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¿Por qué Cartagena cambia calesas por carrozas eléctricas?

La Alcaldía de Cartagena de Indias ha retirado de la zona amurallada los coches de caballos y los reemplaza por un sistema regulado de carrozas eléctricas.

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Cartagena cambia calesas por carrozas eléctricas

Cartagena sustituye las calesas por 62 carrozas eléctricas en el Centro amurallado: adiós a la tracción animal, tarifas reguladas y control.

La Alcaldía de Cartagena de Indias ha retirado de la zona amurallada los coches de caballos y los reemplaza por un sistema regulado de carrozas eléctricas. La decisión, en vigor desde el 29 de diciembre de 2025, prohíbe la tracción animal en el Centro Histórico y autoriza una flota máxima de 62 vehículos eléctricos, el mismo número que figuraba en el censo de las calesas tradicionales. La medida busca ordenar una actividad turística muy visible, reducir conflictos en la vía pública y cerrar una discusión antigua sobre el bienestar de los caballos.

El nuevo esquema no es cosmético. El Distrito —con Dumek Turbay Paz como alcalde— establece licencias, rutas, horarios, puntos de recogida y un sistema de fiscalización en calle para impedir la aparición de carrozas “pirata”. La transición incluye infraestructura específica de carga y un marco legal que blinda la operación: se preserva el rito del paseo en carroza, pero sin arneses ni herraduras sobre los adoquines del casco histórico.

Cambio en marcha: qué ocurre desde el 29 de diciembre

Desde la fecha señalada, ninguna calesa de tracción animal puede circular en el Centro Histórico ni en su cordón amurallado. Lo que se ve ahora son carrozas eléctricas con estética clásica —guardan la silueta y la altura de las antiguas— operadas por conductores habilitados y con credenciales identificables. El Ayuntamiento ha mostrado las primeras unidades en funciones y planifica completar la flota de 62 mediante un despliegue por fases durante las primeras semanas del año. En el paisaje nocturno, la postal es similar —carroza, balcones, luces cálidas—, pero cambia el sonido ambiente: desaparecen los cascos y entra un zumbido discreto, propio del motor eléctrico.

El Distrito subraya tres objetivos: proteger a los animales, modernizar la experiencia turística y ordenar la movilidad en un barrio de altísima afluencia peatonal. Se trata de una intervención en un perímetro patrimonial muy sensible: calles estrechas, fachadas coloniales, comercios y viviendas que conviven con una presión turística constante. La eliminación de la tracción animal no afecta únicamente a los paseos icónicos; desactiva una fuente continua de fricción —ruido, residuos, ocupación del espacio— y reduce la carga logística que implicaba tener animales en la vía pública.

La medida nace, además, de un consenso social que venía madurando. Las imágenes de caballos agotados, los partes veterinarios, las protestas de colectivos animalistas y los debates municipales se sucedieron años. Hubo correcciones intermedias —inspecciones médicas, restricciones horarias—, pero no bastaron para desactivar el conflicto. El giro del 29 de diciembre es, por tanto, un cierre de etapa: no más caballos en la foto turística del Centro.

Un modelo regulado: cupos, propiedad y tecnología

El corazón del nuevo sistema está en el cupo máximo de 62 carrozas eléctricas, cifra que replica la capacidad histórica de la actividad para que el reemplazo sea ordenado y no dispare la oferta. No habrá más licencias que esas 62. El Distrito, además, es propietario de los vehículos y de la infraestructura asociada —incluida una estación de intercambio de baterías con carga fotovoltaica de 150 kWp—, lo que evita la fragmentación tecnológica y refuerza el control público del servicio. Cada unidad incorpora GPS para seguimiento de ruta y horario, y terminales POS para facturación electrónica, de manera que las transacciones queden registradas y se minimicen los cobros abusivos.

La administración también ha previsto un motocarro-taller eléctrico para atender averías de manera inmediata y no inmovilizar la circulación en calles de piedra que no admiten improvisaciones. El diseño normativo recoge estándares nacionales para vehículos turísticos y define que cualquier carroza fabricada sin aval del Distrito será inmovilizada. La idea es sencilla: sin homologación técnica y sin licencia, no se circula.

Lo que establecen las normas nacionales

El marco local se alinea con una resolución del Ministerio de Transporte que fijó condiciones para estos vehículos turísticos. Ese paraguas nacional, incorporado al decreto distrital, despeja dudas sobre seguridad, señalización, límites de velocidad y elementos obligatorios. Se evita así un vacío que en otras ciudades ha alimentado la proliferación de copias informales de baja calidad. En Cartagena, la puerta se cierra de antemano: la carroza eléctrica turística es un vehículo regulado, no una ocurrencia estética.

