Síguenos

Actualidad

¿Por qué asustan con carteles racistas en Puerto de la Cruz?

Carteles racistas tipo señal irrumpen en Puerto de la Cruz, firmados por Juventudes Falangistas, y desatan denuncias por incitación al odio.

Publicado

el

carteles racistas en Puerto de la Cruz

Carteles racistas tipo señal irrumpen en Puerto de la Cruz, firmados por Juventudes Falangistas, y desatan denuncias por incitación al odio.

El fin de semana del 7 y 8 de febrero, el municipio turístico de Puerto de la Cruz, en Tenerife, amaneció con carteles de advertencia que imitaban una señal de tráfico: fondo naranja, triángulo de peligro y un dibujo en negro en el que un hombre agrede a una anciana y le arranca el bastón. El mensaje ligaba ese “peligro” a una “zona multicultural” y aparecía firmado por Juventudes Falangistas de España, un detalle que convirtió la pegatina en algo más que una gamberrada: un señalamiento explícito en plena calle.

Uno de esos carteles se detectó en la confluencia de calle Blanco con calle Doctor Ingram e calle Iriarte; otro, según denunciaron cargos municipales, estuvo colgado durante al menos 48 horas en el casco, justo frente a un centro de acogida de menores migrantes. Hubo además una denuncia política por un cartel similar en Los Realejos, en la zona de El Toscal-Longuera. La reacción fue inmediata en el plano político: el PSOE local lo calificó como incitación al odio y pidió una condena institucional y la retirada de todo el material.

La “señal” falsa que apareció donde no tocaba

La elección del formato no es un detalle de diseño, es el núcleo del golpe. Un cartel político clásico compite con otros carteles; una “señal” compite con el instinto. La gente ve un triángulo, el naranja de obra, una silueta agresiva, y el cerebro hace lo demás: alerta, peligro, cuidado. Esa estética —la de lo reglado, lo municipal, lo que “debe” estar ahí— funciona como disfraz. No regula el tráfico, pero pretende regular la mirada: convertir la diversidad en sospecha con el lenguaje visual de la seguridad vial.

El lugar elegido también está cargado de intención. Se colocó en un punto muy visible, en una confluencia céntrica, en una ciudad donde la vida se mueve a pie: comercios, hoteles, terrazas, cruces de calles que son casi pasarelas. Y, en otro emplazamiento denunciado, frente a un centro de acogida de menores, en una zona de paso continuo por el ocio nocturno, con bares, restaurantes y alojamientos muy cerca y la Plaza del Charco a pocos metros cuesta abajo. Ahí el mensaje se vuelve doble: por un lado, intenta marcar un territorio; por otro, busca espectadores constantes, cámaras de móvil, comentarios, discusión.

En los días en los que el cartel permaneció pegado, la ciudad siguió funcionando, claro: guaguas, taxis, maletas rodando, la humedad del Atlántico que se te pega a la ropa. Pero el símbolo estaba ahí, insistente, como una chincheta. Y esa insistencia es parte del mecanismo: no hace falta una multitud; basta con una imagen repetida y un texto breve para que el rumor mental aparezca solo. “Algo pasa aquí”. “Algo habrá”. Ese “algo” es justo lo que se intenta inocular.

El mensaje y su carga: “zona multicultural” como amenaza

El eslogan es simple y por eso es peligroso. “Zona multicultural” podría ser, en cualquier folleto turístico, una frase amable; aquí se usa como advertencia, asociada a una escena de violencia contra una persona mayor, símbolo de vulnerabilidad. El dibujo no habla de convivencia ni de debate migratorio: habla de miedo, de agresión, de desprotección. Y lo hace con una imagen elegida a conciencia, porque una anciana sin bastón es una metáfora grosera, directa, casi infantil: “te van a quitar lo que te sostiene”.

Ese tipo de propaganda no se limita a opinar; señala. No dice “no me gusta esto”, dice “esto es un peligro”. En una ciudad concreta, en una esquina concreta, con colectivos concretos que viven y trabajan allí. Por eso la denuncia política insistió en la idea de “incitación al odio” y en que no se trata de libertad de expresión, sino de señalamiento de personas por su origen o por la etiqueta que se les cuelga.

Hay otra capa, más práctica y menos solemne: quien pega algo así en una vía pública, junto a señales reales, juega con la confusión deliberada. A cierta distancia, durante unos segundos, puede parecer un aviso municipal. Esos segundos importan. La propaganda gana cuando consigue parecer “normal”, casi administrativa. Y, cuando se descubre que no lo es, ya ha obligado a la ciudad a mirar el mensaje, a hablarlo, a describirlo. Sin necesidad de mítines, sin pancartas gigantes: una pegatina bien colocada y listo.

Política municipal al rojo vivo: condenas, exigencias y retirada

El primer golpe institucional llegó desde el PSOE en el municipio: denunció públicamente la aparición de los carteles y reclamó una condena clara del gobierno local, además de la retirada inmediata. El exalcalde Marco González vinculó el episodio con un ataque a la libertad y a la democracia y puso el foco en la necesidad de una respuesta conjunta de todas las fuerzas políticas, sin medias palabras ni “ya se quitará”.

En el centro del debate quedó el actual ejecutivo municipal, encabezado por Leopoldo Afonso y sostenido por el Partido Popular en alianza con Coalición Canaria. La presión no era solo moral; era también de gestión: cómo es posible que una pieza de propaganda racista permanezca horas —y en la otra denuncia, días— en una de las zonas más transitadas del municipio. En política local, lo simbólico pesa, pero lo operativo también: quién retira, cuándo, con qué protocolo, si se denuncia formalmente y si se identifica a los responsables.

En paralelo, apareció otro nombre con un papel muy concreto, menos de declaración y más de acción: David Hernández, primer teniente de alcalde y miembro de Asamblea Ciudadana Portuense, compartió que retiró otro cartel similar en las cercanías del Ayuntamiento. Ese gesto añadió una pieza relevante al puzle municipal: no era un único punto, podía haber más de uno; y, además, la retirada no siempre dependía de una brigada formal, sino de que alguien con responsabilidad política lo viera y lo quitara sin rodeos.

La denuncia en Los Realejos, por su parte, reforzó la idea de patrón y no de hecho aislado: carteles similares, mismo tono, misma estética, mismos objetivos. Una isla es un territorio de distancias cortas; lo que aparece en una esquina termina en otra con rapidez. Y la política, aún más: en cuanto el primer comunicado se publicó, la discusión saltó de municipio en municipio, con el mismo vocabulario: odio, racismo, carácter fascista, condena institucional.

Cuando un cartel toca la línea penal: incitación al odio y espacio público

En España, el debate sobre estos mensajes no se queda en la ética. El Código Penal recoge figuras vinculadas a la incitación al odio, la hostilidad o la discriminación contra grupos definidos por su origen, su pertenencia étnica o nacional, su religión u otros motivos. No es un terreno de “todo vale”: hay un marco legal que analiza el contenido, el contexto, la difusión y el riesgo de que ese mensaje alimente agresiones o discriminaciones reales. Aquí, el contexto no es un foro cerrado; es la calle. Y el soporte no es un comentario fugaz; es un objeto físico plantado en un cruce céntrico, junto a señalización pública.

La frontera entre una infracción administrativa (por ensuciar o dañar mobiliario urbano) y un posible delito de odio no se decide por la estética, sino por el mensaje y su intención social. Un cartel que presenta una “zona multicultural” como “peligro” y la ilustra con una agresión no está discutiendo políticas públicas, está estableciendo un vínculo directo entre diversidad y violencia, y lo hace en un lugar donde esa diversidad tiene rostros, nombres, rutinas. Ese es el nervio del asunto: el mensaje no vive en el aire, vive encima de personas.

En términos de actuación práctica, lo habitual en episodios así es que se documente el material, se identifique el punto exacto, se conserve evidencia gráfica y se valore si existe denuncia formal ante Policía Local, Guardia Civil u otras instancias. Y, a partir de ahí, se determina si se trata como vandalismo, como infracción o como conducta con relevancia penal. No siempre se llega a tribunales, y no siempre por falta de gravedad: a veces pesa la identificación de los autores, la trazabilidad del material, la repetición, la organización detrás. Pero que algo sea difícil de perseguir no lo convierte en inocuo.

