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¿Qué es ‘Pasión y Vida’? Descubre el cómic de Joaquín Sabina

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cómic de Joaquín Sabina

Sabina salta al cómic con “Pasión y Vida”: fechas, claves del Volumen 1, preventa agotada y su cruce con la gira de despedida “Hola y Adiós”.

Joaquín Sabina ya tiene biografía en viñetas y llega en el momento justo. “Joaquín Sabina. Pasión y Vida”, editado por Bao Bilbao Ediciones, aterriza en librerías el 22 de octubre como primer volumen de un proyecto ambicioso que convierte la vida del cantautor en narrativa gráfica. El tomo, escrito por Kike Babas y Kike Turrón —conocidos como los Kikes— y dibujado por doce ilustradores, abarca desde el nacimiento en Úbeda hasta 1995, el año de “Yo, mi, me, contigo”. La primera edición ha volado en preventa y el propio Sabina dio su visto bueno, con una condición muy suya: sí al cómic, pero sin molestarle en plena gira de despedida.

El libro no se limita a ordenar datos. Reconstruye una biografía pública que ya parecía hecha para viñetas —no por capricho, sino por densidad de escenas, ciudades y personajes—, y lo hace con un pulso reconocible: el del autor que relata la intrahistoria de un músico que cambió la canción popular en castellano mientras se dejaba jirones de vida por el camino. Hay narrativa, hay documentación y hay un objetivo editorial claro: fijar, con dibujo y ritmo, los años en que se forjó el personaje. Y contar, de paso, por qué ese relato interesa hoy que Sabina se despide de los grandes recintos.

Qué es “Joaquín Sabina. Pasión y Vida” y cómo se gestó

El primer tomo llega con una premisa sencilla y bien resuelta: un volumen para la etapa fundacional y otro —que ya se insinúa— para completar la travesía. El corte en 1995 no es arbitrario. Para entonces, el músico había consolidado un personaje literario y escénico, una manera de escribir que mezclaba calle y biblioteca, y un repertorio que se convirtió en lenguaje compartido. Encerrar todo en un solo libro habría sido un ejercicio de compresión más que de lectura. Este Vol. 1 respira.

Los Kikes llevaban tiempo con la idea. Les atraía un formato —la novela gráfica— que en España todavía pelea por contar la cultura popular con la misma naturalidad con la que se ha hecho en el mundo anglosajón. Antes trabajaron biografías de músicos (Manu Chao, Los Rodríguez, Rosendo, Siniestro Total…) y ya habían probado el salto al cómic con nombres como Fito o Gran Wyoming. Con Sabina, la apuesta tenía lógica: “Sabina tiene una vida de cómic y una cantidad de canciones que pueden ser hechas viñetas en cualquier momento”, dijeron. Lo han llevado a cabo con una sala de máquinas compartida: guion de largo aliento y la polifonía de doce dibujantes que aportan estilos complementarios.

El método ha sido de fondo: un año de trabajo para montar la biografía, permisos solicitados al protagonista y una decisión fundamental por parte de Sabina: autorización sí, pero sin entrevistas ni interrupciones durante “Hola y Adiós”, su gira de despedida en grandes recintos. ¿Hacía falta su relato de primera mano? Los autores sostienen que, en realidad, su vida ya está contada en una bibliografía amplia17 libros y decenas de entrevistas—, y que la tarea pasaba por destilar y organizar. Cuando todo estuvo armado, llegó el guiño definitivo, un audio de WhatsApp con la voz ronca que muchos reconocerían a oscuras: “Queridos Kikes, felicidades”. Listo.

De Úbeda a 1995: los pasajes que recoge el tomo

El libro arranca en Úbeda y progresa como crónica de formación. La infancia y juventud, la universidad en Granada, el choque con la dictadura, el exilio londinense y, ya de vuelta, el salto de trovador de bares a letrista central de la música en castellano. No hay sacralización: hay episodios, lugares y tramos que se reconocen sin necesidad de cartelas, y hay decisiones estilísticas que empastan bien con el personaje. La noche madrileña de los ochenta y noventa no aparece como postal, sino como ecosistema: camerinos, pisos compartidos, tabernas, prensa, amistades, lecturas, la precariedad del músico que empuja y se reinventa.

