Tecnología
¿Por qué las baterías LFP ganan terreno tras el pacto SK On-NeoVolta?
El pacto entre SK On y NeoVolta refuerza el auge de las baterías LFP en Estados Unidos y abre la puerta a 18 GWh de capacidad de almacenamiento.

Las baterías LFP, basadas en fosfato de hierro y litio, vuelven a colocarse en el centro del negocio energético tras el acuerdo alcanzado por la surcoreana SK On y la estadounidense NeoVolta Power. No es un contrato menor: SK On suministrará inicialmente 9 gigavatios hora (GWh) de células LFP fabricadas en Estados Unidos durante cinco años, entre 2027 y 2031, para sistemas de almacenamiento de energía.
La colaboración puede ir bastante más lejos. Las compañías han diseñado un segundo tramo de otros 9 GWh, ligado a la fabricación de paquetes de baterías por parte de NeoVolta Power que posteriormente serían adquiridos por SK On. Sumadas ambas operaciones, la relación industrial podría alcanzar 18 GWh. El precio oficial no se ha comunicado, aunque estimaciones del sector sitúan el acuerdo inicial alrededor de los 1.090 millones de dólares. Una cifra que explica parte del ruido. No todo.
Lo realmente interesante está debajo de la carrocería: SK On, uno de los grandes fabricantes asiáticos de baterías para vehículos eléctricos, está reforzando su presencia en el almacenamiento estacionario justo cuando la industria necesita guardar cantidades cada vez mayores de electricidad. Centros de datos, renovables, redes saturadas, fábricas… el enchufe mundial está cambiando y las baterías LFP encajan bastante bien en ese nuevo paisaje.
Un acuerdo de 9 GWh que puede terminar siendo de 18 GWh
El primer contrato garantiza a NeoVolta Power el suministro de 9 GWh de células LFP tipo pouch, es decir, células empaquetadas en una envoltura flexible en lugar de utilizar la habitual carcasa cilíndrica o prismática. Se producirán en Estados Unidos dentro de la estructura industrial de SK On.
Para NeoVolta hay una ventaja inmediata: asegurarse durante varios años una materia prima crítica para ampliar su producción de sistemas BESS, siglas inglesas de sistemas de almacenamiento de energía mediante baterías. No es precisamente poca cosa en una industria donde una fábrica puede tener maquinaria, clientes y pedidos sobre el papel y, aun así, quedarse mirando al techo porque faltan células de batería.
El segundo movimiento resulta incluso más llamativo. SK On prevé proporcionar otros 9 GWh de células, mientras NeoVolta Power fabricaría con ellas paquetes completos de almacenamiento que después compraría la propia compañía surcoreana. El proveedor se convierte también en cliente. Una especie de círculo industrial, solo que aquí el círculo pesa toneladas y se conecta a la red eléctrica.
La cooperación permitirá estudiar además una ampliación de la planta que NeoVolta Power tiene en Pendergrass, Georgia, donde la empresa desarrolla su plataforma estadounidense de almacenamiento a gran escala. Su objetivo declarado es avanzar hacia una instalación con dos líneas y una capacidad potencial de hasta 8 GWh anuales en 2028.
Qué es una batería LFP y por qué interesa tanto
LFP procede de lithium iron phosphate. En castellano, fosfato de hierro y litio. Su fórmula química, LiFePO₄, puede parecer material para una clase particularmente cruel de química, pero la idea es bastante sencilla.
Estas baterías utilizan hierro y fosfato en el cátodo en lugar de depender de combinaciones con níquel y cobalto presentes en otras tecnologías de ion-litio. Eso modifica sus prestaciones y también su economía.
Una batería LFP suele ofrecer menor densidad energética que determinadas baterías NMC de níquel, manganeso y cobalto. Dicho de otra manera: para almacenar la misma energía puede necesitar algo más de espacio o peso. En un coche que pretende recorrer 700 kilómetros con una carga, esa diferencia importa bastante.
En una gran instalación fija junto a una subestación eléctrica, bastante menos.
