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¿Cómo Curazao obró el milagro y se metió en el Mundial?

Curazao jugará el primer Mundial de fútbol de su historia. Lo confirmó con un 0-0 en Kingston que vale oro: punto suficiente para amarrar el liderato del Grupo B de la clasificación de Concacaf rumbo a 2026 y, con él, un billete directo a la Copa del Mundo.

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Cómo Curazao se metió en el Mundial

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Curazao hace historia con 0-0 en Kingston: récord de país más pequeño en un Mundial y la pizarra de Dick Advocaat, con isla lista para 2026.

Curazao jugará el primer Mundial de fútbol de su historia. Lo confirmó con un 0-0 en Kingston que vale oro: punto suficiente para amarrar el liderato del Grupo B de la clasificación de Concacaf rumbo a 2026 y, con él, un billete directo a la Copa del Mundo. La escena final es puro nervio: minuto 90+ y penalti señalado a favor de Jamaica; revisión en el monitor, marcha atrás, y un estadio que se queda mudo. Silencio que dura lo que tarda el árbitro en pitar el final. Después, estalla la fiesta azul. La isla caribeña, con apenas 156.000 habitantes, se convierte en el país más pequeño por población que jamás haya alcanzado un Mundial, por debajo de la marca que tenía Islandia. Y lo hace con un perfil competitivo nítido, una generación con acento neerlandés y un seleccionador que añade otro récord al relato: Dick Advocaat, 78 años, será el técnico de mayor edad en una Copa del Mundo.

La clasificación no es un accidente de una noche suelta. Llega tras meses de construcción y una fase final sin derrotas, con una victoria clave ante Jamaica en Willemstad (2-0, 10 de octubre) y una goleada histórica 7-0 a Bermudas en la penúltima fecha como aviso de lo que venía. El empate en Kingston cerró el grupo con 12 puntos para Curazao y 11 para Jamaica, diferencia mínima y enorme a la vez. Curazao supo gestionar los momentos calientes, incluido el triple susto contra los palos en la segunda parte. Lo demás fue oficio: portero inspirado, defensa concentrada, ataques sin ansiedad, balón parado que amenaza, un banquillo que sostiene. Y una isla entera empujando desde el malecón de Willemstad.

Del empate en Kingston al récord que cambia el mapa

El National Stadium —Independence Park— fue un hervidero. Jamaica, que ya estuvo en Francia 98, necesitaba ganar. Salió a morder y fue creciendo en campo contrario hasta cercar el área de Eloy Room, guardameta de manos firmes y carácter sereno. Curazao, con paciencia y líneas juntas, se movió en su libreto preferido: equipo corto, ayudas rápidas, laterales atentos por dentro y un doble pivote que niega la espalda. A ratos sufrió, sí, pero sin desordenarse. Cuando pudo correr, lo hizo con Kenji Gorré y Sontje Hansen abriendo el campo y Rangelo Janga fijando centrales. La narrativa de la última jugada la conoceremos durante años: Iván Barton, árbitro salvadoreño, pita penalti en tiempo añadido tras un contacto sobre Isaac Hayden. Llamada del VAR, revisión en la banda y decisión corregida. No había pena máxima. El resto es una mezcla de alivio y rugido: pitido final y abrazo masivo de camiseta azul.

Ese empate tiene prólogo. El 10 de octubre en el Ergilio Hato, Curazao 2-0 Jamaica con goles de Livano Comenencia y Gorré; partido que volcó la inercia del grupo. Y el 13 de noviembre, Bermudas 0-7 Curazao en Hamilton, con festival ofensivo: Leandro Bacuna (penalti), Juninho Bacuna, Jordi Paulina (doblete, uno de penalti), Hansen, Ar’Jany Martha y Roshon van Eijma. No eran marcadores aislados: hablaban de un equipo con automatismos, colmillo en transición y confianza para golpear cuando se abría la puerta. En la última jornada, tocaba aguantar la embestida jamaicana. Se hizo.

