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¿Por qué China pierde 3,4 millones de habitantes en un año?

China pierde 3,39 millones de personas en 2025: natalidad en mínimos, más muertes y un cambio demográfico que tensiona la economía y empleo. China terminó 2025 con 1.404,89 millones de habitantes, unos 3,39 millones menos que al cierre de 2024.

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China pierde millones de habitantes en un año

China pierde 3,39 millones de personas en 2025: natalidad en mínimos, más muertes y un cambio demográfico que tensiona la economía y empleo.

China terminó 2025 con 1.404,89 millones de habitantes, unos 3,39 millones menos que al cierre de 2024. El dato, publicado este lunes por la Oficina Nacional de Estadística (ONE), confirma un cuarto año consecutivo de contracción demográfica y deja una fotografía incómoda: nacieron 7,92 millones de bebés y murieron 11,31 millones de personas. Es decir, la diferencia ya no es un matiz: el saldo natural se ha vuelto claramente negativo y el país se adentra en una fase en la que, más que crecer, aprende a gestionar la falta de relevo.

Lo más contundente no es solo la caída del número total, sino el récord que la acompaña. La tasa de natalidad bajó a 5,63 nacimientos por cada 1.000 habitantes, mínimo histórico desde 1949, mientras la tasa de mortalidad subió a 8,04 por cada 1.000. Por debajo de esas cifras hay una mezcla muy reconocible en la China urbana: criar es caro, el trabajo aprieta, la vivienda manda, y la idea de “ya lo haremos” se queda muchas veces en el aire, como un mensaje sin enviar.

Un desplome con historia reciente: cuatro años seguidos de caída

El descenso de 2025 no aparece de la nada. China ya había registrado 850.000 habitantes menos en 2022, el primer retroceso desde 1961, un año marcado por la hambruna asociada al Gran Salto Adelante. Después llegó una bajada de 2,08 millones en 2023 y otra de 1,39 millones en 2024, hasta desembocar en este 2025 con una pérdida más abultada. La curva, vista así, parece moverse como una puerta pesada: al principio chirría, luego cede, y cuando por fin se abre… cuesta frenarla.

Ese encadenamiento importa porque desmonta la tentación de explicar el fenómeno con una sola causa. En un país de esta escala, la demografía es una suma de inercias que se refuerzan: menos nacimientos hoy implica menos adultos mañana, y eso a su vez reduce el potencial de nacimientos futuros. Y mientras tanto, en paralelo, la población envejece; no envejece “un poco”, envejece con una velocidad que ya condiciona decisiones económicas y políticas. China, con su tradición de planificación a largo plazo, ve en estos datos algo más que un indicador social: ve un problema estructural.

Nacimientos en mínimos: 7,92 millones en un país gigante

Que un país de más de 1.400 millones registre 7,92 millones de nacimientos suena casi contraintuitivo, como si a una ciudad le faltaran de golpe los niños en los parques. En 2024 habían nacido 9,54 millones, así que el salto hacia abajo en 2025 es notable. Y lo es también por el simbolismo: es el registro más bajo desde la fundación de la República Popular, en 1949. No hablamos de una variación estadística, sino de un cambio de época.

En China, como en otros lugares, se ha extendido la lógica de la maternidad y paternidad tardías, sobre todo en entornos urbanos donde el coste de vida se multiplica y la carrera profesional marca el ritmo. A eso se suma una cultura educativa muy competitiva, con gastos asociados que no siempre aparecen en los folletos oficiales: academias, refuerzos, actividades, “mejor que no se quede atrás”. La crianza se convierte en un proyecto total, absorbente, y para muchas parejas la pregunta no es cuántos hijos quieren, sino cuántos pueden sostener sin romperse.

Además, hay un detalle que se comenta a media voz: el 2024 pudo haber sido un pequeño espejismo. Ese año, en el calendario tradicional, fue el Año del Dragón, asociado culturalmente a la buena fortuna, y en China existe la creencia extendida de que es un buen momento para tener hijos. Puede haber empujado algunas decisiones, sí, pero 2025 devuelve la tendencia a su sitio: la caída no era un accidente, era el carril principal.

