Ciencia
La brecha de salud mental entre chicas y chicos: causas y claves
Las cifras reflejan diferencias claras, pero el malestar juvenil no tiene una sola causa ni una explicación simple.

Las adolescentes y jóvenes declaran más ansiedad, depresión y otros problemas de salud mental que los chicos de su edad. En una encuesta de 40dB para Plan International, el 15 % de las chicas dijo tener un problema concreto, frente al 7 % de los chicos; la diferencia también aparece en los síntomas y en la valoración del propio bienestar. La brecha es visible, pero no responde a una causa única: en ella se cruzan cambios biológicos, desigualdades sociales, experiencias de violencia y distintas formas de expresar el sufrimiento.
En esa misma encuesta, casi cuatro de cada diez chicas señalaron haber sufrido ataques de ansiedad o pánico, frente al 23 % de los chicos; el 26 % refirió depresión, frente al 17 % de ellos. Son resultados declarados por las personas encuestadas, no diagnósticos clínicos ni una medida completa de la salud mental juvenil. Aun con ese matiz, ofrecen una fotografía relevante de una generación que ha vivido la pandemia, la incertidumbre económica y un flujo constante de noticias sobre conflictos y crisis ambientales. Hablar más del tema permite reconocer el malestar, aunque no significa que haya desaparecido.
Qué muestran las cifras entre adolescentes y jóvenes
La diferencia también se observa cuando se pregunta por la satisfacción con la propia salud mental: el 75 % de los chicos entrevistados se consideró satisfecho, frente al 67 % de las chicas. Entre ellas, la encuesta registró además pensamientos suicidas en el 23 % y trastornos de la conducta alimentaria en el 22 %. Estas cifras describen respuestas a un estudio y no permiten afirmar que todas las jóvenes afronten los mismos problemas, pero sí apuntan a una carga desigual en determinados síntomas. Los porcentajes no definen a cada persona, aunque sí ayudan a localizar patrones que merecen atención.
El informe de Plan International recogía, además, que el 86 % de las chicas encuestadas había sufrido un problema de salud mental o conocía a otra joven que lo había vivido. Esa proporción habla tanto de experiencias personales como de la presencia del tema en sus círculos cercanos. La mayor visibilidad puede facilitar que alguien ponga nombre a lo que siente y busque apoyo, pero también obliga a distinguir entre malestar pasajero, síntomas persistentes y trastornos que requieren valoración profesional. Una respuesta en una encuesta no equivale por sí sola a un diagnóstico.
La edad también importa. La encuesta señalaba una percepción más deteriorada del bienestar emocional entre universitarios, especialmente en el grupo de 17 a 21 años. Es una etapa de cambios: se amplían las responsabilidades, se redefinen las relaciones y aumenta la presión por decidir estudios o trabajo. Para algunas personas, el paso a la universidad añade exigencias académicas y distancia de las redes familiares; para otras, el entorno educativo es precisamente el lugar donde encuentran apoyo. La transición a la vida adulta puede intensificar tensiones que ya venían acumulándose.
La biología influye, pero no dicta el destino
La pubertad introduce cambios físicos y hormonales que pueden afectar el sueño, la respuesta al estrés y la regulación del ánimo. En las chicas suele comenzar antes que en los chicos, de modo que algunas atraviesan transformaciones emocionales y corporales cuando todavía están desarrollando recursos para comprenderlas. Eso puede aumentar la sensibilidad en ciertos momentos, pero no convierte la tristeza o la ansiedad en un resultado inevitable. La biología modifica el contexto de riesgo; no escribe por sí sola el desenlace.
En las mujeres, las variaciones hormonales a lo largo del ciclo reproductivo pueden influir en el estado de ánimo de algunas personas. La relación entre hormonas, sistema nervioso y emociones es compleja: no basta con señalar un cambio hormonal para explicar una depresión, y la experiencia varía ampliamente. El embarazo, el periodo posterior al parto y la perimenopausia también pueden coincidir con cambios importantes, aunque la información disponible aquí no permite trasladar sin matices esos procesos a todas las adolescentes. Una explicación biológica aislada dejaría fuera buena parte de la historia.