Hay un factor que la calle enseña rápido: lo pegado a una farola no es solo papel. Es un mensaje de poder: “puedo poner esto aquí y durará”. Por eso la duración de 48 horas, en la denuncia sobre el cartel frente al centro de acogida, se volvió un dato central. No es lo mismo retirarlo en minutos que permitir que haga turno completo de día y de noche, con su público de mañana, su público de tarde y su público de madrugada.

El foco sobre los menores migrantes: contexto y tensión en Canarias

Que el cartel señalado estuviera frente a un centro de acogida de menores migrantes no es casualidad; es cálculo. Canarias lleva años gestionando una presión sostenida en este ámbito, con cifras que han variado en llegadas, pero no en complejidad: tutela, documentación, recursos, reubicaciones, coordinación con el Estado y con otras comunidades. En ese escenario, los menores se convierten a menudo en un símbolo fácil para quien busca convertir una cuestión social en una trinchera identitaria.

Los datos oficiales más recientes sobre migración irregular por vía marítima muestran un descenso muy notable en enero de 2026 respecto al mismo mes del año anterior: 959 personas llegaron a Canarias por mar en ese periodo, frente a 4.752 en enero de 2025, y el número de embarcaciones cayó de 72 a 8. Es un dato útil porque rompe un cliché frecuente: aunque baje la presión de llegadas en un mes concreto, la gestión de los sistemas de acogida y tutela no se reinicia de cero; sigue cargando con lo acumulado, con expedientes abiertos, con plazas ocupadas, con itinerarios de integración que requieren continuidad y calma, no fogonazos.

En el terreno de la tutela de menores no acompañados, el Gobierno de Canarias ha manejado cifras de varios miles bajo su responsabilidad en los últimos cortes conocidos, y ha insistido en la necesidad de reubicaciones hacia otras comunidades. En el debate público han aparecido nombres y plazos: el presidente Fernando Clavijo ha reclamado colaboración interterritorial y ha mencionado fechas límite para derivaciones, mientras otras autonomías han respondido que están al máximo de su capacidad; entre esas respuestas, se citó a la portavoz Esther Padilla defendiendo su modelo de atención y reclamando financiación suficiente.

En medio de ese ruido político, hay realidades muy concretas, casi domésticas: menores que van al instituto, que aprenden un oficio, que entrenan en un equipo local, que hacen cola en la misma panadería que cualquiera. Y precisamente por eso el cartel es tan tóxico: porque no discute plazas ni presupuestos, sino que convierte a personas reales en amenaza abstracta. Cuando un mensaje así se coloca en el casco de una ciudad turística, cerca de una plaza emblemática y de una zona de ocio, intenta contaminar la convivencia por capilaridad, como el humo que se mete por rendijas.

A veces se dice que estos gestos buscan “provocar” y ya. Pero provocar a costa de menores tutelados, y hacerlo en el mismo punto donde viven y pasan cada día, tiene un efecto adicional: convierte el espacio urbano en un escenario hostil. Y eso no es una idea, es una experiencia. Se nota en la mirada rápida, en el comentario a media voz, en la sospecha automática. La propaganda no necesita convencer a toda la ciudad; le basta con desgastar.

Puerto de la Cruz ante el espejo de su propia calle

En Puerto de la Cruz, el episodio ha dejado un rastro que no se borra con arrancar papel. Se han retirado carteles, sí, y se ha denunciado su contenido con palabras gruesas y necesarias: racismo, odio, señalamiento. Pero queda la pregunta municipal —sin convertirla en eslogan— sobre cómo blindar el espacio público frente a mensajes que se disfrazan de oficialidad, cómo reaccionar con rapidez para que la calle no funcione como tablón de anuncios del miedo, y cómo sostener una condena política que no dependa del ciclo de indignación.

La ciudad tiene una particularidad que aquí pesa: vive del turismo, pero no solo del turismo; vive del día a día de barrios con vecinos de siempre y de gente llegada hace poco, de acentos que se mezclan sin que nadie lo registre como “noticia”. Cuando un grupo decide colocar una “señal” para decir que la diversidad es un peligro, el golpe no va contra un abstracto, va contra esa normalidad práctica. Y la respuesta, para que sea sólida, necesita dos cosas a la vez: claridad institucional y gestión rápida, sin dejar que el mensaje gane tiempo, ni espacio, ni costumbre.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído