Naturaleza
¿Cómo logró Carlos Soria conquistar el Manaslu a los 86 años?
La noticia llega clara y sin adornos: Carlos Soria ha hecho cumbre en el Manaslu (8.163 m) la mañana del 26 de septiembre de 2025, a las 5.30 hora local de Nepal.

Carlos Soria corona el Manaslu a los 86, récord histórico del himalayismo. Crónica del ascenso, contexto y claves de una jornada irrepetible.
La noticia llega clara y sin adornos: Carlos Soria ha hecho cumbre en el Manaslu (8.163 m) la mañana del 26 de septiembre de 2025, a las 5.30 hora local de Nepal. Con esta ascensión, el abulense de 86 años se convierte en la persona de mayor edad que alcanza la cima de un ochomil, un registro que sacude las estadísticas de la alta montaña y entra directo en la historia del himalayismo. La cima se consiguió por la vía normal y con el dispositivo logístico habitual de la temporada otoñal en esta montaña, en una ventana de estabilidad corta y exigente que reclamaba precisión, ritmo y cabeza fría.
El logro tiene un sentido adicional que lo hace especialmente simbólico: medio siglo después del Manaslu de 1975, la primera cima española en un ochomil, Soria regresa a “la montaña de los espíritus” para rendir homenaje a aquella expedición pionera en la que participó de joven. Ya había hollado el Manaslu en 2010, con 71 años. Hoy lo vuelve a hacer, a los 86, y une en una misma arista el pasado, el presente y la persistencia de una carrera extraordinaria. Para quien buscaba “Carlos Soria Manaslu” en Google, la respuesta es esta: hay cumbre, hay récord y hay un relato que cierra un círculo.
Qué ha pasado hoy, cómo se ha logrado y por qué importa
La cumbre en el Manaslu llegó temprano, con la luz insinuándose sobre la arista final. La progresión se ajustó al guion prudente que impone esta montaña en otoño: aclimataciones previas, rotaciones ordenadas y ataque a cima bien cronometrado desde los campamentos altos. La vía, la más transitada por su eficiencia y seguridad relativa, no regala nada. Alterna tramos de glaciar con grietas tapadas, palas heladas donde el paso debe ser de metrónomo y, ya arriba, esa sección aérea donde se toma la decisión de alcanzar la “cima verdadera” y no quedarse en una antecima cómoda. Soria y su equipo lo resolvieron como se resuelven estas cosas: con oficio.
Importa el dato deportivo —récord mundial de edad en un ochomil—, pero también el contexto. El Manaslu del otoño es un laboratorio del himalayismo de hoy: cuerdas fijas, logística de agencias potentes, profesionales locales gestionando la montaña y cordadas que se adaptan a ventanas meteorológicas estrechas. La cumbre de Soria se inscribe ahí, sin maquillajes. No hay gesto temerario ni desafío a la biología, hay planificación, control del riesgo, gestión de la hipoxia y una lectura afinada del terreno. Lo esencial: la experiencia. En altitud extrema, saber dosificar y saber renunciar a tiempo si hace falta es tan valioso como tener fuerza el día grande.
Un vínculo de medio siglo: Manaslu en la biografía de Soria
La historia no empieza hoy. Manaslu acompaña a Soria desde los setenta. Estuvo vinculado a aquella aventura de 1975, cuando Jerónimo López y Gerardo Blázquez firmaron la primera cima española en un ochomil, con medios escasos, comunicaciones precarias y un romanticismo que hoy parece de museo. Ese latido se mantiene: media vida después, el mismo telón de fondo. El alpinista que ya era referencia en la madurez se plantó aquí en 2010 y consiguió su primera cima del Manaslu con 71 años. Un año más tarde, Lhotse. Poco después, Kanchenjunga. Y Annapurna. Nombres grandes, logros sobrios, una constelación de cumbres que cimentó el respeto internacional.
El proyecto de los catorce ochomiles ha sido la espina dorsal de su carrera tardía. Doce cimas principales coronadas y dos pendientes —Dhaulagiri y Shisha Pangma—, este último con aquella cumbre central de 2005 que, por criterio internacional, no computa como cima principal. El lector de estadísticas encontrará ahí la obsesión razonable de Soria: acabar la lista con método, sin estridencias. El de hoy —Manaslu, 8.163 m— no suma una cumbre nueva a la colección, pero sí aporta un sentido conmemorativo, una página mayor: la del homenaje a 1975 y la del récord de longevidad en ochomiles.
Preparación a los 86: rehabilitación, constancia y un Aconcagua a tiro hecho
El camino hasta este Manaslu 2025 arranca antes. Primavera de 2023, Dhaulagiri: un accidente serio por encima de los 7.000 m terminó con fractura en la pierna derecha y evacuación en helicóptero. Pudo ser el punto final. No lo fue. Quedó una cicatriz física y otra emocional, lógicas a esa altitud y esa edad. Tras la cirugía y la rehabilitación llegó el trabajo lento, prudente, que no luce en titulares: recuperar tono, fortalecer la rodilla con la prótesis, volver a la montaña sin prisa. En febrero de 2025, Aconcagua. Cumbre y sensaciones de volver a estar dentro del juego. Con margen. Así se entrena a los 86: ritmos controlados, carga medida, reposo de calidad y escucha del cuerpo.
La estrategia deportiva tuvo dos patas: aclimatación eficaz y economía de esfuerzo. Primero, altitud moderada para reactivar memoria fisiológica —la ventilación que se vuelve automática, el umbral de tolerancia al esfuerzo con menos oxígeno—. Después, traslado a Nepal y aclimatación progresiva a los campamentos de Manaslu. Nada de heroicidades gratuitas. Hidratación cuidada, alimentación rica en hidratos, hierro vigilado, sueño protegido. Y esa colecta de detalles que solo enseñan los años: cuidar los pies, revisar materiales a conciencia, plan B para el mal tiempo, plan C si la montaña decide cerrarse.
La jornada de cumbre: una arista, una decisión, un descenso largo
El ataque a cumbre se lanzó con una ventana muy estrecha. El parte indicaba que la madrugada sería aprovechable, con viento contenido y isoterma favorable, y que a media mañana la montaña podría endurecerse. El movimiento fue quirúrgico: salida nocturna para llegar a la arista cimera con el primer claror y disponer de margen en el tramo final, ese filo de nieve expuesto a las ráfagas donde un paso en falso puede costar demasiado. 5.30, hora local. Cima. La imagen que vale una vida.
Arriba no se celebra mucho. Se comprueba el estado general, se toma alguna fotografía, se inicia el descenso. Lo duro —quien ha subido lo sabe— casi siempre llega bajando. Fatiga acumulada, hipoxia, nieve que cambia de textura con el sol, nudos de tráfico en tramos de cuerda fija donde hay que esperar turno. Esta temporada, además, el Manaslu ha estado concurrido en la zona alta, lo que ha forzado ritmos de paso irregulares y ha exigido paciencia a muchas cordadas. Un alpinista canario, Joel Delgado, que hizo cima esta semana, habló de un descenso sin oxígeno durísimo, de once horas largas, y de un encuentro especial con Soria en medio del relieve. No extraña: la arista y sus alrededores se convierten estos días en un pasillo de esfuerzos compartidos.
En paralelo a la épica, la técnica. Crampones bien afilados, piolet siempre donde debe estar, arnés limpio de sobrantes que se enganchan, autoseguro bien gestionado en cuerdas fijas. La prudencia manda girar la vista al cielo cada poco, leer la nieve con los bastones, no confiarse en los tramos que parecen llanos. El Manaslu tiene una forma especial de recordarte que estás por encima de 8.000 metros, que la zona de la muerte se llama así por una razón y que el margen de error es mínimo.
Soria y el Manaslu: datos, contexto y memoria viva
“Carlos Soria Manaslu” no es solo la combinación de una búsqueda al alza en Google. Es un eje biográfico donde se cruzan la generación de los setenta, el alpinismo español moderno y las nuevas reglas del juego en el Himalaya. El hito de 1975 abrió una puerta; el de hoy la ensancha. Entre medias, una carrera que ha puesto un puñado de hitos de edad en montañas que intimidan solo de nombrarlas: K2, Broad Peak, Makalu, Lhotse, Kanchenjunga, Annapurna. En cada uno de esos escenarios, Soria manejó lo mismo de hoy: ritmo constante, ambición sobria y una capacidad extraordinaria para leer la montaña sin sobreactuar.
Conviene subrayarlo: tener 86 años no convierte a nadie en superhéroe; obliga a extremar la prudencia. La fisiología en altitud perdona poco. La saturación de oxígeno cae, la temperatura corporal se defiende peor, la musculatura fatigue antes, la coordinación precisa más atención. Lo que cambia el resultado es la gestión: aclimataciones bien hechas, días de descanso real, diagnóstico temprano de cualquier síntoma que no cuadra —cefaleas intensas, pérdida de apetito, tos persistente— y un equipo que sabe cuándo decir basta. A eso, Soria añade un intangible: experiencia acumulada durante décadas, una especie de algoritmo humano que reconoce patrones de viento, huella, nieve y comportamiento propio.
Quienes se preguntan si hubo oxígeno suplementario o no, si la ascensión fue en estilo ligero o apoyado, entran en un debate legítimo, propio de esta época. El Manaslu de otoño se escala en casi todos los casos con cuerdas fijas. El uso de O₂ —o su renuncia— cambia la dureza fisiológica, pero no elimina el riesgo. Sea cual sea el estilo, por encima de 8.000 metros la hipoxia manda. Lo relevante, en la crónica deportiva, es la claridad de los criterios: cima verdadera, ruta correcta, seguridad impecable y transparencia. Hoy el titular es objetivo y transversal: cumbre y récord mundial de edad.
