Naturaleza
¿Cómo redujo Brasil un 37% la deforestación de la Amazonia en un año?
Brasil alcanza el mejor dato de deforestación amazónica en una década, con una caída del 37% que acerca el objetivo de frenar la tala ilegal.

La deforestación de la Amazonia brasileña ha caído a su nivel más bajo de la última década. Entre agosto de 2025 y julio de 2026, los satélites del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil (INPE) detectaron alertas sobre 2.874 kilómetros cuadrados de bosque, un 37% menos que en los doce meses anteriores, cuando la superficie rondó los 4.500 kilómetros cuadrados. No es una variación pequeña ni un retoque estadístico: son unos 1.700 kilómetros cuadrados menos bajo alerta.
El descenso consolida una tendencia que Brasil viene registrando desde el regreso de Luiz Inácio Lula da Silva a la presidencia y coloca al Gobierno más cerca de su objetivo de acabar con la deforestación ilegal en 2030. Pero conviene ajustar el foco. Los datos conocidos este 7 de agosto proceden del sistema DETER, diseñado para detectar rápidamente zonas amenazadas y orientar a los equipos de fiscalización. Son una señal muy potente de lo que sucede en la selva, aunque la cifra oficial anual de deforestación la establece otro sistema, PRODES.
Un descenso del 37% que rompe la tendencia de los últimos años
El periodo comprendido entre agosto de 2025 y julio de 2026 deja el menor nivel de alertas registrado para ese intervalo desde el comienzo de la serie comparable en 2016. El dato mejora incluso las cifras que Brasil había presentado apenas unas semanas antes: hasta junio se acumulaban 2.485,9 kilómetros cuadrados bajo alerta, frente a 3.959,98 kilómetros cuadrados durante los mismos once meses del ciclo anterior. La caída era entonces del 37,2%. Julio terminó confirmando el rumbo.
La reducción tampoco apareció de repente al terminar el calendario. En mayo de 2026, el área detectada por DETER había caído un 61,4% respecto a mayo de 2025, el valor más bajo observado para ese mes. Entre agosto de 2025 y mayo de 2026, el descenso acumulado alcanzaba el 37,5%. La fotografía ha ido cambiando mes tras mes, no con un golpe aislado de suerte estadística.
Para un territorio gigantesco, cubierto durante buena parte del año por nubes y atravesado por carreteras, explotaciones ganaderas, minería, agricultura, incendios y ocupaciones ilegales, vigilar unos pocos kilómetros cuadrados sería sencillo. Vigilar la Amazonia Legal, no. Ahí entra en juego una infraestructura de satélites y análisis que Brasil lleva décadas construyendo y que permite localizar desde el espacio la transformación del bosque casi mientras ocurre.
DETER y PRODES: dos cifras distintas que no conviene mezclar
Aquí está uno de los detalles más importantes de la noticia. DETER funciona como una especie de alarma contra incendios forestal, aunque no se limita al fuego. Identifica diariamente señales de tala, degradación y pérdida de vegetación mediante imágenes de satélite y envía esa información a los organismos encargados de fiscalizar el territorio. Su trabajo consiste en señalar dónde mirar y dónde actuar.
Por eso, sus alertas no equivalen exactamente a la tasa oficial de deforestación. Esa corresponde a PRODES, el sistema con el que el INPE calcula anualmente la pérdida de bosque en la Amazonia Legal y mantiene una serie histórica que se remonta a 1988. Es una diferencia aparentemente técnica, pero bastante importante: presentar los 2.874 kilómetros cuadrados como la cifra definitiva de deforestación de 2026 sería adelantarse a la medición oficial.
Los últimos datos consolidados de PRODES también muestran, eso sí, una dirección descendente. Entre agosto de 2024 y julio de 2025 se estimaron 5.796 kilómetros cuadrados deforestados, un 11,08% menos que en el periodo anterior. Fue la tercera cifra más baja de toda la serie histórica y aproximadamente la mitad de los 11.592 kilómetros cuadrados registrados en 2022.
La conclusión razonable no necesita maquillaje: DETER indica que durante el ciclo 2025-2026 la presión sobre el bosque ha seguido bajando con mucha intensidad. PRODES tendrá que convertir después esa tendencia en la medición anual definitiva.
Qué ha cambiado en Brasil para que caiga la deforestación
El giro comenzó con la recuperación de políticas que Brasil ya había utilizado con buenos resultados durante las primeras décadas de este siglo. El eje principal es el PPCDAm, el Plan de Acción para la Prevención y el Control de la Deforestación en la Amazonia Legal, recuperado y actualizado a partir de 2023 después de haber perdido peso durante los años anteriores.
El modelo mezcla vigilancia por satélite, inspecciones sobre el terreno, sanciones, ordenación territorial, políticas económicas y alternativas productivas para las poblaciones amazónicas. Parece menos espectacular que enviar una excavadora contra otra excavadora en mitad de la selva, pero ahí está buena parte del asunto: detectar una tala pronto, identificar quién ocupa una parcela pública o cerrar el acceso financiero a actividades ilegales puede resultar más eficaz que llegar cuando el bosque lleva meses convertido en pasto.
Brasil también ha reforzado la presencia institucional en municipios especialmente expuestos. En junio de 2026, el Ministerio de Medio Ambiente mantenía una relación de 80 municipios prioritarios para acciones de prevención y control de la deforestación y degradación forestal. Durante 2025 se impulsaron oficinas locales de gobernanza ambiental y sistemas de seguimiento destinados precisamente a acercar la vigilancia al terreno.
Satélites arriba, inspectores abajo
El sistema brasileño funciona porque combina ambas capas. DETER puede descubrir desde centenares de kilómetros de altura una nueva cicatriz abierta en el bosque; después hacen falta policías ambientales, inspectores, fiscales y administraciones capaces de averiguar quién está detrás. Un satélite ve. El Estado tiene que actuar.
Parte de esa capacidad se está financiando mediante el Fondo Amazonia. Entre los proyectos en marcha figura el fortalecimiento de la fiscalización del Instituto Brasileño del Medio Ambiente (Ibama), con recursos destinados al control, seguimiento y combate de infracciones ambientales en la Amazonia Legal.
No significa que cada punto porcentual de reducción pueda atribuirse mecánicamente a una única medida gubernamental. El clima, la nubosidad, los precios agrícolas, las dinámicas locales y las estrategias de quienes ocupan ilegalmente tierras públicas también modifican las cifras. En una selva de este tamaño, las causalidades cómodas suelen durar poco. Pero la sucesión de descensos durante varios años y el fortalecimiento paralelo de la fiscalización permiten hablar de una tendencia consistente, no simplemente de un buen mes.
El objetivo de Lula para 2030 tiene letra pequeña
Lula sostiene que Brasil puede llegar a eliminar la deforestación ilegal en 2030 si mantiene el ritmo de reducción y dedica los recursos necesarios. Lo reiteró durante la presentación de los nuevos datos en la sede del INPE, en São José dos Campos.
Eso no significa que a partir de 2030 ningún árbol pueda talarse legalmente en Brasil. La política brasileña de “deforestación cero” tiene una definición más precisa: persigue eliminar la tala ilegal y compensar la supresión legal de vegetación nativa y las emisiones asociadas mediante el cumplimiento de la legislación forestal, la recuperación de ecosistemas y los incentivos para la conservación y el manejo sostenible.
La diferencia importa. Buena parte de la Amazonia brasileña convive con explotaciones agrícolas, ganaderas, forestales, ciudades e infraestructuras. El desafío político consiste en impedir que el crecimiento económico siga avanzando a mordiscos sobre bosque primario y, al mismo tiempo, ofrecer ingresos legales a millones de personas que viven en la región. La selva no es un decorado verde vacío entre dos océanos de árboles; tiene pueblos, carreteras, conflictos de propiedad, empresas y comunidades indígenas. Y muchos intereses. Algunos bastante poderosos.
El Gobierno brasileño intenta demostrar precisamente que producción y conservación no son necesariamente enemigos. En los datos oficiales de PRODES, la deforestación de la Amazonia pasó de unos 11.592 kilómetros cuadrados en 2022 a 5.796 en 2025, prácticamente la mitad. Queda mucho bosque perdiéndose cada año, pero el cambio de trayectoria es difícil de ignorar.
El Amazonas aparece también en la pelea de Lula con Estados Unidos
La presentación de los datos ambientales coincidió con otro frente bastante menos verde. Durante el acto celebrado por el 65.º aniversario del INPE, Lula lanzó un duro ataque contra el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, al que calificó de “bolsonarista” y acusó de mantener una actitud hostil hacia Brasil y de obstaculizar su diálogo con Donald Trump. Son acusaciones del presidente brasileño, no hechos acreditados sobre las motivaciones personales de Rubio.
La escena tiene algo de política latinoamericana en estado puro: satélites, árboles y diplomacia internacional compartiendo escenario. Pero el trasfondo es serio. Las relaciones entre Brasilia y Washington atraviesan una fase de tensión, mientras Lula trata de defender la soberanía brasileña y el Gobierno estadounidense endurece algunas de sus posiciones hacia Brasil y otros países de la región.
En ese contexto, los datos de la Amazonia tienen también valor diplomático. Brasil lleva años reclamando reconocimiento internacional y financiación para conservar un ecosistema cuya estabilidad afecta al clima mucho más allá de sus fronteras. Mostrar una caída sustancial de la deforestación fortalece la posición de Brasilia cuando pide recursos o rechaza críticas externas sobre su gestión ambiental.
Pero sería un error convertir los árboles en munición partidista. La caída del 37% puede medirse desde un satélite. Las intenciones de Lula, Rubio, Trump o cualquier otro dirigente pertenecen a otro terreno, bastante más embarrado.
La Amazonia gana tiempo, pero la presión continúa
El nuevo mínimo constituye una buena noticia ambiental, quizá una de las más relevantes que ha producido Brasil en 2026, pero todavía hay 2.874 kilómetros cuadrados de territorio bajo alertas de deforestación en doce meses. Puestos juntos formarían una extensión mayor que muchas ciudades europeas multiplicadas varias veces. El cero continúa lejos.
También conviene mirar fuera del bosque amazónico. El Cerrado, la enorme sabana brasileña que soporta una intensa presión agropecuaria, estaba registrando una reducción mucho más modesta: hasta junio de 2026, sus alertas de pérdida de vegetación habían descendido un 7,9% respecto al ciclo anterior. Proteger la Amazonia mientras la presión se desplaza hacia otros ecosistemas resolvería solo una parte del problema.
Brasil llega así al tramo final de 2026 con algo que durante años parecía escapar entre los dedos: una secuencia sostenida de caídas en la deforestación amazónica. Primero bajó la tasa oficial; después siguieron descendiendo las alertas en tiempo casi real. Todavía no es la meta de 2030, ni mucho menos. Pero la selva ha ganado terreno en una batalla donde, durante demasiado tiempo, perder árboles parecía la única cifra capaz de crecer.

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