Hay anécdotas duras que el cómic no esquiva. Por ejemplo, ese episodio juvenil que, años después, sería contado en entrevistas con la mezcla de pudor e ironía marca de la casa: el cóctel molotov contra una sucursal bancaria en tiempos de militancia y clandestinidad. La novela gráfica lo encuadra como merece: no folclore, no épica, sí contexto y consecuencias. La marcha a Londres —papeles falsos, pubs, escenarios pequeños, canciones nuevas— se narra con una paleta que baja la saturación y se tensa cuando conviene. Se entiende por qué ese paréntesis transforma a la persona y al escritor de canciones.

El corte en 1995 —con “Yo, mi, me, contigo”— tiene sentido musical y narrativo. Marca una mojonera: para entonces, la voz literaria de Sabina estaba definida; los personajes de sus letras ya habitaban un territorio propio; y el músico había experimentado un salto continental con entrada triunfal en Latinoamérica. El cómic levanta esa cartografía capítulo a capítulo, con escenas icónicas y costuras íntimas que raras veces llegan a los perfiles promocionales. El resultado es un relato compacto que se deja leer sin pausas.

Los Kikes y la reivindicación de la cultura popular

El proyecto no cae del cielo. Kike Babas y Kike Turrón llevan años midan la cultura popular en serio, con libros que buscan prestigiar lo que mucha gente vive como propio: canciones que se heredan, bandas sonoras de biografías civiles, conciertos entendidos como espacios de memoria. En entrevistas recientes han repetido una idea: en España ha costado reconocer a músicos y comunicadores como materia digna de ensayo o novela gráfica, mientras que fuera abundan cómics sobre The Doors o Janis Joplin, y Bob Dylan tiene cátedras universitarias.

“Pasión y Vida” se coloca en ese frente. Doce ilustradores dialogando con un guion que no va a golpes de póster, sino de situaciones. Los Kikes no ocultan sus criterios de elección: debe gustarles, debe tener público y debe funcionar en viñetas. Con Fito les encajó; con Sabina ocurre la versión más evidente de esa fórmula. De hecho, asumen que el cantautor es, por antonomasia, “personaje de cómic”: bombín, ironía, noches, amores que se complican y frases que quedaron para siempre. El tono no es de veneración; es de reconstrucción. Se agradece.

Permiso, condiciones y un audio de WhatsApp

La autorización de Sabina llegó por una carambola natural: a través de Leiva, amigo común y cómplice en más de una aventura musical. Hubo desde el principio, pero con una línea roja razonable: nada de llamadas, nada de entrevistas adicionales mientras rodaba la gira de despedida. Los Kikes lo aceptaron y siguieron documentando: hemeroteca, libros, conversaciones previas, material audiovisual. Lo que faltaba era podar y enfocar.

Al acabar, el visto bueno llegó de la forma más contemporánea posible: un audio de WhatsApp. No es una anécdota pequeña. En proyectos así, los matices importan: el protagonista (que ha sido retratado y mitificado a partes iguales) avala el enfoque y zanja la tentación de convertir la novela gráfica en una hagiografía. El pacto fue otro: sí al cómic, no al ruido extra. A juzgar por las páginas y por la recepción temprana, el equilibrio se ha respetado.

Ficción y no ficción: entrevistas, guiños y ritmo

La obra mezcla no ficción con licencias para dar dinamismo. Los autores montan un tour de ficción por Úbeda y por el Madrid antiguo, recursos que permiten coser tiempos y situar personajes sin cargar de texto cada viñeta. Hay entrevistas integradas en el relato —por ejemplo, a quien inspiró la canción “Juana la Loca”— y testimonios de Benjamín Prado y Luis García Montero, que terminan firmando los prólogos. No es capricho: Sabina ha convivido con la poesía de ambos, y su presencia aquí añade contexto literario, no simple complicidad.