La depresión y la ansiedad son fenómenos multifactoriales. La predisposición individual puede combinarse con estrés prolongado, adversidades tempranas, problemas familiares, presión académica o falta de apoyo. Una misma situación no afecta igual a todo el mundo, y una diferencia estadística entre chicas y chicos no demuestra que el género, por sí solo, cause un trastorno. El valor de considerar la biología está en entender por qué ciertos periodos pueden ser sensibles, sin convertir una posibilidad en una etiqueta. El riesgo surge de la interacción entre la persona y su entorno.
Presión social, imagen corporal y desigualdad
Las expectativas sociales también distribuyen de forma desigual el estrés. A muchas chicas se les exige atender a la vez al rendimiento, las relaciones, la apariencia y el cuidado de otras personas; a menudo, además, se espera que sean agradables y controlen sus emociones. Esa suma no afecta a todas por igual, pero puede dejar poco espacio para descansar o equivocarse. Los estereotipos sobre cómo debe comportarse una mujer también pueden hacer que expresar enfado o poner límites tenga un coste social mayor. La carga no está solo en lo que ocurre, sino en las reglas que indican cómo hay que soportarlo.
La presión sobre el cuerpo es una parte especialmente visible de esa experiencia. La comparación con imágenes retocadas, la atención a la popularidad y los comentarios sobre el aspecto físico pueden alimentar la insatisfacción y la vigilancia constante de la propia imagen. Las redes sociales no producen el mismo efecto en todas las personas ni son, por sí solas, la explicación de los trastornos; su influencia depende de la edad, el contenido, las relaciones y el estado previo de quien las utiliza. El escaparate digital puede amplificar juicios que ya existen fuera de la pantalla.
En ese terreno pueden aparecer conductas alimentarias problemáticas, desde restricciones hasta atracones o prácticas compensatorias. No siempre resultan evidentes para quienes rodean a la adolescente, y reducirlas a una preocupación estética simplifica un problema que puede involucrar emociones, relaciones y salud física. La encuesta citada registró trastornos de la conducta alimentaria en el 22 % de las chicas, pero ese dato no determina por sí mismo qué tipo de trastorno se presenta ni su gravedad. La detección requiere escuchar sin culpabilizar y una evaluación adecuada.
Violencia, acoso y control también dejan huella
La violencia puede afectar la salud mental durante la infancia, la adolescencia y la vida adulta. El abuso sexual, las agresiones y la violencia ejercida por una pareja pueden dejar consecuencias persistentes, sobre todo cuando la víctima no encuentra protección o apoyo. A la experiencia de la agresión puede sumarse la presión de tener que demostrar lo ocurrido o el temor a no ser creída. No es una reacción individual de debilidad: la violencia y la falta de seguridad son factores de estrés con consecuencias emocionales reales.
Las relaciones digitales no están separadas de las relaciones presenciales. El control del teléfono, la exigencia de compartir contraseñas, el acoso en redes o la difusión de imágenes sin consentimiento pueden prolongar la sensación de amenaza incluso cuando la persona está en casa. La facilidad para que un contenido circule y permanezca en internet puede aumentar la angustia, aunque cada caso y sus consecuencias sean distintos. Que el daño ocurra mediante una pantalla no lo convierte en algo menos serio.
También pesa quién tiene recursos para salir de una situación de riesgo y quién debe asumir sus efectos en soledad. La precariedad económica, la discriminación laboral, la carga de cuidados y la falta de redes de apoyo pueden estrechar las opciones disponibles. En el caso de las adolescentes, la dependencia de adultos y la necesidad de encajar en el grupo pueden dificultar que cuenten lo que sucede. Por eso, atender el malestar exige mirar más allá de los síntomas y observar si el entorno ofrece seguridad, confianza y margen para pedir ayuda. La prevención de la violencia forma parte del cuidado de la salud mental.
El malestar no siempre se expresa de la misma manera
Parte de la diferencia que muestran las encuestas puede relacionarse con cómo se reconoce y se comunica el sufrimiento. Las chicas tienden con más frecuencia a describir síntomas interiorizados, como tristeza, ansiedad o preocupación persistente; en los chicos pueden aparecer también manifestaciones hacia fuera, como impulsividad o conductas de riesgo. No es una regla universal ni significa que un grupo sufra menos. Sí advierte de que un sistema que solo detecta tristeza puede pasar por alto otras señales. Medir el malestar exige atender a expresiones distintas, no solo a las más familiares.
Dar vueltas a una preocupación, culparse o anticipar que algo saldrá mal puede mantener activada la ansiedad y dificultar el descanso. A veces, el sufrimiento también se expresa en el cuerpo, con molestias físicas o cambios en el sueño y el apetito. Ninguna de esas señales basta para establecer un diagnóstico por sí sola; su importancia depende de cuánto duran, cuánto interfieren en la vida cotidiana y qué otras circunstancias las acompañan. El cambio sostenido en el bienestar merece atención, aunque no tenga una apariencia dramática.
La mayor disposición a hablar de salud mental entre jóvenes puede hacer que los problemas se identifiquen antes. También puede generar la impresión de que hay más casos simplemente porque se nombran con mayor facilidad. Esa posibilidad no permite descartar la brecha ni atribuirla toda a una mejora en la conversación pública: las cifras muestran diferencias declaradas que deben tomarse en serio, con cautela sobre lo que cada encuesta mide. Más conciencia puede aumentar la detección sin que eso signifique que el sufrimiento sea imaginario.
Escuelas y universidades, espacios decisivos para detectar señales
Los centros educativos pueden advertir cambios que pasan inadvertidos en otros ámbitos: ausencias, aislamiento, dificultades de concentración o un descenso repentino del rendimiento. En España, los centros donde estudian menores deben contar con una figura de coordinación de bienestar y protección. Su presencia da un marco para reconocer problemas y activar respuestas, aunque la eficacia depende también de la formación, el tiempo disponible y la coordinación con las familias y los servicios especializados. Un cargo formal ayuda cuando se traduce en escucha y capacidad de actuar.
La conversación sobre salud mental ha ganado espacio en las aulas y en las universidades. La campaña YoSoyTuParaguas de la Fundación Universitaria San Pablo CEU, con la participación del seleccionador de fútbol Luis de la Fuente y del entrenador de baloncesto Chus Mateo, busca reducir el estigma y normalizar que se hable de estas experiencias. Una campaña no sustituye la atención psicológica, pero puede abrir una conversación que antes se evitaba y hacer más fácil que una estudiante pida apoyo a una persona de confianza. La visibilidad sirve si conduce a recursos y no se queda en un gesto.
Las necesidades en los campus son considerables. La Coordinadora de Representantes de Estudiantes de Universidades Públicas advierte de que más de la mitad del alumnado universitario sintió que necesitaba apoyo psicológico durante el último año. En el estudio al que se refiere, uno de cada cinco estudiantes había tenido pensamientos suicidas en las semanas previas. Son indicadores de malestar que no deben confundirse con intentos de suicidio ni con diagnósticos, pero muestran por qué los estudiantes reclaman servicios accesibles y prevención sostenida. La demanda de apoyo no puede resolverse únicamente con campañas de sensibilización.
La misma encuesta universitaria encontró que la percepción de un peor bienestar emocional era mayor entre las chicas. A la carga académica pueden sumarse incertidumbre económica, soledad o preocupación por el futuro, factores que no afectan de manera idéntica a todas las personas. La CREUP ha planteado una estrategia nacional de salud mental universitaria, más financiación para la atención psicológica en universidades públicas y una evaluación de los planes existentes. Son demandas institucionales: decidir los recursos y su organización corresponde a las administraciones y a cada universidad. La prevención necesita continuidad, no solo respuestas cuando la crisis ya es visible.
Hablar del suicidio con rigor y sin simplificaciones
Los pensamientos suicidas requieren atención seria, pero no deben mezclarse en una misma categoría con las muertes por suicidio o con los intentos. La encuesta universitaria citada midió pensamientos recientes; el dato no permite predecir qué hará una persona ni describir por sí solo su situación clínica. En 2023, el Instituto de Salud Carlos III y la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental señalaron que se registraron 200 muertes por suicidio entre menores de 25 años en España, alrededor del 5 % del total de muertes por suicidio de ese año. Cada indicador describe una realidad distinta y exige una lectura cuidadosa.
El suicidio no se explica por una sola causa, y presentar una asociación como una explicación completa puede estigmatizar a quienes viven con problemas de salud mental. En el riesgo pueden influir trastornos, experiencias de violencia, aislamiento y circunstancias personales y sociales. Los datos de población sirven para orientar políticas, pero no sustituyen la valoración de profesionales ni permiten conocer lo que le ocurre a una persona concreta. La atención debe centrarse en la situación individual, no en deducciones hechas a partir de un porcentaje.
Educar desde la infancia y sostener el apoyo
La psicóloga Yolanda Romero, especialista en infancia y adolescencia, destaca la importancia de construir hábitos saludables y estabilidad emocional desde los primeros años. Las rutinas, el desarrollo gradual de la autonomía y un equilibrio entre protección y disponibilidad afectiva pueden ayudar a que niños y adolescentes afronten mejor los cambios. No se trata de evitar toda dificultad ni de exigir calma permanente, sino de ofrecer un entorno coherente donde los errores se puedan reconocer y reparar. La seguridad emocional se construye en la vida cotidiana, no en una charla aislada.
La familia, la escuela y los servicios sanitarios cumplen funciones distintas, pero necesitan poder comunicarse cuando el bienestar de una joven se deteriora. Reconocer emociones, escuchar sin ridiculizar y tomar en serio cambios persistentes puede facilitar que el malestar se comparta antes. A la vez, no corresponde a familiares o docentes diagnosticar un trastorno: cuando los síntomas interfieren de forma importante o se mantienen, la valoración debe quedar en manos de profesionales. El apoyo cercano es valioso, pero no reemplaza la atención especializada.
Un barómetro educativo respaldado por la Universidad Autónoma de Madrid y elaborado por Mestroscopia, basado en 2.000 entrevistas, indicó que el 70 % de la población adulta consideraba insuficientes las medidas de prevención del suicidio, la ansiedad, las adicciones y la agresividad. Esa percepción apunta a una distancia entre la mayor conciencia social y la sensación de que la respuesta institucional no basta. Romper el silencio es un avance, pero no elimina las desigualdades que alimentan el malestar ni garantiza que haya atención disponible cuando se necesita. La conversación pública solo cambia las cosas si se acompaña de prevención y recursos.
Las chicas no son más débiles por declarar más ansiedad o depresión, y los chicos no quedan al margen del sufrimiento porque sus síntomas puedan expresarse de otra forma. La diferencia observada invita a examinar las condiciones que rodean a cada grupo: el cuerpo, las expectativas, la violencia, las relaciones y el acceso a apoyo. En la adolescencia, esas fuerzas se encuentran en un momento de cambios rápidos, como varias corrientes que llegan a la vez a una misma orilla. Comprender la brecha exige atender tanto a las experiencias personales como al entorno que las moldea.
La mayor apertura de los jóvenes ha hecho más visible un problema que antes podía quedar oculto, pero nombrarlo no basta. Detectar a tiempo, prevenir la violencia, escuchar sin estigmas y sostener servicios educativos y sanitarios son tareas complementarias. Las cifras no cuentan toda la historia, aunque sí muestran dónde mirar con más atención: en una generación que expresa más abiertamente su malestar y, entre las chicas, lo declara con mayor frecuencia. Que se hable de salud mental es un comienzo; que haya respuestas duraderas es lo que puede transformar esa conversación.

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