Seguridad, ciclos de carga y coste cambian la ecuación
Donde las LFP empiezan a sacar músculo es en otros terrenos. Presentan una elevada estabilidad térmica, soportan numerosos ciclos de carga y descarga y permiten prescindir de metales como el níquel y el cobalto. Son características especialmente atractivas cuando una batería debe funcionar durante años, cargándose y descargándose prácticamente a diario.
También existe una cuestión de seguridad. Ninguna batería de ion-litio está exenta de riesgos, pero la química LFP es apreciada por su comportamiento térmico relativamente estable. Para una instalación compuesta por miles de células almacenando electricidad en un recinto industrial, esa característica deja de ser una curiosidad técnica y entra directamente en la hoja de cálculo.
Ahí está una de las razones por las que las LFP han encontrado un terreno particularmente fértil en los sistemas estacionarios de almacenamiento.
No necesitan ser pequeñas, ligerísimas ni capaces de lanzar un deportivo de cero a cien. Deben aguantar. Cargar. Descargar. Repetir. Un trabajo menos fotogénico que impulsar un coche eléctrico, sí, pero cada vez más valioso para las redes eléctricas.
SK On mira más allá del coche eléctrico
El acuerdo también cuenta otra historia: la transformación de la industria mundial de baterías.
Durante años, fabricantes como SK On, LG Energy Solution o Samsung SDI organizaron buena parte de sus grandes inversiones pensando en el crecimiento aparentemente imparable del vehículo eléctrico. Ese mercado sigue siendo gigantesco, pero su evolución en Estados Unidos ha sufrido cambios importantes y las empresas buscan nuevas fuentes de demanda para aprovechar fábricas diseñadas para producir células a enorme escala.
El almacenamiento eléctrico ofrece una salida natural.
SK On se ha marcado como objetivo conseguir más de 20 GWh de pedidos globales para sistemas ESS durante 2026 y mantiene conversaciones sobre contratos adicionales con clientes estadounidenses. Su alianza con NeoVolta encaja, por tanto, dentro de una estrategia mucho más amplia.
Hay cierta ironía industrial en el movimiento. Las mismas fábricas levantadas para llenar las carreteras de coches eléctricos pueden terminar dedicando una parte creciente de su producción a enormes sistemas de baterías que jamás recorrerán un metro.
Y tiene lógica.
Georgia se convierte en una pieza importante
La ubicación tampoco es accidental. Tanto SK On como NeoVolta están reforzando su producción en Georgia, uno de los estados estadounidenses que más inversión relacionada con baterías y movilidad eléctrica ha atraído durante los últimos años.
NeoVolta pretende utilizar células LFP fabricadas en Estados Unidos dentro de sistemas BESS ensamblados también en el país. Esa combinación cobra especial importancia en un mercado donde los incentivos fiscales, las normas sobre contenido nacional y la procedencia de determinados componentes pueden decidir la rentabilidad de un proyecto.
La instalación de Pendergrass recibió además una evaluación jurídica favorable respecto a los requisitos estadounidenses relacionados con las denominadas entidades extranjeras de preocupación, una pieza relevante para determinados incentivos y proyectos energéticos.
No es un detalle burocrático. En la nueva política industrial estadounidense, una batería ya no se juzga únicamente por cuántos kilovatios hora almacena. También importa dónde se fabrica, quién suministra sus componentes y de dónde procede la tecnología.
NeoVolta gana escala, pero no desaparecen los riesgos
El pacto también ha llevado el foco hacia NeoVolta, cotizada en Nasdaq con el símbolo NEOV. La empresa comenzó principalmente en el almacenamiento residencial y está intentando dar un salto hacia proyectos comerciales, industriales y de escala utility, es decir, instalaciones suficientemente grandes como para trabajar directamente con eléctricas y operadores de red.
Ese cambio puede multiplicar el tamaño de sus contratos. También multiplica las dificultades de ejecución.
NeoVolta ya había anunciado anteriormente una carta de intenciones relacionada con aproximadamente 1,1 GWh de sistemas BESS, valorada en torno a 200 millones de dólares, mientras desarrollaba su capacidad productiva en Georgia. El acuerdo con SK On añade algo que cualquier fabricante necesita antes de prometer grandes volúmenes: acceso estable a las células.
Pero conviene no confundir expectativas con resultados. La compañía sigue atravesando una fase de expansión intensiva y todavía registra pérdidas. En los nueve meses terminados el 31 de marzo de 2026 obtuvo unos ingresos crecientes, pero acumuló una pérdida neta de aproximadamente 9,8 millones de dólares. Tenía alrededor de 11,5 millones en efectivo al cierre de ese periodo.
Es el clásico retrato de una pequeña empresa industrial intentando crecer deprisa: más ventas, más inversión, más oportunidades y también más riesgo de ejecución.
Algunos modelos de valoración han llegado a presentar las acciones de NeoVolta como fuertemente infravaloradas. Conviene manejar esos porcentajes con pinzas. Son estimaciones construidas mediante modelos financieros, no una medición objetiva de cuánto debería valer una acción. Cuando una compañía todavía no es rentable y está ampliando fábricas, cualquier valoración depende enormemente de lo que consiga producir y vender dentro de varios años.
La fábrica, al final, tiene la mala costumbre de exigir resultados reales.
Centros de datos y redes eléctricas disparan el almacenamiento
Detrás de la expansión de las LFP existe una fuerza todavía mayor: Estados Unidos necesita mucha más electricidad y necesita administrarla mejor.
La proliferación de centros de datos dedicados a inteligencia artificial está obligando a revisar previsiones de demanda eléctrica que parecían razonables hace apenas unos años. A ello se suman nuevas fábricas, electrificación industrial, vehículos eléctricos y el crecimiento de fuentes renovables como la solar y la eólica.
El problema es elemental. Un parque solar produce electricidad cuando hay sol, no necesariamente cuando alguien la necesita. El viento tampoco consulta el precio horario del mercado antes de ponerse a soplar.
Las baterías permiten almacenar una parte de esa energía cuando existe abundancia y devolverla a la red cuando aumenta la demanda. También pueden proporcionar servicios de estabilización, reducir picos de consumo y aliviar determinadas congestiones.
Los centros de datos añaden otra dimensión. Son instalaciones que pueden consumir cientos de megavatios con una regularidad casi industrial. La expansión de la inteligencia artificial está disparando solicitudes de conexión a la red estadounidense, hasta el punto de que algunos operadores empiezan a exigir mayores garantías económicas para distinguir proyectos reales de simples reservas especulativas de capacidad.
En ese entorno, una batería deja de ser únicamente un complemento de un parque solar. Puede convertirse en una auténtica pieza de infraestructura energética.
Y para semejante trabajo, la química LFP tiene sentido: vida útil elevada, estabilidad y costes competitivos pesan más que conseguir la máxima energía posible dentro del menor volumen.
La batalla de las baterías cambia de escenario
Durante mucho tiempo se habló de baterías casi exclusivamente pensando en automóviles. Cuántos kilómetros de autonomía, cuánto tarda una carga, qué coche monta qué química. El nuevo mercado está moviendo silenciosamente la conversación hacia el almacenamiento estacionario.
Una parte creciente del negocio se encuentra en enormes instalaciones sin ruedas, aparcadas junto a subestaciones, fábricas, plantas solares o centros de datos.
El acuerdo entre SK On y NeoVolta Power refleja justamente ese cambio. Hay 9 GWh contratados, una cooperación que podría alcanzar 18 GWh y una apuesta industrial para fabricar tanto las células como los sistemas de almacenamiento dentro de Estados Unidos.
Las LFP probablemente no ganarán todas las batallas tecnológicas. Tienen limitaciones, empezando por su menor densidad energética frente a otras químicas de ion-litio. Pero tampoco necesitan hacerlo.
En almacenamiento estacionario importa otra combinación: coste, seguridad, disponibilidad y durabilidad, además de la capacidad para producir millones de células sin depender de materiales especialmente caros. Ahí las baterías de fosfato de hierro y litio han encontrado un terreno formidable.
No hacen ruido, no aceleran y jamás aparecerán aparcadas frente a un restaurante de moda. Pero pueden terminar siendo una de las piezas que mantengan encendidos esos restaurantes, las fábricas y, sobre todo, los enormes centros de datos que están devorando electricidad. A veces el negocio tecnológico más importante no está en lo que se mueve, sino precisamente en lo que se queda quieto.