Matrimonio y natalidad: la cadena que se nota en los números

En muchos países, los nacimientos ya no dependen tanto del matrimonio. En China, aunque la realidad también se diversifica, el enlace sigue teniendo peso social y administrativo. Por eso se observa con atención el descenso de los matrimonios en años recientes y, al mismo tiempo, cualquier cambio en las reglas que los facilitan.

En 2025 se introdujeron medidas para simplificar el registro matrimonial, permitiendo que parejas puedan casarse en lugares distintos al de su registro oficial. Eso, según datos difundidos por medios internacionales, se tradujo en un repunte puntual de matrimonios en algunos periodos. Ahora bien, el matrimonio puede ser el inicio del camino, no el final. La pregunta que queda flotando es si ese movimiento burocrático —útil, desde luego— tiene fuerza para empujar también la decisión de tener hijos cuando el principal freno no es el papeleo, sino el coste material y la presión cotidiana.

Más muertes que nacimientos: 11,31 millones de fallecimientos

China registró en 2025 11,31 millones de fallecimientos. En un país tan grande, el número absoluto impresiona siempre, pero la clave está en la relación con los nacimientos: desde 2022, las muertes superan a los nacimientos, y esa brecha se ha ampliado. La tasa de mortalidad de 8,04 por cada 1.000 habitantes fue superior a la del año anterior. Dicho sin dramatismos: hay más gente en edades avanzadas, y cuando el peso de esa franja sube, el contador de fallecimientos también lo hace.

Aquí la demografía deja de ser un asunto de bebés y se convierte en un asunto de cuidados. En la China contemporánea, el sistema familiar tradicional —hijos cuidando a padres, abuelos sosteniendo a nietos— sigue siendo decisivo, pero se tensiona por la urbanización, la movilidad laboral y la estructura de hogares más pequeños. Cuando hay menos hijos, hay menos manos. Cuando además esos hijos viven lejos, la logística se complica. Y cuando el Estado quiere ampliar redes de atención, se encuentra con un reto gigantesco: el cuidado no se improvisa, ni se compra de un día para otro.

Envejecimiento acelerado: una presión silenciosa

El envejecimiento no es una metáfora: es una presión diaria sobre pensiones, sanidad y mercado laboral. En 2025, la proporción de mayores de 60 años ronda ya casi una cuarta parte de la población, una cifra que se menciona como señal de alarma en análisis internacionales. Y en China, donde la idea de crecimiento ha estado ligada durante décadas a una fuerza laboral abundante, el giro es especialmente sensible.

La consecuencia inmediata es doble y casi contradictoria: por un lado, aumenta la necesidad de gasto social; por otro, se estrecha la base de trabajadores que sostienen ese gasto. En el corto plazo, el país puede ajustar políticas y presupuestos. En el medio, el ajuste es más profundo: implica productividad, reforma de sistemas de pensiones, reorganización del mercado de trabajo, y una economía que debe producir más valor con menos gente.

La herencia del hijo único y el cambio de mentalidad

China permite desde 2021 tener un tercer hijo, después de haber pasado en 2016 al esquema de dos hijos. La medida, en términos políticos, fue una rectificación histórica: durante décadas, la política del hijo único marcó familias, ciudades, expectativas. El giro hacia “puedes tener más” llegó cuando la sociedad ya había interiorizado otra cosa: que tener un solo hijo era lo normal, lo práctico, incluso lo deseable. Y, sobre todo, que criar era cada vez más caro.

Ese es el punto en el que a veces se confunden los planos. El Estado puede autorizar, incentivar, animar. Pero la decisión íntima se toma en la cocina, con una hoja mental de gastos: vivienda, educación, salud, tiempo, estabilidad. No es solo economía; es también cultura laboral y social. En muchas empresas, especialmente en sectores urbanos competitivos, persisten dinámicas que penalizan la maternidad en la carrera profesional, o que hacen que conciliar suene a palabra bonita y difícil.

