orden en la macro. Y con ese orden, hasta las curvas se toman mejor.

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