La ruta y el cómo: estructura antes que adornos

La fase final de Concacaf dejaba tres plazas directas, una por grupo. El de Curazao sumaba a Jamaica, Trinidad y Tobago y Bermudas. El plan tuvo pocas estridencias y mucha coherencia. Bloque medio-bajo cuando convenía, presión intermedia para negar giros al mediocentro rival, coberturas constantes del lateral del lado débil para cerrar el segundo palo y una salida que busca a los Bacuna para darle sentido al primer pase. Con Leandro —capitán— y Juninho alternando alturas, la selección encontró batuta y ritmo. Y cuando faltó aire, apareció la pausa de Cuco Martina para ordenar desde atrás.

El balón parado fue arma en los dos sentidos. A favor, saques de esquina con acumulación en el primer poste y bloqueos limpios para liberar el punto de penalti; faltas laterales que buscan a Juriën Gaari y Armando Obispo. En contra, área propia blindada con referencia zonal y atención al rechace frontal. No hubo florituras vacías. Sí eficacia.

La seleccion de futbol de Curazao

Foto: Perfil Facebook de la Selección de Fútbol de Curazao

El libreto de Dick Advocaat

Advocaat llegó con una idea muy simple (y tremendamente difícil de ejecutar): estructura. Equipos cortos, líneas conectadas, detalles defensivos que no se negocian y libertad protegida para los desequilibrios. El neerlandés, que anunció que debía regresar a La Haya por una cuestión familiar justo antes del viaje a Kingston, dejó instrucciones claras al cuerpo técnico y un mensaje que caló: confianza plena en los suyos. Siguió el encuentro en contacto con el banquillo y mantuvo la calma que su grupo necesitaba. Lo suyo es un récord que ordena titulares —será el entrenador más veterano en una Copa del Mundo—, pero también un encaje perfecto con una selección que necesitaba jerarquía. Se la dio.

Voces y nombres propios

La portería tiene dueño: Eloy Room, decisivo en los cierres de partido. En la defensa, Gaari impone tiempo y colocación; Martina aporta experiencia; Brenet, Sambo y Comenencia ofrecen ese perfil mixto que pide el fútbol moderno. Roemeratoe es metrónomo y muro; los Bacuna —Leandro y Juninho— forman una pareja que resume el proyecto: técnica, despliegue y hambre. Arriba, Janga estira, pelea y hace de poste; Gorré, Hansen, Jearl Margaritha y Tyrese Noslin suman conducción y remate. Hasta Jürgen Locadia ha agregado peso puntual entre líneas. No sobra nadie.

Hay un rasgo identitario innegociable: la diáspora neerlandesa. Buena parte de la plantilla nació y se formó futbolísticamente en Países Bajos —“una veintena larga” de jugadores—, con raíces curazoleñas, y eligió la camiseta azul. Esa mezcla produce un equipo con lectura táctica europea y apego genuino por la isla. Leandro Bacuna, capitán, lo expresó días antes de viajar a Jamaica: empezar juntos, terminar juntos. Sin dramatismos, con hechos.

Curazao: historia, idioma y un paisaje que explica cosas

Para entender el impacto simbólico del logro conviene situar la isla. Avistada por los españoles a finales del siglo XV, Curazao formó parte de la Corona hasta 1634, cuando pasó bajo control de la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales. A partir de ahí, Willemstad crece como puerto clave del Caribe y se convierte en un mosaico arquitectónico y cultural. El centro histórico y puerto de Willemstad es Patrimonio de la Humanidad: las fachadas coloreadas del Handelskade, el puente flotante Queen Emma que se abre como una puerta para dejar pasar a los barcos, y barrios con trama urbana de los siglos XVII al XIX que conservan memoria colonial y mercantil. No es sólo postal; es identidad.

En lo cotidiano, asoma la riqueza lingüística. El papiamento —o papiamentu— suena en la calle junto al neerlandés (idioma oficial), el inglés fluido por la vocación comercial y turística, y un español que la población maneja con naturalidad por vecindad e historia. Esa pluralidad lingüística se traslada al fútbol: vestuario con cuatro idiomas, cuerpo técnico con terminología neerlandesa y jugadores educados en academias de Eredivisie, Eerste Divisie o Championship.

La economía, muy dependiente del turismo y los servicios, estrenó en 2025 una novedad que conviene saber: la introducción del florín caribeño (XCG), que sustituyó al florín antillano (ANG) a tipo 1:1 y quedó anclado al dólar estadounidense. Durante unos meses circularon ambas monedas; hoy el sistema está consolidado y el canje bancario sigue disponible en plazos amplios. En la práctica, tarjetas y USD funcionan con comodidad. No es un detalle menor si se piensa viajar para vivir el fenómeno mundialista de cerca.

El mapa de Curazao

Foto: Wikipedia

Qué ver, qué comer, cómo moverse

Willemstad atrapa por su fotogenia, pero hay más. Hacia el oeste, las playas de Grote Knip (Kenepa Grandi), Cas Abao, Porto Mari o Lagun son cultos del snórquel y el buceo de superficie. Klein Curaçao, isla baja con faro tenue y agua de catálogo, es una excursión de día completo que justifica la travesía. En tierra, el Parque Nacional Christoffel ofrece rutas con vistas y una mirada distinta a la aridez amable del paisaje. Y cuando el puente Queen Emma gira para abrirse, la ciudad se detiene un segundo: es el instante curazoleño por excelencia.

La mesa cuenta la historia de la isla. Keshi yena —queso relleno al horno, receta de origen esclavo transformada en plato festivo—, stoba (guiso de cabra), funchi, pastechi (empanadillas), pescados a la plancha y sopas con acento africano y caribeño. Cocina sabrosa, sin timidez, que se alía con el clima y la brisa.

Desde España, la ruta más directa suele ser vía Ámsterdam con KLM hacia el Aeropuerto Internacional de Curazao (CUR). Hay también opciones con Copa Airlines vía Ciudad de Panamá u otras combinaciones con una o dos escalas según temporada. No existen vuelos directos desde Madrid o Barcelona a la isla, pero las conexiones son estables y, en el tramo final, frecuentes entre Schiphol (AMS) y Willemstad. Como referencia, el viaje completo ronda, con buena conexión, 13-14 horas de desplazamiento total.

Deporte en Curazao: del diamante al balón que ya es de todos

Durante décadas el gran exportador de talento fue el béisbol. Nombres como Andruw Jones, Kenley Jansen, Ozzie Albies, Jonathan Schoop o Jurickson Profar sacaron a Curazao y a la vecina Aruba en los mapas de la MLB. Por densidad de población, pocas regiones han aportado tanto a las Grandes Ligas. Ese espejo deportivo explicó a muchos niños que un país pequeño puede producir gigantes deportivos.

El fútbol no empieza de cero. Curazao hereda la historia de las Antillas Neerlandesas, pasa por etapas de construcción y, desde mediados de la pasada década, pega un salto cualitativo. Campeón de la Copa del Caribe en 2017, presencia constante en Copa Oro, trabajo de cantera y, sobre todo, conexión con la diáspora. Primero llegaron Patrick Kluivert y Remko Bicentini para ordenar y competir mejor; después, con el tiempo y un calendario cargado, se asentó un estilo que hoy parece hecho a medida: competir desde el orden, correr con sentido y sumar talento formado en Países Bajos. En la Copa Oro 2025, sin ir más lejos, la selección enseñó resiliencia, con empates que aguantaron hasta el descuento frente a rivales teóricamente superiores. No era una anécdota; era una pista de hacia dónde iba todo.

