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¿Cómo se hunde Yakarta, la ciudad más poblada del mundo, ante el mar?

Yakarta se hunde por la extracción de agua y el avance del mar: la megaciudad afronta un futuro incierto entre diques, barrios y desigualdad.

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panorama de Yakarta

Yakarta se hunde porque la ciudad lleva décadas extrayendo del subsuelo más agua de la que sus acuíferos pueden reponer. Al vaciarse esas reservas, las capas de arcilla y sedimentos se comprimen, el terreno pierde altura y los barrios costeros quedan cada vez más expuestos a mareas, lluvias torrenciales e inundaciones. El cambio climático agrava el cuadro al elevar el nivel del mar, pero el principal motor del hundimiento está bajo los edificios, no frente a la costa.

El fenómeno tampoco avanza como una sábana uniforme. Datos recientes de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación de Indonesia sitúan el descenso medio del norte de Yakarta alrededor de los 3,5 centímetros anuales, aunque existen puntos que caen mucho más deprisa. Durante las últimas décadas, algunas zonas llegaron a registrar entre 15 y 25 centímetros por año y determinados sectores han perdido hasta cuatro metros de altura. La ciudad, en otras palabras, no está desapareciendo de golpe. Se va inclinando, barrio a barrio, como una mesa vieja cuyo suelo cede por una esquina.

A esa fragilidad física se suma una dimensión difícil de abarcar: Naciones Unidas considera a Yakarta la ciudad más poblada del planeta, con cerca de 42 millones de habitantes dentro de la extensión urbana definida mediante una metodología internacional homogénea. No son 42 millones encerrados en el municipio administrativo, sino una mancha metropolitana continua que se derrama por Java entre autopistas, urbanizaciones, polígonos y asentamientos populares. Una ciudad inmensa. Y al límite.

Yakarta no se hunde solo porque suba el mar

La explicación más repetida presenta a Yakarta como una víctima directa de los océanos en ascenso. Es cierta, pero incompleta. La ciudad ocupa una llanura deltaica baja en la costa septentrional de Java, atravesada por 13 ríos que descienden desde las tierras altas y desembocan en el mar de Java. Parte de su territorio está situada por debajo del nivel marino y depende de canales, estaciones de bombeo, muros costeros y embalses urbanos para evacuar el agua.

El problema aparece cuando el terreno desciende más deprisa que el mar sube. Una investigación basada en observaciones de radar por satélite entre 2017 y 2023 detectó hundimientos de hasta 1,5 metros por década en distintos puntos de la costa norte de Java. Según sus cálculos, la subsidencia —el nombre técnico del descenso del suelo— podría explicar hasta el 85% del aumento relativo del nivel del mar en algunas áreas durante los próximos años. El agua parece subir; muchas veces, en realidad, es la tierra la que baja.

El calentamiento global añade presión mediante la expansión térmica de los océanos, el deshielo y unos episodios costeros potencialmente más dañinos. También cambian las lluvias, cada vez más difíciles de encajar en unas redes de drenaje castigadas por la urbanización. Pero atribuirlo todo al clima permite esquivar una responsabilidad mucho más doméstica: durante años se construyó una megalópolis sin garantizar antes agua corriente suficiente y fiable.

El agua subterránea, el gran agujero invisible

Numerosos hogares, hoteles, oficinas, centros comerciales e industrias han recurrido a pozos porque la red pública no llegaba, resultaba irregular o no ofrecía el caudal necesario. Bombear agua subterránea reduce la presión interna del acuífero. Los materiales del subsuelo se compactan y esa pérdida de volumen suele ser irreversible; cerrar un pozo mañana no levanta automáticamente el barrio que bajó durante veinte años.

La propia red urbana explica parte del círculo vicioso. Los datos de inversión pública de Yakarta situaban la cobertura del agua canalizada en el 69,53% durante 2024, con un 46,2% de agua no contabilizada, una categoría que incluye fugas, errores de medición y consumos no registrados. El Gobierno local aspira a alcanzar la cobertura universal en 2030. Hasta que esa promesa se convierta en tuberías reales, grifos con presión y tarifas asumibles, la ciudad continuará tentando al subsuelo con miles de bombas.