Rutas, tarifas y control en la calle

El paseo en carroza es, sobre todo, un itinerario. Con el nuevo modelo, los puntos de abordaje quedarán señalizados en plazas y esquinas que ya soportaban la actividad, y las rutas recorrerán el circuito patrimonial habitual, con paradas y velocidades máximas definidas para no interferir con la vida del barrio. El Distrito prepara tarifas de referencia para reducir el regateo agresivo que a veces ensombrecía la experiencia. La facturación electrónica permitirá seguimiento real de cobros y estadística de uso, útil para ajustar oferta y horarios en temporada alta y en meses valle.

El control es otra pata del banco. La Alcaldía ha prometido operativos permanentes contra intentos de monopolización o de clonación del servicio. En la práctica, esto significa que cualquier carroza no vinculada al sistema —por ejemplo, de un particular que pretenda “aprovechar” la estética para captar clientes— será detenida e inmovilizada. También se reforzará la convivencia con otras movilidades que ya existen en el Centro: bicicletas, bicitaxis, patinetes. El perímetro amurallado no admite una selva de ruedas; la señalética y la autoridad deberán marcar prioridades claras: primero el peatón, luego el servicio regulado, después el resto.

La organización del flujo nocturno será clave. Con el calor disminuido y la mayor parte de las fotos tomando forma al caer la tarde, la demanda se concentra entre el atardecer y las primeras horas de la noche. La electrificación simplifica la operación —no hay que cuidar el esfuerzo de un animal en picos de afluencia—, pero no elimina los cuellos de botella. Por eso el sistema enfatiza puntos de espera, tiempos de rotación y limitación de unidades en ciertas calles para evitar la congestión fotográfica, esa procesión de carrozas a 10 por hora frente a la misma fachada.

Bienestar animal: del reclamo a la decisión

Durante décadas, el caballo fue parte de la postal y del relato turístico. También del conflicto. En una ciudad húmeda y calurosa, con calles estrechas y pavimento duro, los animales acumulaban fatiga y se enfrentaban a condiciones que, por bien reguladas que fueran, resultaban controvertidas. Hubo inspecciones, sanciones y normas para mejorar la atención veterinaria, pero el debate moral nunca se zanjó. La transición a carrozas eléctricas le pone fecha a esa discusión.

El bienestar animal cruza esta historia de arriba abajo. La nueva política retira a los caballos de la actividad turística del Centro e incorpora un plan de reubicación y adopción responsable, con seguimiento sanitario y control de paraderos. El compromiso, aquí, pesa más a medio plazo que el día del anuncio: alimentación, espacios de sombra, vacunación, revisión dental y podal. Las cifras deberán auditarse con constancia para que el cierre de etapa no se convierta en un traslado de problemas a la periferia. La narrativa oficial es categórica: los equinos vinculados a la actividad turística no volverán al Centro amurallado.

La modificación del paisaje sonoro y olfativo del barrio no es menor. Desaparecen los golpes de cascos en piedra y la estela de estiércol en determinadas madrugadas; se preserva el tono romántico de la carroza, pero compatibilizado con un centro residencial que pide descanso. En términos de imagen de destino, Cartagena envía un mensaje nítido: el atractivo turístico no se sostiene a costa del sufrimiento animal.

Cocheros y propietarios: empleo, licencias y reconversión

El paso de la calesa al coche eléctrico es, también, un cambio de oficio. Los cocheros —conductores históricos, muchos con años de servicio y la voz entrenada para contar anécdotas de murallas, baluartes y balcones— están llamados a integrarse como operadores de las nuevas carrozas. La Alcaldía ha ofrecido formación en conducción eléctrica, atención al visitante, idiomas, primeros auxilios y normativa de tránsito. La escena ideal es conocida y medible: conductor identificado, uniforme, seguro vigente, trato profesional y un tablero que sustituye a las riendas.

El conflicto más áspero, sin embargo, no está en el volante sino en la propiedad. Los propietarios de calesas tradicionales han denunciado que quedan desplazados del negocio y han planteado medidas de presión. El Distrito ha respondido con la figura de un instrumento económico territorial que permite el uso y goce de las carrozas eléctricas por parte de los actores tradicionales, pero sin posibilidad de venta, cesión o alquiler de esas unidades. Es decir, se protege el empleo de quienes conducen y dan la cara en el servicio, pero se evita que surjan “dueños” de flotas eléctricas que capten rentas sin operar.

Ese equilibrio es frágil. Las licencias nominales y la asignación transparente de turnos y horarios serán el termómetro de la credibilidad del sistema. Si la entrega de cupos se percibe como opaca, la conflictividad subirá. Si, en cambio, la priorización reconoce trayectorias y buenas prácticas —antigüedad, comportamiento, ausencia de sanciones—, el paso será más llevadero. Queda, además, un asunto contable nada menor: ¿cómo compensar los activos que han quedado inútiles, desde calesas personalizadas hasta cuartillos y arneses? La administración ha abierto mesas de trabajo, pero esas respuestas requieren presupuesto, calendario y reglas claras.