En 2025, con Advocaat al frente, ese camino se hizo recto. Se blindó el área propia, se afinó la presión lateral y se ajustó la ejecución en la zona 14 (frontal del área rival) para encontrar remate. Leandro Bacuna, eje moral y futbolístico, apareció en todos los sitios donde se deciden partidos clasificatorios: penaltis a la red, faltas medidas, duelos ganados, conversación constante con el cuarto árbitro, ese liderazgo que no necesita aspavientos. Juninho Bacuna le puso zancada y último pase. Gorré y Hansen ofrecieron desborde. Janga entendió cuándo bajar un balón y cuándo arrastrar. Y Room cerró ventanas cuando Kingston apretaba.

Qué viene ahora: sorteo, estilo y margen para competir

El billete logrado en Kingston no cierra un relato; lo abre. Curazao llegará a Norteamérica con etiqueta de debutante y la inevitable condición de “la más pequeña”. Competirá contra rivales que, sobre el papel, tendrán más profundidad de banquillo, más metros de experiencia mundialista y mayor presupuesto. Pero llega con un modelo reconocible y un vestuario que no tiembla. La estructura 4-3-3 o 4-2-3-1 le permite variar alturas de presión sin desnaturalizarse; las transiciones son parte de su ADN y el equipo se siente cómodo sin balón largos tramos, siempre que el bloque no se parta. El balón parado —defendido y atacado— es un multiplicador de opciones.

El sorteo definirá rivales y sedes; el viaje logístico será más amable que en otros Mundiales por la geografía. Advocaat perfilará lista y roles, con una base reconocible y competencia en los extremos. Habrá foco en minimizar errores no forzados (controles orientados en salida, vigilancia de espaldas al lateral) y en mejorar la eficacia del primer y segundo centro lateral, donde Curazao genera mucho y podría convertir más. Si la salud acompaña y el plan se ejecuta con la misma disciplina, esta selección puede pelear cada partido y no sólo “salir a aprender”. Competir, sumar, incomodar, llevar las noches al minuto 70 con la moneda en el aire.

Más allá del verde, el Mundial mueve placas en la región. La clasificación de Curazao, unida a la de Haití y Panamá, dibuja un Caribe con más voz, con proyectos que integran diásporas y que han aprendido a organizarse mejor. En el otro lado del tablero, obliga a Jamaica a reinventarse; Steve McClaren anunció su adiós tras el 0-0, una muestra del terremoto que deja el grupo. Es el fútbol abriendo ventanas nuevas.

Una isla mínima, un impacto mayúsculo

La imagen que queda es sencilla y poderosa: las casas de colores del Handelskade, el puente Queen Emma abriéndose como una puerta, el viento alisio moviendo banderas azules. Al mismo tiempo, un equipo que se comporta como colectivo veterano, que no perdió en seis jornadas y que supo interpretar cada instante de una fase final exprimida al máximo. Lo que empezó como sueño —meter a Curazao en un Mundial— hoy es un hecho que cambia estadísticas, porcentajes y relatos. También, una reivindicación de la pertenencia: jugadores nacidos en Spijkenisse, Groningen, Eindhoven o Rotterdam, con raíces curazoleñas, que eligieron representar a la isla y han devuelto ese gesto con una gesta.

En Kingston hubo sustos, madera y pulmones en la garganta. También hubo un VAR que corrigió una decisión en el descuento y un vestuario que mantuvo la mente fría cuando todo quemaba. Hubo, sobre todo, un proyecto. La federación arregló lo básico —logística, método, equipo humano— y confió en un entrenador que conoce todos los idiomas del juego. La “Blue Wave” ya es parte del Mundial: Advocaat sumará páginas a su carrera interminable, Bacuna seguirá de brújula, Room de seguro, y ese grupo de nombres propios (de Gorré a Hansen, de Janga a Gaari) buscará escribir la siguiente línea. Para una isla que aprendió a abrir y cerrar su puente flotante al ritmo de los barcos, se ha abierto una puerta que no aparece todos los días. Curazao la cruzó. Y al otro lado, por fin, está el Mundial.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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