Además, está el factor generacional. Quien creció como hijo único a menudo recibió una inversión enorme de recursos familiares: todo para una persona, toda la expectativa concentrada. Eso, en algunos casos, genera una cierta aversión a repetir el esquema al revés, es decir, convertirse en el adulto que debe sostener económicamente a más de un hijo en un entorno más caro y más exigente. La idea de familia no desaparece, pero se vuelve más contenida, más prudente, a veces más frágil.

Urbanización: el hijo compite con los metros cuadrados

China es hoy un país mayoritariamente urbano, con una urbanización que ronda el 68%. Ese dato, que podría parecer técnico, explica muchas cosas. En el campo, históricamente, los hijos eran también fuerza de trabajo y red de apoyo. En la ciudad, un hijo es —ante todo— un coste adicional en vivienda, educación, cuidados y tiempo. Los metros cuadrados se pagan caros y la vida urbana empuja a una crianza intensiva: mejores escuelas, más actividades, más inversión por cada niño.

La imagen que se repite es casi física: pisos pequeños, horarios largos, abuelos lejos o mayores, y una pareja que intenta cuadrar todo. Tener un segundo hijo, en ese contexto, no se vive como “una alegría multiplicada”, sino como un salto de dificultad. Y el tercero, aunque legal, se percibe para muchos como un salto imposible.

Las políticas para revertir la caída: dinero, servicios y señales

Durante el XX Congreso del Partido Comunista, en 2022, el mensaje fue explícito: China necesita un sistema que aumente las tasas de natalidad y reduzca los costes del embarazo, el parto, la escolarización y la crianza. El presidente Xi Jinping calificó la crisis demográfica como un “asunto vital”. La frase, en el contexto chino, no es una figura retórica cualquiera: cuando un tema entra en esa categoría, pasa a ser prioridad de Estado.

En 2025 y 2026 se ha hablado de paquetes de medidas con financiación relevante, incluyendo ayudas directas, costes médicos vinculados al embarazo y el parto, y un enfoque más amplio de apoyo a familias. Aun así, el desafío no es anunciar medidas, sino que se noten en el terreno: que una pareja sienta que el segundo hijo no la deja sin aire, que el primer hijo no exige endeudarse, que la crianza no sea una carrera de fondo sin avituallamiento.

Hay una diferencia crucial entre incentivos puntuales y redes estables. El cheque ayuda un mes; la guardería pública, el permiso parental efectivo y la vivienda accesible cambian decisiones. Y China, por su tamaño, enfrenta una desigualdad territorial enorme: no es lo mismo criar en grandes metrópolis con precios disparados que en ciudades medianas o zonas interiores con costes más bajos, pero también con menos oportunidades laborales o servicios.

El debate incómodo: cuándo el incentivo deja de funcionar

En países con natalidad baja, se repite una lección: llega un punto en que la natalidad no remonta con campañas ni con medidas menores. Hace falta un cambio de estructura, y aun así no hay garantías. China se enfrenta a ese dilema con la particularidad de que la transición es rapidísima y ocurre mientras el país ajusta su modelo económico.

Además, China no compensa el descenso con inmigración significativa, algo que sí hacen, en mayor o menor medida, otros países envejecidos. Eso estrecha el margen de maniobra: o nacen más, o se acepta el descenso y se gestiona con productividad, automatización y reformas sociales. En los últimos años, el país ha apostado fuerte por la automatización industrial como forma de sostener su capacidad productiva con menos trabajadores. Pero automatizar fábricas no resuelve por sí solo el aumento de necesidades de cuidado y servicios asociados a una población mayor.

Qué cambia para China y para el resto del mundo

Una China con menos población y más envejecida no se “apaga”, pero sí cambia de forma. En economía, el impacto se nota en varios frentes a la vez. Primero, la fuerza laboral: menos jóvenes entrando al mercado significa empresas compitiendo por talento, posibles tensiones salariales en ciertos sectores y presión para aumentar productividad. Segundo, el consumo: el perfil de consumo cambia con la edad; crecen sectores de salud, cuidados, productos para mayores, y se ralentizan otros ligados a hogares jóvenes y expansión inmobiliaria. Tercero, las finanzas públicas: pensiones y sanidad ganan peso, y el equilibrio fiscal se vuelve más delicado.

En política internacional, el peso demográfico siempre cuenta, aunque no sea el único factor. China sigue siendo un gigante por población y economía, pero la comparación con India, que ya la superó en habitantes, es inevitable. No es una competición deportiva, pero en términos de poder económico a largo plazo, la estructura por edades importa: tener una población más joven puede dar una ventaja en dinamismo laboral, siempre que existan empleo, educación y estabilidad.

El detalle que explica el vértigo: la velocidad de la transición

Europa envejeció durante décadas. Japón lo hizo con una rapidez notable. China está envejeciendo con un ritmo que, por su tamaño, tiene efectos sísmicos. Cuando un país pequeño pierde población, el mundo lo observa con curiosidad. Cuando lo hace China, el mundo recalcula cadenas de suministro, mercados, inversiones y previsiones de crecimiento.

La transición también golpea el imaginario interno. Durante años, China se contó a sí misma como una historia de expansión: más ciudades, más carreteras, más viviendas, más consumo, más oportunidades. La demografía introduce una palabra distinta: ajuste. Ajuste de expectativas, de planes urbanos, de sistemas de bienestar. Ajuste incluso de la idea de éxito personal, porque el “éxito” en un contexto de crianza cara y trabajo exigente se redefine: para algunos será tener un hijo y estar presente; para otros, no tenerlo y sostener la vida de otra manera.

Lo que deja 2025 en cifras: un país ante un giro estructural

El balance que publica la ONE deja un conjunto de datos que, juntos, cuentan una historia clara. Población total al cierre de 2025: 1.404,89 millones. Descenso anual: 3,39 millones. Nacimientos: 7,92 millones. Fallecimientos: 11,31 millones. Tasa de natalidad: 5,63 por mil. Tasa de mortalidad: 8,04 por mil. Son cifras que se entienden sin adornos: el país pierde población porque nacen menos bebés y muere más gente, y la tendencia lleva cuatro años seguidos.

A partir de ahí, todo lo demás es consecuencia encadenada. Si la natalidad cae, la edad media sube. Si la edad media sube, suben los fallecimientos y crece la presión sobre sanidad y pensiones. Si la fuerza laboral se estrecha, hay que producir más con menos, automatizar, reorganizar el trabajo, quizá alargar carreras laborales. Y si criar sigue siendo percibido como un sacrificio económico y vital, la natalidad no rebota por decreto.

China ya lo sabe; por eso el tema ha escalado al nivel más alto del discurso político, con Xi Jinping hablando de “asunto vital” y el Partido poniendo el foco en abaratar embarazo, parto, escolarización y crianza. El reto, ahora, es convertir esa prioridad en algo que cambie de verdad el día a día de millones de hogares.

El país que viene: menos bebés, más mayores, otras prioridades

Lo que ocurre en 2025 no se queda en 2025. Es un punto de inflexión que, en la práctica, abre una etapa. Habrá políticas nuevas, habrá incentivos, habrá reformas, y también habrá resistencia de la realidad: los salarios, la vivienda, la cultura laboral, el coste educativo, la disponibilidad de cuidados. Esa es la arena donde se decide si el descenso se suaviza o se acelera.

Por el momento, la fotografía es nítida y difícil de reinterpretar: China pierde población por cuarto año consecutivo, marca su mínimo histórico de nacimientos y registra más muertes que nacimientos con una brecha amplia. En un país acostumbrado a pensar en magnitudes gigantescas, estas cifras son una señal igual de gigante, pero de signo contrario: menos. Menos bebés. Menos jóvenes en el futuro. Más necesidad de cuidados. Más presión para ajustar el sistema. Y, en el fondo, una pregunta política y social que ya está instalada, aunque no haga falta escribirla en forma de interrogante: cómo se sostiene un gigante cuando su base demográfica deja de ensancharse y empieza, lentamente, a estrecharse.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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