Síguenos

Ocio

¿Por qué Canadá retira su confianza a Infantino al frente de la FIFA?

Canadá retira su confianza a Infantino tras una operación fallida que abrió una crisis interna y dejó tocado su liderazgo global en la FIFA.

Publicado

el

Canadá agita Davos

El primer ministro de Canadá, Mark Carney, ha retirado públicamente su confianza a Gianni Infantino por la gestión de un proyecto que pretendía abrir los derechos comerciales del Mundial al capital privado. No cuestionó una decisión deportiva ni una mala tarde en los despachos: denunció un problema de gobernanza, una forma de mandar sin consultar siquiera a quienes ocupan los principales cargos de la FIFA.

Carney fue bastante más allá de la reprimenda diplomática. Consideró que ocultar una operación de semejante tamaño al director de operaciones, a los asesores principales y a miembros del consejo debería ser fatal para cualquier dirigente. Y dejó una frase con el filo de las obviedades incómodas: no es así como se gestiona una empresa, ni siquiera una pequeña. La FIFA, conviene recordarlo, administra el mayor espectáculo deportivo del planeta.

Canadá rompe con el presidente de la FIFA

La censura tiene un peso especial porque Canadá acaba de organizar el Mundial junto con Estados Unidos y México. Durante el torneo, Carney e Infantino compartieron actos, tribunas y fotografías institucionales. Apenas unas semanas después, el primer ministro canadiense sostiene que ya no confía en la capacidad del dirigente suizo-italiano para seguir al frente del fútbol mundial. Del apretón de manos al portazo, sin demasiada escala intermedia.

La crítica tampoco ha caído desde la grada. Canadá forma parte de la Concacaf, una de las confederaciones que se rebelaron contra el proyecto de Infantino. Sus federaciones nacionales rechazaron la propuesta por la ausencia de un procedimiento regular, el plazo artificialmente breve impuesto para estudiarla y la falta de aprobación de los órganos de gobierno de la propia FIFA.

El proyecto que encendió la rebelión

La operación recibía el nombre de FIFA Forward Enterprise, o FFE. Su objetivo era crear una sociedad comercial valorada en unos 20.000 millones de dólares que asumiría la explotación de derechos vinculados al Mundial y a otros activos de la organización. La FIFA planteaba vender aproximadamente un 20% de esa sociedad a inversores privados para captar alrededor de 4.200 millones de dólares.

El dinero, según la presidencia de Infantino, habría servido para aumentar los fondos destinados al desarrollo del fútbol, especialmente en países con menos recursos. La organización defendió que el plan solo avanzaría con el respaldo mayoritario de sus asociaciones y tras consultar al Consejo de la FIFA, las confederaciones y otras partes implicadas. El pequeño detalle —nada menor— es que buena parte de esas partes aseguró haberse enterado cuando el proyecto comercial estaba ya diseñado y circulaba públicamente.

Una sociedad multimillonaria bajo control privado

Hablar de vender el Mundial simplifica la arquitectura jurídica, pero describe bastante bien el temor político que provocó. No se pretendía entregar el trofeo ni privatizar los partidos como quien alquila un estadio; la idea consistía en trasladar una porción de los derechos comerciales del torneo a una estructura participada por fondos privados. Quien entra en el capital no suele hacerlo por amor al escudo. Busca rendimiento, influencia y capacidad para orientar el negocio.

La selección de inversores iba a contar con la intervención de Thrive Capital, firma fundada por Joshua Kushner, hermano de Jared Kushner, yerno de Donald Trump. Esa conexión añadió gasolina política a una propuesta que ya despertaba recelos por su tamaño, su opacidad y las dudas sobre la necesidad de buscar capital externo después de un Mundial extraordinariamente rentable.

El problema no era solo el dinero. La reacción de las confederaciones demuestra que la discusión excedía las cifras. UEFA, Concacaf y la Confederación Asiática se opusieron al proyecto; las federaciones europeas llegaron a acordar un boicot a las competiciones de la FIFA en caso de que la operación siguiera adelante. La amenaza afectaba tanto al Mundial masculino como a torneos juveniles femeninos próximos. No era retórica de sobremesa: reunían votos suficientes para bloquear el plan.