El ritmo gráfico responde a esa doble naturaleza. Cuando la escena es íntima, la línea se serena; cuando hay urgencia —un concierto, una huida, un regreso—, la composición rompe la cuadrícula y acelera la lectura. El color —o su ausencia— no es decorativo: matiza estados, separa épocas, subraya golpes de guion. En conjunto, la convivencia de doce manos funciona como una metáfora de un solo protagonista con muchas vidas: el Sabina elegantón, el Sabina canalla, el Sabina cronista, el Sabina personaje.

Lanzamiento en plena despedida de los grandes recintos

La fecha no es casual. Octubre encuentra a Sabina en pleno tramo final de “Hola y Adiós”, la gira con la que se retira de los grandes recintos. Publicar ahora tiene doble efecto: acompasa la emocionalidad del momento —es una despedida celebrada, no un sepelio— y ofrece una mirada a los años que explican el presente. Quien haya visto al músico en esta recta final reconocerá ecos en papel: cómo se canta ahora, cómo escucha el público, qué lugares de su repertorio siguen encendidos.

El calendario editorial viene, además, con un dato reseñable: la primera edición del tomo se agotó en preventa. No es raro si se observa el tamaño de la comunidad sabinera, pero sí conviene subrayarlo porque habla de tracción del formato y de la confianza en los autores. El tirón no solo reside en la fama del retratado, sino en la manera de contarlo. Es el tipo de cómic que busca pasar de mano en mano y quedarse en la estantería, con el lomo mirando de frente.

Lo que aporta al canon sabinero y a la cultura popular

Más allá de la novedad, el tomo añade piezas al canon sabinero. Ayuda a ordenar una memoria común —canciones convertidas en frases hechas, portadas que son ya iconos, amistades y alianzas— y lo hace con un idioma que atrae a lectores que quizá no habrían entrado por la crónica o el ensayo. La novela gráfica tiene una capacidad particular para fijar imágenes y poner en secuencia lo que la prensa o la historia oral dispersan. En el caso de Sabina, esa virtud se vuelve evidencia: es fácil oír canciones mientras se pasan páginas.

También reubica la discusión sobre la cultura popular en España. Si durante años se miró con cierto complejo a la producción que no vestía traje académico, proyectos como este desarman el prejuicio con hechos: documentación, criterio, edición cuidada y ambición lectora. Que Benjamín Prado y Luis García Montero prologuen no es una medalla prestada; es el reconocimiento de una vecindad natural entre poesía y canción, entre escenario y página. En viñetas, se ve con claridad.

El retrato del Sabina latinoamericano es otro acierto. La frase que sobrevuela el tomo —la patria como idioma— se encarna en giras, plazas y públicos que adoptaron sus canciones como propias. El cómic lo cuenta sin trazo grueso: cómo y por qué alguien tan andaluz, tan castizo, triunfa en el otro lado del Atlántico sin dejar de ser quien es. Hay mapa emocional y hay mapa musical. Y, en los dos, Madrid aparece como base y escenario que rebota en otras ciudades.

La dimensión política y biográfica —exilio, censura, regreso— se trata con mesura. Se evita la tentación de hacer de cada episodio un mito blindado y, en cambio, se muestran las costuras: miedos, dudas, giros de guion que no siempre terminan bien. La alegría y la melancolía conviven. Eso, en términos de lectura, se agradece porque abre la puerta a un Sabina más verosímil, menos estatua. A su vez, subraya una idea que muchos oyentes intuían: la obra explica la vida, pero también al revés.

En el plano visual, la elección de doce ilustradores permite cambiar de registro sin perder unidad. Unos tiran de realismo con detalles precisos —calles, fachadas, objetos—; otros juegan a lo expresionista en las escenas de concierto o de prisa; algunos optan por paletas discretas para melancolía y flashbacks. Esa variabilidad genera una lectura con relieve, donde cada capítulo aporta una mirada y, a la vez, construye un Sabina reconocible. Difícil pedir más a un volumen coral.

Hay guiños que el público atento disfrutará. Madrid no aparece como póster, sino como topografía: Lavapiés, bares sin nombre, locales mínimos y, a veces, un portal donde se decide una canción o un título. Úbeda funciona como mito de origen sin convertirse en postal inmóvil. Granada y el exilio suman estratos de sentido: uno intelectual, otro de supervivencia. El resultado es un Sabina en movimiento constante, vivo incluso en páginas que miran medio siglo hacia atrás.

La estructura del libro hace algo más que contar. Ordena lo que la memoria fan suele solapar: primeros conciertos, grabaciones, cambios de banda, amistades literarias, apariciones en medios. En esa alfombra aparecen rostros que han acompañado al músico —poetas, productores, músicos— y que aquí no se tratan como nota al pie, sino como pares imprescindibles para entender la trama. Se diría que los Kikes han levantado un mapa de relaciones tanto como una biografía.

El espacio dedicado a las canciones evita el guion de karaoke. No hay enumeración de éxitos ni listado de números uno. Lo que hay es escena: cómo nace una idea, qué la empuja, dónde se pule. A veces, la semilla es una conversación; otras, una lectura; muchas, una noche. En viñetas, esos instantes adquieren una potencia que la prosa pura rara vez alcanza porque el dibujo permite capturar gestos y silencios. Para un creador que juega tanto con la imagen —en metáforas, en comparaciones, en tropos—, el cómic es un hábitat natural.

La decisión de dejar la segunda mitad de la carrera para otro volumen también es editorialmente inteligente. Permite que este primer tomo termine con una sensación de ciclo y prepara al lector para volver cuando llegue el siguiente. No hay prisa y no hay relleno aquí. Lo que hay es medida: tiempos que respiran, capítulos con peso y un relato que no parece ir empujado por una agenda de efemérides, sino por criterios narrativos.

Lo que queda en viñetas y lo que viene después

Queda un libro que funciona como biografía dibujada y como pieza de un mosaico mayor. Queda un tomo que se puede leer sin haber ido a un concierto de Sabina y que, al mismo tiempo, dialoga con la memoria de quienes han crecido con sus discos. Queda, sobre todo, una impresión: la vida de Sabina entra en viñetas sin perder su ambigüedad, sin aplanarse en un relato único. Hay zonas en sombra —“Hay cosas que se cuentan mejor de lo que yo recordaba entre sombras”, admitió el propio músico tras leerlo— y no pasa nada; quizá es parte del encanto y de la verdad de este proyecto.

De aquí en adelante, el foco se pone en el Vol. 2. Los Kikes no lo esconden: su “Hola” coincide con el “Hola y Adiós” de Sabina, y esa simetría tiene tracción. Quedan por contar los años de masas, premios, colaboraciones y cambios de registro que consolidaron el mito y abrieron nuevas aristas en su obra. Si el ritmo y el criterio de este primer tomo se mantienen, el segundo cerrará el mapa con la misma mezcla de dato y mirada.

Hasta entonces, “Joaquín Sabina. Pasión y Vida” ya justifica su lugar en la estantería: edición cuidada, lectura fluida, ambición narrativa y un protagonista que, a estas alturas, no necesitaba adornos, sino contexto. Lo ha encontrado en el cómic. Y el cómic, a su vez, ha encontrado en Sabina un personaje que parecía esperarle desde hace años. Añádase a la ecuación el timing con la despedida de los macrorecintos y el agotamiento de la preventa, y la conclusión es nítida: no es un lanzamiento más, es una pieza de memoria cultural que, sin pretenderlo, marca un momento. Ahora queda leer y, cuando toque, volver para seguir la historia.


🔎​ Contenido Verificado ✔️

Este artículo se ha elaborado con información contrastada de fuentes oficiales y medios de referencia. Fuentes consultadas: Agencia EFE, Bao Bilbao Ediciones, Gira Hola y Adiós, El País, Joaquín Sabina (web oficial), ABC.

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