La masa de los edificios y la compactación natural de los sedimentos también influyen. Yakarta creció sobre terrenos jóvenes, blandos y saturados de agua; no precisamente granito castellano. Sin embargo, los estudios señalan la extracción de aguas subterráneas como el factor humano más manejable. Ahí reside la paradoja: la amenaza parece gigantesca, casi bíblica, pero una parte decisiva se combate con algo tan poco cinematográfico como ampliar una red de abastecimiento, reparar fugas y vigilar pozos ilegales.

El norte cae más deprisa

La zona más vulnerable es Yakarta Norte, donde conviven el puerto de Tanjung Priok, industrias, antiguos pueblos pesqueros, viviendas informales, torres residenciales y grandes desarrollos inmobiliarios. Allí, los muros que separan las calles del mar ofrecen una imagen extraña: en algunos puntos, quien camina por el barrio puede tener el agua al otro lado a una cota superior. El mar queda arriba; las casas, abajo.

Las inundaciones costeras, conocidas localmente como rob, ya no necesitan siempre una tormenta extraordinaria. Una marea alta, un fallo en las bombas o un aguacero que coincida con ríos saturados pueden bastar. Los vecinos elevan umbrales, suelos y muebles; los comercios colocan pequeños diques en las puertas. Cada reforma compra tiempo, no altura. Cuando vuelve el agua, deja barro oscuro, olor salobre y electrodomésticos muertos.

Casi 42 millones, pero no dentro del mismo municipio

La cifra de población requiere cuidado. El territorio administrativo de Yakarta reúne alrededor de una cuarta parte de esos casi 42 millones; el resto vive en la continuidad urbana formada con ciudades y distritos vecinos, la región habitualmente conocida como Gran Yakarta o Jabodetabek. Naciones Unidas adoptó una metodología que compara extensiones urbanas reales, no solo fronteras municipales. Bajo ese criterio, Yakarta superó a Daca y Tokio.

No es un detalle estadístico. El agua, el tráfico, la vivienda y las inundaciones ignoran las líneas administrativas. Una urbanización levantada fuera de la capital puede impermeabilizar el suelo, aumentar la escorrentía y enviar más caudal hacia los ríos que cruzan la ciudad. Un trabajador puede residir en Bekasi, recorrer decenas de kilómetros y pasar buena parte del día respirando sobre una autopista. La megaciudad funciona como una sola criatura, pero está gobernada por numerosas administraciones con prioridades, presupuestos y ritmos diferentes.

Su tamaño explica también la mezcla desconcertante de Yakarta. Rascacielos con aire acondicionado, centros comerciales pulidos como aeropuertos, motocicletas que fluyen por cualquier hueco, vendedores bajo lonas, barrios densísimos y urbanizaciones cerradas. La riqueza crece hacia arriba mientras el terreno baja. Ascensores veloces sobre un suelo que desaparece lentamente: uno de esos sarcasmos que solo la ingeniería urbana sabe fabricar.

La contaminación atmosférica y los atascos completan una vida cotidiana áspera. No son fenómenos aislados del hundimiento. La expansión dispersa obliga a desplazamientos largos; el asfalto sustituye superficies capaces de absorber lluvia; la presión inmobiliaria empuja a las familias con menos recursos hacia riberas, canales y franjas costeras. El riesgo ambiental termina repartido con una lógica social bastante conocida: las mejores defensas suelen rodear los metros cuadrados más caros.

Diques, bombas y una red de agua que aún no alcanza

Yakarta no permanece inmóvil ante la amenaza. Ha dragado canales, reforzado terraplenes, construido estaciones de bombeo y levantado tramos de defensa costera. Esas obras reducen daños y permiten evacuar antes el agua, aunque exigen mantenimiento continuo. Un canal lleno de sedimentos o residuos pierde capacidad justo cuando llega el monzón; una bomba sin electricidad se convierte en una escultura industrial de precio considerable.

El sistema debe gestionar tres frentes al mismo tiempo: el agua que baja por los ríos, la lluvia que cae sobre una superficie cada vez más impermeable y el mar que presiona desde la bahía. Cuando coinciden, la ciudad actúa como una bañera cuyo desagüe queda por encima del fondo. No basta con abrir una compuerta. Hay que bombear.

Indonesia prepara una defensa costera de mayor escala dentro del proyecto conocido como NCICD, las siglas inglesas del Desarrollo Costero Integrado de la Capital Nacional. Yakarta reservó fondos para prolongar varios tramos en Pluit, Muara Angke y Kali Lencong, mientras el Gobierno central continúa redefiniendo un gigantesco muro destinado a proteger las áreas más vulnerables de la costa norte de Java.