Dos ochomiles pendientes y el tablero que se abre
La pregunta natural que surge tras esta cumbre es qué viene ahora. El cómputo de Soria se mantiene en doce ochomiles principales; faltan Dhaulagiri y Shisha Pangma. En el primero —séptimo más alto del planeta— quedó la cuenta abierta en 2023 con la fractura. Es una montaña dura, ventosa, sin concesiones. En el segundo, Shisha Pangma, Soria alcanzó en 2005 la cumbre central, una cota que no se acepta como cima principal; el objetivo, si llegan permisos y condiciones, pasa por pisar la cota principal. ¿Habrá intentos en 2026? Demasiado pronto para afirmarlo con rigor. La clave volverá a ser la de siempre: ventanas, equipo, logística, estado físico, permisos en regla.
Lo conseguido hoy sí valida algo: el motor está en marcha, la motivación intacta, la forma a punto y la logística funcionando. Quien vea en esta cumbre una puerta a la temeridad no ha entendido nada. Lo que hay es una trayectoria coherente que adapta objetivos a la realidad de cada temporada. Soria, que ha sabido darse la vuelta cuando tocaba, no compite contra nadie salvo contra el calendario. Si se decide a regresar al Dhaulagiri o al Shisha Pangma, será porque la ecuación de riesgos vuelve a dar positiva.
La temporada del Manaslu: tráfico, cima real y una lección de paciencia
El Manaslu otoñal se ha convertido en un termómetro de la alta montaña contemporánea: cientos de permisos, agencias con músculo, radios encendidas en cada tienda del campamento base, rotaciones bien marcadas, meteorología en ráfagas. Una realidad que genera debates saludables. El primero, el de la cima verdadera. Hace años se detectó que gran parte de las cordadas se quedaban en un saliente previo a la cota más alta, por seguridad o por desconocimiento. Hoy, con trazados más claros y cuerdas hasta el punto correcto, el criterio es más nítido y la exigencia técnica, mayor.
El tráfico en franjas concretas ha sido otro factor. En jornadas puntuales, la arista superior y ciertos pasos mixtos han mostrado embudos delicados que obligan a dosificar, abrigarse bien y esperar el turno. De ahí que haya testimonios de descensos larguísimos y cansancio extremo en la vuelta, incluso entre alpinistas muy bien preparados. Este escenario requiere educación de montaña aplicada a la “industria” actual: priorizar la seguridad, no tirar material, respetar los ritmos de quienes descienden, aceptar renuncias si el reloj de la meteorología gira en contra.
Un récord que ordena la narrativa: longevidad con método
El impacto principal de la jornada es indiscutible: “Carlos Soria Manaslu” ya es sinónimo de la cumbre más veterana en un ochomil. El dato se inserta en una narrativa mayor: la del deportista que estira con sentido la vida competitiva. Se ha repetido a menudo que Soria es una excepción. Y lo es. Pero no lo es por ir contra la biología, sino por trabajarla a favor: fuerza adaptada a su edad, resistencia de fondo bien cuidada, nutrición específica en expedición, asesoramiento médico continuo, salud articular en el foco —prótesis incluida— y una disciplina donde cada día cuenta.
Este récord no trivializa la edad. Nadie debería leer esta cima como una licencia para romper reglas elementales: aclimatación, conocimiento del mal agudo de montaña, de sus fases, de cómo atajarlo a tiempo; planificación realista; compañía adecuada; seguro médico que de verdad cubra rescate en altura; materiales testados; autocrítica. Soria lo ha dicho muchas veces con otras palabras: la cumbre empieza al salir de casa y termina cuando vuelves. Cualquier atajo suele salir caro.
Manaslu, 8.163 metros para recordar
Cumbre a las 5.30. Récord a los 86. Homenaje a 1975. No hace falta mucha más retórica. Hoy, en el Manaslu, la trayectoria de Carlos Soria ha encajado con la precisión de un piolet en hielo duro. La montaña escogida, además, condensa su biografía: juventud de expediciones con más ilusión que medios, madurez de ochomiles encadenados con criterio, revés serio y vuelta al ruedo, prudencia hasta cuando apetece apretar y, por encima de todo, tenacidad. Esa palabra tan gastada, aquí, vuelve a significar algo concreto.
Quedan imágenes que probablemente se convertirán en memoria colectiva: el campamento base de tiendas amarillas y banderines, el silencio de la madrugada antes de arrancar hacia el campo 4, los pasos cortos al borde de la cota, los guantes que se ajustan antes del último tramo, la mirada a la cima verdadera para comprobar que, sí, hoy toca. También queda la lección silenciosa que el alpinismo de altura ofrece cuando se practica con cabeza: la montaña no se vence, se negocia. A veces cede. Otras, no. Este 26 de septiembre, el Manaslu cedió.
Para el alpinismo español, la fecha es notable por doble motivo: batir un récord mundial y recordar el aniversario de la primera cima española en un ochomil. Para el himalayismo internacional, un recordatorio simple y poderoso: la experiencia suma, y mucho. Lo de Soria, con los matices que cada quien quiera, trasciende el dato. Aterriza en un terreno que conocemos bien quienes hemos seguido su carrera durante décadas: el de la coherencia. Subir cuando se puede; bajar cuando toca. Hoy la suma ha dado el número exacto. Y por eso, Carlos Soria y Manaslu vuelven a aparecer juntos, con mayúsculas. Como debe ser.

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