La memoria emocional acompaña estas discusiones. Muchos cocheros conocen a sus caballos por nombre, saben quién se asusta con palomas y quién necesita más agua tras el segundo turno. Esos vínculos no se deshacen con un decreto. La reconversión —si aspira a ser justa— necesita acompañamiento social: formación, prioridad en la asignación de vehículos, asesoría para ingresos complementarios y un régimen sancionatorio que proteja al que cumple frente al que improvisa. El sistema debe premiar la profesionalidad, no la viveza.

Impacto urbano y turístico: ruido, residuos y seguridad

El Centro Histórico es un barrio vivo, no un parque temático. La sustitución de calesas por carrozas eléctricas promete reducción de ruido, eliminación de residuos orgánicos en calle y frenadas limpias en un entorno peatonal. A nivel de seguridad vial, la aceleración contenida y los límites de velocidad facilitan una convivencia más amable en esquinas que combinan visitantes, vendedores, músicos y repartidores. En paralelo, la facturación electrónica y el cupo limitado permiten controlar la sobreoferta, una fuente clásica de tensión.

Para el sector turístico formal —hoteles, agencias, guías—, el cambio aporta previsibilidad. Con rutas marcadas, puntos de abordaje y tarifas referenciadas, se reducen las sorpresas del “depende” y el regateo que a veces espanta a quien quiere certezas. El paseo en carroza no deja de ser una experiencia emocional, pero se inserta en un ecosistema profesionalizado. A esto se añade un efecto reputacional que va más allá de Cartagena: la ciudad se coloca como referente regional en movilidad turística sin tracción animal dentro de un sitio Patrimonio de la Humanidad.

En términos ambientales, el beneficio inmediato es cero emisiones locales. La estación fotovoltaica vinculada a la operación reduce la dependencia de la red y da coherencia a un discurso de turismo sostenible que no puede quedarse en slogans. La trastienda técnica —mantenimiento de baterías, gestión de fin de vida útil, reciclaje— forma parte del expediente que la administración deberá mostrar con números cuando el sistema cumpla sus primeros doce meses.

Fechas, actores y próximos pasos

El episodio clave ocurrió en diciembre de 2025. El alcalde Dumek Turbay Paz sancionó un decreto distrital que prohíbe la tracción animal en el Centro Histórico y fija el marco del sistema eléctrico regulado. La Oficina Asesora Jurídica, en cabeza de Milton José Pereira, remarcó que el objetivo es impedir monopolios privados y cortar de raíz la informalidad. El Departamento Administrativo de Tránsito y Transporte (DATT) asumió la tarea de regular rutas y horarios y de coordinar la vigilancia en vía pública. En paralelo, se socializaron las condiciones con cocheros y propietarios, con episodios de tensión y reuniones de carácter técnico.

El despliegue de unidades ha arrancado ya con un primer lote. La hoja de ruta habla de completar 62 carrozas en pocas semanas, con estaciones de carga y un almacén vinculados al sistema. En el camino, el Distrito ha insistido en dos mensajes operativos: no habrá carrozas eléctricas privadas fuera del esquema y cualquier intento de clonación será sancionado; y no se ampliará el cupo por encima de 62, cifra considerada compatible con la capacidad de carga del Centro. El éxito o el fracaso, al final, se medirá en escenas cotidianas: paradas ordenadas, cobros claros, inspecciones que llegan a tiempo y vecinos que pueden dormir sin sobresaltos.

El siguiente hito será la consolidación de tarifas, la señalética en puntos de abordaje y la publicación de rutas con sus tiempos estimados. El Ayuntamiento trabaja también en un esquema de turnos que reparta la operación entre los conductores habilitados y evite la concentración de servicios en pocas manos. Queda por ver, con datos, cómo evoluciona la demanda tras la novedad y qué ajustes requieren temporada alta —Navidad, Semana Santa— y los meses de baja afluencia. El sistema, según fuentes municipales, está pensado para ajustarse por datos: sin improvisaciones, pero con margen para corregir.

La nueva postal del Centro amurallado

Cartagena ha tocado una fibra simbólica y, al mismo tiempo, ha aterrizado una política concreta. Se sustituye el animal por el motor, se mantiene la carroza como forma y se pone el foco en orden, transparencia y bienestar. Gana el patrimonio —calles más limpias, menos ruido— y gana la reputación de un destino que asume decisiones difíciles a contracorriente de inercias. El reto está en la operación diaria: fiscalización real, tarifas claras, conductores formados y seguimiento público de la reubicación de los caballos.

Si todo se sostiene, la foto que se quedará en la retina no será la del conflicto, sino la de una carroza eléctrica atravesando el empedrado frente a un balcón florido, con un guía que sigue hilando historias y una ciudad que respira mejor. Cartagena, sin renunciar a su encanto, ajusta el encuadre a los tiempos que corren. A veces la modernidad es eso: cambiar lo imprescindible para que lo esencial permanezca. Y aquí lo esencial es la ciudad, su patrimonio, su gente… y un paseo que vuelve a ser un orgullo más que un problema.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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