El muro gigante tiene un límite

La idea del gran dique ha cambiado varias veces. Las primeras versiones dibujaban frente a la bahía una estructura monumental con forma de garuda, el ave del emblema nacional, acompañada de terrenos ganados al mar y nuevos desarrollos urbanos. La escala era casi de ciencia ficción: una barrera exterior, carreteras, depósitos, bombas y urbanizaciones enteras. Con los años llegaron revisiones, retrasos, dudas financieras y críticas ambientales.

Una barrera puede reducir las marejadas y proteger zonas bajas, pero no detiene el hundimiento provocado por los pozos. Al contrario: si el terreno sigue descendiendo, el muro deberá elevarse, reforzarse y depender cada vez más de bombas. Tampoco resuelve por sí solo los ríos contaminados ni las aguas residuales. Encerrar una bahía sin sanear antes los vertidos podría fabricar una enorme laguna degradada, un perfume poco compatible con los renders de ciudad futurista.

La prioridad, algo menos vistosa para una ceremonia con casco blanco, consiste en combinar defensa costera, agua potable, saneamiento, drenaje y control urbanístico. Un dique sin esas políticas sería una prótesis enorme colocada sobre una enfermedad que continúa avanzando.

Nusantara cambia el poder, no el problema

Indonesia decidió construir Nusantara en Kalimantan Oriental, en la isla de Borneo, para trasladar allí parte de las instituciones nacionales. El proyecto fue anunciado en 2019 por el entonces presidente Joko Widodo y comenzó a levantarse en 2022. Su sucesor, Prabowo Subianto, ha reiterado su compromiso con la nueva capital, aunque el traslado acumula retrasos y las obras de los edificios legislativos y judiciales tienen como horizonte 2028. El presupuesto aprobado hasta 2029 asciende a 48,8 billones de rupias.

Mudarse a Borneo puede descongestionar ciertas funciones administrativas y repartir mejor el poder político en un país demasiado centrado en Java. No salva, sin embargo, a Yakarta. Los ministerios pueden cambiar de código postal; los millones de residentes, las fábricas, los puertos, los bancos y las viviendas no desaparecen con ellos.

Yakarta seguirá siendo el corazón económico de Indonesia durante mucho tiempo. Trasladar despachos no reconstruye las tuberías ni frena los pozos. Tampoco permite abandonar una metrópoli cuya riqueza, infraestructura y población equivalen a las de países enteros. La nueva capital es una política territorial; el hundimiento exige otra distinta, paciente y bastante menos fotogénica.

Nusantara arrastra, además, sus propias preguntas. Se construye en una región de selva tropical con ecosistemas delicados, necesita inversión privada y compite por dinero público con otras prioridades sociales. Presentarla como una evacuación de Yakarta sería engañoso. No hay cuarenta millones de plazas esperando bajo los árboles de Borneo. Ni las habrá.

El futuro de Yakarta se decide bajo sus pies

Yakarta no está condenada a desaparecer en 2050 como repite cierta literatura apocalíptica. Esa fecha se ha utilizado con demasiada alegría, mezclando proyecciones, escenarios extremos y áreas costeras concretas hasta convertirlas en una profecía para toda la ciudad. El riesgo es grave, pero desigual y modificable. Depende del barrio, la altitud, la velocidad de hundimiento, las defensas, el drenaje y, sobre todo, de cuánto se reduzca la extracción de agua.

Hay precedentes alentadores. Otras grandes ciudades asiáticas lograron frenar la subsidencia al regular el bombeo y extender el abastecimiento público. Yakarta también puede ralentizarla. Necesita hacerlo mientras refuerza la costa, sanea ríos y evita que cada nueva urbanización arroje más lluvia sobre unos canales ya exhaustos. Tuberías, vigilancia y planificación: menos épica que un muro colosal, bastante más decisiva.

La cuestión de fondo no es si la metrópoli amanecerá un día convertida en una Atlántida tropical. Será algo menos teatral y más cruel: cuánto costará mantener habitables sus barrios, quién podrá pagar esa adaptación y qué comunidades quedarán detrás del siguiente muro. El agua avanza en centímetros. La desigualdad, a veces, corre bastante más.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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