Concacaf cuestionó, además, por qué una organización con reservas multimillonarias necesitaba vender parte de su activo más valioso para financiar programas de desarrollo. Su posición fue tajante: el futuro del Mundial debía permanecer en manos de la familia del fútbol y someterse a las reglas internas, no a una negociación diseñada alrededor de un solo despacho.

La crisis también estalló dentro de la FIFA

El golpe más grave para Infantino quizá no llegó desde Europa ni desde Ottawa, sino desde su propia estructura. El secretario general de la FIFA, Mattias Grafström, calificó internamente el episodio como una serie de acontecimientos tristes y reprochables. El director de operaciones, Kevin Lamour, sostuvo que el personal había sido engañado y presentó el proyecto como la iniciativa personal de un único dirigente.

Carlos Cordeiro, asesor principal de Infantino, dimitió en protesta por la operación. Arsène Wenger, responsable de Desarrollo Global del Fútbol, afirmó que no había participado en su elaboración y consideró absolutamente necesaria su retirada. También Luis Figo lanzó una crítica devastadora contra el presidente. Cuando los propios ocupantes del edificio empiezan a señalar las grietas internas, pintar la fachada sirve de poco.

Infantino terminó abandonando el plan el 31 de julio. En su comunicado admitió que FIFA Forward Enterprise había creado divisiones incompatibles con el objetivo inicial y confirmó que la propuesta no continuaría. La retirada frenó la operación, pero no apagó la crisis: Concacaf reclamó después una revisión profunda de la presidencia y sostuvo que lo ocurrido respondía a un patrón de decisiones unilaterales.

Montagliani aparece en el horizonte

Carney aprovechó su intervención para elogiar al canadiense Victor Montagliani, presidente de Concacaf y vicepresidente de la FIFA. Lo definió como una figura respetada y destacó su gestión al frente de la confederación norteamericana. Montagliani aparece ya como posible alternativa, aunque todavía no ha anunciado formalmente una candidatura.

El matiz importa. En la FIFA no basta con recibir elogios desde un Gobierno o acumular simpatías en Europa; hacen falta apoyos territoriales, pactos entre confederaciones y votos de federaciones muy dependientes de los programas económicos de la organización. Por ahora, no existe un rival declarado capaz de reunir esa coalición. Infantino está herido, sí. Derribado, todavía no.

Infantino conserva apoyos y controla el calendario

La próxima elección presidencial está prevista para marzo de 2027 en Rabat, Marruecos, y los aspirantes tendrán hasta noviembre de 2026 para presentar su candidatura. Infantino busca un cuarto mandato y conserva el respaldo de varias federaciones de África, Asia y Oriente Próximo, entre ellas las de Qatar, Kuwait, Líbano, Indonesia y Filipinas. Marruecos también ha mantenido su apoyo político y deportivo.

El presidente convocó una reunión de crisis en Marruecos con altos cargos de la FIFA para recomponer alianzas y contener la rebelión interna. El calendario juega a su favor: quedan varios meses hasta el congreso electoral y un congreso extraordinario solo podría celebrarse si una parte suficiente de las asociaciones miembro lo solicita formalmente por escrito.

Su estrategia previsible pasa por presentar la retirada como una demostración de escucha y no como una derrota. La versión oficial insiste en que el proyecto buscaba fortalecer a las federaciones más necesitadas y que fue descartado al comprobarse que dividía al fútbol. Sin embargo, el debate ya no gira únicamente alrededor de FFE. La cuestión política es quién controla realmente las decisiones de la FIFA y qué contrapesos existen cuando la presidencia actúa por su cuenta.

Una derrota que ya no cabe bajo la alfombra

La declaración de Mark Carney transforma una disputa corporativa en una crisis institucional de primer orden. Un jefe de Gobierno que acaba de compartir la organización de un Mundial con la FIFA sostiene que Infantino ha perdido su confianza. No exige de manera expresa su dimisión, pero su diagnóstico deja poco espacio para los eufemismos: considera incompatible lo ocurrido con una dirección responsable.

Infantino ha logrado retirar la propuesta antes de sufrir una derrota formal, conservar apoyos relevantes y ganar tiempo hasta marzo. Pero el coste está a la vista. Las confederaciones han descubierto que pueden frenarle, altos funcionarios de la FIFA han roto el silencio y el nombre de un posible sucesor empieza a circular. El Mundial no fue vendido. La autoridad del presidente, en cambio, ha salido al mercado con una cotización bastante más baja.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído