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Historia

¿Qué queda de Francisco un año después? Recordando Bergoglio

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Papa Francisco en 2019

Un año después de la muerte de Francisco, el Vaticano mide su huella real: reformas, sombras, León XIV y la Iglesia que dejó todavía abierta.

Hace un año, el 21 de abril de 2025, moría Jorge Mario Bergoglio, el papa Francisco, a los 88 años, en la Casa Santa Marta, después de un pontificado de doce años que dejó a la Iglesia católica en un punto raro: menos blindada, menos cómoda, más discutida. El aniversario no llega como un trámite litúrgico ni como una efeméride para nostálgicos. Llega con una evidencia bastante más concreta: Francisco sigue dentro de la Iglesia incluso después de haber desaparecido de la escena. Está en el lenguaje, en los conflictos que abrió, en las reformas que dejó a medio hacer, en la forma de hablar de pobreza, de guerra, de migración, de medio ambiente y de poder interno. También, claro, en las resistencias que desató. Un año después de su muerte, el Vaticano lo recuerda en Santa María la Mayor, donde quiso ser enterrado, y ese lugar no es un detalle menor: hasta en la despedida quiso salirse del molde y rebajar la solemnidad de un papado que él mismo se empeñó en desmitificar.

La otra gran novedad de este primer aniversario es que ya no se puede hablar de Francisco sólo en pasado, porque su herencia se mide frente a un sucesor de carne y hueso. El nuevo papa es León XIV, Robert Francis Prevost, elegido el 8 de mayo de 2025, primer pontífice nacido en Estados Unidos, agustino, con una biografía marcada por Perú, por el trabajo misionero y por una trayectoria menos aparatosa que la de su antecesor. Su llegada ha permitido ver mejor la silueta de Francisco: lo que era impulso personal, lo que era línea de Iglesia y lo que quizá sólo podía sostenerse mientras Bergoglio seguía en pie. El balance, visto desde Roma y también desde fuera, se parece poco a una canonización política y tampoco encaja en un ajuste de cuentas. Francisco cambió la agenda y el tono mucho más de lo que cambió la doctrina, empujó reformas reales, removió inercias muy viejas y dejó al mismo tiempo sombras pesadas, sobre todo en la gestión de los abusos y en esa costumbre vaticana de abrir una puerta mientras se atranca la de al lado.

Un pontificado que movió el centro de gravedad

Cuando fue elegido en marzo de 2013, Francisco no llegó sólo como un papa nuevo. Llegó como una anomalía. Primer papa latinoamericano, primer jesuita, primer no europeo en siglos, hablaba desde una experiencia eclesial distinta a la de la vieja maquinaria curial. Venía de Buenos Aires, de una Iglesia acostumbrada a lidiar con villas miseria, crisis sociales, conflictos políticos y una fe mucho menos ornamental que la de los palacios romanos. Esa procedencia se notó desde el primer minuto. Renunció a buena parte del ceremonial, evitó instalarse en el apartamento pontificio tradicional, eligió vivir en Santa Marta y fue construyendo una autoridad basada en la cercanía, en la austeridad visible y en una idea que repitió durante años: la Iglesia no debía funcionar como una aduana moral ni como una aristocracia religiosa. Debía parecerse más a un hospital de campaña que a un tribunal. Aquella imagen, tan citada porque era buena, explicaba bastante bien su proyecto.

No fue sólo una cuestión estética. Francisco alteró el centro de gravedad del papado. Durante décadas, gran parte del debate católico público había quedado atrapado en el campo minado de la moral sexual, las prohibiciones y las guerras culturales. Bergoglio desplazó el foco. Sin borrar esas cuestiones, llevó el altavoz hacia otros sitios: la pobreza, los migrantes, la economía que descarta, la soledad contemporánea, las periferias urbanas, la tragedia ambiental, la guerra convertida en normalidad. Su viaje a Lampedusa en 2013, al comienzo del pontificado, fue una declaración de intenciones antes incluso de que media Europa entendiera lo que se venía encima con las crisis migratorias. Ahí ya estaba el hilo rojo de su pontificado: los olvidados no serían un tema secundario. Por eso su palabra tuvo más resonancia fuera de los ambientes eclesiales que dentro de algunos de ellos. A muchos gobiernos les resultó más incómodo un papa hablando de muertos en el mar, de industria armamentística o de desigualdad brutal que un papa encerrado en discusiones abstractas sobre moral privada.

Ese desplazamiento cristalizó luego en documentos decisivos. Laudato si’, en 2015, hizo de la ecología integral una pieza central del pensamiento católico contemporáneo; no como un adorno verde, sino como una crítica severa a un modelo económico capaz de triturar al mismo tiempo a las personas y al planeta. Más tarde, Fratelli tutti insistió en la fraternidad como respuesta a la polarización, al descarte y al repliegue identitario. Ahí se ve una de las grandes enseñanzas de Francisco: la fe no podía seguir presentándose como una fortaleza defensiva mientras el mundo ardía por fuera. En eso fue muy claro y, a ratos, muy duro. Criticó la pena de muerte hasta declararla inadmisible, endureció la condena moral a las armas nucleares, denunció la trata, el tráfico de personas, la cultura del descarte y la indiferencia ante los refugiados. No inventó esos temas, pero sí les dio prioridad y les puso una voz papal constante, algo que cambia mucho la conversación global.

Más agenda, más conflicto, no tanta revolución doctrinal

Conviene no exagerar, porque el propio Francisco detestaba las caricaturas complacientes aunque a veces las alimentara con su estilo. No fue un papa que cambiara el catecismo de arriba abajo. No legalizó lo que la Iglesia siempre había prohibido, no abrió el sacerdocio a las mujeres, no avaló el matrimonio homosexual, no eliminó el celibato obligatorio en la Iglesia latina y mantuvo intacta la condena del aborto. Quien vea en él una revolución doctrinal total no está leyendo bien los hechos. Su movimiento fue otro: cambió el enfoque pastoral, desdramatizó algunas fronteras y abrió debates que antes se daban por cerrados. Y eso, en la Iglesia católica, ya es dinamita de combustión lenta.

Se vio muy bien en la cuestión de los divorciados vueltos a casar, donde Amoris laetitia introdujo una lógica de discernimiento caso por caso que rompía la rigidez automática anterior y dejaba margen pastoral donde antes casi todo eran barreras. Se vio también en su célebre frase sobre las personas homosexuales —aquello de “quién soy yo para juzgar”—, que no modificó la doctrina, pero sí descolocó una forma vieja de hablar desde Roma. Y se vio con especial claridad en la declaración Fiducia supplicans, aprobada al final de su pontificado, que permitió bendiciones no litúrgicas y no equiparables al matrimonio para parejas en situación irregular y también para parejas del mismo sexo. Aquello no supuso un cambio doctrinal sobre el matrimonio, pero sí abrió una grieta pastoral enorme. Para los sectores progresistas fue insuficiente; para muchos conservadores, demasiado. En realidad, esa tensión resume buena parte de su legado: Francisco no llevó la institución hasta donde querían los reformistas, pero la movió lo suficiente como para irritar a quienes preferían que nada se moviese.

El problema es que ese método tenía precio. Bergoglio gobernó muchas veces por intuición, con gestos potentes y frases memorables, pero sin cerrar siempre la arquitectura doctrinal o disciplinaria de lo que ponía en marcha. Eso generó un clima de permanente discusión dentro de la Iglesia. Sus partidarios veían en ello libertad evangélica, capacidad de escucha, aire fresco. Sus críticos veían ambigüedad, improvisación y una peligrosa tendencia a dejar cabos sueltos. Ambas percepciones tienen algo de verdad. Francisco fue un papa que prefería abrir procesos antes que clausurarlos, pero esos procesos no siempre llegaron a puerto. Su gran reforma fue más de dirección que de destino: señaló hacia dónde había que mirar, aunque muchas veces dejó sin resolver cómo llegar exactamente hasta allí.

La maquinaria que sí tocó por dentro

Donde más claramente dejó obra durable fue en la reforma institucional. La gran pieza fue Praedicate Evangelium, la constitución apostólica que reorganizó la Curia romana y trató de redefinirla no como corte burocrática sino como instrumento al servicio de la misión de la Iglesia. Suena técnico, y lo es, pero el fondo era político: rebajar el peso del aparato y recordar que el Vaticano no debía vivir para sí mismo. Ahí entró además una novedad de calado, menos vistosa que otras pero muy relevante: la posibilidad de que laicos pudieran dirigir dicasterios si la función no exigía orden sacerdotal. Francisco llevaba años intentando romper la identificación automática entre poder de gobierno y clericalismo, y esa reforma lo dejó escrito.

También apostó fuerte por la sinodalidad, una palabra que fuera de ambientes religiosos suena a jerga, pero que en su pontificado significó algo bastante concreto: escuchar más, mandar menos en vertical, abrir procesos de consulta y admitir que la Iglesia no puede decidirlo todo desde arriba sin oír a quienes viven abajo. El gran Sínodo sobre la sinodalidad fue su laboratorio. Allí ocurrieron cosas que hace no tanto parecían impensables: mujeres y laicos votando en una asamblea sinodal, debates públicos sobre autoridad, participación, papel femenino, ministerios, gobernanza y tensiones territoriales. No salió de ahí una refundación institucional completa, pero sí un precedente. En una Iglesia acostumbrada a confundir a veces unidad con uniformidad, aquello era un movimiento de fondo.

En el terreno femenino, el balance fue ambivalente pero real. Francisco hizo más que ningún papa anterior para colocar a mujeres en puestos de responsabilidad dentro del Vaticano. Nombró a Simona Brambilla como primera mujer al frente de un gran dicasterio, impulsó el ascenso de Raffaella Petrini en el gobierno del Estado de la Ciudad del Vaticano y fue consolidando otros perfiles femeninos en órganos de peso. El cambio fue visible. Otra cosa es que bastara. Porque, mientras aumentaba la presencia de mujeres en el gobierno eclesial, mantuvo cerrada la puerta del sacerdocio femenino y no remató la cuestión del diaconado de la mujer, pese a las comisiones de estudio y a las expectativas que él mismo alimentó por momentos. Dicho sin rodeos: dio poder, pero no todo el poder; abrió despachos, no el altar.

Hay otro detalle menos comentado y sin embargo decisivo: Francisco cambió el mapa del colegio cardenalicio. Nombró cardenales de países y periferias que rara vez pesaban en el centro de decisión romano, debilitó el monopolio europeo tradicional y dejó un cónclave mucho más internacional. No es un detalle de archivo. Es una de las razones por las que, tras su muerte, la Iglesia eligió a un perfil como Robert Francis Prevost, con raíces en Estados Unidos pero biografía pastoral en Perú, más atento a la dimensión social del catolicismo que a la restauración puramente identitaria. El sucesor de Francisco no salió de la nada; salió también del ecosistema que Francisco había construido.

Las sombras de un pontificado incómodo

La zona más oscura de su legado está en la crisis de abusos sexuales. Ahí no sirve ni la hagiografía ni el tiro al blanco fácil. Francisco hizo más que muchos de sus predecesores, pero no consiguió cerrar la herida ni convencer a todas las víctimas de que Roma había entendido del todo la magnitud moral del desastre. Creó la Pontificia Comisión para la Protección de Menores, impulsó una cumbre global sobre abusos, endureció normas, promovió mecanismos para denunciar obispos encubridores y convirtió Vos estis lux mundi en una referencia central del nuevo marco disciplinario. Además, durante su papado se produjo un hecho simbólicamente muy fuerte: la expulsión del estado clerical de Theodore McCarrick, antiguo cardenal estadounidense, por abusos sexuales. Eso envió un mensaje claro de que ciertos intocables dejaban de serlo. O debían dejar de serlo.

Pero el balance no queda limpio por ese lado. Francisco cometió errores serios, especialmente al principio. El caso del obispo chileno Juan Barros fue el más dañino: el papa defendió inicialmente a Barros y desestimó críticas que después se revelaron fundadas. Tuvo que rectificar, pedir perdón y asumir que había sido mal informado. Aquello fue más que un tropiezo. Fue una muestra de lo difícil que resultaba desmontar una cultura institucional acostumbrada a protegerse primero a sí misma. Más tarde avanzó, sí, y bastante. Pero la percepción de respuesta insuficiente, falta de transparencia y ritmos desesperantemente lentos nunca desapareció del todo. Víctimas y asociaciones reconocieron mejoras, pero siguieron señalando que la Iglesia, incluso bajo Francisco, no siempre trató el problema con la radicalidad que exigía la dimensión del crimen y del encubrimiento.

A esa sombra principal se añadieron otras. Su estilo de gobierno fue personalista, a veces excesivamente dependiente de su intuición y de un círculo reducido. En algunos asuntos parecía avanzar a golpe de gesto, con una capacidad deslumbrante para romper inercias; en otros, daba la impresión de dejar expedientes sin cerrar o de permitir equilibrios demasiado frágiles. El acuerdo con China sobre el nombramiento de obispos, por ejemplo, fue defendido como una solución pragmática para evitar una fractura más profunda y mantener diálogo con Pekín, pero despertó críticas severas en quienes lo vieron como una concesión excesiva a un régimen que sigue presionando a la Iglesia clandestina. En el campo interno, su pontificado también dejó una polarización doctrinal y política muy fuerte. Los cardenales más conservadores lo acusaron de confundir a los fieles; los reformistas le reprocharon quedarse a medio camino. Pocas veces un papa había sido criticado a la vez por avanzar demasiado y por no atreverse a avanzar lo suficiente.

León XIV, el sucesor que explica mejor a Francisco

El primer año de León XIV ha servido para medir la verdadera consistencia del legado bergogliano. Robert Francis Prevost, nacido en Chicago, agustino, con muchos años de misión en Perú y experiencia posterior en la selección de obispos desde Roma, no fue elegido como un anti-Francisco. Tampoco como su clon. Fue otra cosa: una continuidad corregida en el estilo. Desde su elección el 8 de mayo de 2025, ha dejado claro que no pretende desmontar las grandes líneas del pontificado anterior. Ha hablado de inclusión, ha reivindicado la herencia del Concilio Vaticano II, ha pedido una Iglesia menos rota por bandos internos y ha dejado señales de continuidad en terrenos sensibles, desde la acogida pastoral a los católicos homosexuales hasta la voluntad de mantener debates abiertos sobre el lugar de la mujer y la relación entre centro y periferias.

La diferencia está en la forma. León XIV es menos volcánico, más metódico, menos dado a la improvisación pública. Donde Francisco prefería el golpe de efecto y la frase que salía sola, Prevost parece inclinarse por los tiempos largos, las palabras medidas y una liturgia algo más clásica. Eso no significa vuelta atrás automática. Significa otra cadencia. En algunos gestos incluso se aprecia un intento de bajar la temperatura interna sin alterar del todo la dirección. Es una operación delicada: conservar lo esencial de la apertura de Francisco sin seguir alimentando la sensación de vértigo permanente que su antecesor provocaba en parte del episcopado y del mundo católico.

Su propio nombre elegido, León XIV, dice bastante. Remite inevitablemente a León XIII, el papa de Rerum novarum, de la cuestión social, del intento de responder desde la Iglesia a las transformaciones brutales de la modernidad industrial. Ese guiño no parece casual. Tampoco lo es que, en sus primeros meses, haya insistido en la paz, en la cercanía a quienes sufren y en la necesidad de una Iglesia presente en el mundo real y no encerrada en discusiones autorreferenciales. Ya en 2026, además, ha mostrado una voz más firme en asuntos internacionales, con un tono más directo sobre la desigualdad global y ciertos conflictos, lo que indica que su discreción de estilo no equivale a tibieza política. No es Francisco, pero tampoco parece dispuesto a enterrarlo bajo una capa de orden curial.

La huella que sigue mandando en Roma

Un año después de la muerte de Francisco, lo más preciso es decir que su legado sigue abierto, no cerrado. No dejó una Iglesia completamente transformada, pero sí una Iglesia obligada a discutir cosas que antes se escondían debajo de la alfombra. La misericordia pasó de ser una palabra piadosa a convertirse en criterio pastoral. La pobreza regresó al centro del mensaje católico. La ecología, antes secundaria en la jerarquía de prioridades, quedó incorporada como asunto de conciencia y de justicia. Las periferias dejaron de ser un decorado retórico para convertirse en categoría política y espiritual. Las mujeres ganaron espacio real en la estructura, aunque no la igualdad plena que muchos reclamaban. Los laicos entraron algo más en la conversación. La Curia perdió parte de su sacralidad administrativa. El papado se hizo menos imperial y más vulnerable, al menos en las formas.

También dejó algo menos visible y quizá más duradero: una intuición sobre el tipo de autoridad que podía seguir siendo creíble en el siglo XXI. Francisco entendió que la Iglesia ya no podía mandar como antes porque ya no podía ser escuchada como antes. Y que, si quería conservar densidad moral, necesitaba bajar del pedestal, aceptar contradicciones, pedir perdón cuando tocara, exponerse más y blindarse menos. No siempre lo logró. A veces incluso recayó en viejos reflejos romanos. Pero empujó en esa dirección. Por eso sigue tan presente. No sólo por lo que cambió, sino por lo que dejó sin rematar. Las grandes disputas del catolicismo actual todavía se formulan en el idioma que Francisco volvió dominante: inclusión sin ruptura doctrinal, reforma sin demolición, tradición sin inmovilismo, autoridad sin corte principesca.

Su enseñanza, en ese sentido, fue menos académica y más concreta. Una Iglesia obsesionada con condenar pierde fuerza para acompañar. Una Iglesia rica en símbolos de poder y pobre en credibilidad social se vacía por dentro. Una Iglesia que no escucha a sus bordes acaba hablando sola. Bergoglio repitió esas ideas de muchas maneras, a veces con brillantez, otras con brusquedad, casi siempre contra corriente. Por eso su pontificado dejó tanta adhesión y tanta fatiga a la vez. Y por eso el balance de este primer aniversario no cabe ni en la frase fácil de “gran reformador” ni en la de “papa fallido”. Francisco cambió la Iglesia sin llegar a rehacerla. Le movió el suelo, le desordenó las prioridades, le obligó a mirarse en un espejo incómodo y dejó a su sucesor una tarea muy precisa: decidir si ese movimiento se consolida, se enfría o se maquilla.

De momento, León XIV ha optado por no romper. Y ese dato, por sí solo, ya dice mucho del peso real de Francisco. Porque si un año después de su muerte la Iglesia sigue discutiendo sobre sinodalidad, mujeres, migrantes, pobreza, poder, abusos, ecología y fraternidad en los términos que él impuso, entonces su legado no es un recuerdo. Es una fuerza todavía operativa. Con sus luces, con sus lagunas, con sus contradicciones. Exactamente como fue su pontificado.

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